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Capitulo 2

Author: Itha León
last update publish date: 2026-09-05 12:48:02

La bruja caminó durante tres días con el niño en brazos; su sangre negra dejaba un rastro que los lobos del rey seguirían pronto, pero ella llegó hasta el borde del territorio prohibido, donde la magia antigua aún protegía a los suyos.

—Te llamarás Kael —susurró, acariciando su rostro— y aunque tu padre no te quiera, tú serás más fuerte que él y...

No llegó a terminarlo.

Aldric la encontró al cuarto día; no vino con súbditos ni con soldados, vino solo con los ojos amarillos de su bestia y las garras extendidas.

—¿Dónde está? —rugió.

La bruja se puso de pie y el niño lloraba en su regazo.

—No lo tocarás.

—Ya no lo quiero —dijo Aldric, y su voz era hielo—, pero no permitiré que viva y que sea un recordatorio de mi fracaso.

La bruja invocó sus hechizos; el aire se llenó de chispas plateadas, pero Aldric era un alfa puro, el más poderoso del norte, y su furia era más antigua.

La mató con una mordida en el cuello.

Kael lloró mientras la sangre de su madre le empapaba el rostro. Aldric lo levantó, lo observó con desprecio y estuvo a punto de estrellarlo contra las rocas.

Pero algo lo detuvo: un pensamiento o un plan.

—Crecerás —dijo, sosteniendo al niño frente a sus ojos—. Crecerás y te haré el alfa más temido porque, si no puedes tener el poder de la luna, tendrás poder suficiente para destrozar a quien lo tenga.

Kael dejó de llorar; sus ojitos negros, tan distintos a los plateados de su madre, miraron a su padre sin miedo.

Y Aldric sonrió.

Veinticinco años después

Kael entró al salón del trono arrastrando el cadáver de un lobo descomunal comparado con él. La sangre salpicaba su rostro, sus manos y su pecho desnudo. Los consejeros retrocedieron.

—¿Ya no tienen nada que decir? —escupió, soltando el cuerpo—. ¿O prefieren que los use a ustedes de entrenamiento?

—Alfa Kael —tartamudeó uno de los ancianos—. El consejo solo quería sugerir.

—¿Sugerir? —Kael se rió—. Mi padre me enseñó que las sugerencias son para los débiles; los fuertes ordenan.

Alzó una mano y una sombra negra se extendió desde sus dedos; serpentearon en el aire y atraparon al anciano por la garganta. El hombre se elevó del suelo, pataleando.

—Yo —dijo Kael—, yo decido y yo gobierno.

Apretó el puño y el anciano cayó al suelo, tosiendo. Kael soltó la magia con desdén.

—Largo.

Los consejeros huyeron.

Kael se quedó solo en el salón, miró el trono de su padre, vacío desde que Aldric murió envenenado por su propia mano. Kael había sido el responsable; la venganza por su madre había sido dulce y lenta.

—No me engañes, papá —había susurrado mientras Aldric agonizaba—. Tú querías un heredero robusto; yo te lo di fuerte y despiadado, tanto que te maté.

Ahora, Kael era el alfa más temido en todos los territorios, no solo por su fuerza física, no solo por su magia heredada de su madre, sino por su capacidad de hacer daño sin parpadear.

Lyra tenía cinco años cuando su madre murió.

—Corre, Lyra —le había dicho Alma, empujándola detrás de un arbusto—. Corre y no mires atrás.

El lobo era enorme, negro como la noche y con ojos rojos como brasas. Alma se interpuso entre la bestia y su hija.

—¡Mamá, no!

—¡Obedece!

Oyó el último aliento de su madre.

Y siguió corriendo.

La encontraron dos días después, temblando en una cueva, con los brazos arañados por las ramas y los pies ensangrentados.

—Es humana —dijo uno de los soldados que la halló—, y sin poder.

—¿Y qué hacemos con ella? —preguntó otro.

En el orfanato, los humanos no sirven para nada más.

Lyra no entendía lo que era un orfanato, pero aprendió rápido.

Los cuidadores eran lobos, la mayoría, o híbridos de segunda categoría; los humanos eran los más bajos, los más despreciables. Lyra recibía la peor comida, el peor vestido y los golpes más duros.

—¿Dónde está tu padre, sucia? —le escupía una cuidadora—. ¿Te abandonó? ¿O eres producto de una violación?

—Mi papá era un licántropo —susurraba Lyra—. Era poderoso.

La carcajada era siempre la misma.

—Un licántropo poderoso no se acuesta con una humana; eres una mentira, no eres nada.

Y Lyra empezó a creerlo.

Porque no tenía poder, no podía transformarse, no podía curarse como los demás; cuando la golpeaban, sangraba y le quedaban moretones. Cuando tenía hambre, no podía cazar porque sus manos no eran garras.

Solo tenía los ojos.

Sus ojos plateados

—Mira esos ojitos —se burlaban los otros niños—. Parece un bicho peculiar.

Lyra aprendió a bajar la mirada, a no hablar, y a no llamar la atención.

Así pasaron años.

Ahora, a los veinticinco, Lyra era la sirvienta más baja del orfanato; limpiaba los establos, lavaba la ropa de los otros y recibía las patadas de los guardias con la cabeza gacha.

—¡Más rápido! —le gritó un guardia, pateándole la espalda mientras ella fregaba el suelo—. ¡No sirves ni para eso!

Lyra apretó los dientes y no contestó.

Esa noche, cuando todos dormían, se escapó al tejado del orfanato. Miró la luna; era llena, brillaba con una intensidad que le dolía en el pecho.

—Mamá —susurró—, ¿por qué me dejaste?

La luna parpadeó o tal vez fue su imaginación.

Lyra levantó la mano; no sabía por qué la extendió hacia el cielo plateado y, por un instante, sintió algo.

—¿Qué? —murmuró.

Pero el momento pasó, la luna volvió a su lugar y Lyra bajó la mano, sintiéndose tonta.

—Eres una humana —se dijo—, no eres nada, nunca serás nada.

Se levantó y volvió a su cama de paja.

Pero esa noche, mientras dormía, la luna brilló un poco más y en algún lugar, en el castillo del norte, Kael sintió aquel calor.

—¿Qué fue eso? —preguntó en voz alta, levantándose de su trono.

Había sentido algo, un poder, un poder que no era suyo.

—La luna —susurró, apretando el puño—, todavía la buscas, ¿verdad?

Y en su pecho, la bestia rugió.

—No importa cuándo la encuentre, la destrozaré como destrocé a mi padre, como destrozaré a cualquiera que se interponga en mi camino.

Y en el orfanato, Lyra soñó con su madre y con un hombre alto, de ojos dorados, que la miraba desde la luna.

Kael no durmió esa noche; permaneció despierto, sintiendo aquella perturbación en el aire y aquella chispa que le recordaba la profecía.

—Maldita luna —murmuró, mientras afilaba sus garras—. Maldita seas.

Lyra se despertó sobresaltada.

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