Se connecterEl gruñido que llenó el espacio los dejó a todos inmóviles y mirando en una sola dirección.
En la cama de aquella habitación blanca, fría y llena de hombres intimidantes, trajeados y serios, se movió una figura corpulenta y malhumorada. Assim Arslan, heredero de una de las familias más poderosas y antiguas de Turquía, ligada discretamente a la realeza y a una élite financiera intocable. Aunque públicamente es conocido como empresario e inversionista internacional, en las sombras controla negocios, influencias políticas y redes de poder que pocos se atreven siquiera a mencionar. Él es el tipo de hombres que paraliza respiraciones, acelera corazones y llena de miedo hasta el alma más fuerte que pueda existir, a pesar de su silencio. —Señor. —Salim, su mano derecha y jefe de seguridad, se acercó inmediatamente a la cama. —Ha pasado cinco días, estamos con la investigación de lo sucedido y estamos teniendo avances. —Lo puso al tanto; Assim es hombre de resultados, no de sentimentalismos. —Hemos capturado a un par de hombres y pronto tendremos más respuestas. —Lo miró a los ojos; deseaba echarle en cara que le prohibió salir solo y aun así lo hizo, y el resultado fue casi su muerte. Pero Assim, ese hombre frío y calculador, no mostró ni un ápice de interés en lo que le estaba contando su guardaespaldas. Él recorrió la habitación y, al no ver más que guardaespaldas y médicos, volvió la mirada a Selim. —Quiero que encuentres a la mujer que me salvó. —Para Selim fue imposible no poner un gesto de desconcierto. —No recuerdo su rostro, pero lleva un lunar en forma de corazón en su cuello. —Sin cambiar su gesto, miró los aparatos a los que estaba conectado. —Busca a los doctores que la ayudaron y tráelos ante mí. —Ya lo escucharon. —Salim se dio media vuelta y señaló a uno de los hombres. —Búscalos a todos y tráelos aquí. —De inmediato. —El hombre salió de la habitación para llevar a cabo la tarea que le habían dado. Assim no dijo una palabra más; así era él. Calculaba todo en silencio y esta vez debía buscar la manera para que esa mujer que le salvó la vida fuera de él y de nadie más. —S-señor. —El doctor que había ayudado a Mel inclinó la cabeza. —¿Quería ver a mi equipo? —Pasó saliva con dificultad. Todavía recuerda el día en el que Selim había llegado al hospital poniéndolo todo de cabeza. Cuando la información de quién era el moribundo al que estaban tratando y lo que pasaría si no lograban salvarlo, todos quedaron en un estado de miedo que aún no podían quitarse de encima, no mientras ese hombre fuera su paciente. —La mujer que me trajo. —Assim lo miró a los ojos. —Quiero que me la detallen a la perfección. —B-bueno. —El doctor se aclaró la garganta. —Lamentablemente, han pasado días y esa vez estábamos más preocupados por usted que por verla a ella y... —¿Ninguno puede darme una respuesta que me sirva? —Los miró a cada uno con ese aspecto dominante que ponía nervioso a cualquiera. —Lo sentimos. —Una enfermera bajó la mirada. —Ella huyó en el calor del momento; fue imposible grabarnos algo de su aspecto. —Esa respuesta lo enfureció, pero Assim no perdía el control tan fácilmente; él quitó la mirada y esa fue una orden clara. —Pueden retirarse todos los que no sean del equipo de seguridad. —Cada doctor y enfermera salió de la habitación tan rápido como pudo. La orden de Selim fue como una sentencia de muerte para ellos. —Quiero que investigues cada cámara, carretera de la ciudad, cada rincón del país mismo de ser necesario. —Miró a Selim a los ojos. —No quiero errores ni contratiempos. —La orden fue clara, debían encontrarla incluso antes que quien lo había atacado. Mientras tanto, Melat ni siquiera recordaba lo heroína que fue días atrás. Ella estaba concentrada en sacar la panadería familiar adelante, dándole el mejor servicio a sus clientes. —Niña. —Harol, un vejete que asistía todos los días, la llamó desde la mesa. —Necesito un cafecito, hoy está siendo un día muy agotador. —¿Largas caminatas, Harol? —Bromeó Melat acercándose con la cafetera en manos. —Deberías parar un poco, ¿No crees? —Estos huesos viejos necesitan ejercitar, niña. —El hombre sonrió divertido. —Por eso siempre vengo aquí, tú me das energías para no rendirme. —Bueno. —Lo miró al terminar de servirle el café. —Has tenido mucha suerte, estaba a punto de irme a visitar a mi madre. —Oh, ¿Como está Elena? Extraño sus pies de piña. —¿Estás queriendo decir que los míos no son buenos? —Harol inmediatamente negó y, al escuchar esa carcajada que llena de vida a cualquiera, suspiró. —No le hagas eso a mi pobre, viejo y cansado corazón, niña. —Lo siento, Harol. —Mel no podía dejar de reír. —Me encanta cuando pones esa carita de culpa. —Le dio un beso en la cabeza. —Mi madre está un poco mejor. —Se puso más seria, pero sin borrar la sonrisa. —Ya sabes, es una guerrera y no está dispuesta a perder esta lucha. —Eso suena mucho a ella. —Harol se sintió feliz. —Sin duda pronto la veremos en esta cafetería regañando a todos por no probar cada una de sus tartas. —Verás que sí, Harol, ya lo verás. —Al despedirse de su anciano amigo y de otros clientes frecuentes más, Melat dejó la cafetería en manos de su amiga Nora. Al llegar al hospital, hizo una profunda respiración para buscar esas fuerzas que necesitaba y finalmente entró. Ya todos la conocían en el hospital; su madre había estado luchando contra el cáncer de colon desde hacía un año y los últimos meses visitaba el lugar con demasiada frecuencia. —Hola, Mel. —La enfermera que se encargaba de Elena en su turno le sonrió al verla entrar a la habitación. —Hoy ha tenido mucha energía. —Miró a Elena. —Incluso me ha regañado por no comer a mis horas. —Deben cuidarse. —Elena que es una mujer de carácter, las miró. —Hacer las cosas bien, nada de maltratarse. —Lo sabemos, mamá. —Mel le dio un beso en la frente. —Pero hay momentos en los que estamos muy ocupadas. —Siempre hay tiempo. —Protestó Elena. —Pero solo por hoy las dejo en paz. —Bromeó. —Eso es un alivio. —La enfermera salió de la habitación sonriendo. —¿Cómo ha sido tu día, ¿Cielo? —Elena miró el cansancio en los ojos de su hija. —Muy bien, mamá. Estamos sacando la panadería adelante. —Se sentó a su lado. —Nora ha quedado para el cierre. —Oh, esa chiquilla. —Negó. —Esperemos que no le lance una baguette a un pobre diablo. —Mel carcajeó. —Me ha prometido que no. —Ambas rieron divertida hasta que el silencio se hizo por un instante, mismo que Elena rompió. —¿Está comiendo bien tu padre? —Evitó mirar la cara de su hija. —Lo he visto mucho más delgado; me preocupa. —Oye, no te preocupes. —La miró con amor. —Yo estoy cuidando de él, incluso hoy tendremos una cena y... —Entonces ve. —La cortó. —Pero, mamá, acabo de llegar y... —Vienes mañana. —Se apresuró a decir. —Ve con tu padre y asegúrate de que coma bien. —Melat se quiso negar, pero ese ruego en los ojos de su madre la convenció. —Vale, nos vemos mañana. —Tras abrazarla, se marchó. A la mesa, Paul y Darren estaban charlando mientras esperaban a Melat. Ambos tenían buena relación, se respetaban mutuamente, por lo que estar solos no suponía incomodidad. Darren había estado en la familia desde que se mudó al barrio a la edad de quince años, desde entonces no se separó de ellos y menos cuando inició su relación con Melat a los dieciocho años. —Deberías responder, hijo. —Lo apremió Paul al escuchar el insistente tono del móvil. —Yo veré cómo va lo que está en el horno. —Sin esperar respuesta, se puso en pie y se marchó a la cocina. —¿Bueno? —Tengo una propuesta para ti. —La voz al otro lado no sonaba nada amistosa. —¿Quién habla? —Darren miró la pantalla del móvil; era un número privado. —Eso no importa, sé que eres cercano a Melat Blacach y estoy dispuesto a darte medio millón de dólares por información sobre ella.Desde que recibió el mensaje, Melat había estado pensativa y dudando de todo. El día en el que debía reunirse con el empresario que la citó había llegado y ella no sabía si ir, pues desconfiaba bastante. La panadería familiar era pequeña, algo modesta y hogareña. ¿Por qué un empresario se interesaría en salvar algo que no le daría bastante dinero? Cansada de pensar y cuestionarse sola, decidió llamar a su mejor amiga. Nora podía ser impulsiva y todo lo demás, pero también podía ser una muy buena consejera. —¡Aquí estoy, mi mitad! —Entró a la casa como si fuera suya, tenía llave. —¿Qué es lo que te acongoja, vida mía? —Se echó al sofá. —Me llegó una propuesta días atrás. —Le mostró el mensaje. —Pero no sé qué hacer, ¿Y si es alguien malo? ¿Si solo se quiere aprovechar de la situación? ¿Qué tal si es un tratante de personas? —Entonces vamos a investigar el lugar de la dirección a ver si es legítimo. —Nora se puso manos a la obra, no dejó sitio web que buscar y, cuando las cosas
Había pasado un mes, mes en el que el mundo de Melat se derrumbaba poco a poco de manera inexplicable. Estaban pasando tantas cosas que no sabía a cuál prestarle atención, pero justo en ese momento su corazón había decidido iniciar el día con algo que le estaba doliendo demasiado. Las cosas con Darren parecían estar mal; ella no se lo podía explicar y cada vez que lo intentaba, él simplemente pasaba de la conversación. —Hola. —Le sonrió una vez la puerta se abrió. —¿Cómo estás? —Darren la miró sin mucha emoción. —Estoy bien. —Respondió con simpleza. —Cariño, ¿Qué está pasando? —Melat no lo soportó más, ni le importó estar del otro lado de la puerta. —Has estado extraño las últimas semanas y no quieres hablar las cosas. —Sus ojos se cristalizaron. —Necesito que hables conmigo. —Su corazón, por alguna extraña razón, se aceleró, pues por su mente pasó una pregunta que jamás se había planteado. —No tengo tiempo. —Darren hizo lo de siempre. —Estoy un poco ocupado y... —¿Hay algui
Darren, a pesar de quedarse en silencio por un instante, no colgó la llamada; al contrario, se rió con fastidio. —¿Estás jugando conmigo, amigo? —Bufó irritado. —No soy hombre de bromas, Darren Hall. —Al escuchar su nombre completo, frunció el ceño. —Una gran cantidad de dinero por simple información. ¿No crees que es generoso de mi parte? —¿Para qué quieres información de Mel? —Quiso saber. —¿Cómo fue que conseguiste mi nombre y mi número? —Nada de eso importa, Darren. —Selim ya estaba perdiendo la paciencia. —Lo único que te debe importar es el dinero. Si me envías tu número de cuenta, probaré que voy en serio. —Darren guardó silencio nuevamente. —No tienes nada que perder. —Bien. —Darren le dio la cuenta y a escasos segundos 250k de dólares estaban en su cuenta. —Vaya, sí es verdad. —En su cabeza no hubo otro pensamiento que no fuera la otra parte del dinero. —Bien, te diré todo lo que quieras saber. —Aceptó el trato. Assim estaba todavía en esa cama de hospital, pero ahora
El gruñido que llenó el espacio los dejó a todos inmóviles y mirando en una sola dirección. En la cama de aquella habitación blanca, fría y llena de hombres intimidantes, trajeados y serios, se movió una figura corpulenta y malhumorada. Assim Arslan, heredero de una de las familias más poderosas y antiguas de Turquía, ligada discretamente a la realeza y a una élite financiera intocable. Aunque públicamente es conocido como empresario e inversionista internacional, en las sombras controla negocios, influencias políticas y redes de poder que pocos se atreven siquiera a mencionar. Él es el tipo de hombres que paraliza respiraciones, acelera corazones y llena de miedo hasta el alma más fuerte que pueda existir, a pesar de su silencio. —Señor. —Salim, su mano derecha y jefe de seguridad, se acercó inmediatamente a la cama. —Ha pasado cinco días, estamos con la investigación de lo sucedido y estamos teniendo avances. —Lo puso al tanto; Assim es hombre de resultados, no de sentimental
La lluvia caía con tanta fuerza que parecía querer partir la ciudad en dos. Melat ajustó el agarre sobre las bolsas de pan recién horneado mientras corría bajo el pequeño paraguas negro que apenas la protegía. Sus zapatos chapoteaban sobre los charcos y el viento frío de Nueva York le golpeaba el rostro con violencia. —Perfecto, ¡Justo lo que me faltaba! —Murmuró entre dientes. Había sido un día horrible. La panadería apenas había vendido lo suficiente para cubrir los gastos básicos, el horno principal seguía dañándose cada dos días y su padre llevaba semanas fingiendo que su madre estaba mejorando. Melat suspiró cansada mientras caminaba por la carretera secundaria que conectaba el pueblo con la avenida principal. A esa hora casi no pasaban autos y las luces de los postes apenas lograban atravesar la tormenta. Entonces, algo llamó fuertemente su atención. Un auto negro, lujoso, estaba estropeado y más en la puerta del conductor. Ella miró a su alrededor y no había nadie, ni am







