INICIAR SESIÓNPov Biana
El resto de la cena transcurría en una bruma asfixiante.
Apenas abría la boca porque cada palabra se atoraba en mi garganta. Tragaba saliva con dificultad, mortalmente nerviosa y sintiendo que en cualquier momento colapsaba. La razón estaba justo frente a mí.
Valentino no dejaba de mirarme ni un solo segundo.
Su mirada era un peso constante, una presión física que me devoraba por encima de los platos de alta cocina y las copas de cristal. No importaba si intentaba hablar con Lorenzo o fingir que me concentraba en la comida. Los ojos oscuros de Valentino estaban fijos en mi boca, en mi cuello, en cada pulso acelerado de mi garganta.
— Disculpen un momento, tengo una llamada urgente que atender fuera —decía Lorenzo de repente, poniéndose de pie con elegancia y dejando la servilleta doblada sobre la mesa—. Ya regreso.
El chasquido de su silla al moverse sonaba como una sentencia. En cuestión de segundos, el patriarca se alejaba hacia la zona privada del restaurante.
Nos dejaba completamente solos en la penumbra de la mesa.
El silencio entre Valentino y yo caía como una losa de plomo, espeso, eléctrico y cargado de una tensión tan densa que se podía cortar con un cuchillo.
Lorenzo lo miró con los ojos brillosos de orgullo, conmovido por la escena, y le dio un apretón en el hombro.
—No sabes cuánto te agradezco que me apoyes en esto, hijo —le dijo con la voz ronca de emoción.
Valentino le devolvió una sonrisa impecable, aunque sus ojos oscuros no perdían ni un ápice de su frialdad calculadora.
—Sabes que cuentas conmigo, padre. Tu felicidad es la mía —respondió con una falsa devoción ensayada a la perfección—. Además, voy a pedir un tiempo fuera en la sede de España. Me gustaría acompañarlos en el proceso de la boda y conocer mejor a mi nueva mamá.
Lorenzo soltó una carcajada ruidosa y divertida, negando con la cabeza mientras me miraba de reojo.
—Por Dios, Valentino, Bianca es muy joven. Mejor no le digas así —bromeó el patriarca.
Valentino soltó otra carcajada que retumbó en la mesa, una risa seca y cómplice que se mezcló con la de su padre, mientras yo me quedaba completamente congelada en el sitio.
Por dentro, una sola frase golpeaba mi mente con desesperación absoluta:
¿Cómo m****a se supone que voy a actuar normal con este maldito hombre rondándome todos los días?
BiancaLa ceremonia civil transcurrió con impecable perfección. Firmé el acta, sonreí y acepté el beso de Lorenzo ante los aplausos de todos.Pero bajo el tul blanco, mi cuerpo ardía.Sentía el rastro tibio de Valentino escurriéndose entre mis muslos, recordándome a quién pertenecía realmente. Durante el brindis, busqué sus ojos entre la gente; él me miraba desde una esquina con una sonrisa lenta y posesiva.La fiesta apenas comenzaba, pero lo único que deseaba era que Lorenzo se durmiera para correr a buscarlo.La recepción avanzaba entre copas y felicitaciones. Estaba de pie junto a Lorenzo, fingiendo atender a los invitados, cuando escuché pasos firmes a nuestras espaldas.Alcé la vista para encontrarme con Valentino. Lo miré un segundo, traicionada por el deseo que aún me quemaba por dentro, hasta que bajé la mirada y vi su mano entrelazada con otra.Detrás de su hombro apareció una chica rubia, de facciones delicadas y una sonrisa angelical, con aire de no romper un plato.Me que
Pov BiancaLa mañana de la boda se extendía con una calma extraña sobre la mansión.Estaba frente al espejo contemplando mi vestido clásico de novia. Faltaban cuarenta y cinco minutos para la firma y Lorenzo se terminaba de arreglar en otra habitación.Un clic seco rompió el silencio. La puerta se abrió despacio.Alcé la vista en el reflejo.Valentino estaba en el umbral, con el traje oscuro ligeramente desalineado y una sonrisa peligrosa. Me recorrió de arriba a abajo con la mirada.Cerró la puerta tras él y dio un paso al frente.—Ya regresé, mami —susurró con voz ronca.Lo miré a través del espejo, cruzando los brazos sobre la tela blanca del vestido.Una sonrisa cínica se dibujó en mis labios.—No me digas que vienes a pedirme que no me case y que escape contigo...Valentino soltó una risa baja, cargada de burla. Dio un paso más hasta quedar a espaldas mías, reflejándose a mi lado.—Jamás le haría eso a mi padre.Lo miré de reojo, sintiendo cómo el sarcasmo me quemaba en la lengua
Pov BiancaLos días siguientes fueron raros. Lorenzo estaba más presente en la casa por los preparativos de la boda, y Valentino se movía con una normalidad que me ponía nerviosa. No me buscaba de forma obvia. No me escribía.No me miraba de más cuando estábamos los tres. Pero cada vez que pasaba cerca de mí, aunque fuera en la cocina o en el pasillo, sentía esa tensión silenciosa.Una tarde Lorenzo tuvo que salir a una reunión con el abogado. Me quedé en el estudio revisando unos contratos de los proveedores cuando Valentino entró sin tocar. Cerró la puerta detrás de él y se apoyó en ella.—¿Estás ocupada? —preguntó, con esa voz baja.—Sí —contesté, sin levantar mucho la vista de los papeles—. Y tu padre puede volver en cualquier momento.Él no se movió. Se quedó ahí, mirándome.—No vine a cogerte —dijo, casi divertido—. Solo quería ver si seguías fingiendo que no piensas en mí.Levanté la mirada. Él sonrió de lado, se acercó solo un poco y dejó una mano sobre el escritorio, cerca de
Pov BiancaValentino se quedó completamente quieto dentro de mí. Su mano seguía tapándome la boca, pero ahora la presión era distinta, más de advertencia que de placer. El agua seguía cayendo, cubriendo un poco el sonido de nuestra respiración.Desde la habitación, Lorenzo volvió a hablar, más cerca.—¿Bianca? ¿Estás bien?Valentino acercó la boca a mi oído y me susurró, muy bajo:—Dile que no. Que ya casi sales.Tragué saliva. Él sacó la mano de mi boca despacio. Yo respiré hondo, tratando de que la voz me saliera normal.—Estoy bien —dije, un poco más alto—. Ya casi termino. No hace falta que entres, cariño. Salgo en un minuto.Hubo un segundo de silencio. Valentino no se movió. Seguía dentro de mí, duro, el pecho pegado a mi espalda.—Está bien —contestó Lorenzo desde el otro lado de la puerta—. Te espero abajo. Quiero mostrarte algo de la boda.Escuchamos sus pasos alejarse. Valentino soltó el aire despacio contra mi cuello. No se apartó.—Buena chica —me murmuró.Yo seguía con la
Pov BiancaLorenzo llegó a media tarde.Me encontró en la cocina, revisando unos correos de la wedding planner, y se acercó por detrás para abrazarme. Pasamos un buen rato en la mesa del comedor. Él hablaba de los horarios de la ceremonia, de si el primo de su madre al final iba a poder venir desde Italia, de un detalle con el fotógrafo.Yo escuchaba, tomaba notas en el teléfono y de vez en cuando le corregía algo. En algún momento me agarró la mano por encima de la mesa y me la apretó suave. Le sonreí. Se sentía normal. Casi demasiado.Cuando subimos a la habitación ya era de noche. Me besó con calma, de esos besos largos que él da cuando quiere que las cosas vayan lentas. Me desvistió sin prisa, dejando la ropa en el suelo, y me tumbó en la cama. Cuando se colocó entre mis piernas y entró en mí, lo hizo despacio, suspirando contra mi cuello.Me quedé quieta un momento, tratando de seguirle el ritmo.Él se movía con esa paciencia de siempre.Yo cerré los ojos y le pasé las manos
PoV BiancaValentino me empujó de cara contra el colchón y me subió el culo de un tirón. Sentí el aire frío en la piel mojada un segundo antes de que su polla me abriera de golpe. Entró de una sola embestida, gruesa y dura, hasta el fondo. El grito se me ahogó en la garganta. Mis dedos se aferraron a las sábanas.—Mírate —gruñó, la voz baja y ronca justo detrás de mi oído. Me agarró del pelo con fuerza y me tiró la cabeza hacia atrás, obligándome a arquear la espalda—. Una puta que se deja coger por su hijastro. ¿Eso es lo que eres?No me dio tiempo a contestar. Empezó a follarme fuerte. Las caderas golpeaban contra mi culo con un sonido húmedo y obsceno, cada embestida más profunda que la anterior. Sentía cómo me estiraba, cómo me llenaba por completo, el calor de su cuerpo pegado al mío y el roce áspero de su pelvis contra mi piel.—Dilo —ordenó, apretándome más el pelo. Su otra mano se clavó en mi cadera, los dedos hundidos en la carne—. Di que eres una puta por tu hijastro.Cada g