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Capítulo 4: En Mis Manos

last update Date de publication: 2026-10-03 13:42:35

Había pasado un mes, mes en el que el mundo de Melat se derrumbaba poco a poco de manera inexplicable.

Estaban pasando tantas cosas que no sabía a cuál prestarle atención, pero justo en ese momento su corazón había decidido iniciar el día con algo que le estaba doliendo demasiado.

Las cosas con Darren parecían estar mal; ella no se lo podía explicar y cada vez que lo intentaba, él simplemente pasaba de la conversación.

—Hola. —Le sonrió una vez la puerta se abrió. —¿Cómo estás? —Darren la miró sin mucha emoción.

—Estoy bien. —Respondió con simpleza.

—Cariño, ¿Qué está pasando? —Melat no lo soportó más, ni le importó estar del otro lado de la puerta. —Has estado extraño las últimas semanas y no quieres hablar las cosas. —Sus ojos se cristalizaron. —Necesito que hables conmigo. —Su corazón, por alguna extraña razón, se aceleró, pues por su mente pasó una pregunta que jamás se había planteado.

—No tengo tiempo. —Darren hizo lo de siempre. —Estoy un poco ocupado y...

—¿Hay alguien más? —Melat lo miró a los ojos casi sin soportar las ganas de llorar. —Jamas he desconfiado de ti, pero, Darre...

—¡Todo es tu culpa! —No supo si fue la verdad dicha, la culpa que siente o simplemente el desear terminar con todo. —Me has estado descuidando por los problemas económicos de tu familia. —Malet no podía creer lo que sus oídos escuchaban. —He estado conociendo a alguien más y ella es mejor en todos los aspectos. —Él se sintió liberado; ni siquiera le importó que su novia de años, su prometida y la mujer que había estado para él estuviera llorando mirándolo con dolor. —Ya no puedo seguir con esta relación. —Negó, destrozándola un poco más. —Ya no me voy a casar contigo.

—Darren...

—He perdido mucho el tiempo contigo. —La cortó. —Tus problemas ya me tienen harto, no puedo más. —El golpe seco de la puerta cerrándose prácticamente en su cara la hizo dar un salto y esa reacción pareció explotar todo en ella.

—No puede ser. —Se sintió morir.

Su novio de toda la vida la había engañado y dejado por alguien más, los problemas económicos la estaban ahogando a ella y a su familia, la panadería parecía estancarse cada día más y ella ya no lo estaba soportando.

¿Por qué le estaban pasando tantas cosas? ¿Por qué Dios la había abandonado de esa manera? ¿Qué había hecho ella para que las consecuencias fueran tan duras, crueles y desgarradoras? No comprendía nada.

Después de llorar por unos minutos frente a la puerta de Darren, decidió ir a la panadería; ella no podía darse por vencida, debía tratar de sacar el negocio adelante y ayudar a sus padres en todo lo que pudiera.

Al llegar, Nora la recibió con una enorme sonrisa, pero aquellos ojos rojos e hinchados le anunciaron algo realmente malo y ella pensó lo peor.

—La señora Elena...

—No. —Malet negó de inmediato. —Darren me ha cortado. —Soltó como si le hubiera dado el clima. —Me engañó y me culpó por ello. —Sonrió con ojos llorosos. —Algo más para la lista. —Se encogió de hombros como si el último mes la hubiera acostumbrado a esos contundentes golpes de la vida.

—Mi mitad... —Nora la abrazó con fuerza. —Estoy aquí para ti; si quieres, voy y le pongo las pelotas de cobarta. —Melat negó.

—Cada quien es responsable de buscar su felicidad. —Dijo con tristeza; ella no podía odiarlo ni siquiera después del daño enorme que le hizo. —Yo ya no le hacía feliz y es válido. —Sollozó. —Ahora debo encargarme de cancelar el compromiso y...

—No, ya tú tienes demasiado. —Nora la detuvo. —Yo me voy a encargar de eso, así los cotillas no preguntan de más. —Le guiñó el ojo.

—¿Está el señor Paul Blacach aquí? —Dos hombres entraron al local mirando a su alrededor.

—No, él no está aquí. —Melat se limpió rápidamente las lágrimas. —Pero es mi padre, soy yo quien me ocupo del lugar.

—Bien, nos sirve. —Ambos hombres se acercaron a ella. —Somos inspectores de sanidad. —Se presentaron. —El local tiene irregularidades sanitarias y tendremos que clausurarlo temporalmente. —Melat miró el papel con la boca abierta; ella no entendía nada.

—Pero todo está bajo control. —Intentó explicar. —Yo...

—Esta es la multa. —El otro hombre la cortó. —Hasta que no la pague y no solucione todas las inconsistencias del lugar, no podrá abrirlo.

—Pero, hombre. —Nora saltó al verlos darle la espalda. —No pueden venir, tirar una bomba así y después irse.

—Nuestro trabajo es informar y ya lo hemos dicho. —Sin prestarles más atención, los hombres salieron del local, dejando a Melat en shock.

—Señoritas. —Dos trabajadores entraron. —Debemos preparar todo para cerrar el lugar. Ambos hombres le dieron unos minutos.

Melat estaba actuando en automático; ella firmó papeles, siguió órdenes y llegó al hospital sin ni siquiera ser consciente de nada de lo que estaba pasando.

—Hija mía. —Paul se paró frente a la habitación de su esposa. —¿Qué haces parada ahí? Tu madre está ansiosa por verte. —Al ver los ojos rojos de su hija y su gesto devastador, se preocupó. —Mi niña, ¿Qué sucede?

—Yo lo siento, papá. —Melat se echó a llorar al entregarle las páginas —Yo no lo entiendo, no sé lo que pasó. —Se llevó las manos a la cara.

Paul, al leer la primera línea, dejó de respirar al instante, su corazón tomó un ritmo preocupante y el suelo dejó de ser un punto de ancla. A su cabeza vinieron todos los problemas; ahora su deuda aumentaba más con esa multa.

—Aaaahhh. —Paul se llevó la mano al pecho y se desmayó al instante.

—¡Papá! —Melat chilló al verlo caer al piso con tanta fuerza. —Ayuda, por favor, ayuda. —La enfermera que iba hacia la habitación de Elena corrió para socorrer a Paul.

Momentos llenos de tensión vivió Melat; su madre no dejaba de preguntar qué pasaba y todavía no sabía nada de su padre.

—Él estará bien. —El doctor la miró con compasión. —Fue un colapso por el estrés, hay agotamiento severo. —Melat respiró aliviada.

—Gracias, doctor. —Sonrió apenas; por un momento pensó que a su padre le había dado un infarto fulminante. —Dios, otra cuenta más. —Fue inevitable no llorar por desesperación. —¿Cómo haré ahora? ¡Ni siquiera he podido pagar la cuenta que le debo al hospital! —Quiso volverse loca.

—Oye. —Olivia, la enfermera que la ayudó y la misma que se encarga de Elena, la miró con ternura. —¿Qué haces sola en esta escalera? Tu padre está a salvo. Todo estará bien.

—Nada estará bien. —Susurró casi sin voz. —Quizás nos echen esta misma noche.

—¿Por qué dices eso? —Olivia la miró bastante confusa.

—No he pagado la enorme cuenta del hospital, debo mucho y ahora más con lo de mi padre. —Miró el piso. —Y no tengo para pagarlo.

—¿Y quién pagó todo? —Olivia cada vez estaba más estupefacta. —Incluso pagaron por adelantado unos meses.

—¿Qué? —Melat se puso en pie como si tuviera un resorte en las nalgas.

—Sí, puedes ir a administración si no me crees.

—¡Gracias! —Melat corrió escaleras arriba.

Al llegar a administración, preguntó todo lo que pudo y no hubo respuesta alguna. El dinero había llegado específicamente para pagar su deuda. No había nombre, dirección ni cuentas bancarias, no había nada.

—Te ves demasiado cansada. —Elena se preocupó por su hija. —No quiero que te suceda lo mismo que a tu padre.

—Estoy bien, mamá, tranquila.

—Si no te vas a casa a descansar. —Elena la miró con ojos cansados llenos de preocupación. —No podré estar bien. —Melat suspiró; ella no podía preocupar más a su madre.

—Vale, nos vemos mañana. —Le dio un beso en la frente. —Te amo, mamá. —Deseándole buenas noches, se marchó.

La noche estaba fría, solitaria y más oscura que de costumbre, pero aun así la vio hermosa. Le estaban pasando tantas cosas malas que el saber que la cuenta estaba paga ni siquiera le molestaba no saber quién lo había hecho.

Debería estar preguntándoselo, pero solo deseaba disfrutar de la única cosa buena que le pasaba desde hacía ya un tiempo.

Al aparcar el auto, miró por el retrovisor. Sentía que la estaban siguiendo desde hacía un rato, pero no logró ver nada. Al salir del coche y mirar al otro lado de la calle, observó un auto negro y pudo percibir una mirada magnética.

Algo inquieta, se apresuró a entrar a su casa, y solo al cruzar la puerta se sintió a salvo, pero el timbre de su móvil la hizo chillar del susto.

—¡Dios santo! —Masculló con el corazón acelerado, pero nada la preparó para el mensaje que había abierto.

“Estoy interesado en ayudarte a sacar el negocio de tus padres adelante.

Te veo la noche del viernes, en la dirección que te enviaré.

No faltes, mi propuesta será irresistible”.

—Podemos irnos. —Assim miró la casa y una sonrisa peligrosa se dibujó en sus labios. —Ya no le queda nadie más que yo.

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