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Capítulo 5

Author: Bella y Frágil
Intenté arrancarme el anillo, pero no cedió. El metal se me clavaba en la carne. Era demasiado estrecho. El aro era tan rígido que me estrangulaba el hueso. Cada giro me enviaba una punzada de dolor por todo el brazo.

Las lágrimas me empañaron la vista, pero no a causa del dolor físico, sino por lo que esa maldita joya representaba.

Reconocí el diamante de diez quilates al instante. Ese anillo se había forjado siete años atrás. Antes de que yo compartiera su cama, antes de coserle la primera herida de bala, antes de entregarle mi vida entera... él ya había elegido a la futura dueña de esa joya.

Cada «te amo» susurrado en la oscuridad, cada juramento, cada vez que me aseguró ser la única... todo fue una farsa. Y, aunque ya conocía la verdad, tener la prueba encarnada en mi dedo me robó el aliento.

Alessia seguía tirada en el suelo, envuelta en llanto.

—No estaba actuando —se quejó con la voz temblorosa—. Si te gusta el anillo, puedo comprarte uno igual, pero no puedes arrebatarme el mío.

No necesité girarme para saber que Dante me fulminaba con la mirada. Sus pasos resonaron a mis espaldas. Me apresó la muñeca y apretó hasta triturarme los huesos.

—Chiara, ¿ya terminaste con tu berrinche? —preguntó con la voz tensa—. Alessia fue amable contigo, ¿y tú la atacas?

Apreté la mandíbula.

—No le hice nada —respondí.

Para ese momento, los guardias y el personal de la villa ya estaban cerca. Sus murmullos resonaban en el patio.

—El Don y Alessia ya están comprometidos. ¿Qué importan esos siete años tuyos? Jamás podrá competir con ella. Robar un anillo... ¡Qué ridícula! —comentó alguien a lo lejos.

Dante me empujó. Retrocedí, tambaleándome, tropecé con la maleta y caí de bruces contra la grava. Las piedras afiladas me despellejaron las palmas de las manos.

La cremallera de la maleta cedió por el impacto. Un colgante de plata, con forma de estrella, rodó por el asfalto. Era un adorno pequeño y barato; el primer regalo que él me dio.

—Tus ojos me recuerdan a las estrellas —me juró cuando me lo entregó en aquel entonces.

Durante años, atesoré esa baratija como si fuera un diamante. La mantuve oculta en el fondo del cajón.

Dante miró el colgante. Por un momento pareció reconocerlo, pero su expresión se endureció enseguida. Dio un paso al frente y pisoteó la estrella.

El metal se deformó bajo la suela de su zapato. Las puntas se doblaron hacia dentro. Su forma se perdió gracias a su desprecio.

Al presenciar ese acto de crueldad, el aire se me atascó en la garganta.

Alessia se apoyó contra él. Le tiró de la manga del traje y habló con voz compasiva.

—Dante, olvídalo. No te enojes. No la culpo por actuar así.

Dante me miró desde arriba, imponiendo su autoridad.

—Chiara, quítate el anillo, pídele perdón a Alessia y daremos el asunto por terminado —dictaminó.

Clavé las uñas en mis palmas llenas de tierra mezclada con sangre y hablé despacio.

—Yo no se lo robé. Y jamás le pediré perdón.

El patio entero enmudeció.

Se agachó a mi altura y me apresó la mano izquierda con violencia. Sin embargo, al notar la sangre fresca que me escurría por los dedos, aflojó la presión por un momento.

—¿Por qué tienes que pelear conmigo de esta forma? —cuestionó—. Solías ser más obediente. Desconozco en qué te has convertido.

Yo seguía siendo la misma mujer que le sirvió durante siete años. El pequeño detalle era que él nunca se tomó la molestia de mirarme de verdad.

—No lo tomé —siseé, tirando de mi brazo para liberarme—. Ella misma me lo incrustó a la fuerza.

Un par de gotas de sangre salpicaron la grava. Dante frunció el ceño, impaciente.

—No quiero humillarte, pero si sigues con esto, todos terminarán riéndose de ti.

Le devolví la mirada, consumida por el hartazgo. Él se enderezó y su rostro volvió a endurecerse.

—Quítate el anillo. Devuélveselo a Alessia —ordenó sin piedad.

Los ojos me ardieron. Podía soportar las mentiras de Alessia y los murmullos de los guardias, pero su desconfianza me revolvió el estómago.

—Si no me crees, revisa las cámaras de seguridad de la entrada —propuse—. Mira las grabaciones y sabrás quién miente.

—No es necesario —respondió—. Como heredera de la familia Romano, ella no tiene motivos para incriminarte.

Tenía todos los motivos del mundo, pero a él no le convenía admitirlo.

—Tesoro... —intervino Alessia—. Tal vez solo está confundida. Estoy bien, de verdad.

Esa fue la gota que derramó el vaso. Dante me agarró la mano sin contemplaciones y arrancó el anillo a la fuerza. El metal rasgó mi piel, abriendo un surco ensangrentado desde el nudillo hasta la yema. Me mordí el labio inferior para ahogar el grito de dolor.

Observó mi carne desgarrada por un segundo, apretó los labios y me dio la espalda. Frente a todo el personal, le entregó la joya manchada de mi sangre a Alessia.

—Desde el primer momento en que te lo entregué, este anillo te pertenece —aclaró.

Luego, me lanzó una última mirada por encima del hombro.

—Chiara, entra a la casa y descansa.

Me quedé de pie sobre la grava, sola.

Recogí la estrella abollada de plata. La sopesé en la palma de mi mano un instante y la dejé caer dentro del cesto de basura de la entrada.

—Como ordene el Don —respondí.

Agarré el asa de mi maleta rota y caminé hacia la salida. Dante dio un paso en mi dirección y abrió la boca, pero Alessia soltó un quejido.

Él se giró de inmediato para atenderla.

Yo no me detuve.

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