เข้าสู่ระบบMilena llegó al edificio donde vivía después de las nueve de la noche, el portero le dijo:
—Un caballero la está esperando en la mezzanina.
—¡¿Quién?!
—El señor Diego Alcázar.
—Gracias, voy para allá.
—Tiene más de una hora esperándola, se ve que está muy interesado en usted señorita Milena. —A Milena le dio risa.
—No lo creo, ese señor es… mejor después le cuento, voy a atenderlo.
Milena fue a la mezzanina, Diego oyó sus pasos y volteó a verla, ambos se quedaron mirando a los ojos, ella se acercó y se saludaron con un beso en la mejilla.
—¿Cómo estás Milena? —Ella lo miró desconcertada.
—Bien, un poco sorprendida cuando el portero me dijo que estabas aquí.
—Si, es que no quise llamarte por teléfono, lo que deseo hablar contigo es mejor hacerlo en persona. —Ella puso una lánguida sonrisa.
—¿Cómo qué deseas hablar conmigo?
—¿Podemos ir a tu apartamento? O al mío si prefieres.
—Mejor vamos al tuyo, Karin se está quedando conmigo, es que tu hermano la dejó y no quiere dormir sola en su casa.
—Si, han pasado cosas con Ignacio, mi hermano es como un barco sin timón. Pero no es de eso que deseo hablar contigo, vamos a mi apartamento.
***
Amelia sabía que Ignacio debía estar abajo en el estudio como lo hacía todas las noches, pues se encerraba allí a adelantar trabajo para el otro día. Ella pensó que ese era el momento que podía aprovechar para dejarle el diario en su habitación. Sostuvo el diario en sus manos y aspiró aire todo lo que pudo, sintió como su corazón empezó a latir con rapidez y su cuerpo comenzó a temblar.
"No debería ser tan cobarde, debería decírselo yo misma, pero no me atrevo a mirarlo a los ojos, es por eso que dejaré este diario en su cama, cuando suba a descansar lo va a encontrar, lo leerá… eso será todo, no puedo predecir más, solo sé que esta misma noche acabará esta farsa, lo más seguro es que él me haga reproches y quiera llamar a la policía… Si desea hacerlo tendré que decirle que tengo un trato con Marino, y que debo seguir fingiendo ser ella por algún tiempo."
Los ojos se le aguaron, tenía un profunda tristeza, le dolía el alma y se sentía herida por cosas que nada tenían que ver con ella; no comprendía por qué se sentía tan enojada con Ignacio cuando él tenía razón en tratarla mal creyéndola su esposa, Silvia se lo merecía, una mujer como ella se merecía todos los reproches de su esposo. Amelía sentía que eso ya debía acabar, quería desaparecer de la vida de Ignacio para siempre, aunque con ello debiera ir a la cárcel por algún tiempo. Se secó las lágrimas y se fue al pasillo rumbo a la habitación de Ignacio. Cuando llegó, estaba oscuro y silencioso, Amelia encendió la luz, seguidamente caminó hacia la cama, se paró a un lado de esta y cerró sus ojos por un momento, sintió un leve arrepentimiento, pensó en las consecuencias, y en que debía alejarse para siempre de Ignacio, una parte de su ser se rehusaba hacerlo, deseaba permanecer a su lado, pero otra deseaba marcharse lejos y nunca más regresar a esa casa.
"No puedo quedarme, mi presencia le hace tanto daño como la de Silvia."
Ignacio trabajó un rato en el estudio, luego guardó todo en su portafolios y apagó su laptop. Salió del estudio y subió a descansar. Entró a la habitación y encendió la luz, fue directo al vestirer y se cambió la ropa de día. Se puso el pijama y regresó a la habitación, de pronto vio el diario de Silvia sobre la cama; no lo podía creer, una vez más su esposa lo sorprendía dejando el dichoso diario que tanto se negó a entregarle. Silvia cada día hacía más cosas contradictorias.
Tomó el diario entre sus manos, lo observó preguntándose en sus adentros con qué verdad iba a encontrarse ahora; de por sí que ya los otros que había leído habían sido demasiado, pero estaba seguro que el contenido de este era la peor parte, en este diario estaba escrito algo que Silvia deseaba ocultar, pero por alguna razón que él desconocía, ella decidió esa noche dejarlo en sus manos.
Se sentó al borde de la cama, dispuesto a descubrir de una vez por todas los secretos de su esposa.
Abrió el diario, se percató que la primera página había sido arrancada, sin embargo decidió leer lo que estaba escrito en las demás, la siguiente página decía:
«Dios mío, cada que pasa descubro más cosas que Silvia le ha hecho a su esposo»
«Ignacio y yo hemos sido traicionados por las personas que más amábamos en el mundo, Ignacio sufre esa decepción de su esposa, y yo he sufrido por la traición de Mario, mis sueños de tener con él una familia feliz se derribaron por completo el día que lo encontré con Rosalía en la cama»
«Ignacio me besó creyendo que soy su esposa»
«Marino Calavera llamó de nuevo, está furioso, desea ver a Silvia, no sé qué voy a hacer, pero me da miedo ir a verlo»
«Ignacio piensa que es el padre de mi hijo, no me cree cuando le digo lo contrario, piensa que Silvia podría robarle a su hijo, y tiene razón al pensar así, pero no quiero que se ilusione con este niño, él no es el padre, aunque desearía que lo fuera.»
Ignacio solo leyó algunas páginas; al principio creyó que se trataba de alguna broma de Silvia y le dio indignación, pero a medida que avanzaba cada página se percataba que lo que allí había escrito, era la verdad de otra mujer que se había hecho pasar por su esposa.
Buscó uno de los diarios de Silvia y comparó la letra, después que notó la diferencia entre ambas puso una expresión cargada de consternación.
—¡No es la misma letra! ¡Esa mujer no es Silvia! ¡Ella nunca regresó, es otra la que ha estado todo este tiempo ocupando su lugar en esta casa! ¡No puedo creer que he tenido en mi casa a una sustituta cerca de mis hijos!
Puso una dura expresión en el rostro y se fue a buscar a esa mujer que estaba en la habitación de su esposa.
Amelia sabía que él llegaría en cualquier momento, lo estaba esperando sentada en una poltrona cerca de la ventana.
Ignacio entró a la habitación, miró a Amelia con una expresión llena de indignación, cerró la puerta para no alertar a ninguno, pues no quería que se enterarán de lo que sucedía.
S acercó a ella con rabia y le dijo:
—¿Quién se supone que eres? —La agarró agresivamente y la levantó de la silla, el rostro de Amelia se llenó de lágrimas.
—Ya leí tu maldito diario, sé que no eres mi esposa. ¡Respóndeme! ¿Quién demonios eres y por qué viniste a llenar mi vida de tantas mentiras? —Amelia se quedó muda y su rostro empalideció.
—¿Te vas a quedar callada? ¿Dónde está Silvia? —Ella tomó aire y con una voz temblorosa respondió:
—No lo sé, ella me dijo que se iba de vacaciones por un tiempo, pero nunca regresó.
—¿Cuánto dinero te pagó ella para que hicieras esta asquerosidad?
—Nada —dijo entre sollozos—. No me pagó nada, todo está en su caja fuerte como ella lo dejó.
—No te creo, supongo que eres una oportunista igual que ella, estoy seguro que esa zorra debió pagarte muy bien para que hicieras tu sucio trabajo sustituyéndola en esta casa.
—Te juro que no es así, puedo explicarlo.
—¿Cuál es tu objetivo de meterte en mi casa haciéndote pasar por ella?
—Perdóname, yo no quería hacerte daño, Silvia me obligó, amenazó con matar a mi familia si yo no me hacía pasar por ella.
Ignacio comenzó a respirar con agitación, la soltó, y se apartó de ella, luego se metió los dedos entre el cabello. Hubo una pausa. Los dos se quedaron en total silencio, luego él le dijo:
—¿Quién eres en realidad? Debes ser hermana de Silvia supongo.
—Silvia y yo no somos parientes, jamás la había visto hasta… una noche que ella fue con su amante al club donde yo trabajaba.
—Suponiendo que lo que dices es verdad tuviste todo este tiempo para ir a la policía. —Amelia negó con la cabeza.
—Ese amante de Silvia es un hombre muy peligroso, si yo digo algo él matará a mi papá y a mi tía, ellos son ancianos, no podrían defenderse.
Ignacio la miró con desconfianza.
—Y a todas estas ¿quién eres? he visto tu cara, pero no tengo idea de cuál es tu nombre.
—Me llamo Amelia Duarte.
—Qué nombre tan simple. —Amelia agachó el rostro sintiéndose un ser insignificante; Ignacio agregó:
—Supongo que saliste de algún maldito barrio de esos de mala muerte de donde salen las alimañas como tú.
Amelia no estaba en posición de defenderse ni de sostener alguna postura.
Hubo otra pausa, después ella rompió el silencio.
—¿Llamará a la policía?
—¿Quiere que la llame? —Dijo indignado.
—No, quiero irme a mi casa.
—¿Cree que tiene derecho de irse a su casa después de cometer un crimen?
Amelia se sentó en la silla, con la voz temblorosa a punto de llorar le dijo:
—Entonces llame a la policía, hágalo de una vez.
—¿Ahora tengo que obedecerla?
—No es eso.
—¿Entonces qué? —Gritó.
—Estoy cansada de todo esto, cada vez que… quiero irme de aquí, no importa si es a la cárcel, ya no deseo verlo más, ya le dije la verdad, ahora necesito salir de esta casa.
Ignacio la miró indignado.
—Está bien, llamaré de una vez a la policía. Sabes que hay cuatro hombres entrenados vigilándote, así que no intentes escapar.
Ignacio salió de la habitación a buscar el teléfono y llamar a la policía; Amelia sintió que su corazón se llenó de mucha desesperanza, se quedó sentada en la silla esperando que se cumpliera su destino, segura de que pronto iría a la cárcel.
Llegaron a un lindo restaurant. Esa noche Amelia se sintió como una reina, Ignacio se encargó de que todo fuera perfecto. Pidió una copa de vino para él, y para Amelia desde antes había ordenado un cóctel de copa sin alcohol. El mozo sirvió ambas copas, primero le acercó a Amelia la suya, ella la recibió y le dio las gracias con una gran sonrisa, después le entregó a Ignacio la otra. Cuando el mozo se retiró, Ignacio le dijo: —Quiero brindar porque ya soy un hombre libre y porque pronto serás mi esposa. —Con una sonrisa ambos brindaron y bebieron el primer sorbo; luego Amelia le agarró la mano y le dijo: —Yo quiero brindar por ti y por nuestra felicidad. Ahora me siento segura, sin miedos, y sin ninguna duda. Te amo y le doy gracias al cielo porque te pude recuperar —Sus ojos se llenaron de lágrimas —. Creí que nunca estaríamos juntos de nuevo, pero estás aquí, conmigo. —Nunca nos volveremos a separar. —Brindemos. Brindaron y bebieron de sus copas; de pronto Amelia sintió que un
Amelia quiso visitar a Rosalía al hospital ese mismo día. Cuando llegó donde ella estaba, Rosalía tenía yesos en sus brazos y en una pierna. En ese momento se encontraba sola, su madre y dos tías que estaban pendientes de ella bajaron a la cafetería. Rosalía estaba cabizbaja, y se sorprendió un poco al ver a Amelia. Se miraron a los ojos.—No esperaba verte llegar.—¿Cómo estás? —Fatal.—Siento mucho lo de tu embarazo. Rosalía volteó levemente su cara hacia otro lado y no respondió nada al respecto. Estaba triste, a la vez avergonzada. Amelia agregó:—Mi tía me contó que Mario era su padre.—Supongo que debes estar muy enojada por eso.—No.—Es tu esposo al fin y al cabo.—Él no me importa, pero tampoco me gustaría que siguieras con él después de lo que te hizo, casi te mata, y mató a su propio hijo antes que naciera… Mario es una mala persona.—Siempre les dije a ti y a Pedro quién era Mario en realidad, y no me creyeron; claro, delante de ti y de tu papá mostraba una cara, y delan
Amelia levantó el rostro y miró a Ignacio a los ojos, besó sus labios con ternura.—Te amo con toda mi alma. —Él la sujetó fuerte de la cintura e hizo el intento de cargarla.—No quiero que volvamos a separarnos jamás.—Quiero estar contigo el resto de mi vida. —Quiero que seas mi esposa, y que todos lo sepan; ya no más mentiras ni engaños, y no dejaremos que el pasado nos vuelva a hacer daño. Te amo Amelia Duarte. Como en toda reconciliación, los besos apasionados y las caricias no se hicieron esperar, sus corazones estaban palpitantes de amor y la emoción de estar juntos de nuevo; aunque ahora estaban aún más unidos, porque no había mentiras o verdades ocultas de por medio; ahora eran un par de seres que se amaban a pesar de los problemas que habían atravesado, y se habían perdonado sus errores, porque su amor era aún más grande que la duda y la desconfianza que reinó por un tiempo. Descubrieron que no podían ser felices el uno sin el otro.***Ignacio expuso el caso de Amelia y Pe
Ignacio suspendió la agenda del día y viajó a Houston lo antes que le fue posible. Cuando el avión aterrizó y pasó todos los controles del aeropuerto, salió a buscar un taxi que lo condujera al apartamento. Observó el cielo y pensó:"¿De dónde le salió tanta valentía para venir sola a está ciudad tan inmensa; yo jamás lo habría hecho estando en su lugar. Pero Amelia es así, tan frágil y anal vez tan fuerte coló un roble; tal vez por eso jamás podré dejar de amarla. Solo espero que me perdone y me dé otra oportunidad."Tomó un taxi y le dio la dirección al chofer, para que lo llevara al edificio donde sabía que iba a encontrarla.Cuando llegó sacó la llave para abrir la puerta. Iba a introducirla pero se detuvo."No puedo invadirla así de repente, mejor tocó el timbre."Tocó el timbre y esperó un momento, como no hubo respuesta volvió a tocar, pero nadie salió. Se preguntó si tal vez ella no estaba o si no quería abrirle la puerta a nadie; entonces introdujo la llave y abrió la puerta,
Ignacio regresó a la oficina, no había pasado mucho tiempo cuando Diego llegó a preguntarle qué quería la policía.—¿Para qué te citó el detective?—Amelia escapó de su casa en San Pedro hace cuatro días y nadie sabe dónde está.—¿Por qué escapó?—No quería estar con Mario, pero él la amenazó con quitarle al niño si lo dejaba. Amelia escapó a media noche de esa casa, ¿te imaginas? sola con Pedrito por ese camino de noche y con frío… después no sé qué habrá hecho para salir de ese pueblo tan tarde, para conseguir un auto —Se consternó —. Ese mismo día me buscó y yo la eché de aquí, no pensé que estuviera tan mal con Mario al punto que deseara huir.—Seguramente estará en casa de algún familiar escondida.—Según el detective todos están muy preocupados por ella.—Por qué no vas y hablas con ellos, tal vez te digan algo. —Ignacio se puso de pie.—Tienes razón, voy a la residencia ahora mismo.***Desde que llegó a Houston, Amelia comenzó a buscar un apartamento para alquilar, y consiguió
Amelia buscó un hotel en dónde hospedarse durante el resto de la noche.Ya era de madrugada cuando Mario despertó, vio en su reloj de muñeca que habían pasado varias horas. Por alguna razón sintió curiosidad por saber de Amelia y su hijo durmiendo, entonces fue a la otra habitación, cuando entró se percató que ella y el niño no estaban. Puso una expresión de consternación y asombro, sintió rabia y a la vez se rehusó a creer que ella se había marchado. Buscó el bolso de Amelia en el perchero pero este no estaba allí.—¡Amelia! Gritó y salió al pasillo, continuó gritando su nombre y abrió todas las puertas de las demás habitaciones esperanzado con encontrarla en alguna de estas, pero ella no estaba. Bajó las escaleras, la buscó hasta en la cocina, como no la encontró, salió al patio trasero y comenzó a gritar como loco:—¡Maldita seas Amelia! ¿Dónde te metiste? A donde sea que hayas ido te voy a encontrar.***Ignacio despertó de forma repentina en la madrugada, estaba profundamente d







