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Capítulo 4

Auteur: Paula C
last update Date de publication: 2026-08-10 07:43:00

Dos meses pasaron bajo el compás monótono del respirador artificial. La habitación principal de la mansión Lombard ya no se sentía como un espacio ajeno, sino como el refugio privado donde Aria pasaba sus días y sus noches. Aceptando su realidad con una madurez silenciosa, Aria equilibraba sus mañanas en la facultad con sus tardes en la propiedad de las colinas, aprendiendo a ignorar el peso del anillo en su dedo izquierdo.

A las nueve de la noche, la puerta de la habitación permanecia cerrada para el personal médico. Los enfermeros contratados por Beatriz se encargaban de las tareas complejas durante el día, pero Aria había insistido en encargarse de las rutinas de cuidado personal e higiene nocturna. No quería que el cuerpo de Ezequiel fuera manipulado como un simple objeto por extraños cuando el sol se ocultaba.

Aria humedeció una toalla en agua tibia y se acercó a la cama articulada. Con dedos ligeramente temblorosos debido a la timidez que aún la embargaba, comenzó a desabotonar la suave bata de algodón gris que cubría el torso del magnate. Cada vez que realizaba esa tarea, sus mejillas se teñían de un rosa encendido. A pesar de llevar sesenta días postrado en esa cama, los masajes diarios y las estrictas terapias de estimulación muscular habían evitado que su cuerpo se deteriorara. Ezequiel seguía siendo un hombre imponente. Su abdomen era firme, marcado por años de disciplina previa al accidente, y sus hombros anchos mantenían esa estructura aristocrática que delataba su porte.

Con extrema delicadeza, Aria pasó la toalla húmeda por su piel, siguiendo la línea del pecho hasta los costados de su cintura.

—Hoy el profesor de derecho civil habló sobre los vicios del consentimiento —susurró Aria, rompiendo el zumbido de los monitores con su voz suave—. Dijo que un contrato no es válido si una de las partes es obligada. Si pudieras hablar, Ezequiel, ya habrías quemado esta casa conmigo adentro.

Aria dejó la toalla a un lado y tomó un frasco de aceite de almendras. Vertió unas gotas en sus palmas, frotándolas para entibiar el líquido antes de apoyar las manos sobre los bíceps de su esposo. Comenzó a masajear sus brazos con movimientos circulares y lentos, tal como el fisioterapeuta le había enseñado para activar la circulación sanguínea. El contacto directo de su piel contra la de él le aceleró el pulso. Era una intimidad unilateral y dolorosa; lo tenía tan cerca que podía oler la loción corporal neutra que usaban para él, pero sus ojos permanecían cerrados, atrapados en un vacío del que nadie sabía si regresaría.

Al terminar la rutina, Aria le cubrió el pecho, se sentó en la silla lateral y abrió su código civil para estudiar bajo la luz tenue de la lámpara. A veces le leía párrafos enteros en voz alta, no porque pensara que las leyes le interesarían, sino para que la inmensidad de la habitación no se tragara su propia cordura.

Las mañanas, sin embargo, traían un respiro diferente. Cuando el sol iluminaba los inmensos ventanales de la planta baja, Aria solía bajar a la cocina. Allí pasaba el tiempo con la señora Emma, la cocinera jefe de la mansión. Emma era una mujer mayor de manos cálidas y ojos amables que llevaba más de quince años trabajando para los Lombard. A diferencia de Beatriz, que veía el estado de su hijo como una crisis corporativa, Emma sufría por el muchacho al que había visto crecer.

—Tienes que desayunar bien, niña —dijo Emma esa mañana, colocándole un plato de fruta fresca y pan horneado frente a ella en la barra de granito—. Estás pasando demasiadas horas encerrada en esa habitación. Te vas a enfermar.

—Estoy bien, Emma. Estudiar me mantiene distraída —respondió Aria con una sonrisa sincera, la única que esbozaba en todo el día.

Emma suspiró, limpiándose las manos con el delantal antes de mirar hacia el pasillo que conducía al ala oeste. Sus ojos se humedecieron levemente.

—Ese niño siempre fue tan testarudo... —susurró la cocinera, con una ternura genuina—. Cuando asumió el control del holding, trabajaba hasta la madrugada, pero siempre bajaba a la cocina a pedirme un café y a preguntarme cómo estaba mi familia. Todos en la ciudad le temen por lo implacable que es en los negocios, pero aquí adentro... aquí adentro es solo mi niño. Dios te bendiga por cómo lo cuidas, Aria. Sé que él no puede verte, pero en alguna parte de su mente debe sentir la dulzura con la que lo tratas. Le pido a la Virgen todas las noches que despierte, aunque solo sea para que vea la clase de mujer que tiene al lado.

Aria bajó la mirada hacia su taza de té, sintiendo una opresión agridulce en el pecho. Agradecía el cariño de Emma, pero la culpa volvía a arañarle las entrañas. Emma creía que ella era una esposa devota, sin saber que era una usurpadora que había ocupado el lugar de su hermanastra a cambio de un rescate financiero.

—Solo hago lo que me corresponde —dijo Aria en voz baja.

Tras el desayuno, Aria decidió caminar por los inmensos jardines de la propiedad antes de salir hacia la universidad. El jardín trasero era una obra de arte paisajística, lleno de rosales blancos y senderos de piedra que bordeaban una fuente. Mientras caminaba respirando el aire fresco de la mañana, Aria sacó su teléfono celular para revisar el horario de sus clases de la tarde.

Al abrir la pantalla, una notificación de una red social local congeló sus pasos. Era una fotografía de una exclusiva revista de sociedad digital.En la imagen aparecía Adriana, sonriendo a la cámara con su habitual perfección superficial, saliendo de una boutique de alta gama en la zona más cara de la ciudad. Detrás de ella, un chofer acomodaba varias bolsas de diseñador en la cajuela de un deportivo convertible de último modelo. El pie de foto decía: "La heredera de los Stelle celebra la renovación de los contratos comerciales de su familia con un estilo de vida deslumbrante".

Aria apretó el teléfono con tanta fuerza que sus nudillos se volvieron blancos. La injusticia de la situación se le clavó en el estómago. Mientras ella pasaba las noches limpiando el cuerpo inerte de un hombre que no la amaba, encerrada en una rutina clínica y cargando con la culpa del engaño, su media hermana y su madrastra derrochaban el dinero que los Lombard habían transferido para salvarlos.

Guardó el teléfono en el bolsillo de su abrigo, enderezó la espalda y apretó los dientes. El dolor se transformó en una fría determinación. No iba a quebrarse. Cumpliría con el contrato paso a paso, pagaría la supuesta deuda de su madre y mantendría su orgullo intacto, sin importar cuántas cicatrices le dejara el silencio de esa mansión.

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