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La Venganza de la Heredera
La Venganza de la Heredera
Author: Bella y Frágil

Capítulo 1

Author: Bella y Frágil
Las manos me temblaban mientras abría la foto y la ampliaba poco a poco.

Me fijé en la cicatriz que cruzaba el dorso de su mano. Una marca de la crueldad de este submundo. Inconfundible a la vista. Yo había besado esa marca incontables veces en la oscuridad, con el rostro bañado en lágrimas, aferrada a la estúpida ilusión de que era la prueba irrefutable de que Dante Castellano me amaba. Ahora, lucía como un cuchillo clavándose directo en mis pupilas.

Siete años. Sus promesas aún me retumbaban en los oídos.

Aún sentía en la palma de mi mano el peso de la caja de terciopelo con el diamante de diez quilates. El anillo de compromiso.

La boda ya estaba planeada. Cuando él dormía a mi lado, con esa mano cicatrizada reposando sobre mi vientre, yo no paraba de elegir el nombre de nuestros hijos en mi cabeza.

Sin embargo, ese anillo nunca fue para mí.

No. Mi cerebro se negaba a aceptarlo. Necesitaba preguntárselo en la cara. Tenía que encontrarlo de un modo u otro.

Llamé a un taxi y le pedí, con urgencia, que condujera hacia el hotel. Durante el trayecto, marqué su número varias veces. Antes, él contestaba al primer tono. Esa vez, la operadora me enviaba directo al buzón. Las lágrimas me empañaron la vista, pero me negué a darme por vencida.

Justo cuando marqué por vigésima vez, un estruendo ensordecedor estalló a mi alrededor. Mi cuerpo salió disparado por los aires. El chirrido de un claxon me taladró el cráneo mientras un dolor insoportable me desgarraba cada músculo y hueso del cuerpo.

Entonces, algo cálido comenzó a fluir de mis entrañas. Apreté las manos contra mi abdomen, sintiendo cómo la vida que crecía allí se me escurría entre los dedos.

—¡No, no, no! ¡Salven a mi bebé! —supliqué con el último aliento.

Pero nadie en la calle escuchó mi grito de auxilio.

Soporté la agonía abrasadora y marqué el número de Dante una vez más con los dedos temblorosos. Era la llamada número veintiuno. Apreté el botón verde y mi pulgar manchó la pantalla de sangre.

«Contesta. Contesta. Solo por esta vez en la vida, por favor, contesta...».

La línea dio tono por fin. Me aferré al celular como a un salvavidas. Estaba a punto de suplicarle ayuda, pero mi mundo se detuvo cuando la voz de una mujer resonó a través del altavoz.

—Cariño, ¿crees que se ponga furiosa conmigo cuando vea las noticias? —ronroneó la voz al otro lado.

Era Alessia Romano. Yo la había visto en el video cientos de veces. Me comparaba con ella como una completa idiota; no era sorpresa que reconociera esa voz a la perfección.

—Es solo un pasatiempo. ¿Qué derecho tiene a enfadarse? —escupió Dante con desdén—. Si no fuera por mí, esa huérfana seguiría pudriéndose en la alcantarilla. Además, me ama demasiado como para largarse. Aunque vea las noticias, se quedará. Siempre lo hace.

En ese instante, toda la sangre de mi cuerpo se congeló. El teléfono se me resbaló de la mano. Los bordes de mi realidad comenzaron a nublarse mientras la agonía en mi vientre se tragaba mi cordura.

Antes de perder el conocimiento, intenté convencerme de que ese no podía ser mi Dante. Tenía que ser un extraño usando la voz de mi hombre.

Desperté bajo el resplandor de unas luces fluorescentes crudas y con olor a desinfectante. El médico ni siquiera había abierto la boca, pero su expresión de lástima ya me lo decía todo.

—Lo lamento muchísimo. Tenía menos de tres meses de gestación. No pudimos hacer nada —informó con tacto profesional.

Mi mano buscó el vacío en mi estómago. Clavé la vista en el techo mientras los ojos me ardían por las lágrimas que me negué a derramar.

Pensaba sorprender a Dante con la noticia. Un heredero. Una futura familia. Y él mismo lo había masacrado todo con sus malas decisiones.

Me limpié las mejillas y marqué un número que había guardado hace mucho tiempo, pero que jamás me atreví a usar.

—Papá —pronuncié apenas atendió.

—¿Chiara? ¿De verdad eres tú? —indagó al otro lado con la voz quebrada.

—Ya tomé una decisión —solté en un tono plano y gélido—. Aceptaré el matrimonio arreglado y asumiré el control de los negocios de la familia. Pero tengo una sola condición.

—Mientras vuelvas a casa, te daré lo que pidas.

—Quiero a Alessia fuera de nuestra familia —exigí.

El viejo Don no dudó.

—Hecho. Pero, pequeña, ¿acaso pasó algo?

Me tragué el sollozo que pugnaba por salir.

—Nada que no pueda manejar. Te llamaré más tarde —dije tras un suspiro.

Corté la llamada.

Todos creían que yo era una huérfana muerta de hambre. Pero les demostraría lo equivocados que estaban.

Un mes atrás, mis padres biológicos me encontraron. Me revelaron que yo era la verdadera heredera de la familia mafiosa Romano. Alessia era el fraude. Su madre nos había intercambiado en el hospital cuando éramos recién nacidas. Me robó la cuna, el apellido y mi herencia.

En aquel momento, no me importó. Yo tenía a Dante. No necesitaba ningún imperio criminal.

De verdad, fui una imbécil.

Ahora, Alessia quería usar mi identidad, casarse con mi hombre y enterrarme en los barrios bajos... pues no lo lograría mientras yo siguiera respirando.

El teléfono vibró en mi mano. Era un mensaje de texto.

Alessia: Chiara, ¿de verdad crees que Dante te ama? Hace tres meses, cuando te acusaron en falso de robar en aquella tienda y lo llamaste llorando para pedirle ayuda, él estaba en el probador de al lado dándome la cogida de mi vida. ¡Ufff, tres horas duró conmigo!

Clavé las uñas en mis palmas hasta hacerme daño. Mi cuerpo entero se estremeció.

Llegó un segundo mensaje.

Alessia: Tienes suerte de no haber muerto en ese «accidente». Aléjate de Dante o la próxima vez no fallaré. Y te aseguro que no volverás a despertar.

¡Alessia estaba detrás de todo! De verdad intentó asesinarme solo para quedarse con Dante, y mi hijo murió por su culpa.

Me quedé mirando esas palabras hasta que las letras se volvieron borrosas. Hice capturas de pantalla y las guardé.

Necesitaba pruebas. También la suficiente paciencia para poder vengarme. Las lecciones de siete años escondida en las sombras me enseñaron el arte de esperar.

Las redes sociales lanzaron una nueva notificación a mi pantalla. La abrí por costumbre y vi a Alessia pregonando su final feliz con Dante. Los comentarios rebosaban de felicitaciones.

«Siete años y al fin logró que ella aceptara. ¡Qué locura!».

«Ese hombre guardó el anillo en su bolsillo durante siete años y esperó por ella. Eso es amor verdadero».

«El hombre más devoto de la mafia. Felicidades».

Cada palabra era un clavo en el ataúd de mi amor por Dante. Durante siete años, ninguno de sus amigos supo de mi existencia.

Ella obtuvo una propuesta de matrimonio en público, sus besos a la luz del día y cien propuestas de matrimonio. Yo, en cambio, solo merecía estar encerrada en una habitación de hotel, escuchándolo reciclar las mismas frases cursis de segunda mano que estaban destinadas a otra.

Justo en ese momento, la puerta de la habitación del hospital se abrió de golpe. Dante apareció en el umbral sosteniendo un ramo de rosas, con esa misma sonrisa de hombre devoto y gentil en el rostro.

—Cara, me enteré de que estabas en el hospital y vine lo más rápido que pude. Gracias a Dios estás bien —murmuró, aliviado.

Dejó las rosas sobre la mesita de noche y sacó una cajita de terciopelo. Otro collar de diamantes, el mismo maldito regalo de todos los años.

—Feliz séptimo aniversario.

No dije ni una palabra.

Se acercó a mí, creyendo que mi silencio era un castigo tras ignorar mis llamadas. Su mano acunó mi barbilla, obligándome a levantar el rostro, mientras su pulgar delineaba mi labio inferior. Un gesto íntimo y tierno cargado de hipocresía. La misma antesala de siempre para darme uno de sus asquerosos besos.

—Perdóname. El trabajo fue un caos. Sabes que jamás te ignoraría a propósito. ¿Me perdonas? —insistió.

Sus ojos destilaban una sinceridad tan artificial que me daban ganas de vomitarle en la cara.

Entonces, su mirada bajó y aterrizó en mi teléfono, que descansaba sobre mis piernas. La pantalla seguía encendida. El titular de Alessia haciendo pública su relación le devolvió la mirada en silencio.

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