FAZER LOGINKael caminó durante horas con ella en brazos; no la miró ni una sola vez, solo sentía su peso, su calor, su aliento entrecortado contra su pecho y cada latido de ella era una puñalada en su propia sangre.
—¿Cuánto falta? —preguntó Lyra. —Cállate. —Solo quiero saber... —Dije que te calles. Lyra apretó los dientes; el dolor en su costado era insoportable, pero el desprecio en la voz de él era peor. Lo odiaba, lo odiaba con tanta fuerza que le dolía más que la herida. —No pedí que me salvaras —susurró. Kael se detuvo en seco, la bajó al suelo sin cuidado y la agarró por los hombros. —¿Crees que quiero hacer esto? —gruñó y su rostro estaba a centímetros del de ella—. ¿Crees que disfruto cargando una carga inútil como tú? —¡Entonces suéltame! —No puedo —la soltó y dio un paso atrás, pasándose una mano por el cabello—. No puedo y eso me vuelve loco. Cada vez que te lastiman, lo siento; cada latido tuyo resuena en mi pecho y no quiero eso, no quiero estar atado a una humana débil y patética. Lyra sintió rabia pura y caliente que le quemaba las venas. —¿Crees que yo quiero esto? —escupió y su voz temblaba, pero no de miedo—. ¿Crees que elegí ser la sirvienta más baja de un orfanato? ¿Crees que elegí que mi madre muriera frente a mí? ¿Crees que elegí tener estos ojos que todos odian? Kael la miró por un instante; algo parpadeó en sus ojos negros, algo que no era desprecio, pero desapareció tan rápido como llegó. —No me importa tu historia —dijo con voz de hielo—. No me importa lo que hayas sufrido; solo me importa que la luna te ha puesto en mi camino y ahora tengo que lidiar contigo. Lyra quiso responder, pero el dolor la dobló; se llevó las manos al costado y sintió la sangre ardiente entre sus dedos. Kael la observó sin moverse, luego soltó un gruñido y la levantó de nuevo, esta vez con menos brusquedad. —Deja de sangrar —dijo—. Me estás manchando. —Perdón por ser tan molesta —respondió Lyra con sarcasmo—. La próxima vez que un lobo me ataque, intentaré no sangrar tanto. Kael la miró con sorpresa; no esperaba que una humana hablara así. —Tienes lengua —dijo. —Y dientes también; si me das motivos, los uso. Kael casi sonrió, casi, pero se contuvo. —Guarda tu lengua para cuando lleguemos al castillo; allí no te servirá de nada. —¿Por qué? —Porque eres humana y en mi castillo los humanos son menos que la tierra que pisamos. Lyra sintió el frío en el estómago, pero no dijo nada; solo apretó los puños y se prometió que no lloraría. Llegaron al castillo al amanecer. Era enorme, de piedra negra y torres que se alzaban hacia el cielo gris. Lyra nunca había visto algo tan imponente y tan aterrador. Los guerreros que los habían seguido rodearon la entrada; cuando vieron a Lyra en brazos de Kael, sus rostros se torcieron en muecas de desprecio. —¿Una humana? —preguntó uno—. ¿El alfa trae una humana? —Cállate —ordenó Kael—. Preparen una habitación y traigan a un curandero. —¿Curandero para una humana? —otro guerrero se rió—. ¿No es mejor dejarla morir? Kael se detuvo y lo miró con ojos de muerte. —¿Quieres repetir eso? El guerrero bajó la mirada. —No alfa —Eso pensé. Kael entró al castillo y Lyra sintió cómo las miradas la atravesaban; todos la odiaban, todos la despreciaban y el único que la sostenía era el hombre que la llamaba patética. La llevó a una habitación diminuta con una cama de piedra y una ventana alta por donde entraba la luz gris del amanecer. —Quédate aquí —dijo dejándola sobre la cama—. El curandero vendrá. —¿Y luego? —preguntó Lyra—. ¿Qué harás conmigo? Kael la miró desde la puerta. —Aún no lo sé. Cerró la puerta y Lyra escuchó cómo la llave giraba en la cerradura. Estaba encerrada. El curandero llegó una hora después; era un hombre anciano. La miró con desprecio mientras examinaba su herida. —Esto necesita puntos —dijo— y hierbas, pero no tengo hierbas para humanos. —¿Qué significa eso? —preguntó Lyra. —Que tu cuerpo no es como el nuestro, no te curas, solo eres frágil y débil. Lyra apretó los dientes mientras el curandero cosía su costado sin anestesia. El dolor era blanco, cegador, pero ella no gritó; no les daría el gusto. —Terminado —dijo el curandero—. Ahora descansa. Salió y la dejó sola. Lyra se quedó mirando el techo de piedra; sentía el latido de su corazón y, junto a él, otro latido: el de Kael. Estaba cerca, podía sentirlo aunque no lo viera. Y lo odiaba. Lo odiaba por salvarla, por hacerla sentir algo que no quería sentir, por recordarle que era débil, que era humana. Pero entonces la luna apareció por la ventana. Era solo un pedazo de luz plateada que se coló entre las nubes, pero cuando tocó su piel, Lyra sintió algo: el calor regresó a su cuerpo, el dolor se amortiguó y por un instante sintió poder. —¿Qué eres? —susurró alzando la mano hacia la luz—. ¿Qué me hiciste? La luna no respondió, pero el latido de Kael se aceleró y Lyra supo que él también lo había sentido. La puerta se abrió de golpe. Kael entró con los ojos encendidos y la mandíbula apretada. —¿Qué hiciste? —demandó. —Nada —dijo Lyra bajando la mano—, solo estaba mirando la luna. —Mientes. Se acercó a ella y la agarró por la muñeca; su toque era fuego. Lyra sintió cómo su piel ardía donde él la tocaba. —Suéltame —dijo, pero su voz no era firme. —No puedo —respondió Kael—. Cada vez que la luna te toca, yo lo siento; mi sangre hierve, mi bestia se agita. —No es mi culpa. —¡No me importa de quién sea la culpa! —rugió soltándola—. Solo quiero que esto termine, quiero que desaparezcas de mi vida. —Entonces déjame ir —dijo Lyra levantando la mirada—. ¿Podrías dejarme ir y olvidar que existo? Kael la miró. —No puedo —repitió—. La luna roja está cerca; si no sello el vínculo, mi bestia se descontrolará y, cuando eso pase, no seré yo quien decida si vives o mueres. Lyra sintió el miedo helarle la sangre. —¿Qué quieres decir? —Que si no te reclamo como mía, mi bestia te matará y a mí también. —Pero... —Lyra negó con la cabeza—. No quiero eso, no quiero ser tuya. Kael se inclinó sobre ella; su rostro estaba tan cerca que ella podía sentir su aliento. —No tienes elección humana; la luna decidió y la luna nunca se equivoca. —Entonces la luna está equivocada —escupió Lyra— porque yo no soy especial, soy una sirvienta, soy la más baja de los humanos y no merezco ser la pareja de un alfa. Kael la miró en silencio; algo en sus ojos cambió. No era desprecio, era confusión. —Eso no lo decides tú —dijo—, ni yo, solo la luna. Se enderezó y caminó hacia la puerta. —Descansa —dijo sin mirarla—. Mañana empezaremos a prepararnos para la luna roja. —¿Prepararnos para qué? Kael se detuvo en el umbral. —Para la consumación del vínculo, para que seas mía. Cerró la puerta. Lyra se quedó sola en la oscuridad. El latido de Kael seguía resonando en su pecho y, por más que lo odiara, por más que quisiera escapar, sabía que no podía.Lyra despertó con el peso de un brazo sobre su cintura y el calor de un cuerpo contra su espalda. Por un momento, todo fue silencio y paz.Luego recordó.Recordó la marca en su cuello, la sangre en la boca de él y las palabras que había dicho: "Te he marcado. Ahora eres mía".Se giró bruscamente y lo empujó.Kael abrió los ojos de golpe, con los colmillos asomando por instinto. Cuando vio que era ella, se relajó, pero su rostro se endureció.—¿Qué?—¿Qué... qué? —Lyra se incorporó, llevándose una mano al cuello—. ¿Cómo puedes dormir después de lo que hiciste?—Te marqué —dijo Kael, sentándose—. Ya lo sabías.—¡No te di permiso!—No pedí permiso.Lyra sintió la rabia quemarle las venas. Le dio una bofetada.Kael giró la cabeza y la miró con los ojos dorados.—¿Otra vez?—¡Eres un monstruo!—Ya lo sé. —La agarró por la muñeca—. Pero ahora también eres mía.—¡No soy tuya!—Dilo sin temblar.Lyra abrió la boca, pero las palabras se le atascaron. Podía sentir la marca ardiendo en su cuello
Lyra escuchó los pasos antes de ver la puerta moverse.Al principio pensó que era su imaginación, que el miedo le estaba jugando trucos. Pero entonces la sombra que Kael había puesto en la puerta comenzó a parpadear, y los pasos se hicieron más fuertes. Más cercanos.—¿Kael? —susurró, levantándose de la cama.No hubo respuesta.La puerta se abrió de golpe y una figura oscura se recortó contra el pasillo. No era Kael. Era un lobo, un hombre lobo con los ojos amarillos y los colmillos afuera, con la respiración agitada y las garras extendidas.—La humana —dijo con una sonrisa—. La dulce y frágil humana.Lyra retrocedió hasta que su espalda chocó contra la pared. No podía respirar. Solo podía ver los colmillos, los ojos amarillos, y recordar a su madre.—No te acerques —dijo.—El Alfa no te quiere —dijo el lobo, dando un paso adelante—. Tú no eres nada para él. ¿Por qué habría de protegerte?—¡Kael!El grito de Lyra resonó en el pasillo vacío y, en la habitación de Kael, el sonido lo atr
Llegaron al castillo cuando el cielo ya era un manto de sangre. La luna colgaba enorme y roja sobre las torres de piedra negra, tiñendo todo con un resplandor enfermizo. Lyra sintió el peso de aquella luz sobre su piel como una caricia que no había pedido.Kael saltó del caballo y la bajó de un tirón. Sus manos ardían donde la tocaban.—Camina —ordenó.Lyra obedeció. Sus pies descalzos apenas sentían el frío de la piedra, solo sentía el calor de él a su espalda, su aliento entrecortado y su presencia como una sombra que la devoraba.Entraron al castillo y las antorchas parpadeaban con llamas anaranjadas.—¿Dónde está todo el mundo? —preguntó Lyra.—Encerrados —respondió Kael con la voz áspera—. La Luna Roja los vuelve locos. Como a mí.Lyra sintió el miedo y quiso correr, pero él la agarró por el brazo y la empujó contra la pared.—No —dijo, con el rostro a centímetros del de ella—. No huyas. No ahora.—Kael...—Tu olor —susurró, inclinándose sobre ella—. Tu maldito olor me está volvi
Lyra pasó toda la noche en el suelo del pasillo.No podía levantarse. Solo sentía el frío de la piedra calándole los huesos y el eco de las palabras de Kael repitiéndose en su cabeza: «No quieres ser mía, ¿verdad? Entonces defiéndete sola».Había estado a punto de morir. Los lobos en el bosque, los aullidos, el miedo y él dejándola afuera, a propósito, solo para demostrarle que necesitaba su protección.Y lo peor era que tenía razón.Lyra odiaba admitirlo, pero Kael tenía razón. Necesitaba su protección. No podía defenderse sola. Era humana, débil y frágil, y todos los lobos del castillo lo sabían.Cuando el sol gris del amanecer se coló por las ventanas, Lyra finalmente se levantó. Sus piernas le dolían y su espalda estaba entumecida, pero se obligó a caminar.Llegó a su habitación y cerró la puerta. Se sentó en la cama de piedra y miró por la ventana. El cielo estaba nublado, pero podía ver las torres del castillo recortándose contra el horizonte.No podía quedarse allí.No podía pa
No se movieron.Lyra sentía el aliento de Kael contra su rostro, sentía el latido de él resonando en su pecho, sentía el sabor de su propia sangre en los labios. Y lo odiaba. Lo odiaba con cada fibra de su ser.Pero también lo deseaba. Y eso era peor.—Suéltame —dijo.—Ya te solté —respondió Kael, sus ojos negros brillaban con un destello burlón—. Tú eres la que no se mueve.Lyra sintió la rabia quemarle las venas. Sin pensar, sin medir las consecuencias, levantó la mano y le cruzó la cara.Kael giró la cabeza lentamente. Cuando la volvió a mirar, sus ojos ya no eran negros. Eran dorados.—¿Me has abofeteado? —preguntó.—Te lo merecías —escupió Lyra, aunque su corazón latía tan rápido que casi se desmayaba—. No puedes besarme y tratarme como basura al mismo tiempo.—Claro que puedo. —Kael sonrió—. Soy el Alfa. Hago lo que quiero.—Pues yo no soy tuya.—Eso ya lo veremos.Kael
Lyra no durmió.El latido de Kael seguía ahí, clavado en su pecho; cada vez que cerraba los ojos, sentía su calor, su rabia y su presencia, aunque estuviera a kilómetros de distancia, y eso la volvía loca.Se levantó de la cama de piedra y caminó hasta la puerta; la llave seguía en la cerradura. ¿Por qué? ¿Acaso Kael confiaba en que no se iría? ¿O acaso quería que lo intentara?Empujó la puerta y se abrió sin resistencia.Lyra salió al pasillo; estaba vacío y oscuro, con antorchas que parpadeaban en las paredes.Caminó sin rumbo, siguiendo el latido que no era suyo. Quería encontrarlo, quería enfrentarlo, quería decirle que no aceptaba su destino, que no sería suya, que prefería morir antes que pertenecer a alguien que la odiaba.Llegó a una puerta grande, de madera tallada con figuras de lobos y lunas; detrás, escuchó voces.—No me importa —dijo la voz de Kael—. Lárgate.—Alfa, por favor —respondió una voz femenina, suave y pegajosa—. He esperado toda la noche.Lyra empujó la puerta







