로그인Punto de vista de Mara
—Mi hijo y tu madre eran socios —dijo Elias Voss.
Estábamos en el estudio del ático, con las cortinas cerradas y una lámpara que dibujaba un círculo amarillo sobre el escritorio. Elias no se había sentado. Apoyado en el bastón, miraba el retrato de su hijo como quien habla con un fantasma.
—Lena Ellison y Daniel Voss. Fundaron esta empresa en un garaje. Ella ponía la cabeza y él el dinero. Cuando Daniel enfermó, redactó un testamento que dejaba a Lena el cuarenta por ciento de Voss Group. —Su voz se quebró—. Y a su muerte, ella desapareció con el original. Yo creí que nos había traicionado.
—Mi madre jamás habría traicionado a nadie —dije.
—Lo sé ahora. —Elias me miró por primera vez con auténtico respeto—. Lena sabía que Diane Hartwell se acercaría a ti. Ocultó el testamento para protegerte, y lo escondió donde solo tú pudieras encontrarlo. Murió sin decirme dónde.
Mi corazón dio un salto.
—El piano —dije.
Adrian me miró.
—¿Qué piano?
—El de la casa de los Hartwell. Era de mi madre. Diane lo odiaba, pero nunca se atrevió a venderlo. —Tragué saliva—. Cuando era niña, mi madre me enseñó a tocar una melodía, siempre la misma, y me hizo prometer que no se la tocaría a nadie. Decía que era nuestra llave.
El Libro se encendió en dorado.
MISIÓN: Recupera el testamento de Lena Ellison. Recompensa: 2000 Créditos.
—Esta noche —dijo Adrian—. Antes de que Cross lo averigüe.
—Voy con vosotros —dijo Elias.
—No, abuelo.
—Sí. —El anciano alzó la barbilla—. Es la única cosa que puedo hacer por mi hijo.
La casa de los Hartwell, con Diane en prisión y Celine bajo vigilancia, estaba precintada con cinta policial. Entramos con un permiso que Hollis había conseguido en quince minutos. Todo olía a polvo y a lirios marchitos. El piano seguía en el salón, cubierto por una sábana blanca, como un fantasma esperando.
Quité la sábana. Era un Steinway negro, viejo y precioso, con una grieta en la madera de la tapa que yo conocía de memoria.
Me senté. Mis dedos temblaban.
—Mara —dijo Adrian desde la puerta—. No tienes que hacerlo.
—Sí que tengo.
Toqué. Cuatro compases, una melodía sencilla, casi una nana. En el último, una de las teclas bajas se hundió con un clic metálico, y detrás de la tapa se abrió un compartimento secreto del tamaño de un libro.
Dentro había un sobre. Sellado. Con una letra que reconocí enseguida y me hizo temblar la barbilla.
Para Mara.
—Lo encontramos —susurré.
El Libro estalló en dorado. MISIÓN COMPLETADA. +2000 CRÉDITOS.
Pero entonces la Intuición de Peligro cortó el aire como un cuchillo.
ALERTA. Dos segundos.
—¡Al suelo!
Adrian me tiró contra el piano un instante antes de que una bala atravesara la ventana y astillara la madera donde había estado mi cabeza. Otro disparo. Elias se agachó con una agilidad que no esperaba en un hombre de ochenta y un años. Hollis sacó un arma que yo no sabía que tenía.
—¡Dos tiradores! —gritó—. ¡Desde el jardín!
Adrian me cubría con su cuerpo, una mano sobre mi nuca, otra apretada contra el sobre que yo aferraba contra el pecho. Sentí su corazón contra mi espalda. Latía furioso.
—Escúchame —susurró en mi oído—. Cuando cuente tres, corremos hacia la cocina. Hay una puerta trasera. ¿Entendido?
—Entendido.
—Uno.
Otra bala. Un jarrón estalló.
—Dos.
—Adrian.
—¿Qué?
—Si salimos de esta, quiero decirte una cosa.
—Entonces saldremos. —Casi sonrió—. Tres.
Corrimos. El mundo se redujo a ruido y pasos y la mano de Adrian apretando la mía. Atravesamos la cocina, salimos al jardín trasero y una figura salió de entre los setos, con un arma apuntando directo al pecho de Adrian.
No pensé. Alcé la mano con el sobre y grité.
ESCUDO DE SINCERIDAD: ACTIVADO.
Una barrera azul y translúcida brotó de mis manos, y la bala rebotó con un chasquido que sacudió el aire. Hollis disparó. El tirador cayó. El otro huyó entre los árboles, perdido en la oscuridad.
Todo quedó en silencio.
Adrian me miraba, jadeando. Tenía una mancha de polvo en la mejilla y los ojos más abiertos que nunca.
—Tú —dijo sin aliento— acabas de detener una bala.
—Eso parece.
—Mara.
—¿Sí?
—Ibas a decirme una cosa.
Me quedé mirándolo. La luna salió entre las nubes y bañó el jardín de plata. Detrás de nosotros, Hollis hablaba por radio y Elias murmuraba algo sobre el reumatismo y las balas. Pero el mundo, por un momento, se redujo a sus ojos grises.
—Que no quiero un contrato —dije.
Adrian dejó de respirar.
—Quiero lo que sea esto.
Él me tomó la cara con las dos manos, con una delicadeza que contradecía el temblor de sus dedos, y me besó.
Fue un beso breve y torpe y perfecto. Sabía a polvo y a miedo y a todas las cosas que no nos habíamos atrevido a decir. Cuando se separó, apoyó la frente contra la mía.
—Yo tampoco —murmuró.
Entonces el sobre se movió entre mis manos. Lo abrí con dedos temblorosos y leí la primera línea de la carta de mi madre.
Si estás leyendo esto, el Libro ya te eligió. Ahora debes saber quién lo escribió.
Y debajo, con la misma letra, había un nombre que me hizo dar un paso atrás.
Daniel Voss.
Punto de vista de MaraEl mundo dejó de tener sonido.Cross estaba allí.De pie en el salón de la casa Hartwell, como si no hubiera irrumpido en una escena del crimen. Como si no hubiera hombres armados afuera. Como si no estuviera mirando directamente a una mujer que había muerto por su culpa.Mi garganta se cerró.Yo conocía esa sonrisa.La había visto antes.No en esta vida.En la otra.Durante un segundo, volví a sentir el frío.El suelo duro contra mi espalda.La sangre.La oscuridad.Y aquella voz acercándose mientras yo luchaba por respirar.«Deberías haber dejado el destino en paz, Mara».Mis piernas cedieron.Adrian me sostuvo antes de que pudiera caer.—Mara.Su voz llegó desde muy lejos.Pero Cross seguía allí.Sonriendo.—Veo que me recuerdas.Mi cuerpo se puso rígido.Adrian giró lentamente la cabeza hacia él.—¿Qué acabas de decir?Cross levantó las manos, fingiendo inocencia.—Nada importante.—Mientes —dije.Mi voz salió baja.Temblorosa.Pero lo suficientemente fuerte
Punto de vista de MaraDaniel Voss.Leí el nombre otra vez.Y otra.Como si las letras fueran a cambiar.Pero no cambiaron.El jardín parecía demasiado silencioso después de los disparos. Adrian seguía frente a mí, con una mano en mi cintura, mientras Elias se acercaba lentamente apoyado en su bastón.—¿Qué pasa? —preguntó Adrian.No podía hablar.Le tendí la carta.Adrian la tomó.Vi cómo sus ojos recorrían las primeras líneas. Su expresión cambió poco a poco.Confusión.Incredulidad.Y después algo más profundo.Algo que parecía miedo.—No —murmuró.—¿Qué dice? —preguntó Elias.Adrian no respondió.Le arrancó la carta de las manos y comenzó a leer.Sus dedos temblaban.Nunca había visto a Elias Voss temblar.—Daniel no sabía nada de ese libro —dijo finalmente.El Libro apareció delante de mis ojos.NUEVA MISIÓN PRINCIPAL.DESCUBRE EL ORIGEN DEL LIBRO.TIEMPO DISPONIBLE: 30 DÍAS.RECOMPENSA: VERDAD.CASTIGO POR FRACASO: DESTINO DESCONOCIDO.Mi estómago se hundió.—¿Qué ocurre? —pregu
Punto de vista de Mara—Mi hijo y tu madre eran socios —dijo Elias Voss.Estábamos en el estudio del ático, con las cortinas cerradas y una lámpara que dibujaba un círculo amarillo sobre el escritorio. Elias no se había sentado. Apoyado en el bastón, miraba el retrato de su hijo como quien habla con un fantasma.—Lena Ellison y Daniel Voss. Fundaron esta empresa en un garaje. Ella ponía la cabeza y él el dinero. Cuando Daniel enfermó, redactó un testamento que dejaba a Lena el cuarenta por ciento de Voss Group. —Su voz se quebró—. Y a su muerte, ella desapareció con el original. Yo creí que nos había traicionado.—Mi madre jamás habría traicionado a nadie —dije.—Lo sé ahora. —Elias me miró por primera vez con auténtico respeto—. Lena sabía que Diane Hartwell se acercaría a ti. Ocultó el testamento para protegerte, y lo escondió donde solo tú pudieras encontrarlo. Murió sin decirme dónde.Mi corazón dio un salto.—El piano —dije.Adrian me miró.—¿Qué piano?—El de la casa de los Hart
Punto de vista de AdrianHe presidido ciento catorce juntas de accionistas, y en todas supe quién mentía antes de que abriera la boca. En la ciento quince, supe que me jugaba la vida entera, y que la mujer que caminaba a mi lado por el pasillo de cristal ya había ganado antes de empezar.Llevaba un vestido negro prestado de Hollis y el pelo recogido. Parecía la persona más tranquila del edificio. Yo, que he negociado con gobiernos, tenía las manos húmedas.—Respira —murmuró ella sin mirarme.—Estoy respirando.—Respiras como si hubieras olvidado cómo.—Me distraes.—Es mi trabajo. —Sonrió de lado, y el mundo se inclinó un poco.La sala de juntas del piso sesenta olía a café caro y a traición. Doce directores en torno a la mesa de cristal, siete de ellos con la mirada baja. Julian Cross estaba al fondo, de pie junto al ventanal, como un invitado ajeno a todo. Kellan, a mi espalda, temblaba como una hoja.—Buenas tardes —dije—. Entiendo que hoy se vota mi destitución.El director Harlan
Punto de vista de MaraJulian Cross caminó hacia nosotros por la pista como quien pasea por su propio jardín, con las manos a la vista y esa sonrisa cómoda que no le llegaba nunca a los ojos.—No se levanten por mí —dijo—. Sé que ha sido una mañana larga.Adrian ya se había puesto de pie, con los nudillos aún envueltos en mi pañuelo. Se colocó medio paso delante de mí, un gesto pequeño y obstinado que el Libro registró al instante: Adrian Voss: protección. Sin cálculo.—Aléjate de ella —dijo.—Qué educado. —Cross ladeó la cabeza—. En mi lectura eras bastante menos educado en este punto.ALERTA: Julian Cross. Sinceridad parcial. Rojo y azul entrelazados.—¿Tu lectura? —pregunté. Mi voz salió firme, y me sorprendió—. Dijiste que ya has leído el final.—Y lo he leído. —Metió la mano en el bolsillo interior de su chaqueta, despacio, para que viéramos que no sacaba un arma. Sacó una hoja doblada, amarillenta, con los bordes quemados—. Una página del Libro. No de este, claro. El tuyo es de
Punto de vista de AdrianHay llamadas que cambian el día y llamadas que lo cambian todo. Hollis llamó a las 11:42 con una sola frase: «Kellan tiene un vuelo privado a la una y cuarto».No esperé a que terminara. Tomé las llaves y el abrigo, pero Mara ya esperaba en el ascensor. Diez minutos después conducía hacia el aeropuerto de Midway a una velocidad que mi seguro habría descrito como creativa.—Frena un poco —dijo ella, aferrada al asa de la puerta.—Si freno, se va.—Si no frenas, nos vamos nosotros. Y no he muerto dos veces para esto.Casi sonreí. Casi. Pasé de ciento diez a cien y ella soltó un suspiro de gratitud tan teatral que me costó mantener la cara seria.Hubo un silencio corto. Afuera, Chicago pasaba en franjas de gris y acero.—Mara. Anoche dijiste que yo corrí hacia ti. En el incendio.—Sí.—¿Qué hice exactamente?Ella tardó en responder. Miraba por la ventanilla, pero vi cómo se le tensaba la mano sobre la rodilla.—Derribaste la puerta con el hombro. Me sacaste en br







