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La joya corrupta del patriarca: Obsesión de mi hijastro
La joya corrupta del patriarca: Obsesión de mi hijastro
Autor: Belladonna

Capitulo. 1

Autor: Belladonna
last update Fecha de publicación: 2026-10-14 02:19:47

Pov Bianca Moreau

Los cristales del piso cincuenta y dos muestran la ciudad encendida a nuestros pies.

Lorenzo me ha levantado las faldas sin un ápice de delicadeza, arrojándome sobre la madera oscura de su escritorio ejecutivo. Su peso me aplasta, recordándome exactamente cuánto cuesta limpiar el apellido de mi familia.

— Abre las piernas, Bianca. Que toda la ciudad sepa a quién perteneces esta noche — ruge contra mi cuello, empujándome con una fuerza brutal sin previo aviso.

Un gemido fingido, alto y tembloroso, se me escapa de los labios para alimentar su ego. Por dentro estoy seca, fría y calculando, pero sé exactamente qué notas tocar para que este viejo idiota se sienta dueño del mundo.

— SÍ... más duro, por favor — gimo con falso éxtasis, arañando la madera con desesperación mientras me azota contra su cuerpo.

— Eres mi mujer, mi hembra. Mira cómo recibes mi verga — gruñe Lorenzo con una soberbia asquerosa en la boca, creyéndose un dios, agarrándome del pelo para tirarme de la nuca y obligarme a arquear la espalda.

Cada embestida es un golpe sordo contra mi pelvis que tolero con paciencia de piedra. Mientras sus manos toscas me tocan y él se pierde en su propia arrogancia, mi mente vuela a otro sitio: que crea que me tiene en la palma de su mano.

Que siga creyendo que me domina. Con tal de que este viejo estúpido esté feliz y saciado, podré encerrarme en el baño de invitados esta misma noche y masturbarme hasta borrar su rastro de mi piel.

— Tan apretada... — ruge él, embistiéndome con más saña, convencido de que su poder me está destrozando hasta que, por fin, descarga su peso sobre mí con un par de embestidas finales y pesadas.

Me aparto despacio, con los muslos húmedos por el sudor artificial, y me bajo la falda con absoluta calma mientras él recupera el aliento.

Me acerco, paso los brazos por su cuello y le doy un beso en los labios, saboreando el gusto agrio de la mentira.

— Me encantas, Lorenzo — le digo con una sonrisa perfecta en los labios.

Él me acomoda el cabello con falsa ternura, brillándole los ojos de orgullo satisfecho.

— Quiero llevarte a cenar esta noche, te tengo una sorpresa, mi amor — murmura.

Sonseando de oreja a oreja, asiento con una sumisión fingida y letal.

— Claro — le digo, dándole un último toque en la mejilla —. Pasa por mí.

 

Salgo de la oficina con la cabeza en alto, dejando atrás a Lorenzo y su falsa ilusión de poder.

Apenas cruzo el umbral y recorro los pasillos de cristal del rascacielos hasta llegar a mi propio cubículo, la máscara de amante sumisa se transforma en una sonrisa de pura victoria.

Me acomodé en el asiento frente a mi mi escritorio, sintiendo el triunfo correr por mis venas.

Mi plan está dando frutos exactamente como lo calculé.

Ya logré arrancarle las llaves de un auto deportivo y las escrituras de un exclusivo penthouse en el centro de la ciudad.

Una "sorpresa" de cena elegante viniendo de él no puede significar otra cosa: va a ponerme un puto anillo  en el dedo y me coronará oficialmente ante la alta sociedad.

Seré la señora Romano, la esposa oficial del hombre más poderoso del país.

Y lo mejor de todo es que, mientras Lorenzo cree que me tiene comprada y arrodillada, apenas estoy empezando a jugar mis cartas.

Horas más tarde, frente al espejo de mi vestidor, me aseguro de que el plan sea tan letal como mi reflejo.

Me he deslizado dentro de un vestido negro de seda ajustado como una segunda piel, con un escote pronunciado en la espalda y una abertura lateral que deja al descubierto la curva exacta de mis muslos. Es una prenda diseñada exclusivamente para pecar, elegante pero descaradamente sexy hasta el infarto.

Cuando escucho el bocinazo del coche y bajo las escaleras del penthouse, la mirada de Lorenzo se detiene en seco.

Sus ojos hambrientos recorren cada centímetro de mi silueta, destilando una mezcla de orgullo y posesión enfermiza.

— Estás preciosa, bebé — murmura, acercándose para tomar mi cintura con posesión —. Esta noche seré la envidia de todo el restaurante exclusivo.

Le regalo una sonrisa ensayada, dejándome besar mientras por dentro cuento los minutos para seguir subiendo mi precio.

El restaurante es un santuario de luces tenues, mármol oscuro y exclusividad absoluta, donde cada mesa cuesta más que el salario anual de una persona común.

Lorenzo me guía con una mano firme y posesiva en la parte baja de mi espalda, pavoneándose con la seguridad de quien cree poseer el mundo entero.

Al doblar hacia el reservado del fondo, una figura alta y imponente se levanta con lentitud de la mesa privada.

La mano de Lorenzo cae pesada sobre mi hombro, deteniéndome en seco mientras su voz resuena con un orgullo retorcido.

— Hijo, te quiero presentar a mi novia... Bianca, te presento a Valentino.

El aire se evapora de mis pulmones.

El hombre frente a mí es alto, con una presencia abrumadora y un atractivo físico que roza lo peligroso; su cabello castaño oscuro cae ligeramente desordenado sobre una frente dura, dándole un aire salvaje que choca de inmediato con la elegancia del lugar.

Valentino clava sus ojos oscuros en los míos, congelándome el alma por completo.

— Al fin nos conocemos, señora Bianca — murmura con una voz ronca, grave y cargada de una amenaza silenciosa —. Mi nombre es Valentino.

Mi mente grita una sola palabra, repetida como una maldición: M****a.

Extiendo la mano hacia él con los dedos ligeramente fríos, intentando mantener la compostura que me ha costado años ensayar.

En el momento en que su piel roza la mía, un corrientazo eléctrico y salvaje me recorre la columna vertebral, erizándome hasta el último vello de los brazos. Trato de retirar la mano de inmediato, pero él la sostiene con firmeza, apretándome los nudillos un segundo más de la cuenta antes de soltarme.

Tomamos asiento en la mesa reservada, y Lorenzo rompe el silencio con una sonrisa satisfecha, pasando un brazo por el respaldo de mi silla.

— Valentino acaba de volver del extranjero hace dos días — explica Lorenzo con orgullo, señalándolo con la copa de vino —. Insistí en que regresara porque es mi única familia... por lo menos la importante.

Le dirijo una sonrisa educada, aunque las manos me tiemblan sutilmente bajo el mantel.

— Un placer, Valentino. Espero que nos llevemos bien.

Él no responde de inmediato.

Sus ojos orecorren mi cuerpo con una lentitud deliberada, recorriendo cada curva, cada centímetro del vestido ajustado, deteniéndose en mi escote con una intensidad tan cruda que siento como si me estuviera despojando de la ropa en medio del restaurante.

La mirada de Valentino quema, es una posesión muda y hambrienta que me deja sin aliento.

— Por supuesto que sí — murmura él, sin apartar los ojos de los míos mientras sostiene mi copa con una calma aterradora —. Estoy seguro de que nos llevaremos muy bien.

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