INICIAR SESIÓN
Pov Bianca Moreau
Salgo de la oficina con la cabeza en alto, dejando atrás a Lorenzo y su falsa ilusión de poder.
Apenas cruzo el umbral y recorro los pasillos de cristal del rascacielos hasta llegar a mi propio cubículo, la máscara de amante sumisa se transforma en una sonrisa de pura victoria.
Me acomodé en el asiento frente a mi mi escritorio, sintiendo el triunfo correr por mis venas.
Mi plan está dando frutos exactamente como lo calculé.
Ya logré arrancarle las llaves de un auto deportivo y las escrituras de un exclusivo penthouse en el centro de la ciudad.
Una "sorpresa" de cena elegante viniendo de él no puede significar otra cosa: va a ponerme un puto anillo en el dedo y me coronará oficialmente ante la alta sociedad.
Seré la señora Romano, la esposa oficial del hombre más poderoso del país.
Y lo mejor de todo es que, mientras Lorenzo cree que me tiene comprada y arrodillada, apenas estoy empezando a jugar mis cartas.
Horas más tarde, frente al espejo de mi vestidor, me aseguro de que el plan sea tan letal como mi reflejo.
Me he deslizado dentro de un vestido negro de seda ajustado como una segunda piel, con un escote pronunciado en la espalda y una abertura lateral que deja al descubierto la curva exacta de mis muslos. Es una prenda diseñada exclusivamente para pecar, elegante pero descaradamente sexy hasta el infarto.
Cuando escucho el bocinazo del coche y bajo las escaleras del penthouse, la mirada de Lorenzo se detiene en seco.
Sus ojos hambrientos recorren cada centímetro de mi silueta, destilando una mezcla de orgullo y posesión enfermiza.
— Estás preciosa, bebé — murmura, acercándose para tomar mi cintura con posesión —. Esta noche seré la envidia de todo el restaurante exclusivo.
Le regalo una sonrisa ensayada, dejándome besar mientras por dentro cuento los minutos para seguir subiendo mi precio.
El restaurante es un santuario de luces tenues, mármol oscuro y exclusividad absoluta, donde cada mesa cuesta más que el salario anual de una persona común.
Lorenzo me guía con una mano firme y posesiva en la parte baja de mi espalda, pavoneándose con la seguridad de quien cree poseer el mundo entero.
Al doblar hacia el reservado del fondo, una figura alta y imponente se levanta con lentitud de la mesa privada.
La mano de Lorenzo cae pesada sobre mi hombro, deteniéndome en seco mientras su voz resuena con un orgullo retorcido.
— Hijo, te quiero presentar a mi novia... Bianca, te presento a Valentino.
El aire se evapora de mis pulmones.
El hombre frente a mí es alto, con una presencia abrumadora y un atractivo físico que roza lo peligroso; su cabello castaño oscuro cae ligeramente desordenado sobre una frente dura, dándole un aire salvaje que choca de inmediato con la elegancia del lugar.
Valentino clava sus ojos oscuros en los míos, congelándome el alma por completo.
— Al fin nos conocemos, señora Bianca — murmura con una voz ronca, grave y cargada de una amenaza silenciosa —. Mi nombre es Valentino.
Mi mente grita una sola palabra, repetida como una maldición: M****a.
Extiendo la mano hacia él con los dedos ligeramente fríos, intentando mantener la compostura que me ha costado años ensayar.
En el momento en que su piel roza la mía, un corrientazo eléctrico y salvaje me recorre la columna vertebral, erizándome hasta el último vello de los brazos. Trato de retirar la mano de inmediato, pero él la sostiene con firmeza, apretándome los nudillos un segundo más de la cuenta antes de soltarme.
Tomamos asiento en la mesa reservada, y Lorenzo rompe el silencio con una sonrisa satisfecha, pasando un brazo por el respaldo de mi silla.
— Valentino acaba de volver del extranjero hace dos días — explica Lorenzo con orgullo, señalándolo con la copa de vino —. Insistí en que regresara porque es mi única familia... por lo menos la importante.
Le dirijo una sonrisa educada, aunque las manos me tiemblan sutilmente bajo el mantel.
— Un placer, Valentino. Espero que nos llevemos bien.
Él no responde de inmediato.
Sus ojos orecorren mi cuerpo con una lentitud deliberada, recorriendo cada curva, cada centímetro del vestido ajustado, deteniéndose en mi escote con una intensidad tan cruda que siento como si me estuviera despojando de la ropa en medio del restaurante.
La mirada de Valentino quema, es una posesión muda y hambrienta que me deja sin aliento.
— Por supuesto que sí — murmura él, sin apartar los ojos de los míos mientras sostiene mi copa con una calma aterradora —. Estoy seguro de que nos llevaremos muy bien.
BiancaLa ceremonia civil transcurrió con impecable perfección. Firmé el acta, sonreí y acepté el beso de Lorenzo ante los aplausos de todos.Pero bajo el tul blanco, mi cuerpo ardía.Sentía el rastro tibio de Valentino escurriéndose entre mis muslos, recordándome a quién pertenecía realmente. Durante el brindis, busqué sus ojos entre la gente; él me miraba desde una esquina con una sonrisa lenta y posesiva.La fiesta apenas comenzaba, pero lo único que deseaba era que Lorenzo se durmiera para correr a buscarlo.La recepción avanzaba entre copas y felicitaciones. Estaba de pie junto a Lorenzo, fingiendo atender a los invitados, cuando escuché pasos firmes a nuestras espaldas.Alcé la vista para encontrarme con Valentino. Lo miré un segundo, traicionada por el deseo que aún me quemaba por dentro, hasta que bajé la mirada y vi su mano entrelazada con otra.Detrás de su hombro apareció una chica rubia, de facciones delicadas y una sonrisa angelical, con aire de no romper un plato.Me que
Pov BiancaLa mañana de la boda se extendía con una calma extraña sobre la mansión.Estaba frente al espejo contemplando mi vestido clásico de novia. Faltaban cuarenta y cinco minutos para la firma y Lorenzo se terminaba de arreglar en otra habitación.Un clic seco rompió el silencio. La puerta se abrió despacio.Alcé la vista en el reflejo.Valentino estaba en el umbral, con el traje oscuro ligeramente desalineado y una sonrisa peligrosa. Me recorrió de arriba a abajo con la mirada.Cerró la puerta tras él y dio un paso al frente.—Ya regresé, mami —susurró con voz ronca.Lo miré a través del espejo, cruzando los brazos sobre la tela blanca del vestido.Una sonrisa cínica se dibujó en mis labios.—No me digas que vienes a pedirme que no me case y que escape contigo...Valentino soltó una risa baja, cargada de burla. Dio un paso más hasta quedar a espaldas mías, reflejándose a mi lado.—Jamás le haría eso a mi padre.Lo miré de reojo, sintiendo cómo el sarcasmo me quemaba en la lengua
Pov BiancaLos días siguientes fueron raros. Lorenzo estaba más presente en la casa por los preparativos de la boda, y Valentino se movía con una normalidad que me ponía nerviosa. No me buscaba de forma obvia. No me escribía.No me miraba de más cuando estábamos los tres. Pero cada vez que pasaba cerca de mí, aunque fuera en la cocina o en el pasillo, sentía esa tensión silenciosa.Una tarde Lorenzo tuvo que salir a una reunión con el abogado. Me quedé en el estudio revisando unos contratos de los proveedores cuando Valentino entró sin tocar. Cerró la puerta detrás de él y se apoyó en ella.—¿Estás ocupada? —preguntó, con esa voz baja.—Sí —contesté, sin levantar mucho la vista de los papeles—. Y tu padre puede volver en cualquier momento.Él no se movió. Se quedó ahí, mirándome.—No vine a cogerte —dijo, casi divertido—. Solo quería ver si seguías fingiendo que no piensas en mí.Levanté la mirada. Él sonrió de lado, se acercó solo un poco y dejó una mano sobre el escritorio, cerca de
Pov BiancaValentino se quedó completamente quieto dentro de mí. Su mano seguía tapándome la boca, pero ahora la presión era distinta, más de advertencia que de placer. El agua seguía cayendo, cubriendo un poco el sonido de nuestra respiración.Desde la habitación, Lorenzo volvió a hablar, más cerca.—¿Bianca? ¿Estás bien?Valentino acercó la boca a mi oído y me susurró, muy bajo:—Dile que no. Que ya casi sales.Tragué saliva. Él sacó la mano de mi boca despacio. Yo respiré hondo, tratando de que la voz me saliera normal.—Estoy bien —dije, un poco más alto—. Ya casi termino. No hace falta que entres, cariño. Salgo en un minuto.Hubo un segundo de silencio. Valentino no se movió. Seguía dentro de mí, duro, el pecho pegado a mi espalda.—Está bien —contestó Lorenzo desde el otro lado de la puerta—. Te espero abajo. Quiero mostrarte algo de la boda.Escuchamos sus pasos alejarse. Valentino soltó el aire despacio contra mi cuello. No se apartó.—Buena chica —me murmuró.Yo seguía con la
Pov BiancaLorenzo llegó a media tarde.Me encontró en la cocina, revisando unos correos de la wedding planner, y se acercó por detrás para abrazarme. Pasamos un buen rato en la mesa del comedor. Él hablaba de los horarios de la ceremonia, de si el primo de su madre al final iba a poder venir desde Italia, de un detalle con el fotógrafo.Yo escuchaba, tomaba notas en el teléfono y de vez en cuando le corregía algo. En algún momento me agarró la mano por encima de la mesa y me la apretó suave. Le sonreí. Se sentía normal. Casi demasiado.Cuando subimos a la habitación ya era de noche. Me besó con calma, de esos besos largos que él da cuando quiere que las cosas vayan lentas. Me desvistió sin prisa, dejando la ropa en el suelo, y me tumbó en la cama. Cuando se colocó entre mis piernas y entró en mí, lo hizo despacio, suspirando contra mi cuello.Me quedé quieta un momento, tratando de seguirle el ritmo.Él se movía con esa paciencia de siempre.Yo cerré los ojos y le pasé las manos
PoV BiancaValentino me empujó de cara contra el colchón y me subió el culo de un tirón. Sentí el aire frío en la piel mojada un segundo antes de que su polla me abriera de golpe. Entró de una sola embestida, gruesa y dura, hasta el fondo. El grito se me ahogó en la garganta. Mis dedos se aferraron a las sábanas.—Mírate —gruñó, la voz baja y ronca justo detrás de mi oído. Me agarró del pelo con fuerza y me tiró la cabeza hacia atrás, obligándome a arquear la espalda—. Una puta que se deja coger por su hijastro. ¿Eso es lo que eres?No me dio tiempo a contestar. Empezó a follarme fuerte. Las caderas golpeaban contra mi culo con un sonido húmedo y obsceno, cada embestida más profunda que la anterior. Sentía cómo me estiraba, cómo me llenaba por completo, el calor de su cuerpo pegado al mío y el roce áspero de su pelvis contra mi piel.—Dilo —ordenó, apretándome más el pelo. Su otra mano se clavó en mi cadera, los dedos hundidos en la carne—. Di que eres una puta por tu hijastro.Cada g







