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Capítulo 3

مؤلف: Fresjita
Luego, en el despacho, solo quedamos Wendy y yo.

El silencio era tan pesado que casi se podía masticar. Wendy se giró despacio hacia mí, con una mirada venenosa.

Me sostuvo la mirada unos segundos y después se burló con una sonrisa torcida.

—Ni se te ocurra creer que porque Ethan te perdonó ya estás a salvo. El puesto de matriarca de la familia Gibson es mío y solo mío. Nadie más tiene oportunidad.

Con la barbilla bien arriba, salió como si fuera dueña del mundo. Y al pasar, me dio un hombrazo a propósito, como un golpe "casual".

Me sobé el hombro, con la espalda empapada de sudor frío. Y lo peor es que en ese momento ya ni miedo sentía: lo único que me rondaba la cabeza era el misterio.

Ethan era famoso por ser despiadado, ¿entonces por qué me perdonó? Ni siquiera explotó cuando sus "cachorros" se relamieron al ver el diamante heredado de la familia.

Los tres pequeñitos, como si supieran que estábamos en problemas, se acercaron con cuidado y me lamieron la mano.

—No llores, mami. Ya se fueron los malos que te molestaban.

Los abracé contra el pecho, pero las lágrimas no me paraban.

A la mañana siguiente, Ethan se fue en su helicóptero antes de que amaneciera, de esos viajes de trabajo que nadie se atreve a cuestionar. Apenas se había ido cuando me tumbaron la puerta. Se abrió de golpe.

¡Bum!

Wendy estaba ahí, el maquillaje perfecto, y la mirada mortal. A su lado, una fila de guardias musculosos. Cada uno traía un palo de hockey enorme, como si vinieran de cacería. Wendy sonrió, y esa sonrisa me heló la sangre. Se le fueron los ojos de inmediato a mis bebés.

—Ethan está muy ocupado para encargarse de ti, así que hoy me toca a mí hacer el trabajo sucio —dijo, con voz dulce, falsa—. Primera cosa: estos animales asquerosos no se pueden quedar aquí.

Chasqueó los dedos.

—¡Llévenselos! ¡Golpeen a esos tres perros y tírenlos en el mar!

Los guardias avanzaron.

—¡No! —grité, lanzándome en frente de mis hijos—. ¡No son perros callejeros, son mis bebés! ¡Ethan dijo ayer que ya estaba todo resuelto! ¿Con qué derecho vienes a hacerles daño?

—¿Con qué derecho? —Wendy soltó una risita, como si yo acabara de contar el chiste más patético del mundo.

Y me metió una patada en el estómago. El aire se me salió de golpe.

—Yo voy a ser la señora Gibson —escupió, sin disimular el desprecio—. ¿Y tú? Tú no eres nada. Solo una farsante sinvergüenza.

Hizo un gesto con la mano.

Los guardias me agarraron del pelo y me estrellaron contra el piso.

Mi cabeza se dio contra la esquina de la mesa, un dolor agudo me atravesó el cráneo. La sangre me corrió por la frente y me entró en los ojos, y todo se volvió rojo, borroso.

Los tres pequeñitos chillaron, aterrados. No hablaban como humanos, pero igual los entendí: me estaban llamando: "¡Mami!"

Y en un segundo, sus ojos cambiaron, se les pusieron rojos, rojo sangre.

El pelaje se les erizó, y de sus gargantas salió un gruñido profundo, oscuro, una rabia que daba miedo.

Xylon, el mayor, se lanzó como una flecha.

¡Clavó los colmillos en la pierna de un guardia!

—¡Ahhh!

El hombre gritó cuando le arrancó un pedazo del gemelo. Wendy dio un paso atrás, primero sorprendida, y luego la furia se le subió a la cara.

—¡Bestias rabiosas! ¿Mordiendo? ¿En serio?

Se volvió loca. Gritó como si estuviera dirigiendo una masacre.

—¡Tienen palos! ¡Úsenlos! ¡Golpeen a Chloe también! ¡Y luego le decimos a Ethan que fue un accidente! ¡Él no me va a culpar a mí!

Los palos bajaron como lluvia.

No lo pensé. Ni el dolor me importó, me arrastré y los jalé hacia mí, apretándolos contra mi pecho, con todas mis fuerzas.

—Está bien, mis amores, aquí está mami.

Los golpes me llovieron en la espalda, en los hombros, en las piernas, cada impacto retumbaba como si me quebraran por dentro.

Apreté los dientes, no los solté, no los iba a soltar.

Los pequeños gimieron en mis brazos.

—¡No le peguen a mami! ¡Los vamos a morder! ¡Los vamos a matar!

La sangre me corría por la espalda, la vista se me empezó a apagar.

Todo se me nubló.

Mi mente se me estaba yendo. ¿Este era el final? Tal vez era lo mejor.

Esta vez, por lo menos, alcancé a cubrirlos.

Y justo cuando el palo más pesado iba a caerme en la cabeza, la puerta reventó con un golpe.

¡Bum!

Una silueta alta se recortó contra la luz del pasillo.

Era Ethan.

Se le ensombreció el rostro, cargado de furia, al ver la escena.

—¡Basta!
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