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Capítulo 4

Author: Itha León
last update publish date: 2026-09-05 12:53:15

Lyra sintió la luz antes de entender qué pasaba. La luna la envolvía, metiéndose por sus heridas como si quisiera repararla desde dentro. El dolor se amortiguó, pero no desapareció. Solo se volvió más profundo, como si algo estuviera despertando en su pecho.

—No —susurró, escupiendo sangre—. No quiero.

Pero la luz no pidió permiso.

Y entonces los escuchó. Los cascos. Decenas. Galopando sobre la tierra como un terremoto que se acercaba.

El lobo que la había atacado levantó la cabeza y sus ojos amarillos se entrecerraron.

—Ya era hora —gruñó.

Lyra no entendió. Su costado ardía y su visión se nublaba, pero pudo ver cómo el lobo se transformaba, cómo su cuerpo se erguía y se volvía hombre. Un hombre alto, de cicatrices en el pecho y garras que aún goteaban sangre.

—¿Quién..? —intentó preguntar.

Él la ignoró. Se giró hacia la puerta derrumbada del orfanato.

Y entonces la entrada explotó.

La madera voló en astillas. En el umbral, una figura se recortó contra la luna.

Kael.

Lyra no sabía quién era. Solo vio a un hombre de hombros anchos, el pecho desnudo y una capa de piel de lobo colgando de sus hombros. Sus ojos eran negros como la noche y en sus manos una sombra se arremolinaba como humo vivo.

—Garrick —dijo Kael—. Cinco años y sigues siendo una escoria.

El prisionero sonrió y mostró los dientes.

—Y tú sigues siendo el cachorro que me encerró. Ahora soy más fuerte.

—No lo suficiente.

Kael alzó la mano y la sombra en sus dedos se disparó como una serpiente negra, directo al pecho de Garrick. El impacto fue brutal. El hombre salió volando contra la pared y derribó los escombros.

Lyra sintió el viento de la magia rozarle el rostro y se encogió, llevándose las manos a la cabeza. Lobos. Hombres lobo. Y ahora magia. Todo la aterraba. Todo le recordaba a esa noche, a los ojos amarillos, a los dientes hundiéndose en el cuello de su madre.

—No —murmuró—. No, no, no.

Kael no la miró. No tenía tiempo. Garrick ya se levantaba con la mandíbula desencajada y las garras extendidas.

—¡No sabes lo que he aprendido! —rugió Garrick y se lanzó contra él—. ¡He estado esperando esto!

Kael desvió el ataque con un movimiento. La sombra se enrolló alrededor de su brazo formando un escudo y las garras de Garrick chocaron contra ella.

—Has aprendido a morir, entonces —dijo Kael.

Y contraatacó.

La pelea fue un torbellino. Golpes que rompían el suelo, magia que se estrellaba contra las paredes. Kael usaba su sombra como un látigo, como una lanza, como un puño. Garrick solo tenía sus garras y su furia, pero era suficiente para mantenerse en pie.

—¡Tu padre me prometió el norte! —gritó Garrick esquivando una estocada—. ¡Y tú me lo arrebataste!

—Mi padre está muerto —respondió Kael con la voz hecha hielo—. Y tú lo estarás pronto.

Lyra observaba desde el suelo. Su cuerpo no respondía, pero sus ojos, esos ojos plateados que todos odiaban, no podían apartarse de Kael. Él era rápido y letal. Cada movimiento era una sentencia de muerte. La magia que salía de sus manos no era como la de los cuentos; era sucia, violenta y hambrienta.

Y por un instante Lyra sintió algo, un latido en su pecho que no le pertenecía.

—No —susurró apretando los dientes—. No quiero sentir nada.

Garrick logró un golpe. Sus garras se clavaron en el costado de Kael, justo donde Lyra había sido herida. Kael gruñó. No de dolor, sino de rabia.

—Eso fue un error —dijo.

Y entonces la sombra se volvió infinita. Se extendió por todo el salón, negra y densa, llenando cada rincón. Lyra sintió cómo la magia la envolvía, cómo le robaba el aliento.

Garrick fue atrapado. La sombra lo levantó por los brazos, las piernas y el cuello, y lo inmovilizó contra el techo.

—¡Suéltame! —rugió.

—No.

Kael caminó hacia él con pasos lentos y sus ojos negros brillaban con un destello rojo.

—Cinco años —dijo alzando la mano—. Cinco años soñando con este momento.

Garrick escupió sangre.

—Tu padre tenía razón. Eres un monstruo.

—Mi padre no tenía razón en nada —respondió Kael—. Por eso lo maté.

Apretó el puño y la sombra se cerró. Garrick gritó mientras su cuerpo se retorcía en el aire, y luego un crujido seco.

La sombra se disipó. El cuerpo cayó al suelo con un golpe sordo.

Kael no lo miró. Se giró lentamente hacia Lyra. Ella seguía en el suelo, temblando, con la sangre empapando su ropa rota. Sus ojos plateados lo miraban con terror puro, con el pánico de quien ha visto demasiadas veces la muerte en forma de lobo.

Kael se acercó y sus pasos resonaron en el silencio.

—Tú —dijo.

Lyra intentó arrastrarse hacia atrás, pero su cuerpo no respondía. Las piernas le temblaban y los brazos le fallaban.

—Por favor —susurró—. No me mates.

Kael se detuvo frente a ella y la observó con desprecio.

—Eres mi pareja.

Lyra parpadeó. Las palabras no tenían sentido.

—¿Qué?

—La luna me ha unido a ti —dijo Kael—. A una humana débil. A una criatura que no puede ni levantarse sola.

—No... no puede ser.

Kael se inclinó y sus manos la agarraron por la mandíbula, obligándola a mirarlo.

—Mírame. Dime que no lo sientes.

Lyra sintió el calor de sus dedos, sintió el latido que no era suyo, sintió cómo su cuerpo quería acercarse a él a pesar de todo. Lo odió. Lo odió con cada fibra de su ser.

—No —intentó negar, pero su voz tembló.

—Mientes.

Kael soltó su mandíbula con brusquedad y dio un paso atrás como si ella lo quemara.

—Eres patética —dijo—. Débil. Y Repugnante. La luna me ha condenado.

Lyra sintió el golpe. No en su carne, sino en algo más profundo, en ese lugar donde aún guardaba la esperanza de ser algo más que una sirvienta.

—No te pedí que vinieras —dijo con la voz quebrada—. No te pedí nada.

—Y sin embargo estoy aquí —Kael levantó las manos—. Porque la luna me obliga. Porque si no te salvo, mi bestia se descontrola. Pero no te confundas, humana.

Se inclinó de nuevo con los ojos ardientes.

—No te quiero. No te deseo. Eres una carga que tendré que soportar.

Lyra apretó los puños. El miedo aún la recorría, pero algo más se encendió en su pecho. Rabia. Rabia pura y caliente.

—Entonces déjame aquí —escupió—. Déjame morir. No quiero tu ayuda.

Kael sonrió.

—No puedo. Esa es la peor parte.

La agarró por el brazo y la levantó de un tirón. Lyra gritó. El dolor de su costado se disparó como una cuchilla.

—¡Suéltame!

—Cállate.

La sombra de Kael la envolvió, pero no era como la magia que había usado contra Garrick. Era distinta, más suave, casi protectora. Lyra sintió cómo la levantaba, cómo la sostenía en el aire.

—¿Qué? —jadeó.

—Te llevaré al castillo —dijo Kael sin mirarla—. Ahí te curarán. Luego descubriremos por qué la luna te ha elegido.

—No soy especial —dijo Lyra—. Soy humana. No soy nada.

Kael la miró. Por primera vez, algo dudoso cruzó su rostro.

—Eso espero —dijo—. Porque si eres algo más, te arrepentirás.

Lyra no entendió, pero no preguntó. No tenía fuerzas. Solo sintió cómo la oscuridad la envolvía, cómo el cuerpo de Kael se movía junto al suyo, y cómo su corazón latía al mismo ritmo que el de él. Y lo odió. Odio esa conexión. Odio no poder escapar. Odio que su cuerpo quisiera acercarse al hombre que la acababa de llamar patética.

Pero no pudo evitar preguntarse por qué la luna la había elegido.

Mientras Kael la cargaba hacia la noche, mientras los guerreros rodeaban el orfanato en llamas, Lyra cerró los ojos. No era nada. Eso le habían dicho toda su vida. Pero entonces, ¿por qué la luna no la soltaba? ¿Por qué su sangre ardía con cada latido de él?

Kael caminaba con ella en brazos sin mirarla. Sentía su peso, su calor, su aliento entrecortado contra su pecho. Y la odiaba. La odiaba por ser tan frágil, por hacerlo débil, por obligarlo a sentir algo que no quería sentir.

La conexión era real. Y por más que la despreciara, ella era su destino.

—Maldita seas —susurró, apretándola contra su pecho—. Maldita seas, humana.

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