Se connecterLa visita de Beatriz Lombard ocurrió el domingo por la tarde, rompiendo la paz que Aria había logrado construir en los últimos días. La matriarca entró a la habitación sin previo aviso, vestida con la elegancia severa de quien nunca se relaja. No saludó a Aria. Se acercó directamente al costado de la cama donde yacía su hijo, observando el monitor de actividad cerebral antes de girarse con la mirada afilada.
—Han pasado dos meses, Aria —declaró Beatriz—. La junta directiva está empezando a hacer preguntas incómodas sobre la estabilidad del matrimonio. Los rumores de la salud de Ezequiel no tardarán en filtrarse si no mostramos un avance definitivo. Me urge que quedes embarazada. Aria entrelazó sus dedos detrás de la espalda, sosteniéndole la mirada a la mujer con una calma que le costaba mantener. —Los enfermeros dicen que el cuerpo de Ezequiel está respondiendo bien a los masajes, señora Lombard. Su estado general es óptimo para... —El estado de mi hijo no va a cambiar mañana, pero tu vientre sí debe hacerlo —interrumpió Beatriz con frialdad—. Mañana a primera hora tienes una cita en el Centro Médico San Lucas. Los especialistas te realizarán un chequeo biológico completo. Necesito estar segura de que tu cuerpo es apto para retener el embarazo antes de descongelar las muestras de Ezequiel e iniciar la inseminación. No podemos permitirnos perder tiempo ni recursos. Espero los resultados en mi oficina el martes. Sin esperar una respuesta, Beatriz le dio una última mirada al rostro inmóvil de su hijo y abandonó la habitación. Aria se quedó sola, sintiendo un extraño presentimiento que le oprimió el pecho. Se acercó a la cama de Ezequiel, le acomodó las mantas en silencio y se fue a dormir con una inquietud que no logró quitarse en toda la noche. El lunes por la mañana, el Centro Médico San Lucas la recibió con una pulcritud asfixiante. Era una clínica privada donde las paredes de mármol blanco y el silencio absoluto hacían que el lugar pareciera más una galería de arte que un hospital. Aria pasó tres horas en el área de laboratorios y radiología. Se sometió a análisis de sangre, ultrasonidos pélvicos y pruebas de contraste que los ginecólogos realizaban en absoluto silencio, anotando datos en sus tabletas. Aria cooperó con tranquilidad, totalmente convencida de que su cuerpo estaba en perfectas condiciones. A mediodía, una enfermera la guió hacia el despacho privado del Director del Departamento de Fertilidad. El lugar era sobrio, dominado por un gran ventanal que daba a los jardines de la clínica. El doctor Silva, un hombre de cabello canoso y expresión severa, estaba revisando los archivos en su computadora. Al ver entrar a Aria, cerró la pantalla y le indicó que se sentara frente a él. Hubo un silencio denso mientras el médico acomodaba unos papeles impresos sobre el escritorio. Su rostro no anticipaba nada bueno. —Señora Lombard —empezó el doctor Silva, entrelazando sus manos—. Hemos recibido los resultados de la ecografía transvaginal y de la histerosalpingografía de esta mañana. Los laboratorios también han confirmado los perfiles hormonales. Aria asintió, manteniendo las manos apoyadas sobre su regazo. —¿Está todo en orden para iniciar el procedimiento de inseminación la próxima semana? —preguntó con voz clara. El médico suspiró levemente, una reacción que hizo que el estómago de Aria se contrajera de golpe. —Lamento decirle que no. Los exámenes muestran una anomalía severa. Presenta una insuficiencia ovárica prematura de origen genético, sumada a una obstrucción bilateral irreversible en las trompas de Falopio. Aria parpadeó, frunciendo el ceño. Sus estudios de derecho la habían entrenado para analizar términos complejos, pero esas palabras médicas sonaron como un idioma extranjero en sus oídos. —No entiendo, doctor. ¿Qué significa eso para el tratamiento? El doctor Silva la miró con una mezcla de lástima y franqueza médica. —Significa, señora Lombard, que su reserva ovárica es prácticamente inexistente y que sus órganos reproductores no son funcionales. Científicamente, es biológicamente imposible que usted logre un embarazo. Ni de forma natural, ni mediante inseminación artificial, ni con ninguna técnica de reproducción asistida actual. El despacho se quedó sin aire. Aria sintió un zumbido agudo en los oídos que apagó el sonido del exterior. El suelo pareció desaparecer bajo sus pies. —¿Está diciendo... que no puedo tener el hijo de Ezequiel? —su voz salió en un hilo, pastosa y torpe. —Estoy diciendo que usted es estéril, Aria —aclaró el médico con suavidad, pero con una contundencia que la destrozó por dentro—. Usted nunca podrá quedar embarazada. Nunca podrá tener hijos. El golpe no solo la impactó como la esposa por contrato que debía cumplir con un imperio. La golpeó como mujer. De pronto, el peso del fideicomiso, las deudas de su padre y la furia de Beatriz Lombard pasaron a un segundo plano. Una certeza desgarradora le inundó las entrañas: jamás experimentaría el milagro de dar vida. Jamás vería crecer a un niño con sus ojos, jamás escucharía a nadie llamarla mamá. El futuro que, aunque lejano o difuso, cualquier mujer joven asume como una posibilidad, acababa de ser borrado de su existencia con un trozo de papel impreso. Miró las hojas sobre el escritorio del doctor. Las letras negras parecían burlarse de ella. Estaba atrapada. Si Beatriz Lombard descubría ese informe al día siguiente, el matrimonio se anularía, su padre iría a la cárcel por el dinero ya utilizado, las empresas Stelle se derrumbarían y ella sería expulsada a la calle como una mercancía defectuosa. Pero lo peor de todo, lo que le fracturó el alma en mil pedazos, fue saber que el hombre que amaba jamás tendría una descendencia que llevara una parte de ella. —¿Hay... algún error en los análisis? —preguntó Aria. Sus ojos se llenaron de lágrimas que se negó a dejar caer, apretando los dientes con una dignidad desesperada. —Repetimos las pruebas de contraste dos veces para estar seguros, señora Lombard —respondió el médico, deslizando el sobre sellado hacia ella—. Lo lamento profundamente. Este es su diagnóstico definitivo.Aria contuvo el aliento frente al monitor de la oficina. En la pantalla, el vídeo mostraba el pasillo con nitidez: ella misma ingresando a la habitación aquella noche, y horas después, saliendo sola. Minutos más tarde, la cámara capturaba la silueta de un hombre saliendo de la misma puerta. Pero el ángulo cenital de la cámara impedía verle el rostro o distinguir cualquier rasgo identificativo. No había nombre, no había tarjetas de crédito asociadas visibles; absolutamente nada útil. —¿Tienen algo más? ¿Algún otro ángulo del vestíbulo o de los ascensores? —preguntó Aria, con un hilo de desesperación asomándose en su voz. —Lo lamentamos profundamente, señora Lombard. Es todo lo que el sistema de esa sección almacena antes de la sobrescritura automática —respondió el gerente con total neutralidad. Aria salió del hotel con las manos completamente vacías, sintiendo una frustración agria quemándole el pecho y los ojos ardidos por las ganas de llorar. Había tenido que tragar su orgul
El reloj marcaba las cuatro de la tarde cuando Aria salió de la universidad. Tal como lo había prometido, el sedán negro de los Lombard ya la esperaba junto a la acera. Morgan se inclinó con respeto en cuanto la vio acercarse y le abrió la puerta. —Buenas tardes, señora Aria. —Buenas tardes, Morgan —correspondió ella mientras se acomodaba en el asiento trasero. El coche arrancó con suavidad, incorporándose al tráfico denso de la ciudad. Durante los primeros minutos reinó el silencio, pero las manos de Aria, aferradas con fuerza a la correa de su bolso, delataban la tormenta que llevaba por dentro. No podía seguir cruzada de brazos esperando que la verdad cayera del cielo. Tenía que empezar a averiguar sobre la trampa de aquella noche en el hotel o la situación terminaría por asfixiarla. Giró el rostro hacia la ventanilla, respiró hondo y tomó una decisión impulsiva. —Morgan... ¿podríamos hacer una parada antes de volver a casa? —preguntó con la mayor naturalidad posi
En la residencia de los Stelle, la habitación de Adriana parecía un campo de batalla. Vestidos de diseñador con etiquetas colgando, zapatos de tacón de edición limitada y frascos de perfume destrozados yacían esparcidos por todo el suelo. En el centro del caos, Adriana paseaba de un lado a otro con el rostro desencajado, respirando con la boca abierta mientras las lágrimas de furia le quemaban las mejillas. Su hermoso cabello rubio, usualmente impecable, caía desordenado sobre sus hombros. —¡No lo entiendo! ¡Simplemente no lo entiendo! — gritó Adriana con la voz quebrada por la histeria, lanzando un cojín contra el ventanal—. ¡Han pasado horas desde el incidente, Galiano dijo que Ezequiel ni siquiera quiso escuchar mis reclamos, y él... él no ha movido un solo dedo para llamarme! En el umbral de la puerta, su madre, observaba el desastre sin inmutarse lo más mínimo posible. Estaba acostumbrada a los arrebatos de su hija, pero sabía que esta vez el peligro era real: por primera vez
—Tranquilo, hombre, solo bromeaba para aligerar el ambiente —se disculpó su amigo entre risas leves—. Por cierto, ¿supiste algo de Adriana? Me llamó temprano hecha un mar de lágrimas. Dice que no piensa volver a pisar tu casa hasta que pongas orden. Está indignada, creo que deberías llamarla. Durante mucho tiempo, los reclamos constantes de Adriana le habían parecido a Ezequiel una consecuencia lógica, y tolerable, del compromiso que arrastraban del pasado. Sin embargo, tras los acontecimientos recientes y las palabras de Aria sobre las manipulaciones de su hermana, el drama de Adriana empezaba a resultarle insoportable. —Adriana sabe perfectamente cómo soy —respondió Ezequiel con total frialdad—. Si quiere montar un berrinche, que lo haga. —Vaya, vaya... ¿Defendiendo a la mujer con la que te casaron? —insistió Galiano—. Cuidado, Ezequiel, no te vayas a enganchar con tu esposa. Y hablando en serio... el día que se harten y firmen el divorcio, avísanos. A más de uno en el club no
Al cruzar la puerta de la mansión, una brisa de aire fresco le golpeó el rostro, como si la mañana intentara despejar la pesadez que llevaba sobre los hombros. A pocos pasos, el chofer ya la aguardaba de pie junto al coche, sosteniendo la puerta trasera abierta. —Buenos días, señora Aria —la saludó el chofer con una inclinación respetuosa. —Buenos días, Morgan. Gracias —respondió Aria con una sonrisa amable antes de subir al vehículo. Se acomodó en el asiento trasero mientras el coche ponía marcha hacia el campus. El trayecto transcurrió envuelto en una calma tensa; mientras las calles desfilaban tras la ventanilla, su cabeza no dejaba de dar vueltas, en su mente repasaba sus pendientes académicos y la manera para empezar a investigar las pruebas del hotel por su cuenta. Al detenerse frente a la entrada del campus, Morgan bajó con rapidez para abrirle la puerta. —Estaré aquí esperándola a las cuatro de la tarde, señora —le recordó el hombre con amabilidad. —Excelente,
El silencio en el dormitorio se volvió insoportable. Aria, arrinconada contra el borde de la cama, sujetaba la toalla contra su pecho con fuerza. Le daba la espalda a Ezequiel, con las mejillas quemándole de pura vergüenza. No solo la había visto completamente expuesta, sino que había caído en su regazo como una tonta. El corazón le latía a un ritmo desbocado que amenazaba con ahogarla. Ezequiel no dijo una sola palabra. La miró un segundo más, giró la silla de un golpe y avanzó hacia la salida sin volver la vista atrás. El chasquido de la puerta al cerrarse retumbó en el pasillo. Al otro lado, en la penumbra del corredor, Ezequiel se detuvo. Tenía la respiración entrecortada y el pecho subiéndole y bajándole a tirones. La imagen de Aria; su piel húmeda, el temblor de sus labios a milímetros de los suyos, se le quedó clavada en la cabeza, negándose a desaparecer. Apretó la mandíbula hasta que las sienes le daban pinchazos de dolor. Había entrado a esa habitación dispuesto a apla







