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Capítulo 7

Author: Bella y Frágil
Durante tres días, Alessia exhibió su felicidad a todo el mundo.

El primer día subió un video a sus redes. Dante aparecía de pie en la cocina, preparando sopa, mientras ella se acurrucaba a su lado con una sonrisa de satisfacción. Leí la descripción:

«Está aprendiendo a cocinar. Para mí. Para nosotros».

El segundo día, subió la apuesta: compras en boutiques de bebés, masajes en los pies de madrugada y una grabación de él leyendo cuentos infantiles. Sus ocho millones de seguidores se tragaron la fachada. Los comentarios saturaron la pantalla:

«Son el uno para el otro».

«Ojalá fuera yo, qué envidia».

«¡Esto es amor de verdad!».

El tercer día, compartieron un beso al atardecer. Sus siluetas se recortaban contra un cielo teñido de naranja. Horas después, anunció la transmisión en vivo de su fiesta de cumpleaños.

«Acompáñenme a celebrar. Quiero compartir esta alegría con todos ustedes».

Observé la pantalla en silencio. El teléfono vibró en mi mano.

—Mi preciosa hija —saludó mi padre al otro lado de la línea—. Mañana es tu cumpleaños. Voy a organizarte una fiesta. Una de verdad. Dejaremos que vean con sus propios ojos quién es la verdadera heredera de la familia Romano. ¿Estás lista?

Me tragué el nudo en la garganta.

—Sí, papá. Estoy lista.

Al día siguiente era mi cumpleaños y, como consecuencia del intercambio en el hospital, también el de Alessia.

La impostora no tenía idea de la trampa que le aguardaba.

El salón de banquetes desbordaba opulencia. Candelabros de cristal, torres de copas de champán y una multitud de invitados envueltos en trajes de alta costura que costaban más que una boda promedio.

Alessia se movía entre la multitud, repartiendo sonrisas como toda una actriz famosa. Dante permanecía a su lado con la mirada ausente, revisando la pantalla de su celular con impaciencia.

Mi teléfono vibró en mi bolsillo una vez. Luego otra. No me molesté en sacarlo; conocía de sobra su contenido. Llevaba tres días atosigándome con los mismos mensajes.

«¿Dónde estás?».

«Vuelve a casa».

«Deja los berrinches».

Esa mañana, al comprender que yo no iba a contestar, el acoso cesó. Oculta tras una columna a escasos metros de él, lo observé sacar el teléfono una vez más y llevárselo a la oreja.

—Angelo, ¿Chiara se ha puesto en contacto contigo? —preguntó. Su voz sonó tensa. Tras un breve silencio del otro lado de la línea, Dante negó con la cabeza—. No. Es imposible que se haya ido de verdad. Sus cosas siguen en la villa. Las joyas, los relojes... los regalos que le di siguen en los cajones. Solo intenta darme una lección. Si su objetivo era agotarme la paciencia, lo logró.

Uno de los invitados se acercó con una sonrisa burlona.

—Don Castellano, hoy es el cumpleaños de Alessia. ¿Por qué te preocupa tanto esa vagabunda? —indagó.

Dante cortó la llamada y guardó el teléfono tras soltar un bufido.

—Te equivocas —respondió con dureza—. La única mujer que me importa es Alessia. Ella es el amor de mi vida.

La cámara del teléfono de Alessia capturó la declaración en plena transmisión en vivo. El chat estalló en un parpadeo.

«¡Me muero de amor!».

«¡El esposo perfecto!».

«¡Los amo!».

Alessia amplió su sonrisa, pero el gesto se desvaneció un segundo después. Se llevó la mano al pecho, abrió los ojos de par en par y fingió que le faltaba el aire.

—El broche... —murmuró. Luego alzó la voz—. ¡Mi broche! ¡No está!

Esa joya era la insignia de la heredera de los Romano. Perderlo no solo desataría la furia de su padre, sino que ponía en riesgo su legitimidad dentro de la familia.

Dante se tensó en el acto.

—Nadie sale de este hotel. Busquen el broche. ¡Ahora! —ordenó.

Los invitados comenzaron a murmurar y el chat de la transmisión se llenó de preguntas. Alessia tomó a una de sus amigas por el brazo y caminó a toda prisa hacia los vestidores.

En ese instante, salí del pasillo lateral. Nos topamos de frente. La mujer que acompañaba a Alessia se detuvo en seco.

—¿Chiara? ¿Qué haces aquí? ¿Te colaste en la fiesta? —preguntó, barriéndome con la mirada de arriba abajo—. ¿Fuiste tú? ¿Tú le robaste el broche?

Las cámaras giraron en mi dirección. Decenas de teléfonos se alzaron en el aire, grabando mi rostro.

Alessia apartó a su amiga y se dirigió a la lente de su celular, forzando un tono comprensivo.

—Chicos, no piensen mal. Ella forma parte del servicio en la casa de Dante. Seguro se escabulló para ver la fiesta. No pasa nada —declaró.

La otra mujer me miró con asco y alzó la voz para que todo el pasillo la escuchara.

—¿Una sirvienta vestida así? Miren su ropa. Miren el reloj que lleva puesto. ¡No hay forma de que pueda pagar todo eso! —La acusación resonó contra las paredes—. ¡Es una ladrona! ¡No solo tiene el broche! ¡Todo lo que lleva puesto es robado! ¡Hasta intenta robar tu lugar!

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