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Capítulo 8

Author: Bella y Frágil
La amiga de Alessia se abalanzó sobre mí. Le atrapé la muñeca en el aire y la empujé con todas mis fuerzas.

—¿Qué derecho tienes para llamarme ladrona? —escupí.

En un abrir y cerrar de ojos, el chat de la transmisión estalló.

«Los culpables siempre inventan excusas».

«¡Se volvió loca!».

«¡Da asco!».

Los invitados murmuraban detrás de sus copas de champán.

—¿Una sirvienta atreviéndose a hablarle así a la futura Donna Castellano? Qué descaro —murmuró alguien en la multitud.

Los ojos de Alessia se llenaron de lágrimas y sacudió la cabeza.

—Chicos, no digan eso. Tal vez solo está confundida. Después de todo... creció huérfana. La vida no ha sido fácil para ella —lloriqueó a la cámara.

Montó su teatro de mártir a la perfección.

—Si tomaste el broche, solo devuélvelo. No me voy a enojar. No llamaré a la policía. Solo... no puedo perder ese broche. Lo es todo para mí —suplicó.

Una oleada de asco me revolvió el estómago. La miré directo a los ojos.

—Es la segunda vez que me acusas de robar tus joyas. Lo diré una vez más. Yo no lo tomé —sentencié.

Su amiga me apuntó con el dedo, casi clavándomelo en la cara.

—¡Alessia tiene un corazón de oro! Jamás te acusaría en falso. Solo eres una ratera sin modales y sin escrúpulos. ¡¿Qué más se puede esperar de una loca que creció sin padres?! —ladró la mujer con desprecio.

Los invitados comenzaron a cerrar el círculo a mi alrededor. Parecían tiburones acechando a su presa.

Metí la mano en el bolsillo. Una llamada a mi padre bastaba para acabar con todo aquello, pero antes de poder marcar, Dante me arrebató el celular de las manos.

—Chiara, ¿por qué siempre tienes que atacar a Alessia? —exigió saber el capo.

Escudada tras la espalda de Dante, Alessia se encogió en un parpadeo.

—Dante, no te enfades. Quiero creer que no lo hizo a propósito. Dale otra oportunidad —rogó ella.

Se limpió las mejillas húmedas frente a la lente del teléfono. La tipa me tenía harta con su hipocresía.

Dante me miró con una profunda decepción.

—Chiara, me has decepcionado —masculló.

No dejé de mirarlo con frialdad.

—Así que, en tu retorcida mente, yo soy el tipo de persona que robaría. Nunca has confiado en mí. Ni una sola vez —lo encaré.

Vio algo desconocido en mi expresión y el pánico le desfiguró el rostro.

La jauría a mi alrededor se acercó aún más, dispuesta a registrarme a la fuerza. Dante dio un paso al frente para detenerlos, pero los dedos de Alessia se aferraron a la manga de su saco.

—Tienen que encontrar ese broche —le susurró al oído—. Si no aparece, mi padre no me lo perdonará jamás.

Dante se detuvo. La amiga de Alessia aprovechó la pausa, avanzó y me agarró del brazo con brusquedad.

Forcejeé para soltarme, sacudiendo los brazos con violencia. Con el movimiento brusco del forcejeo, un broche de esmeralda salió disparado del bolsillo de mi chaqueta, golpeó el suelo y rodó sobre la alfombra a la vista de todos.

El salón entero enmudeció. Todos se quedaron paralizados por la sorpresa.

Alessia se agachó de inmediato y lo recogió.

—Gracias a Dios, lo encontré. Chiara... de verdad fuiste tú. ¿Por qué me haces esto? Ya te había perdonado una vez... —sollozó la impostora.

El chat de la transmisión volvió a estallar.

«¡Ladrona!».

«¡Mátenla!».

«¡Llévenla a un manicomio!».

El semblante de Dante se oscureció y su voz se volvió tan fría como la muerte. Era el mismo tono letal que utilizaba para sentenciar a sus enemigos.

—La evidencia está en el suelo. ¿Qué tienes que decir ahora?

Me sujetó la muñeca con fuerza.

—Deja de ponerte en evidencia. Vamos. Te vas a casa —ordenó.

Intenté zafarme de su agarre. Entonces, una voz grave y autoritaria resonó desde las escaleras de la planta superior.

—¡Suéltenla! ¿Quién se atreve a ponerle una mano encima a la heredera de los Romano?

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