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El cielo estaba casi despejado y solo unas cuantas nubes dispersas flotaban sobre la imponente mansión blanca de estilo europeo que se alzaba majestuosa, emanando una elegancia y un lujo asombrosos.
Parada frente a semejante panorama, la joven vestida con ropa gastada se veía diminuta y desorientada. Apretó la correa de la mochila sobre su hombro, tomó aire y se acercó para tocar el timbre. En el jardín, dos empleados murmuraban entre sí mientras regaban las plantas. —Se ve que hasta un ligero viento la vuela. ¿En serio creen que pueda con el demonio? El otro interrumpió su labor por un segundo. —Quién sabe. Dicen que nació con mala estrella; se quedó huérfana muy chica y le ha ido bastante mal. El jefe se compadeció y la trajo para que fuera la prometida del muchacho, pero en el fondo, es nada más para ponerle una espía y controlar al terror de la casa. El joven no tiene remedio. ¿Te acuerdas de la muchachita del otro día? Bien jovencita y con una panza enorme... —Si fuera mi hijo, ya lo habría castrado... Ay, viéndolo así, la pobre sí da lástima. Pensé que era otra interesada por el dinero... Pero si ya de por sí le ha tocado difícil, cayendo en manos del demonio le va a ir todavía peor... Ambos trabajadores cruzaron miradas y, al mismo tiempo, observaron a la joven que esperaba en la entrada. Sentían una profunda pena por ella. ... —Innita. Valentín Campero, quien ya pasaba de los cincuenta, conservaba una mirada penetrante. Su traje gris plata no lucía la etiqueta de ninguna marca conocida, aunque resultaba obvio que era una prenda de primer nivel hecha a la medida. Observó a la chica que permanecía en el sofá, sosteniendo un vaso de agua en completo silencio, y dejó escapar un suspiro. —A mi hijo menor le falta un año para completar el programa de entrenamiento de la firma. En cuanto supere la última etapa, asumirá la dirección ejecutiva. Lo único que te pido es que lo vigiles de cerca; asegúrate de que no cometa ningún error grave antes de que le entregue el mando. Inna asintió. La observó con detenimiento. Era muy callada y bastante dócil; sin embargo, en esa cara de rasgos infantiles se notaba una serenidad y un aplomo que no correspondían a su edad. Al notar los tenis desgastados y descoloridos de la joven, mostró cierta compasión. —Si no te hace caso, ponlo en su lugar sin miedo. Y si se atreve a molestarte, vienes a avisarme de inmediato, ¿entendido? Recuerda bien esto: tú no eres su sirvienta ni andas detrás de él para hacerle mandados. Eres su futura esposa. La joven guardó silencio, confirmando con la cabeza. Las arrugas en la frente de su benefactor se suavizaron un poco. —Qué alivio da tener mujeres en la casa; con una nuera como tú, me doy por bien servido. Sube a cambiarte de ropa. En un rato le pediré al chofer que te lleve al corporativo para que busques a mi hijo y comiences a vigilarlo. Inna hizo una reverencia respetuosa antes de retirarse. Sabía que, ante todo lo que aquel hombre había hecho por ella, cualquier palabra sobraba; la única forma de pagar esa inmensa deuda de gratitud sería con hechos. ... Ya en la habitación asignada, Inna pudo notar que habían preparado la recámara con mucho cuidado. Las cortinas y las sábanas con corazones rosados le daban un toque adorable al espacio, mientras que el papel tapiz lucía un suave estampado de flores; todo el entorno daba la impresión de pertenecer a una pequeña princesa de cuento. Sin embargo, tenía muy claro cuál era su verdadero lugar en esa casa. Abrió el cierre de la mochila y sacó el retrato familiar en blanco y negro para acomodarlo sobre el escritorio, contemplando en silencio y por un largo rato a la pareja de mediana edad que sonreía de oreja a oreja junto a dos niños pequeños acurrucados contra sus piernas. Al final, no quiso ponerse las prendas finas que le habían dejado; dio media vuelta y bajó las escaleras vestida igual que cuando llegó. … El elegante auto color champaña se detuvo con suavidad frente a la imponente entrada del corporativo. Desde el asiento del conductor, don Tomás giró un poco para mirar por el retrovisor a la muchacha, quien iba absorta en sus pensamientos; se veía tan frágil que daba la impresión de estar mal alimentada. —El joven Nikolai debería estar en la auditoría del departamento financiero, pero... —el chofer se aclaró la garganta con discreción—. Le encanta escaparse a ese restaurante a mitad de la jornada; es casi seguro que lo encuentre allá adentro. Inna tomó el maletín ejecutivo que le habían asignado y miró al hombre con una sonrisa breve; sus dientes un tanto menudos le daban un aire encantador y juvenil. —Iré a buscarlo entonces. No se preocupe, don Tomás, puede retirarse. Volveré a casa con él más tarde. El chofer la vio bajar y observó cómo su figura delgada cruzaba el umbral de la entrada principal. No pudo evitar suspirar mientras movía la cabeza con desaprobación; era una chica muy educada y gentil, pero tenía la mala estrella de estar ligada a alguien tan difícil como Nikolai, el auténtico terror de la familia. Aún pensativo, el hombre puso el vehículo en marcha y se alejó. ... Inna caminó hacia el restaurante disfrutando de la vista que ofrecía el complejo empresarial, un lugar impresionante cuyos jardines y rincones reflejaban la exclusividad de un entorno diseñado únicamente para la élite corporativa. Al llegar, empujó las puertas giratorias para encontrarse con un salón tan amplio que se sentía casi desierto, donde enormes lámparas de cristal bañaban el espacio con una luz suave y las alfombras en tonos guinda aportaban un aire de absoluta distinción. Como todavía era horario de oficina, las mesas permanecían prácticamente vacías, por lo que se quedó de pie junto a la entrada mientras recorría el lugar con la mirada buscando a Nikolai. —Señorita —un mesero se acercó para saludarla con una inclinación respetuosa—. ¿Es usted la invitada del joven Campero? Inna se quedó desconcertada un instante, pero terminó por asentir. —Por favor, acompáñeme —indicó el empleado, guiándola con un gesto elegante hacia una mesa junto al ventanal. La joven se sentó, pero declinó la carta cuando se la ofrecieron. —Disculpe, ¿sabe a qué hora llegará Nikolai? El mesero le sirvió un vaso con agua antes de responder: —El joven no mencionó nada al respecto, señorita. Quizás le convendría llamarlo para confirmar. Ella no respondió; se limitó a tomar el vaso para beber un poco de agua en silencio. Nikolai era el segundo hijo de Valentín Campero, el patriarca de una dinastía cuyo esplendor se cimentaba en veintiocho hoteles de cinco estrellas y cinco casinos de lujo con renombre mundial. Alrededor de estos últimos corría la leyenda de que albergaban salas secretas donde un equipo de confianza trabajaba día y noche en turnos extenuantes, dedicados exclusivamente a procesar las monumentales ganancias de cada jornada. Cuarenta personas contando billetes durante dieciséis horas. Inna ni siquiera podía imaginarse cuánto dinero representaba aquello. En resumen, aquella familia representaba a la élite de la élite, algo que la actitud sumisa y reverencial de los meseros dejaba muy claro. Incluso en aquel exclusivo complejo, rodeado constantemente por los herederos de las mayores fortunas del país, el joven ocupaba la cima de la pirámide social. Pero, quitando su estatus, su forma de ser... Inna movió la cabeza y bajó la vista para tomar agua. Fue en ese instante cuando un par de piernas largas, firmes y estilizadas aparecieron en su campo de visión. Al subir la mirada, el resto del conjunto no la decepcionó. La recién llegada era de una belleza despampanante: cabello ligeramente rizado, piel apiñonada y un brillo labial transparente que resultaba muy llamativo bajo las luces del salón. Incluso siendo mujer, Inna no pudo evitar sentir admiración. La desconocida entreabrió los labios y habló con una voz sumamente agradable: —Disculpa. ¿Te llamas Inna Toledo? Escuchar el propio nombre salir de aquella boca se sintió especial; deslumbrada por un momento, la joven asintió. —¡Eres una cualquiera! —La actitud de la mujer cambió drásticamente y, llena de furia, tomó el vaso de la mesa para arrojarle el líquido directo a la cara.El trayecto de regreso a casa estuvo marcado por un gran peso. Al cruzar la puerta, lo encontró en el sofá con una expresión lúgubre y el cabello tan revuelto como su estado de ánimo. Al notar la preocupación obvia de ella, le reclamó con molestia. —¡Qué maravilla, te largas así nomás! Te valió que yo estuviera aquí, ¿verdad? Inna dudó un instante sobre cómo convencerlo de ir a hacerse unos análisis. Sabía que no podía soltarle la noticia y causarle un pánico innecesario antes de tener certezas. Tras meditarlo en silencio, se acercó a su lado. —Perdóname, cuando salí en la mañana todavía estabas dormido. —¡Pues me hubieras despertado! ¿A dónde fuiste? El coraje era obvio en su voz. Tomó asiento junto a él y comenzó a acomodarle el cabello revuelto con suma delicadeza. Ese pequeño gesto de intimidad bastó para apaciguar la irritación que dominaba al heredero. —Niko. Lo miró con profunda seriedad. Era raro escucharla usar ese diminutivo con tanta cercanía en un momento cualquiera
Al escuchar esas palabras, Inna sintió un repentino escalofrío. Por más que Nikolai anduviera de parranda, sabía que en su círculo social siempre cuidaban las apariencias. Pensaba que jamás llegarían a cruzar ciertos límites. Sin embargo, lo que acababa de decir esa mujer hizo que la poca confianza que le tenía comenzara a desmoronarse. —¡Cómo quieres que me acuerde! Lo único que sé es que ese día alguien nos dio unas pastillas, todos nos pusimos muy mal y terminamos haciendo locuras. No tengo idea de con quién me acosté... ¿Qué esperas, que vaya a preguntarles uno por uno? ¡Cualquiera de esos tipos tiene el poder para aplastarnos! Eres un imbécil. ¡Te juro que si me muero, te voy a llevar por delante! Escuchó cómo la mujer salía llorando del baño. Salió poco después y regresó al restaurante con la cara pálida. Nikolai ya estaba perdiendo la paciencia. La miró de reojo y arrugó la frente. —¡Por qué te tardaste tanto! ¿Y esa cara qué? ¿Viste un fantasma? Tomó asiento. Las palabras
Inna ya se había tapado con la cobija y estaba recargada en la cabecera. El pelo suave le caía sobre los hombros. Bajo la luz tenue, su cara tenía un tono limpio y claro, y lo miraba con calma. Nikolai se pasó la mano por el pelo. En los pocos pasos que lo separaban de la cama, por dentro estaba librando una guerra. Si no lo hacía... bueno, se moría de ganas. En ese tema siempre había sido como un niño consentido por los dulces que se le pegaban solos, acostumbrado a vivir metido en un tarro de miel. Desde que ella llegó, primero porque andaba de malas y no tenía cabeza para buscar a nadie, y segundo porque esta mujer lo traía colgado a cada rato, la verdad era que no le interesaba ninguna otra. Y con ella apenas habían sido unas cuantas veces. O terminaban a las carreras, o eran una batalla cuesta arriba. Así que, en el fondo, estaba sediento. Se detuvo junto a la cama. Ella no se movió. Sólo lo siguió con los ojos, sin miedo esta vez, pero con una pregunta callada que él no sup
Nikolai se sostenía sobre Inna y la miraba. Tenía los ojos cerrados y las mejillas encendidas, y se veía adorable. Sus dedos la acariciaban despacio, apenas, y sentir cómo ella empezaba a responderle le erizó la piel de la nuca. Bajó la cabeza y le besó la lágrima del rabillo del ojo. Su voz sonó ronca. —Shh... déjame ver si ya estás bien... ¿Mmm? ¿Ya no te duele? Ella seguía tensa, sin poder relajarse del todo. Afuera, el ruido del agua de la manguera y el golpeteo de las tijeras de podar se oían justo ahí, como si los jardineros estuvieran en el cuarto. Tenía tantos nervios que se le había puesto la piel de gallina por todo el cuerpo. Por suerte, después de molestarla un rato, él no pasó a más. No estaba tan loco como para hacerla suya con medio personal alrededor. Ella apenas iba a soltar el aire cuando alguien se acercó gritando. —¡Joven Nikolai, tiene una llamada! Él apretó los dientes y hundió la cara en la almohada, junto al cuello de ella. Todo había empezado como un j
Inna subió con un vaso de jugo de naranja recién hecho y tocó la puerta. Nikolai le dijo que entrara con voz perezosa. Al entrar, lo encontró sentado en la orilla de la cama, sin camisa, levantando una mancuerna por puro entretenimiento. Sólo llevaba un pantalón deportivo gris de algodón, que le hacía ver las piernas todavía más torneadas y el cuerpo más proporcionado. Con cada flexión, los músculos firmes del brazo se marcaban en una curva perfecta. Al verla, se levantó, se secó el sudor de la frente con una toalla y la aventó a un lado. Tomó el vaso y se bebió más de la mitad de un trago. La sensación fresca le recorrió el cuerpo de la cabeza a los pies. Nomás de ver esa cara de despistada le daban ganas de molestarla. Le pasó el brazo alrededor del cuello y la llevó hacia la cama. Ella se puso rígida de inmediato. Él se rio burlón, la tomó de la nuca y la empujó hacia adelante. —La bolsa del buró. Es para ti. Inna parpadeó. Sobre el buró había una bolsa de papel grueso, colo
La mansión de los Campero se alzaba solitaria a media ladera, imponente como pocas. Por la amplia avenida, un auto deportivo rojo oscuro de líneas afiladas se acercaba a toda velocidad. A esa hora del atardecer, bajo la luz del sol que se ocultaba, parecía una estrella fugaz cayendo en picada. Los porteros ya podían saber quién manejaba con sólo oír el chirrido de las llantas contra el pavimento. El único al que le gustaba derrapar en aquella curva tan suave antes de entrar a la recta era el demonio de la casa. El portón se abrió y el deportivo rojo oscuro entró sin frenar. En la cocina, el horno sonó con un ding. Inna se puso los guantes de cocina, abrió la puerta y un aroma intenso a pastel recién hecho llenó el lugar. ... —¿Ya oyó, niña? Es el joven Nikolai. Doña Yelena entró a la cocina limpiándose las manos en el delantal. Intentaba sonar tranquila, pero la sonrisa se le escapaba por todos lados. Inna se quedó quieta con el molde entre las manos. Llevaba varios días sin







