LOGINEl aire fresco de la mañana me acariciaba el rostro, una agradable frescura contra el sol naciente. Estaba en el balcón del palacio, con la mirada fija en el campo de entrenamiento. Nubes de polvo se elevaban de los feroces combates, el choque de las armas resonaba rítmicamente. Los guerreros de Goldstone, con sus cuerpos fuertes y bien formados, se movían con una gracia depurada que siempre me llenaba de orgullo. En pocos días, los lideraría, no solo como su Alfa, sino como su Rey. El pensamiento se instaló en lo profundo de mi pecho, una pesada y emocionante sensación.
Los lobos me adoraban. Mi padre, el Alfa Sebastián, confiaba en mí plenamente. Los ancianos solían susurrar que yo era el heredero más fuerte que Goldstone había visto en décadas. Solo faltaba la ceremonia de apareamiento, una mera formalidad.
—¿Absorta en sus pensamientos, Su Alteza? —preguntó una voz juguetona a mi lado.
Me giré para ver a la Princesa Madison, cuyo cabello oscuro reflejaba la luz, con una sonrisa cómplice en los labios. —Solo estoy asimilando todo, Madison.
—¿Todo eso? —preguntó bromeando, dándome un ligero codazo en el brazo—. ¿O es la idea de sentar cabeza lo que te tiene tan pensativo?
Resoplé, y una risa genuina se me escapó a pesar de mí mismo. —¿Sentarme cabeza? Madison, me he enfrentado a forajidos que me doblaban en tamaño, he liderado cargas contra manadas rivales y he negociado tratados con reyes. Estar ante un altar no me va a intimidar.
Ella rió, con una risa brillante y clara. —Oh, no dudo de tu valentía, Nathan. Es solo que... no pareces muy emocionado. —Entrecerró un poco los ojos—. ¿Cómo es ella, por cierto? ¿Tu alma gemela?
Mi perfecta compostura flaqueó por un instante. —Elara Morgan —murmuré, el nombre sonando extraño en mi lengua—. En realidad, no sé mucho. Solo que la Diosa de la Luna la marcó como mía. —Me encogí de hombros, mientras el recuerdo de su rostro, vago e indistinto, cruzaba por mi mente. Apenas hemos hablado, y el vínculo... es débil. Casi inexistente.
Madison hizo un gesto de desdén con la mano. "Nada de eso importa, Nate. Estás destinado a estar contigo. La Diosa de la Luna no se equivoca." Hizo una pausa, su expresión se tornó más seria. "Aun así, sería bueno conocerla mejor antes de la ceremonia, ¿no crees?"
Antes de que pudiera responder, un guardia se acercó, haciendo una profunda reverencia. "Alfa Sebastián solicita su presencia en su estudio, Su Alteza."
Asentí, disculpándome con Madison. "Hablaremos más tarde."
"No te preocupes", me gritó, "¡seguro que es encantadora!"
Mis botas resonaron suavemente en el pulido suelo de mármol mientras me dirigía al estudio de mi padre. Él estaba junto a la ventana, de espaldas a mí, sus anchos hombros llenando el marco. Se giró al verme entrar, sus ojos, tan parecidos a los míos, serenos y observadores.
—Nathan —comenzó, con voz grave y profunda—, convertirse en Rey Alfa es una gran responsabilidad. Más que liderar batallas, se trata de liderar a nuestro pueblo, nuestra cultura, nuestro futuro. —Señaló una silla, pero yo permanecí de pie—. Los lobos juzgarán a la mujer que está a tu lado tanto como te juzgan a ti. Su fuerza, su carácter, su porte... todo influirá en tu reinado.
Escuché con atención, aunque había oído esas palabras innumerables veces. —Entiendo, padre.
Asintió lentamente. —Y una vez que comience la ceremonia de apareamiento, no habrá vuelta atrás. Es un voto presenciado por la mismísima Diosa de la Luna, que los unirá a ambos por la eternidad.
—Entiendo mis responsabilidades —repetí, con voz firme y convicda. Me había preparado toda mi vida para esto.
Sostuvo mi mirada, con expresión indescifrable. —Bien.
Dio un paso más cerca, bajando la voz.
—Ahora, una simple pregunta, hijo mío. Hizo una pausa, dejando que el silencio se prolongara.
—¿Has conocido a tu compañera?
La franqueza de la pregunta, después de tanta retórica, me tomó por sorpresa. Apreté la mandíbula. —No, padre. No formalmente. No más allá de lo estrictamente necesario.
Frunció el ceño, una leve arruga surcó su frente. —¿No la has conocido? —Parecía genuinamente sorprendido—. Nathan, tú serás nuestro rey. Ella será nuestra Luna. Un líder debe conocer a la mujer que se convertirá en su Luna. Debes conocerla antes de la ceremonia. Pasa un tiempo con ella.
Una familiar irritación burbujeó en mi interior, pero mantuve la voz firme. —Por supuesto, padre. Lo haré.
Asintió, y el ceño se suavizó. —Bien. Ahora, hay algunos acuerdos comerciales que debemos discutir con respecto a los territorios del norte…
Más tarde esa tarde, el sol estaba en lo alto, proyectando largas sombras mientras cabalgaba hacia la aldea de la manada. Solo unos pocos guardias reales me acompañaban, con sus armaduras ceremoniales relucientes. Mientras atravesábamos las bulliciosas calles, los lobos interrumpieron sus actividades. Los comerciantes dejaron de regatear, los herreros bajaron sus martillos y los niños dejaron de jugar. Inclinaron la cabeza respetuosamente y me saludaron con sonrisas sinceras y admirativas. Los niños vitorearon mi nombre, sus vocecitas resonando en la brisa.
Sentí una calidez familiar que me invadía. Esta era mi manada. Mi gente. Había luchado por ellos, había derramado mi sangre por ellos, y el respeto que recibía era bien merecido. Era una sensación agradable, sólida y auténtica.
—Su Alteza —dijo uno de mis guardias en voz baja, apenas audible por encima del bullicio del pueblo. Señaló sutilmente con la barbilla hacia un grupo de casas cerca de la plaza.
—Su pareja vive cerca, en esa dirección.
Seguí su mirada. Las casas parecían sencillas, rústicas, pero bien conservadas. Por un instante, pensé en ir a caballo hasta allí, en encontrarme con Elara. Las palabras de mi padre resonaron en mi cabeza:
Un líder debe conocer a la mujer que se convertirá en su Luna.
Entonces, tan rápido como llegó, el pensamiento se desvaneció. ¿Qué prisa había? Tendríamos el resto de nuestras vidas juntos. La ceremonia era en cuestión de días. Habría tiempo de sobra para conocerla a fondo entonces. Apresurarlo ahora me parecía... innecesario. Tenía asuntos más urgentes, como inspeccionar a los nuevos reclutas en el campo de entrenamiento.
—No hace falta, Capitán —dije con voz desdeñosa—.
—Vamos al campo de entrenamiento. Quiero ver el progreso de los nuevos reclutas.
El capitán asintió, guiando ligeramente a su caballo. Continuamos nuestro camino, los sonidos del pueblo desvaneciéndose tras de mí mientras nos dirigíamos hacia el terreno conocido.
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Punto de vista de Elara La luz de la mañana era como una cuchilla implacable que atravesaba las pesadas cortinas de terciopelo de la habitación de Elias. Me moví, mi cuerpo dolía con un leve y agradable zumbido que me recordaba cada promesa que me había susurrado al oído horas antes. A mi lado, Elias ya estaba despierto, apoyado sobre un codo, sus ojos recorriendo la línea de mi hombro con una mirada de aterradora intensidad. "Estás pensando otra vez", murmuró, con la voz ronca por el sueño. "Puedo oír cómo se acelera tu corazón. Para." Me giré boca arriba, mirando las tallas ornamentadas del techo. "No puedo parar, Elias. Goldstone está sangrando. Si no hacemos algo, la manada se va a desmoronar. Las líneas de suministro están fallando, los rangos inferiores se están amotinando y el consejo los rodea como buitres. Tenemos que salvarlos." La expresión de Elias se endureció al instante. Se incorporó, con las sábanas amontonadas alrededor de su cintura y la espalda musculosa rígida.
Punto de vista de EliasRecorrí el largo del solárium, mis botas resonando rítmicamente contra el suelo de piedra. El fuego de la chimenea se había reducido a brasas incandescentes, proyectando largas y distorsionadas sombras sobre los tapices. Miré hacia las pesadas puertas de roble de nuestras habitaciones privadas por centésima vez.Vacías.Elara no estaba. Dirigí mi mirada hacia la esquina donde Frey solía merodear, silencioso y vigilante, pero la sombra estaba vacía. Ambos se habían ido."Cálmate", susurré a la habitación vacía, apretando los puños a mis costados. "Ella solo... necesitaba aire. No se iría así como así después de todo esto".Mi lobo se agitaba dentro de mi pecho, un peso inquieto y gruñón. Su aroma —sándalo y aire invernal— era tenue, desvaneciéndose de las sábanas. Revisé el armario; su capa había desaparecido. Revisé el armero; Sus dagas gemelas habían desaparecido.—Maldita sea, Elara —siseé, apoyando la frente en la fría piedra del marco de la ventana—.Esperé
Punto de vista de NathanEl pesado cristal del vaso se sentía como plomo en mi mano. Contemplé las profundidades ámbar de la cerveza; el aroma a grano fermentado no lograba acallar el estruendo de voces que resonaban por las calles de Goldstone. Los rumores eran un peso físico que me oprimía el pecho hasta casi dejarme sin aliento.*El niño no es tuyo.**Isabella es una impostora.*Di un largo trago que me quemó la garganta. Intenté convencerme de que todo era propaganda de la rama Beta, una desesperada lucha por el trono durante la rebelión, pero los susurros tenían un filo de verdad que destrozó mi negación. Se sentía demasiado real. La forma en que había evitado al médico de la manada, la forma en que su olor no había cambiado como debería el de una loba preñada. Cerré los ojos, inclinando la cabeza hacia atrás, esperando que el alcohol adormeciera la traición.Un leve movimiento captó mi mirada.Me tensé, con el vaso cerca de mis labios. Se suponía que mi alcoba era segura, custod
Punto de vista de ElaraEl suelo del bosque era una maraña de hojas húmedas y raíces enredadas mientras luchaba por seguir el ritmo de Elias. Me ardían los pulmones, pero el dolor físico era una distracción bienvenida del vacío en mi pecho. A cada paso, mi mente volvía a los muros de piedra gris de la cabaña, al olor del hogar y a la vida que había conocido desde niña.—Basta, Elara —dijo Elias, su voz resonando por encima del fuerte golpeteo de nuestras botas. No se giró, concentrado por completo en el sendero—. No mires atrás. Lo estás haciendo otra vez.—No puedo evitarlo —susurré, tropezando con una raíz que sobresalía. Me apoyé en el tronco de un árbol, clavando los dedos en la áspera corteza—. Es mi hogar, Elias. Todo lo que conozco está ahí.Se detuvo entonces, volviéndose para mirarme. Sus ojos eran duros, carentes de la compasión que anhelaba. ¿En serio? ¿O es solo el lugar donde eras sirviente? ¿Un fantasma? Me has contado mil veces cómo soñabas con el mundo más allá de la f







