Share

Capítulo 6

Author: Bella y Frágil
Arrastré la maleta hasta el apartamento que compré con mis primeros ahorros. Cuando Dante se coronó como Don de la mafia, lo abandoné para mudarme con él.

La vista de la sala me revolvió el estómago. En este mismo sitio había jurado pasar el resto de su vida a mi lado. Ahora, el apartamento se había convertido en una trinchera.

Saqué mis cosas, me tumbé en la cama y dejé que el cansancio me venciera.

De madrugada, unos golpes violentos en la puerta me sacaron de la cama. En cuanto quité el pestillo, Dante irrumpió en la sala. Apestaba a whisky y a algo peor: al perfume de otra mujer.

Me atrapó entre sus brazos y me aplastó contra su pecho. Me estaba ahogando con su agarre.

—Cara —murmuró con voz pastosa, ignorando todo lo que ocurrió en la tarde—. Sabía que estarías aquí. Ya no estés enojada conmigo. Mira lo que te traje.

Me empujó hacia el sofá, se arrodilló ante mí y abrió la palma de la mano. El colgante de estrella, reparado.

Una punzada de asco me causó escalofríos. El corazón se me aceleró.

¿De verdad creía que ese gesto lo arreglaría todo? El tipo pensaba que una baratija remendada bastaba para que olvidara lo sucedido.

Sin parpadear, le clavé la mirada.

—No deberías estar aquí. Lárgate —ordené.

Su expresión se desmoronó en un latido, fingiendo dolor.

—¿Por qué me rechazas? ¿Ya no me amas? —reprochó.

Bajé la vista. Recordé cómo se escurría la sangre entre mis dedos. Reviví la humillación en la salida de la villa.

—Dante —pronuncié con la voz rota—. Dijiste que yo solo era un pasatiempo, un reemplazo. ¿Acaso un reemplazo tiene derecho a amarte?

Aguardé en silencio. Esperé a que lo negara, a que peleara, a que soltara una sola maldita palabra para demostrar que los últimos siete años no habían sido una farsa. Pero no hubo respuesta. Se había quedado dormido con la cabeza apoyada en mis rodillas.

A la mañana siguiente, desayuné sola.

Entró a la cocina arrastrando los pies mientras se frotaba las sienes.

—Cara, ¿dónde dejaste la aspirina? —masculló.

Di un sorbo a mi taza de leche sin mirarlo.

Se detuvo en seco. La confusión en sus ojos turbios se disipó, como si la noche anterior hubiera sido un delirio. Dio media vuelta hacia el baño. Se duchó, se afeitó y cumplió con su rutina en silencio. Al volver, olía a mi jabón, aunque llevaba la misma camisa arrugada. Por inercia, se inclinó para darme un beso en la frente.

Me aparté. Su mandíbula se tensó y el pánico se apoderó de sus ojos. Entonces, se arrodilló junto a mi silla y me tomó las manos.

—Ayer te traté así porque no quería que ofendieras a Alessia. Lo siento, cara —se excusó—. Golpéame. Grítame. Haz lo que necesites para desahogarte. Pero, por favor, perdóname.

No sentí nada al escuchar sus excusas.

—Olvídalo, ya pasó —concedí.

Abrió la boca y la volvió a cerrar.

Estaba preparado para mis lágrimas, para los reproches, para una discusión que él sabía cómo ganar con su típica manipulación. Pero jamás esperó que yo soltara unas palabras tan indiferentes: «Olvídalo, ya pasó».

Apretó sus dedos alrededor de mis manos.

—Esta noche iremos a cenar. Al restaurante giratorio —propuso—. Donde nos conocimos. ¿Recuerdas lo felices que éramos?

Sabía que no lo rechazaría.

Y tenía razón.

Iba a ir, pero no para revolcarme en la nostalgia. Quería recuperar mi fotografía. La imagen que nos tomaron besándonos tras ganar un estúpido concurso de San Valentín. En ella, sonreíamos como idiotas... como dos idiotas enamorados.

Me negaba a dejar un pedazo de mí colgado en esa pared, expuesta para que cualquiera me etiquetara en internet como «la amante» del Don.

Dejó la estrella de plata sobre la mesa y se marchó a trabajar. No me molesté en tocarla.

La noche cubrió la ciudad. Terminaba de vestirme cuando la pantalla de mi teléfono se iluminó con un mensaje suyo.

Dante: Surgió un viaje de negocios de emergencia. ¿Podemos cambiar la fecha? Espérame a que vuelva, ¿de acuerdo?

Otra excusa de mierda.

Abrí el perfil de Alessia en la red social sin pensarlo dos veces. Tal como sospechaba, acababa de actualizarlo. No tenía ni un minuto. Vi la fotografía en la sala de maternidad del hospital.

La descripción decía: «Creciendo sano. Mamá y papá cuentan los días para conocerte».

El comentario fijado mostraba la foto de perfil de Dante junto a su respuesta.

«Mamá y papá te protegeremos juntos».

El teléfono resbaló entre mis dedos. Lo atrapé en el aire, aunque por dentro deseaba dejarlo estrellarse contra el piso.

Tres días atrás, mi hijo había muerto en un accidente. Ahora, él celebraba la llegada de un heredero con otra mujer.

Las lágrimas corrieron por mis mejillas, pero eso no me detuvo. Abrí el chat de mi padre y tecleé a toda prisa.

Chiara: Cancela todos los acuerdos con los Castellano. Cada trato, cada alianza. ¡Desángralos!

Dante ansiaba el poder. Quería escalar hasta la cima costara lo que costara. Pero yo ya no iba a ser su escalón.

Fui al restaurante. La anfitriona me cerró el paso en el vestíbulo.

—Lo siento, signorina. Todo este piso ha sido reservado para un evento privado —informó.

Deslicé sobre el atril la tarjeta negra sin límite que Dante me había dado el día anterior.

—Solo vengo a recoger algo de la pared —indiqué.

La mujer aceptó el soborno y guardó silencio.

El salón estaba a oscuras, a excepción de la mesa junto al ventanal. Dante y Alessia estaban sentados frente a frente. Había un pequeño pastel sobre el mantel. Ella se inclinó y sopló la única vela. A la luz de la llama, su rostro reflejaba una felicidad perfecta. Repulsiva.

Dante la contemplaba, fascinado.

—¿Qué deseaste? —preguntó.

Ella sonrió.

—Que nuestro bebé nazca sano —respondió.

Con fingida inocencia, Alessia apoyó el mentón en las manos.

—Si Chiara estuviera embarazada, ¿también esperarías a su bebé con la misma ilusión?

Dante se inclinó sobre la mesa y le besó los labios.

—¿Por qué dejaría que llevara mi sangre? Ella solo es tu reemplazo —murmuró, rozándole la mejilla—. No hablemos de ella esta noche.

Me mordí el labio hasta hacerme daño mientras mis lágrimas salpicaban el suelo de madera.

No sentí el impulso de gritar ni de confrontarlo. Caminé despacio por el borde del salón, hasta la galería de fotos en la pared. Arranqué la imagen donde nos besábamos. Un trozo de papel de una época en la que éramos tan solo unos jóvenes ciegos. La partí por la mitad y dejé caer los pedazos al suelo.

Esa misma noche, compré el primer vuelo de regreso a casa.

Me di tres días de plazo. Setenta y dos horas para matar a la mujer que había sido. Alguien que no parpadeara al escuchar su nombre. Alguien capaz de mirarlo a los ojos sin sentir que le faltaba el aire.

Después de eso, desataría mi venganza. Les prepararía un «regalo de bodas» que recordarían por el resto de sus malditas vidas.

Patuloy na basahin ang aklat na ito nang libre
I-scan ang code upang i-download ang App

Pinakabagong kabanata

  • La Venganza de la Heredera   Capítulo 16

    Alessia observó cómo los hombres arrastraban a Dante hacia la oscuridad de la calle. Al perderlo de vista, la última pizca de arrogancia desapareció de su rostro. El pánico se apoderó de ella. Se dejó caer sobre las rodillas y gateó, desesperada, hacia Leonardo. Al llegar a sus pies, bajó la cabeza y golpeó la frente contra el asfalto una y otra vez, con tanta fuerza que la piel se le abrió y un hilo de sangre comenzó a mancharle la cara.—¡Don Giorgi, por favor, déjeme ir! ¡Me equivoqué! —rogó, con la voz ahogada por el llanto—. No lo volveré a hacer. ¡Le juro que jamás volveré a acercarme a la signorina Chiara!Leonardo la observó desde arriba. Su rostro era una máscara inexpresiva, desprovisto de la más mínima compasión.—Cuando la lastimabas, ¿alguna vez te detuviste a pensar en las consecuencias? —preguntó con voz pausada—. Incluso si te quitamos la vida ahora mismo, eso no compensaría ni una fracción del dolor que ella sintió al perder a su hijo.Sin agregar una palabra más,

  • La Venganza de la Heredera   Capítulo 15

    Alessia hizo una pausa y, al retomar la palabra, alzó la barbilla con una satisfacción cruel.—¡Porque tú eres uno de los culpables de asesinar a su hijo! —escupió.—¿Hijo? —El cuerpo entero de Dante se tensó y su respiración se detuvo por un segundo. Giró sobre sus talones para mirarme, con el desconcierto más absoluto reflejado en el rostro—. ¿Tú y yo... esperábamos un hijo? —preguntó, faltándole el aire.Mis ojos ardieron cuando recordé el accidente. Sin embargo, me tragué las palabras y me limité a sostenerle la mirada, sin mostrarle nada de mi dolor. Mi silencio se convirtió en la respuesta más letal que pude darle.Dante asimiló de inmediato que Alessia no mentía. Un temblor visible le recorrió los brazos y el poco color que le quedaba en las mejillas desapareció por completo. Dio un paso hacia atrás, tropezando con sus propios pies, y habló con el tono roto de quien se aferra a una última y desesperada esperanza.—Estás mintiendo, ¿verdad? —rogó.Al observar su miseria, Al

  • La Venganza de la Heredera   Capítulo 14

    Bajé la mirada hacia las mujeres que temblaban sobre la alfombra.—¿No miraban a las criadas por encima del hombro? Entonces prueben en carne propia lo que significa servir a otros —sentencié con indiferencia.Para esas perras acostumbradas a los privilegios, la orden equivalía a la peor humillación posible, pero ninguna tuvo el valor de levantar la voz para oponerse.Al escuchar mi decisión, Leonardo dejó asomar una leve sonrisa. Me miró con una ternura que me pareció irresistible. Su voz sonó grave, pero suave:—Lo que tú ordenes.Los soldati las escoltaron hacia la salida del salón de inmediato. Otros dos hombres tomaron a Dante por los brazos y lo sacaron a rastras mientras seguía inconsciente.La tensión en el ambiente se disipó poco a poco. La iluminación principal volvió a encenderse, un pianista comenzó a tocar una melodía hermosa de fondo y los invitados no tardaron en acercarse para felicitarme, fingiendo con descaro que la escena anterior jamás había ocurrido.Al fin

  • La Venganza de la Heredera   Capítulo 13

    Al escucharme, Dante palideció de golpe. Sus pupilas se contrajeron. El hombro herido le temblaba por el esfuerzo y la sangre continuaba empapando la tela de su camisa. Un torbellino de culpa e incredulidad le enturbió la mirada.—Cara, no hagas esto —suplicó, con la voz desgarrada por el dolor.Parecía incapaz de asimilar que lo tratara como la rata que era.Uno de sus hombres de seguridad se acercó, con el ceño fruncido por la urgencia.—Jefe, deje de hablar. Su hombro no puede esperar. Necesita un médico ahora mismo —lo apremió.Dante le apartó el brazo de un manotazo, aferrándose a una energía que no debería tener en ese estado. Dio un paso inestable hacia el frente, sin apartar los ojos de mí.—Así que sabías tu verdadera identidad todo este tiempo. ¿Por qué me lo ocultaste? ¿Acaso no confías en mí? —reclamó con voz ronca.Mi madre dio un paso al frente al escuchar esa absurda acusación. Mantuvo un semblante inexpresivo y no se mordió la lengua.—Dante, ¿qué derecho tienes

  • La Venganza de la Heredera   Capítulo 12

    Un disparo ensordeció la sala y cortó el ruido de los invitados de tajo. Me quedé inmóvil, incapaz de reaccionar durante un segundo que me pareció eterno, hasta que vi a una figura que se interpuso entre nosotras... Dante.La bala le destrozó el hombro y la sangre comenzó a brotar. En su camisa apareció una mancha de roja que se extendía poco a poco. Soltó un gruñido mientras su cuerpo se tambaleaba por el impacto, pero intentó mantener el equilibrio para seguirme protegiendo.En ese momento, una figura alta emergió de las sombras y me atrapó entre sus brazos con una fuerza abrumadora. Su abrazo era amplio y cálido con un toque de aroma a cedro. Su calor disipó el miedo atrapado en mi pecho.Levanté la vista hacia él. Su rostro tallado por los ángeles contrastaba con la energía dominante que desprendía su presencia. Él había estado observando la escena desde las sombras y, al notar el revólver, se acercó para blindarme del peligro sin pensarlo dos veces.Mis padres corrieron hacia

  • La Venganza de la Heredera   Capítulo 11

    La discusión en el salón estalló de inmediato. Los espectadores de la transmisión en vivo se multiplicaron por mil. Nadie quería perderse el desenlace del drama.«Así que ella es la impostora. Con razón intentó tenderle una trampa a la signorina Chiara. Seguro estaba aterrorizada de que descubrieran su verdadera identidad».«Qué asco. Fingiendo ser tan frágil e inocente mientras hace cosas tan podridas en las sombras».«Antes pensaba que Chiara era una loca, pero ahora es obvio que Alessia orquestó todo este espectáculo».Alessia leyó la pantalla y su respiración se volvió errática, como si cada comentario fuera una aguja. Se levantó de un salto, con los ojos enrojecidos y el pecho subiendo y bajando a toda velocidad.—¡Cállense! ¡Todos ustedes, cierren la boca! Chiara debió haber engañado a mamá y a papá. ¡¿Cómo carajos voy a ser la mentirosa?! —chilló.Sus gritos histéricos no lograron imponerse sobre el ruido acusatorio de los invitados.Mi padre frunció el ceño. Con el sembl

Higit pang Kabanata
Galugarin at basahin ang magagandang nobela
Libreng basahin ang magagandang nobela sa GoodNovel app. I-download ang mga librong gusto mo at basahin kahit saan at anumang oras.
Libreng basahin ang mga aklat sa app
I-scan ang code para mabasa sa App
DMCA.com Protection Status