ログインLas puertas automáticas del área de urgencias se abrieron de golpe con un zumbido metálico, tragándose la silueta de Alexander, quien arrastraba a Rogelio Bermúdez con la fuerza inexorable de un huracán. El agua de lluvia goteaba de la ropa de ambos sobre el impecable piso de terrazo blanco, mientras las enfermeras y el personal de seguridad del hospital retrocedían al instante al ver la mirada desquiciada y sanguinaria del magnate.—¡Un médico! ¡Necesito al jefe de hematología y al equipo de extracción ahora mismo! —rugió Alexander, con una voz que hizo temblar los cristales del vestíbulo.Rogelio forcejeaba débilmente, intentando sacudirse las manos de hierro que lo apresaban, con el rostro descompuesto por la humillación y el pánico.—¡Esto es un abuso! ¡Exijo que llamen a las autoridades, soy el dueño de...! —comenzó a vociferar el patriarca, pero se calló de golpe cuando Alexander lo empujó contra el mesón de recepción con tanta fuerza que los bolígrafos y expedientes volaron por
El eco de las palabras de Alexander apenas terminaba de disiparse en el vestíbulo cuando el sonido de unos pasos presurosos y tacones resonando contra el mármol rompió la tensión.—¡Rogelio! ¡¿Qué está pasando?! ¡¿Por qué suena la alarma perimetral?! —chilló una voz histérica desde el pasillo superior.Aparecieron de inmediato por la barandilla. Leticia, la actual esposa de Rogelio, y tras ella, su hija Camila, la misma que tiempo atrás había arrebatado el compromiso a Serena. Ambas llevaban batas de dormir de seda y los rostros desencajados por el pánico, pero al asomarse y ver a Alexander sosteniendo al patriarca contra la pared con una jeringa en la mano y la camisa manchada de sangre seca, el terror se apoderó de ellas.—¡¡Papá!! —gritó Camila llevándose las manos a la boca, con los ojos abiertos de par en par—. ¡¿Qué hace este lunático aquí?! ¡Seguridad! ¡Llamen a la policía! ¡Maten a este infeliz!—¡Cierren la maldita boca las dos si aprecian lo que tienen! —bramó Alexander sin
El motor del deportivo rugió con una violencia ensordecedora cuando Alexander pisó el acelerador a fondo, saliendo de los terrenos de la mansión Dávalos como un proyectil lanzado en plena tormenta nocturna. Las llantas patinaron sobre el asfalto mojado antes de enderezarse y devorar los kilómetros de autopista que lo separaban de la fastuosa residencia de Rogelio Bermúdez.Dentro del habitáculo, la atmósfera era un cubículo de presión insoportable. El teléfono satelital vibró en el asiento del copiloto; Alexander lo ignoró. Lo único que importaba en ese momento era el segundero invisible corriendo en el quirófano del hospital y la certeza de que estaba a punto de enfrentar al hombre que había engendrado a Serena solo para abandonarla cuando su orgullo corporativo dictaba que ya no servía.Media hora más tarde, el imponente portón de seguridad de la mansión Bermúdez apareció ante sus ojos, flanqueado por altos muros de piedra y cámaras de vigilancia de última generación.Alexander no r
Alexander sintió que el oxígeno se le escapaba de los pulmones. Miró a Leonardo, quien lo observaba desde la camilla con un temblor en el labio inferior, absorbiendo la tensión de la habitación con la inocencia propia de su edad.El magnate se obligó a tragar el nudo monstruoso que se le formaba en la garganta. Se acercó a pasos firmes pero controlados a la camilla de su hijo, se arrodilló para quedar a su altura y le acarició los rizos castaños con una mano que apenas lograba disimular su temblor.—Papá... ¿Serena estará bien? —preguntó Leonardo con los ojitos cristalizados, aferrando con fuerza su camión de juguete—. Escuché a la enfermera decir que está en el quirófano grande... ¿por qué no está aquí conmigo?Alexander contuvo el aliento, obligándose a sostener una sonrisa tranquilizadora que era una pura fachada frente al abismo.—Claro que sí, mi amor —dijo Alexander con voz firme y suave, besando con devoción la frente vendada del niño—. Serena es una guerrera, de las más fuerte
El trayecto de regreso desde las entrañas del búnker subterráneo hasta el ala médica privada del consorcio transcurrió en completo silencio. Alexander recorrió los pasillos estériles con el abrigo oscuro impecable, sin rastro aparente de la violencia que acababa de desatar, aunque el frío en su mirada seguía intacto.Al llegar a la suite médica, empujó la puerta con una cautela inusual, preparado para encontrarse con la misma atmósfera de letargo profundo. Sin embargo, al cruzar el umbral, el sonido que recibió sus oídos lo detuvo en seco.*—¡Bip, pum! ¡El dinosaurio se comió al auto!*La vocecita aguda y alegre de Leonardo resonaba en la estancia. Alexander sintió que el corazón le daba un vuelco absoluto. Sus ojos se abrieron de par en par mientras avanzaba hacia la zona de descanso. Allí estaba su hijo, sentado erguido sobre la camilla, con un pequeño vendaje limpio en la frente, vistiendo una bata de hospital demasiado grande para él y sosteniendo un par de juguetes de plástico qu
El mercenario tragó saliva con dificultad, intentando enderezar el cuerpo a pesar de la tensión insoportable en sus hombros dislocados por las cadenas. El aire en el búnker era denso, pesado, impregnado de sudor frío y miedo.—Tú... tú eres el del todoterreno... —balbuceó el hombre con la voz ronca, tratando de mantener una fachada de dureza que se desmoronaba ante la mirada vacía y absoluta del magnate—. Mira, colega, esto es solo negocios... A mí me contrataron, a mí me pagaron para hacer el trabajo en la carretera...Alexander no se movió. Sus manos, enfundadas en el cuero negro, permanecían relajadas a los costados de su cuerpo. La total ausencia de gritos, amenazas vacías o aspavientos por parte del magnate resultaba mil veces más aterradora que cualquier golpiza.—¿Quién te pagó? —preguntó Alexander. Su voz sonó baja, calma, casi un susurro metálico que retumbó en las paredes de concreto.—No lo sé... te lo juro por mi madre —escupió el mercenario, haciendo una mueca de dolor cu







