MasukEl circuito de la Cuesta del Diablo.
El auto negro estaba estacionado a un lado del circuito, lejos de las luces y del bullicio. Sobre el cofre todavía caliente, Nikolai tenía a la chica con las piernas abiertas y el vestido subido hasta la cintura, mientras la tela del sostén ya le colgaba de un hombro. Él se había desabrochado apenas lo necesario; el resto de su ropa seguía perfecta, como si ni siquiera se hubiera molestado en desnudarse del todo. Estaba a punto de entrar en ella cuando la imagen de su padre volvió a atravesarle la cabeza. Una prometida. Un contrato. Una desconocida que se sentaría a su mesa y dormiría en su cama porque el viejo así lo había decidido. La chica jadeó y movió las caderas buscando más contacto, pero Nikolai ni siquiera la miró. Seguía con la mirada perdida en algún punto de la oscuridad, el arete de diamante brillando con cada respiración controlada. —Nikolai… —susurró ella, notando que su cuerpo no respondía como debía—. Si no quieres así… puedo usar algo más. Le tomó la mano y la guio hacia sus labios, ofreciéndose sin pudor, pero él la detuvo con dos dedos en la muñeca, tajante. —No. Se incorporó de golpe, se abrochó el pantalón con movimientos precisos y la miró por primera vez en varios minutos con evidente impaciencia. —Bájate. Ahora. La chica parpadeó, todavía sentada sobre el metal caliente y con el vestido revuelto. —¿Qué…? —Que te bajes del auto. Lo necesito. Le extendió la mano solo para ayudarla a descender, pero el gesto fue mecánico, casi irritado. En cuanto sus pies tocaron el suelo, él ya estaba abriendo la puerta del conductor. —Vete. Sin esperar respuesta, se metió al vehículo, cerró de un golpe y encendió el motor. El rugido interrumpió cualquier posible protesta. Desde la línea de meta empezaron a oírse las primeras ovaciones; la carrera estaba a punto de comenzar. … A medida que los faros destellantes se acercaban a toda velocidad, el grupo de jóvenes reunido en la meta estalló en gritos de emoción. Varias chicas muy atractivas se asomaron sobre la valla de seguridad, ignorando el peligro, mientras agitaban con fuerza las banderas de colores para animar a los corredores. Los autos volaban sobre el asfalto. El estruendo de los motores inundaba el ambiente, convirtiendo el paisaje fuera de las ventanillas en un borrón difuso debido a la inmensa velocidad. Las carreras callejeras eran un deporte donde se apostaba la vida, pero también la actividad perfecta para liberar el estrés. Con la línea de meta a unos metros de distancia, el joven de actitud indiferente soltó el volante con una mano para apoyarla con calma en el borde de la ventanilla. Bajo la escasa iluminación, el cabello castaño claro enmarcaba su rostro, y el arete de diamante en la oreja derecha destellaba ante el menor movimiento de la cabeza o el compás de la respiración. De pronto, el ruido al frente se intensificó, provocando que Nikolai entrecerrara los ojos sin perder esa habitual expresión de altivez. Las ovaciones entraron por la ventanilla junto con el viento de la noche justo cuando el auto deportivo negro cruzaba la meta como un rayo, dejando tan atrás a los demás competidores que estos tardaron varios segundos en alcanzarlo. Las chicas en la línea de llegada enloquecieron, coreando con fervor el apodo que lo había hecho famoso: ¡El Demonio de la Pista! Los listones volaban por los aires y los gritos de celebración hacían eco bajo el cielo nocturno de la montaña, mientras entre la multitud comenzaban los murmullos. —¿Se fijaron? Es obvio que bajó la velocidad antes de cruzar la meta. —Sí. Además, el auto que trajo hoy ni siquiera está modificado, sigue casi nuevo. Seguro ni los considera verdaderos rivales; con su nivel, ya podría competir con los profesionales. —Sí, se cree la gran cosa... Ajenos al alboroto, los dos autos deportivos de lujo se detuvieron uno junto al otro en la zona del mirador. Uno era rojo y el otro negro, ambos llamando la atención de todos los presentes. Sentado sobre el cofre de su vehículo, Isaí Benítez le ofreció un cigarro a su acompañante. —Toma. A diferencia de la elegancia serena de Isaí, Nikolai vestía de negro e irradiaba una actitud rebelde y desafiante de pies a cabeza. Tomó el cigarro y se inclinó hacia el encendedor que el otro sostenía. Desde ahí arriba, la vista nocturna de la ciudad se extendía en todo su esplendor, llena de luces brillantes. Observarla por demasiado tiempo daba la extraña sensación de perderse en ella. —Ya te divertiste bastante por hoy, deberías irte temprano a casa —Isaí dejó escapar un anillo de humo y lo miró de reojo—. No le busques más problemas a tu papá. Nikolai rio entre dientes. Su perfil afilado lucía impecable, pero seguía desprendiendo la misma energía insolente. Sacudió la ceniza del cigarro, con la vista fija en el abismo iluminado a los pies de la montaña. —¿Sabías que el viejo me consiguió una prometida? ¿En qué época se cree que vivimos? Qué ridiculez. Isaí tosió un poco al atorarse con el humo. Hizo un gran esfuerzo por no reírse y preguntó con evidente curiosidad. —¡Pensé que don Valentín estaba bromeando! ¿Es en serio? ¿Cómo es, ya la conociste? Mira que el amor es raro; capaz que te enamoras a primera vista y terminas rogándole que se casen. Molesto, el joven tiró la colilla al piso y la aplastó con el zapato. —¡Estás loco! Deja de decir tonterías. Conociendo los gustos de mi papá, seguro me trajo a alguna pueblerina sin gracia. Isaí miraba divertido a su amigo de la infancia. Nikolai tenía una complexión alta y musculosa, pero, a decir verdad, no era más que un niño problemático. Su madre había fallecido cuando él era muy chico y su padre vivía absorbido por la expansión del imperio familiar; por si fuera poco, el hermano mayor siempre había sido el sucesor perfecto y el orgullo indiscutible ante los ojos de todos. Abrumado por aquella asfixiante presión y por la soledad, terminó convirtiéndose en un hombre arrogante, mujeriego y sin límites, al punto de que, hacía poco, una modelo se había presentado en la mansión con un embarazo avanzado, exigiendo a gritos y llantos que se hiciera responsable del bebé. Don Valentín montó en tal cólera que destrozó el mobiliario de su despacho antes de advertirle con furia que le impondría una esposa para mantenerlo controlado y bajo estricta vigilancia. El muchacho había creído que aquellas amenazas eran solo para asustarlo; jamás imaginó que el viejo metería a la casa a una mujer con un compromiso arreglado. Isaí notó su frustración y prefirió cambiar de tema. —Oye, demonio, hoy te luciste; lograste que un montón de chicas gritaran y lloraran por ti. Nikolai dejó escapar un sonido de fastidio. En el circuito de la Cuesta del Diablo era una leyenda viva; tal vez solo al correr a toda velocidad en la pista lograba sentir que nadie más podía superarlo. Su mirada perdió brillo por un instante. Se puso de pie y metió las manos en los bolsillos de los pantalones oscuros; su figura alta y atlética lucía bastante atractiva bajo aquella camisa negra. Isaí lo observó con atención. —Ya que te fascinan las carreras, conozco al dueño de una escudería que... —No me interesa —lo interrumpió de tajo, dándose la vuelta para abrir la puerta del auto. —¿Ya te vas a casa a hacerle compañía a tu esposa? —se burló su amigo. El joven apretó con fuerza la manija de la puerta, giró la cabeza y le lanzó una advertencia muy clara: —Ya lo verás, te aseguro que la haré huir. Si creen que pueden controlarme, ¡van a tener que volver a nacer! Isaí lo vio encender el motor, se acercó a darle unos golpecitos a la ventanilla y trató de aconsejarlo: —El problema es entre el viejo y tú. No le hagas la vida imposible a la chica, compórtate a la altura. Nikolai resopló con obvia molestia, giró el volante y el vistoso auto deportivo no tardó en desaparecer al final del circuito. ... Tras estacionar el vehículo en la mansión de los Campero, Nikolai desabotonó los puños de su camisa negra y se arremangó, dejando a la vista sus brazos musculosos. Subió los escalones de la entrada con paso firme. Al cruzar la puerta, lo recibió un vestíbulo deslumbrante y lujoso, digno de un palacio. Se detuvo un momento a inspeccionar los alrededores y notó una calma inusual; para su sorpresa, no hubo bastones ni jarrones volando hacia su cabeza, tal como lo había anticipado. Arrugó la frente, convencido de que la situación era bastante rara. En ese instante sonó su celular. Metió la mano al bolsillo, echó un vistazo al nombre que parpadeaba en la pantalla y contestó: —¡Niko! —la voz al otro lado de la línea sonó llena de quejas y con un obvio tono de llanto—. Acabo de salir del hospital, ¿por qué no vienes a mi casa a verme? ¡Estoy lastimada! Él se recargó en el marco de la puerta, con una mano aún dentro del bolsillo. —¿Cómo que te lastimaste? La chica respondió llena de rabia: —¡Fue esa maldita trepadora de apellido Toledo! ¿No fue ella la descarada que te obligó a terminar conmigo? Fui a reclamarle al restaurante, pero resultó ser una salvaje; ¡me aventó agua caliente y encima me golpeó! Niko, el doctor dice que hasta me podría quedar una cicatriz en la cara, ¡no se vale! Los chillidos terminaron por aturdirlo. —Me voy a casar, ya no me busques —colgó la llamada sin darle tiempo a responder. De todas sus conquistas pasadas, la más escandalosa y agresiva acababa de terminar en el hospital tras cruzarse con Inna Toledo. Para Nikolai, la mentira de su exnovia era una verdad absoluta; ahora estaba convencido de que su padre le había impuesto a una mujer violenta y despiadada en la casa.El trayecto de regreso a casa estuvo marcado por un gran peso. Al cruzar la puerta, lo encontró en el sofá con una expresión lúgubre y el cabello tan revuelto como su estado de ánimo. Al notar la preocupación obvia de ella, le reclamó con molestia. —¡Qué maravilla, te largas así nomás! Te valió que yo estuviera aquí, ¿verdad? Inna dudó un instante sobre cómo convencerlo de ir a hacerse unos análisis. Sabía que no podía soltarle la noticia y causarle un pánico innecesario antes de tener certezas. Tras meditarlo en silencio, se acercó a su lado. —Perdóname, cuando salí en la mañana todavía estabas dormido. —¡Pues me hubieras despertado! ¿A dónde fuiste? El coraje era obvio en su voz. Tomó asiento junto a él y comenzó a acomodarle el cabello revuelto con suma delicadeza. Ese pequeño gesto de intimidad bastó para apaciguar la irritación que dominaba al heredero. —Niko. Lo miró con profunda seriedad. Era raro escucharla usar ese diminutivo con tanta cercanía en un momento cualquiera
Al escuchar esas palabras, Inna sintió un repentino escalofrío. Por más que Nikolai anduviera de parranda, sabía que en su círculo social siempre cuidaban las apariencias. Pensaba que jamás llegarían a cruzar ciertos límites. Sin embargo, lo que acababa de decir esa mujer hizo que la poca confianza que le tenía comenzara a desmoronarse. —¡Cómo quieres que me acuerde! Lo único que sé es que ese día alguien nos dio unas pastillas, todos nos pusimos muy mal y terminamos haciendo locuras. No tengo idea de con quién me acosté... ¿Qué esperas, que vaya a preguntarles uno por uno? ¡Cualquiera de esos tipos tiene el poder para aplastarnos! Eres un imbécil. ¡Te juro que si me muero, te voy a llevar por delante! Escuchó cómo la mujer salía llorando del baño. Salió poco después y regresó al restaurante con la cara pálida. Nikolai ya estaba perdiendo la paciencia. La miró de reojo y arrugó la frente. —¡Por qué te tardaste tanto! ¿Y esa cara qué? ¿Viste un fantasma? Tomó asiento. Las palabras
Inna ya se había tapado con la cobija y estaba recargada en la cabecera. El pelo suave le caía sobre los hombros. Bajo la luz tenue, su cara tenía un tono limpio y claro, y lo miraba con calma. Nikolai se pasó la mano por el pelo. En los pocos pasos que lo separaban de la cama, por dentro estaba librando una guerra. Si no lo hacía... bueno, se moría de ganas. En ese tema siempre había sido como un niño consentido por los dulces que se le pegaban solos, acostumbrado a vivir metido en un tarro de miel. Desde que ella llegó, primero porque andaba de malas y no tenía cabeza para buscar a nadie, y segundo porque esta mujer lo traía colgado a cada rato, la verdad era que no le interesaba ninguna otra. Y con ella apenas habían sido unas cuantas veces. O terminaban a las carreras, o eran una batalla cuesta arriba. Así que, en el fondo, estaba sediento. Se detuvo junto a la cama. Ella no se movió. Sólo lo siguió con los ojos, sin miedo esta vez, pero con una pregunta callada que él no sup
Nikolai se sostenía sobre Inna y la miraba. Tenía los ojos cerrados y las mejillas encendidas, y se veía adorable. Sus dedos la acariciaban despacio, apenas, y sentir cómo ella empezaba a responderle le erizó la piel de la nuca. Bajó la cabeza y le besó la lágrima del rabillo del ojo. Su voz sonó ronca. —Shh... déjame ver si ya estás bien... ¿Mmm? ¿Ya no te duele? Ella seguía tensa, sin poder relajarse del todo. Afuera, el ruido del agua de la manguera y el golpeteo de las tijeras de podar se oían justo ahí, como si los jardineros estuvieran en el cuarto. Tenía tantos nervios que se le había puesto la piel de gallina por todo el cuerpo. Por suerte, después de molestarla un rato, él no pasó a más. No estaba tan loco como para hacerla suya con medio personal alrededor. Ella apenas iba a soltar el aire cuando alguien se acercó gritando. —¡Joven Nikolai, tiene una llamada! Él apretó los dientes y hundió la cara en la almohada, junto al cuello de ella. Todo había empezado como un j
Inna subió con un vaso de jugo de naranja recién hecho y tocó la puerta. Nikolai le dijo que entrara con voz perezosa. Al entrar, lo encontró sentado en la orilla de la cama, sin camisa, levantando una mancuerna por puro entretenimiento. Sólo llevaba un pantalón deportivo gris de algodón, que le hacía ver las piernas todavía más torneadas y el cuerpo más proporcionado. Con cada flexión, los músculos firmes del brazo se marcaban en una curva perfecta. Al verla, se levantó, se secó el sudor de la frente con una toalla y la aventó a un lado. Tomó el vaso y se bebió más de la mitad de un trago. La sensación fresca le recorrió el cuerpo de la cabeza a los pies. Nomás de ver esa cara de despistada le daban ganas de molestarla. Le pasó el brazo alrededor del cuello y la llevó hacia la cama. Ella se puso rígida de inmediato. Él se rio burlón, la tomó de la nuca y la empujó hacia adelante. —La bolsa del buró. Es para ti. Inna parpadeó. Sobre el buró había una bolsa de papel grueso, colo
La mansión de los Campero se alzaba solitaria a media ladera, imponente como pocas. Por la amplia avenida, un auto deportivo rojo oscuro de líneas afiladas se acercaba a toda velocidad. A esa hora del atardecer, bajo la luz del sol que se ocultaba, parecía una estrella fugaz cayendo en picada. Los porteros ya podían saber quién manejaba con sólo oír el chirrido de las llantas contra el pavimento. El único al que le gustaba derrapar en aquella curva tan suave antes de entrar a la recta era el demonio de la casa. El portón se abrió y el deportivo rojo oscuro entró sin frenar. En la cocina, el horno sonó con un ding. Inna se puso los guantes de cocina, abrió la puerta y un aroma intenso a pastel recién hecho llenó el lugar. ... —¿Ya oyó, niña? Es el joven Nikolai. Doña Yelena entró a la cocina limpiándose las manos en el delantal. Intentaba sonar tranquila, pero la sonrisa se le escapaba por todos lados. Inna se quedó quieta con el molde entre las manos. Llevaba varios días sin







