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Capítulo 3

Auteur: Paula C
last update Date de publication: 2026-08-10 07:42:56

El trayecto de regreso desde el despacho de la dirección hasta la sala de cuidados intensivos se sintió como una procesión fúnebre. Beatriz Lombard caminaba al frente, seguida por el juez notarial que cargaba el acta de matrimonio oficial y las herramientas de certificación legal. Aria caminaba al final, manteniendo la espalda rígida, ignorando las miradas nerviosas que su padre le lanzaba de reojo al avanzar por el pasillo restringido de la clínica, donde el zumbido constante de los aparatos médicos dominaba el ambiente.

Cuando entraron a la sala privada, el olor a desinfectante industrial golpeó las fosas nasales de Aria. Allí estaba Ezequiel Lombard, el hombre que solía controlar el destino financiero de la ciudad, reducido a una figura inmóvil. Tenía la cabeza vendada, el pecho cruzado por cables de monitoreo y un respirador artificial dictando el ritmo de sus pulmones.

Adriana soltó un quejido ahogado desde la puerta y desvió la mirada. Aria, en cambio, observó el rostro de Ezequiel con un dolor profundo en el pecho. Sus ojos azules estaban ocultos, y su mandíbula antes altiva lucía cubierta por una sombra de barba descuidada de pocos días.

El juez notarial colocó los documentos sobre una mesa auxiliar con ruedas, justo al pie de la cama. Sacó una pluma estilográfica y una almohadilla de tinta negra.

—Señorita Stelle, firme aquí, aquí y aquí —indicó el juez con voz monótona—. Al firmar, se ratifica el fideicomiso financiero preaprobado por el Grupo Lombard, el cual garantiza la inyección de capital para el rescate de la empresa Stelle. El presente acuerdo es vinculante por un periodo mínimo de doce meses; la disolución del matrimonio antes de dicho plazo supondrá la revocación automática del fideicomiso, el retorno de la deuda empresarial y la pérdida total de los derechos legales sobre la descendencia procreada.

Aria tomó la pluma y firmó con trazos rápidos y limpios. Cada letra era la renuncia definitiva a su libertad. Al terminar, dejó la pluma sobre la mesa y dio un paso atrás.

Beatriz se acercó al costado de la cama de su hijo. Con una firmeza helada, tomó la mano derecha de Ezequiel. Presionó su pulgar contra la almohadilla de tinta negra y, guiando la mano pesada del hombre, estampó la huella dactilar sobre la línea del acta matrimonial destinada al novio. El notario presionó su sello oficial sobre el papel, certificando el acto bajo la ley de incapacidad médica legal.

—El matrimonio queda legalmente registrado —declaró el juez, guardando los folios en su maletín—. Los fondos de rescate han sido liberados por el banco del holding hacia las cuentas de su corporación, señor Stelle.

Al salir de la sala hacia el pasillo de espera, Roberto dio un paso hacia Aria con los ojos brillando por el alivio de haber salvado sus empresas.

—Aria, hija... gracias. Salvaste a la familia... —intentó decir, estirando la mano hacia su hombro.

Aria dio un paso atrás, esquivando el contacto como si la mano de su padre estuviera maldita. Lo miró con una frialdad tan absoluta que el hombre se quedó congelado a mitad del gesto.

—No me vuelvas a llamar hija—siseó Aria, con una voz baja y afilada—. Ya tienes el dinero. El trato está cerrado. Lárguense de esta clínica y no vuelvan a buscarme. Para mí, ustedes dejaron de existir hoy.

Sin esperar respuesta, Aria le dio la espalda a su antigua familia. Beatriz Lombard observó la escena en silencio, evaluando el orgullo inquebrantable de la chica con un destello de sutil respeto.

—Un auto te llevará a la mansión en las colinas, Aria —dijo Beatriz—. Permanecerás allí. El traslado médico de Ezequiel es complejo y requiere estabilidad; los ingenieros biomédicos tardarán una semana en instalar los sistemas de soporte vital y telemetría en la suite principal de la casa. Hasta entonces, ocuparás tu lugar como la señora de la casa y te adaptarás a tu nuevo hogar.

Siete días pasaron con una lentitud sofocante. Aria se instaló de inmediato en la inmensa habitación principal de la mansión, un palacio de mármol gris y vidrio templado que se sentía tan frío como un museo vacío. Thomas, el mayordomo, la había guiado respetuosamente a la estancia, reconociendo su estatus legal como la esposa de su jefe. Aria dedicó esos días a sus clases en la facultad, regresando cada tarde a una habitación gigantesca donde su propia cama se sentía ridículamente grande en medio de la inmensidad. Mientras tanto, la mitad de esa misma habitación fue invadida por técnicos que calibraban tanques de oxígeno y monitores cerebrales idénticos a los del hospital.

El día del traslado finalmente llegó al cabo de una semana. Una ambulancia de alta complejidad escoltada por seguridad privada cruzó las rejas de hierro de la propiedad.

Aria observó desde el pasillo cómo el equipo médico acomodaba el cuerpo de Ezequiel en la cama articulada que habían instalado justo al lado de la suya, dividida sutilmente por una mampara médica retráctil. Las pantallas parpadeaban, los enfermeros privados revisaban los niveles de las sondas y el olor a cloro volvía a invadir el aire. Cuando el turno del personal médico diurno terminó a las ocho de la noche, los enfermeros se retiraron al área de descanso asignada en la planta baja, dejándola sola.

Aria entró a la habitación en penumbra y cerró la puerta a sus espaldas. Se acercó despacio al lado de la cama clínica y observó al hombre que ahora compartía su mismo espacio. Se sentó en la silla lateral, miró sus manos limpias y luego la alianza de bodas en su dedo. Estaba casada con el hombre que amaba en secreto, compartiendo el mismo techo, pero él seguía atrapado en la nada y ella estaba completamente sola en el inicio de su confinamiento.

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