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Capítulo 4

Author: Bella y Frágil
Cuando llegué al portón de la villa, los guardias me bloquearon el paso.

Una voz furiosa resonó a mis espaldas.

—¡¿De verdad te vas?! —reclamó.

Me giré y vi a Dante avanzando a zancadas hacia mí. Su rostro estaba tenso.

—Deja de hacer berrinches. Vuelve adentro —ordenó.

Alessia, que lo había seguido hasta el patio, intervino con voz suave.

—Tesoro, no seas tan duro. Aún no se ha recuperado del todo —ronroneó.

Luego, se giró hacia mí. Su tono era dócil, pero cargado de una hipócrita condescendencia.

—Creo que solo está acostumbrado a protegerte. Le preocupa que corras peligro ahí fuera sola —argumentó.

Ya estaba jugando a ser la señora de la casa.

El vacío de mis ojos expresaba mi indiferencia.

—Esto no es asunto tuyo —corté.

Dante soltó una risa seca.

—Bien. Vete al carajo. He sido demasiado bueno contigo. Olvidaste cuál era tu lugar —escupió.

Dio un paso al frente y bajó la voz, usando el mismo tono amenazante que reservaba para sus enemigos.

—Pero ten algo muy claro, Chiara: todo lo que tienes, te lo di yo. Sin mí, solo eres una huérfana de mierda —siseó.

Huérfana.

La palabra me impactó en el pecho como una bala.

Antes me decía: «Donde yo esté, ahí estará tu hogar». Antes me apretaba entre sus brazos y juraba que jamás volvería a estar sola. Ahora, me minimizaba frente a su prometida.

Me tragué la bilis que me subía por la garganta y enderecé la espalda.

—Don Castellano, aunque sea una simple criada, usted no tiene derecho a restringir mi libertad. Me marcho, y nadie puede detenerme —sentencié.

Dante tiró del nudo de su corbata. Su postura se endureció. Todavía creía que era un berrinche.

—Cambié de opinión. ¡No lo permitiré! Ya tengo demasiados problemas encima. No compliques más las cosas —advirtió.

Le sostuve la mirada sin pestañear.

—Me voy —repetí.

El ambiente se volvió rígido. Dante perdió la paciencia por completo.

—¡Suficiente! —bramó, pasándose una mano por el cabello, frustrado—. Si necesitas descansar, quédate aquí. Nadie te molestará. Alessia es mi prometida, sí, pero jamás te pedí que le sirvieras. ¿Qué más podrías querer?

Hizo que sonara como si yo fuera una indigente que exigía limosnas sin pudor alguno.

Las palabras se me agolparon en la garganta. Mi voz salió rota.

—No quiero nada, y mucho menos de usted. Solo quiero irme.

El color abandonó su rostro. El silencio cayó como plomo en el patio.

No dudé ni un segundo. Agarré mi maleta y retomé mi camino. Cuando estaba a menos de un metro del portón, unos dedos delgados se cerraron alrededor de mi muñeca.

—Espera —susurró Alessia. Llevaba puesta esa sonrisa sacada de Hollywood, pero bajó la voz a propósito—. Chiara, no te enfades. Dante no quiso lastimarte. Solo está preocupado por ti.

Hizo una pausa para refinar la actuación de su arrepentimiento.

—Has pasado siete años a su lado, cuidando de él. Sé que le entregaste todo. No debería tratarte así. Pero, ahora que estoy de vuelta, deberías dejar de engañarte a ti misma. Aunque intentes llamar su atención con este espectáculo, solo pierdes el tiempo —se burló.

Por fin me mostraba los colmillos. Sin vacilar, la miré directo a los ojos y respondí:

—Lo que sea que haya entre Dante y yo, no te incumbe.

Intenté zafarme de su agarre, pero ella apretó con más fuerza.

—Has querido casarte con él durante todos estos siete años, ¿verdad? Sé que te quedaste con las ganas —añadió con esa fingida preocupación de mosquita muerta—. Así que seré generosa y dejaré que te pruebes mi anillo de compromiso. Te concederé ese deseo, ¿te parece?

Me puso el anillo a la fuerza con una sonrisa sádica. Lo deslizó por mi dedo medio, pero la banda metálica era demasiado estrecha. Mi nudillo palideció por la presión.

Un dolor agudo me punzó la carne y la aparté de un empujón.

Alessia soltó un alarido exagerado y cayó de bruces contra el suelo. Sus ojos se enrojecieron en un parpadeo mientras fingía atragantarse con sus sollozos.

—¡¿Tantas ganas tienes de casarte con Dante?! —lloriqueó—. Estoy muy agradecida de que le hicieras compañía durante siete años en mi lugar. Si querías probarte mi anillo, te lo habría prestado. ¡¿Por qué tuviste que arrebatármelo a la fuerza?!

Me quedé mirándola. El diamante incrustado en mi dedo ardía. Miré a los guardias, que fingían no haber visto nada, y a la figura borrosa de Dante de pie en el umbral.

Todo lo que él estaba presenciando era la escena que ella había orquestado para sus ojos.

Mi voz sonó fría como el hielo.

—Alessia, con esas dotes de actriz, es una lástima que no trabajes en el cine —escupí.

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