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Capítulo 3

Author: Crystal K
Al día siguiente, entré al comedor imperial. Era un espacio reservado para la realeza y la nobleza de alto rango, decorado con tapices antiguos y lámparas de cristal. Apenas me senté, se me revolvió el estómago.

Dexter estaba presidiendo la mesa principal. Frente a él había un plato de cristal precioso. Tenía frutos de corteza plateada. Era la fruta sagrada que solo una Luna esperando cachorros tenía permitido comer; decían que contenía energía lunar pura para fortalecer el poder alfa del heredero. Y él se los estaba dando a Jenica, uno por uno.

—Abre la boca —dijo Dexter con una ternura que me dio asco.

Jenica obedeció y dejó que él pusiera la fruta plateada y brillante en su lengua.

—¿Está dulce? —preguntó él con mirada suave.

—Mucho —respondió Jenica con voz mimosa, cerrando los ojos con felicidad—. Siento que el príncipe se hace más fuerte dentro de mí.

Solté mi taza de café, escuchando cómo la cerámica tintineaba contra el plato, y me fui. El sonido de sus voces bajas y sus risas me siguió hasta la salida. Una hora después, un asistente imperial tocó a mi puerta.

—El Consejo Imperial solicita su presencia.

Cuando entré a la sala de siempre, todos estaban esperando. Dexter estaba sentado en el trono, bajo el emblema dorado del Rey Alfa que lo hacía ver inalcanzable. Jenica estaba a su derecha, en el asiento de la Luna. La Sabia Erin y los demás estaban alrededor de la mesa. Solo la última silla, hasta el final, estaba vacía. Esperándome.

—Siéntate —ordenó la Sabia Erin, como quien le habla a una sirvienta.

Me senté sin decir nada.

—Hoy vamos a discutir la reasignación de las residencias imperiales —empezó Erin—. Después de pensarlo mucho, el consejo decidió que la suite de la Luna en el penthouse debe ser para Jenica.

—¿Con qué justificación? —pregunté con calma.

—El heredero de sangre pura debe absorber la energía lunar más potente de la ciudad —declaró otro sabio—. El penthouse es el punto más cercano a la luna y es lo mejor para que crezca el poder del cachorro.

Miré a Dexter. Él se quedó viendo la mesa, evitando mi mirada.

—Además —continuó Erin con voz cortante—, como madre del futuro príncipe, la posición de Jenica debe recibir el respeto y el reconocimiento que merece.

—¿O sea que tengo que sacar todas mis cosas? —pregunté.

—Sí. Hoy mismo.

La sala se quedó en silencio. Todos me observaban, esperando mi reacción. Tal vez querían ver lágrimas, ruegos o un ataque de nervios. Pero solo asentí. El dolor se había convertido en un entumecimiento que me servía de escudo. No iba a darles el gusto de verme derrotada. Quizá nunca fui parte de ellos, para empezar.

—Ya entendí. Empezaré a empacar.

Dexter por fin me miró y noté un rastro de confusión en sus ojos.

—¿Eso es todo? —La Sabia Erin no esperaba que cediera tan fácil.

—Eso es todo —dije poniéndome de pie—. ¿Hay algo más?

—No —respondió Erin con un tono de decepción. Seguro quería más drama.

Me di la vuelta para irme, pero Dexter habló.

—Espera.

Me detuve pero no volteé.

—Tú... ¿de verdad no tienes problema con esto? —Su voz sonaba rara, como si estuviera tanteando el terreno.

—¿Problema con qué? —preguntó sin mirarlo.

—Con mudarte de la suite de la Luna. Con perder tu posición.

Me giré para verlo a los ojos.

—¿Alguna vez tuve ese lugar en serio?

Él se puso pálido.

—Noelle... —Jenica intentó meterse en la plática, pero la interrumpí.

—Felicidades, Jenica. El penthouse es precioso. Estoy segura de que vas a ser muy feliz ahí.

Después de eso, me salí. Esa noche regresé a la suite del penthouse que estaba a punto de abandonar. La luz de la luna entraba por la ventana, bañándolo todo con un brillo tranquilo y melancólico. Metí mi vida en un par de maletas sencillas. Alguien tocó a la puerta. Dexter entró; se veía inquieto.

—Tenemos que hablar.

—¿De qué? —Seguí doblando un vestido.

—De... todo esto. —Él caminaba de un lado a otro—. Tu reacción de hoy... no fue natural.

—¿Ah, no? —Doblé otro vestido—. Pensé que estarías contento. Esto resuelve tu problema.

—¿Qué problema?

Dejé de hacer lo que estaba haciendo y lo miré.

—El problema de cómo darle a Jenica el lugar que merece sin que yo me queje. Ya quedó resuelto.

—No es eso...

—¿Entonces cómo es? —Caminé hacia él—. Quiero pedirte algo.

—Lo que quieras.

Respiré.

—Quiero que rompas nuestro vínculo de pareja.

Él abrió mucho los ojos, como si le hubiera dado una cachetada.

—¿Qué?

—Recházame, Dexter. Corta nuestro vínculo formalmente.

—¿Estás loca? —Su voz temblaba entre el enojo y la incredulidad—. ¿Tienes idea de lo que estás pidiendo?

—Estoy cuerda. Más de lo que he estado en tres años —dije con calma—. Tienes a tu nueva pareja, a tu heredero y todo lo que querías. Y yo... yo ya me cansé de ser un adorno que no sirve para nada.

Dexter perdió el control.

—¡¿Cómo puedes ser tan egoísta?! —gruñó, agarrándome de los hombros—. ¡Te estás portando como una niña humana caprichosa que no puede ver el panorama completo!

Una niña humana. Por fin dijo lo que de verdad pensaba de mí.

—Sí —dije con voz baja pero firme—. Eso es lo que soy. Una niña humana. Una mestiza que no merece un título imperial.

—No lo dije en ese sentido...

—Sí lo hiciste. —Le quité las manos de encima con suavidad—. Déjame ir. Y libérate tú también.

Él me miró con un torbellino de enojo y tristeza en los ojos.

—No te voy a rechazar —dijo con voz ronca—. Pase lo que pase, eres mi Luna.

—¿Aunque tu corazón ya se haya ido?

No tuvo respuesta. Tres días después, cuando se cumplía el aniversario del día en que nos conocimos, Dexter apareció en la puerta de mi departamento nuevo, que era tan simple que parecía de hospital. Traía una invitación muy elegante con grabados.

—Yo... quiero compensarte por lo que pasó —dijo, viéndose incómodo—. Habrá una fiesta privada en el yate esta noche. Solo nosotros dos. Como antes.

Miré la invitación. El yate imperial, La Diosa de la Luna.

—¿Solo nosotros dos? —pregunté, tratando de no mostrar ninguna emoción.

—Sí, te lo prometo. —Había algo de súplica en su mirada—. Dame una oportunidad más. Déjame demostrarte lo importante que eres para mí.

¿Una oportunidad? Me dio risa, pero solo por dentro. Fue un sentimiento amargo. Nuestro vínculo me hacía sentir todo el tiempo el afecto que él le tenía a la pareja de su hermano, cada segundo de cada día. ¿Y todavía me pedía una oportunidad? Soporté el sarcasmo y el nudo en la garganta, dudé un momento y luego asentí.

—Está bien.

“Sí”, pensé. “Una oportunidad para despedirme por última vez”.

Él suspiró de alivio y me besó la frente.

—Te veo en el muelle a las siete.

Esa noche, llegué puntual al muelle imperial privado. La Diosa de la Luna estaba ahí, con el casco brillando bajo las luces. La cubierta estaba decorada con rosas blancas y velas; era una escena romántica de película. Dexter ya me estaba esperando; se veía tan guapo con ese traje azul oscuro que podría enamorar a cualquiera.

—Ya estás aquí. —Caminó hacia mí, dándome la mano.

Cuando iba a tomarla, una voz que conocía demasiado bien y que me dio asco se escuchó detrás de nosotros.

—Quería darte una sorpresa.

Los dos volteamos. Jenica caminaba hacia nosotros, acariciando su vientre con cuidado y con una sonrisa fingida.
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