로그인Punto de vista de Mara
El Libro del Destino me despertó a las 4:03 de la madrugada con una sola palabra:
FUEGO.
Me senté de golpe, con el corazón desbocado. Por la ventana, Chicago dormía bajo una luna gruesa. No había humo. No había nada.
EVENTO MORTAL: Casa del lago Hartwell. Hoy, 11:40 p. m. Incendio provocado. Víctimas: Mara Ellison.
La casa del lago. Donde yo había muerto la primera vez.
Pero en mi primera vida, nunca había ido allí por mi propia voluntad. Diane me había llevado «a descansar», y las puertas se habían cerrado detrás de mí. Y esta vez, el Libro marcaba la fecha con dieciocho días de antelación a lo que yo recordaba.
Alguien había adelantado el plan.
Adrian estaba en la cocina, descalzo, bebiendo agua en la penumbra. Me miró y dejó el vaso.
—No duermes.
—Tú tampoco.
—Hace tres semanas que sueño con lluvia. —Lo dijo como quien confiesa una enfermedad—. Y con una mujer tendida en el suelo. Y con mi voz, repitiendo un nombre.
Me quedé muy quieta.
—¿Qué nombre?
Él sostuvo mi mirada.
—El tuyo.
El suelo se movió bajo mis pies. Hice lo único que podía hacer: le dije la verdad.
—Adrian. Yo ya he muerto una vez.
No se rio. No retrocedió. Me escuchó mientras le contaba todo: el contrato, la cláusula nueve, el lago, las puertas que se cerraron, el humo. Se lo conté en la penumbra, junto a la isla de la cocina, y él no me soltó la mano ni una sola vez.
Cuando terminé, su rostro estaba pálido, pero firme.
—Entonces esa noche corrí hacia ti —dijo.
—Sí.
—Y llegué tarde.
Asentí, porque no podía hablar.
—Esta vez no —dijo Adrian.
A las 10:30, entramos en la casa del lago con seis hombres de seguridad y una orden judicial que Elias Voss, ochenta y un años y cero escrúpulos, había conseguido en dos horas. Nos escondimos en el cobertizo, junto al embarcadero, y esperamos.
A las 11:20, Diane y Celine bajaron de un coche sin faros. Llevaban bidones.
ALERTA: Intuición de Peligro. Tres segundos.
—Ahora —susurré.
Las luces se encendieron. Los hombres salieron de entre los árboles. Celine gritó. Diane, con un bidón en cada mano, se quedó rígida como una estatua de sal.
—Diane Hartwell —dijo Adrian, saliendo a la luz—. Intento de homicidio, fraude y falsificación. Tenemos el vino, el correo del fotógrafo y los planos de la caja fuerte. Y ahora, además, tenemos esto.
Señaló los bidones. Diane los soltó.
—Fue idea de ella —dijo Celine de pronto, histérica, señalando a su madre—. ¡Yo solo hice lo que me dijo!
—¡Cállate, niña estúpida! —siseó Diane.
La policía llegó diez minutos después.
MISIÓN SEIS COMPLETADA. +1000 CRÉDITOS.
HAS CAMBIADO UN DESTINO MORTAL.
LIBRO DEL DESTINO: ACTUALIZACIÓN. Un segundo nombre ha aparecido.
Vi la línea de luz dorada desplegarse ante mí, y en ella, escrito con letra pequeña y temblorosa, un nombre que yo no había puesto:
Adrian Voss. Segundo Anfitrión.
Me giré. Él me miraba con los ojos muy abiertos, y yo supe, sin que nadie me lo dijera, que él también estaba leyendo la misma luz.
—Mara —dijo, con voz quebrada—. ¿Tú también lo ves?
Las llamas que nunca llegaron a encenderse brillaban en sus ojos como un reflejo imposible. Detrás de nosotros, la casa del lago seguía en pie, oscura, intacta, y la luna se miraba en el agua.
Estaba viva.
Y por primera vez, no estaba sola.
Punto de vista de MaraEl mundo dejó de tener sonido.Cross estaba allí.De pie en el salón de la casa Hartwell, como si no hubiera irrumpido en una escena del crimen. Como si no hubiera hombres armados afuera. Como si no estuviera mirando directamente a una mujer que había muerto por su culpa.Mi garganta se cerró.Yo conocía esa sonrisa.La había visto antes.No en esta vida.En la otra.Durante un segundo, volví a sentir el frío.El suelo duro contra mi espalda.La sangre.La oscuridad.Y aquella voz acercándose mientras yo luchaba por respirar.«Deberías haber dejado el destino en paz, Mara».Mis piernas cedieron.Adrian me sostuvo antes de que pudiera caer.—Mara.Su voz llegó desde muy lejos.Pero Cross seguía allí.Sonriendo.—Veo que me recuerdas.Mi cuerpo se puso rígido.Adrian giró lentamente la cabeza hacia él.—¿Qué acabas de decir?Cross levantó las manos, fingiendo inocencia.—Nada importante.—Mientes —dije.Mi voz salió baja.Temblorosa.Pero lo suficientemente fuerte
Punto de vista de MaraDaniel Voss.Leí el nombre otra vez.Y otra.Como si las letras fueran a cambiar.Pero no cambiaron.El jardín parecía demasiado silencioso después de los disparos. Adrian seguía frente a mí, con una mano en mi cintura, mientras Elias se acercaba lentamente apoyado en su bastón.—¿Qué pasa? —preguntó Adrian.No podía hablar.Le tendí la carta.Adrian la tomó.Vi cómo sus ojos recorrían las primeras líneas. Su expresión cambió poco a poco.Confusión.Incredulidad.Y después algo más profundo.Algo que parecía miedo.—No —murmuró.—¿Qué dice? —preguntó Elias.Adrian no respondió.Le arrancó la carta de las manos y comenzó a leer.Sus dedos temblaban.Nunca había visto a Elias Voss temblar.—Daniel no sabía nada de ese libro —dijo finalmente.El Libro apareció delante de mis ojos.NUEVA MISIÓN PRINCIPAL.DESCUBRE EL ORIGEN DEL LIBRO.TIEMPO DISPONIBLE: 30 DÍAS.RECOMPENSA: VERDAD.CASTIGO POR FRACASO: DESTINO DESCONOCIDO.Mi estómago se hundió.—¿Qué ocurre? —pregu
Punto de vista de Mara—Mi hijo y tu madre eran socios —dijo Elias Voss.Estábamos en el estudio del ático, con las cortinas cerradas y una lámpara que dibujaba un círculo amarillo sobre el escritorio. Elias no se había sentado. Apoyado en el bastón, miraba el retrato de su hijo como quien habla con un fantasma.—Lena Ellison y Daniel Voss. Fundaron esta empresa en un garaje. Ella ponía la cabeza y él el dinero. Cuando Daniel enfermó, redactó un testamento que dejaba a Lena el cuarenta por ciento de Voss Group. —Su voz se quebró—. Y a su muerte, ella desapareció con el original. Yo creí que nos había traicionado.—Mi madre jamás habría traicionado a nadie —dije.—Lo sé ahora. —Elias me miró por primera vez con auténtico respeto—. Lena sabía que Diane Hartwell se acercaría a ti. Ocultó el testamento para protegerte, y lo escondió donde solo tú pudieras encontrarlo. Murió sin decirme dónde.Mi corazón dio un salto.—El piano —dije.Adrian me miró.—¿Qué piano?—El de la casa de los Hart
Punto de vista de AdrianHe presidido ciento catorce juntas de accionistas, y en todas supe quién mentía antes de que abriera la boca. En la ciento quince, supe que me jugaba la vida entera, y que la mujer que caminaba a mi lado por el pasillo de cristal ya había ganado antes de empezar.Llevaba un vestido negro prestado de Hollis y el pelo recogido. Parecía la persona más tranquila del edificio. Yo, que he negociado con gobiernos, tenía las manos húmedas.—Respira —murmuró ella sin mirarme.—Estoy respirando.—Respiras como si hubieras olvidado cómo.—Me distraes.—Es mi trabajo. —Sonrió de lado, y el mundo se inclinó un poco.La sala de juntas del piso sesenta olía a café caro y a traición. Doce directores en torno a la mesa de cristal, siete de ellos con la mirada baja. Julian Cross estaba al fondo, de pie junto al ventanal, como un invitado ajeno a todo. Kellan, a mi espalda, temblaba como una hoja.—Buenas tardes —dije—. Entiendo que hoy se vota mi destitución.El director Harlan
Punto de vista de MaraJulian Cross caminó hacia nosotros por la pista como quien pasea por su propio jardín, con las manos a la vista y esa sonrisa cómoda que no le llegaba nunca a los ojos.—No se levanten por mí —dijo—. Sé que ha sido una mañana larga.Adrian ya se había puesto de pie, con los nudillos aún envueltos en mi pañuelo. Se colocó medio paso delante de mí, un gesto pequeño y obstinado que el Libro registró al instante: Adrian Voss: protección. Sin cálculo.—Aléjate de ella —dijo.—Qué educado. —Cross ladeó la cabeza—. En mi lectura eras bastante menos educado en este punto.ALERTA: Julian Cross. Sinceridad parcial. Rojo y azul entrelazados.—¿Tu lectura? —pregunté. Mi voz salió firme, y me sorprendió—. Dijiste que ya has leído el final.—Y lo he leído. —Metió la mano en el bolsillo interior de su chaqueta, despacio, para que viéramos que no sacaba un arma. Sacó una hoja doblada, amarillenta, con los bordes quemados—. Una página del Libro. No de este, claro. El tuyo es de
Punto de vista de AdrianHay llamadas que cambian el día y llamadas que lo cambian todo. Hollis llamó a las 11:42 con una sola frase: «Kellan tiene un vuelo privado a la una y cuarto».No esperé a que terminara. Tomé las llaves y el abrigo, pero Mara ya esperaba en el ascensor. Diez minutos después conducía hacia el aeropuerto de Midway a una velocidad que mi seguro habría descrito como creativa.—Frena un poco —dijo ella, aferrada al asa de la puerta.—Si freno, se va.—Si no frenas, nos vamos nosotros. Y no he muerto dos veces para esto.Casi sonreí. Casi. Pasé de ciento diez a cien y ella soltó un suspiro de gratitud tan teatral que me costó mantener la cara seria.Hubo un silencio corto. Afuera, Chicago pasaba en franjas de gris y acero.—Mara. Anoche dijiste que yo corrí hacia ti. En el incendio.—Sí.—¿Qué hice exactamente?Ella tardó en responder. Miraba por la ventanilla, pero vi cómo se le tensaba la mano sobre la rodilla.—Derribaste la puerta con el hombro. Me sacaste en br







