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Capitulo 5

Author: Itha León
last update publish date: 2026-09-05 12:57:22

Kael caminó durante horas con ella en brazos; no la miró ni una sola vez, solo sentía su peso, su calor, su aliento entrecortado contra su pecho y cada latido de ella era una puñalada en su propia sangre.

—¿Cuánto falta? —preguntó Lyra.

—Cállate.

—Solo quiero saber...

—Dije que te calles.

Lyra apretó los dientes; el dolor en su costado era insoportable, pero el desprecio en la voz de él era peor. Lo odiaba, lo odiaba con tanta fuerza que le dolía más que la herida.

—No pedí que me salvaras —susurró.

Kael se detuvo en seco, la bajó al suelo sin cuidado y la agarró por los hombros.

—¿Crees que quiero hacer esto? —gruñó y su rostro estaba a centímetros del de ella—. ¿Crees que disfruto cargando una carga inútil como tú?

—¡Entonces suéltame!

—No puedo —la soltó y dio un paso atrás, pasándose una mano por el cabello—. No puedo y eso me vuelve loco. Cada vez que te lastiman, lo siento; cada latido tuyo resuena en mi pecho y no quiero eso, no quiero estar atado a una humana débil y patética.

Lyra sintió rabia pura y caliente que le quemaba las venas.

—¿Crees que yo quiero esto? —escupió y su voz temblaba, pero no de miedo—. ¿Crees que elegí ser la sirvienta más baja de un orfanato? ¿Crees que elegí que mi madre muriera frente a mí? ¿Crees que elegí tener estos ojos que todos odian?

Kael la miró por un instante; algo parpadeó en sus ojos negros, algo que no era desprecio, pero desapareció tan rápido como llegó.

—No me importa tu historia —dijo con voz de hielo—. No me importa lo que hayas sufrido; solo me importa que la luna te ha puesto en mi camino y ahora tengo que lidiar contigo.

Lyra quiso responder, pero el dolor la dobló; se llevó las manos al costado y sintió la sangre ardiente entre sus dedos.

Kael la observó sin moverse, luego soltó un gruñido y la levantó de nuevo, esta vez con menos brusquedad.

—Deja de sangrar —dijo—. Me estás manchando.

—Perdón por ser tan molesta —respondió Lyra con sarcasmo—. La próxima vez que un lobo me ataque, intentaré no sangrar tanto.

Kael la miró con sorpresa; no esperaba que una humana hablara así.

—Tienes lengua —dijo.

—Y dientes también; si me das motivos, los uso.

Kael casi sonrió, casi, pero se contuvo.

—Guarda tu lengua para cuando lleguemos al castillo; allí no te servirá de nada.

—¿Por qué?

—Porque eres humana y en mi castillo los humanos son menos que la tierra que pisamos.

Lyra sintió el frío en el estómago, pero no dijo nada; solo apretó los puños y se prometió que no lloraría.

Llegaron al castillo al amanecer.

Era enorme, de piedra negra y torres que se alzaban hacia el cielo gris. Lyra nunca había visto algo tan imponente y tan aterrador.

Los guerreros que los habían seguido rodearon la entrada; cuando vieron a Lyra en brazos de Kael, sus rostros se torcieron en muecas de desprecio.

—¿Una humana? —preguntó uno—. ¿El alfa trae una humana?

—Cállate —ordenó Kael—. Preparen una habitación y traigan a un curandero.

—¿Curandero para una humana? —otro guerrero se rió—. ¿No es mejor dejarla morir?

Kael se detuvo y lo miró con ojos de muerte.

—¿Quieres repetir eso?

El guerrero bajó la mirada.

—No alfa

—Eso pensé.

Kael entró al castillo y Lyra sintió cómo las miradas la atravesaban; todos la odiaban, todos la despreciaban y el único que la sostenía era el hombre que la llamaba patética.

La llevó a una habitación diminuta con una cama de piedra y una ventana alta por donde entraba la luz gris del amanecer.

—Quédate aquí —dijo dejándola sobre la cama—. El curandero vendrá.

—¿Y luego? —preguntó Lyra—. ¿Qué harás conmigo?

Kael la miró desde la puerta.

—Aún no lo sé.

Cerró la puerta y Lyra escuchó cómo la llave giraba en la cerradura.

Estaba encerrada.

El curandero llegó una hora después; era un hombre anciano. La miró con desprecio mientras examinaba su herida.

—Esto necesita puntos —dijo— y hierbas, pero no tengo hierbas para humanos.

—¿Qué significa eso? —preguntó Lyra.

—Que tu cuerpo no es como el nuestro, no te curas, solo eres frágil y débil.

Lyra apretó los dientes mientras el curandero cosía su costado sin anestesia. El dolor era blanco, cegador, pero ella no gritó; no les daría el gusto.

—Terminado —dijo el curandero—. Ahora descansa.

Salió y la dejó sola.

Lyra se quedó mirando el techo de piedra; sentía el latido de su corazón y, junto a él, otro latido: el de Kael. Estaba cerca, podía sentirlo aunque no lo viera.

Y lo odiaba.

Lo odiaba por salvarla, por hacerla sentir algo que no quería sentir, por recordarle que era débil, que era humana.

Pero entonces la luna apareció por la ventana.

Era solo un pedazo de luz plateada que se coló entre las nubes, pero cuando tocó su piel, Lyra sintió algo: el calor regresó a su cuerpo, el dolor se amortiguó y por un instante sintió poder.

—¿Qué eres? —susurró alzando la mano hacia la luz—. ¿Qué me hiciste?

La luna no respondió, pero el latido de Kael se aceleró y Lyra supo que él también lo había sentido.

La puerta se abrió de golpe.

Kael entró con los ojos encendidos y la mandíbula apretada.

—¿Qué hiciste? —demandó.

—Nada —dijo Lyra bajando la mano—, solo estaba mirando la luna.

—Mientes.

Se acercó a ella y la agarró por la muñeca; su toque era fuego. Lyra sintió cómo su piel ardía donde él la tocaba.

—Suéltame —dijo, pero su voz no era firme.

—No puedo —respondió Kael—. Cada vez que la luna te toca, yo lo siento; mi sangre hierve, mi bestia se agita.

—No es mi culpa.

—¡No me importa de quién sea la culpa! —rugió soltándola—. Solo quiero que esto termine, quiero que desaparezcas de mi vida.

—Entonces déjame ir —dijo Lyra levantando la mirada—. ¿Podrías dejarme ir y olvidar que existo?

Kael la miró.

—No puedo —repitió—. La luna roja está cerca; si no sello el vínculo, mi bestia se descontrolará y, cuando eso pase, no seré yo quien decida si vives o mueres.

Lyra sintió el miedo helarle la sangre.

—¿Qué quieres decir?

—Que si no te reclamo como mía, mi bestia te matará y a mí también.

—Pero... —Lyra negó con la cabeza—. No quiero eso, no quiero ser tuya.

Kael se inclinó sobre ella; su rostro estaba tan cerca que ella podía sentir su aliento.

—No tienes elección humana; la luna decidió y la luna nunca se equivoca.

—Entonces la luna está equivocada —escupió Lyra— porque yo no soy especial, soy una sirvienta, soy la más baja de los humanos y no merezco ser la pareja de un alfa.

Kael la miró en silencio; algo en sus ojos cambió. No era desprecio, era confusión.

—Eso no lo decides tú —dijo—, ni yo, solo la luna.

Se enderezó y caminó hacia la puerta.

—Descansa —dijo sin mirarla—. Mañana empezaremos a prepararnos para la luna roja.

—¿Prepararnos para qué?

Kael se detuvo en el umbral.

—Para la consumación del vínculo, para que seas mía.

Cerró la puerta.

Lyra se quedó sola en la oscuridad. El latido de Kael seguía resonando en su pecho y, por más que lo odiara, por más que quisiera escapar, sabía que no podía.

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