เข้าสู่ระบบKael llevaba tres días sin dormir.
No era el cansancio lo que lo mantenía despierto; era esa maldita sensación, ese hormigueo en la nuca que aparecía cada noche justo cuando la luna se alzaba en el horizonte, como si alguien estuviera llamándolo. —Alfa —dijo su beta, un lobo gris de nombre Fenris, entrando al salón—. ¿Está bien? Kael no levantó la vista de las garras que afilaba. —Estoy perfectamente. —Lleva tres días sin dormir. —Fenris dio un paso adelante—. Huele a... —No me digas lo que huelo —lo cortó Kael—. No soy un perro rastreador. Fenris bajó la mirada. —Solo digo que algo lo perturba; nunca lo había visto así. Kael apretó la piedra de afilar; la sintió crujir bajo sus dedos. —Siento el llamado —admitió—. La luna me está tirando de las entrañas. Fenris levantó la cabeza sorprendido. —¿Su pareja? ¿La ha encontrado? —Es débil —dijo Kael con desprecio en cada sílaba—. Un latido insignificante y patético. La luna me ha destinado a alguien de nivel inferior. —Alfa... —No quiero oírlo. —Kael arrojó la piedra contra la pared y se levantó con los puños apretados—. ¿Cómo voy a estar unido a alguien así? ¿A una criatura que no puede sostenerse a mi lado? Fenris lo miró con cautela. La luna roja está cerca; en tres lunas, si no sella el vínculo, su bestia se descontrolará. —Yo no soy un lobo completo —espetó Kael girándose para enfrentarlo—. Tengo sangre de bruja; la luna no tiene tanto poder sobre mí. —Pero la tiene y usted lo sabe. Kael quiso responder, quiso romperle la mandíbula a su beta por atreverse a contradecirlo. Pero en ese momento la puerta del salón se abrió de golpe. Un lobo guerrero entró corriendo; su pelaje estaba manchado de sangre y su rostro era una máscara de urgencia. —¡Alfa! —jadeó arrodillándose—. ¡El prisionero ha escapado! Kael se tensó. —¿Qué prisionero? —El de la celda oeste, el que usted mismo encadenó hace cinco años. El aire se congeló. —No puede ser —dijo Kael y su voz cambió; ya no era desdén, era peligro—. Ese lobo estaba condenado a muerte por la manada entera; yo personalmente le arranqué las garras. —Se las ha vuelto a hacer crecer —dijo el guerrero y sus ojos mostraban miedo—. No sabemos cómo, pero es más fuerte que antes. Mató a ocho de los nuestros al escapar. —¿Ocho? —Fenris dio un paso atrás—. ¡Eso es complejo! —¡No es imposible! —gruñó Kael—. ¡Es un alfa de sangre antigua! Solo yo pude detenerlo en aquel entonces; si ha escapado... Se quedó en silencio; su mente ya estaba trazando el escenario. —¿A dónde se dirige? —preguntó con la voz filosa. El guerrero tragó saliva. —Al sur, al orfanato de la frontera. Los ojos de Kael se oscurecieron. —¿El orfanato? ¿Qué quiere allí? —No lo sabemos, pero va dejando un rastro de muertos a su paso. Kael no dudó más, agarró su capa de piel de lobo y se la colocó sobre los hombros. Preparen a los guerreros; salimos al amanecer. —Alfa —intervino Fenris—, esa zona está llena de humanos y el prisionero... —¿Qué pasa con los humanos? —lo interrumpió Kael—. Son peones sacrificables, pero ese prisionero es mío, mi caza y mi presa. —Entiendo, pero si el llamado que siente está al sur... Kael disparó una mirada como rayos en plena tormenta. —¿Qué estás insinuando, beta? —Nada —Fenris bajó la cabeza—, solo que... las coincidencias existen. —No creo en coincidencias —dijo Kael—. Creo en lo que puedo matar. Esa misma noche en el orfanato, Lyra no podía dormir. Algo la mantenía despierta, algo que no era el frío de su cama de paja ni el hambre que llevaba dos días royéndole el estómago. Era una sensación como si alguien estuviera en peligro. Se dio la vuelta y cerró los ojos. Entonces el techo se derrumbó. El estruendo fue ensordecedor, la madera voló en astillas y una bestia enorme aterrizó en medio de la sala común, destrozando las camas de los niños. —¡Despierten! —rugió una voz que no era humana. Lyra se levantó de un salto; vio la silueta de un lobo inmenso de pelaje oscuro y ojos amarillos, el mismo color de ojos que ella había visto en sus pesadillas. El mismo color de la bestia que había matado a su madre. No, no era el mismo, pero se parecía demasiado. —¡Busco a la niña! —rugió la bestia—. ¡La que la luna protege! ¡¿Dónde está?! Lyra sintió el pánico helarle las venas; la niña de ojos plateados, eso era ella. Pero la bestia no podía saberlo, no podía. —No hay nadie aquí —dijo una de las cuidadoras temblando—, solo humanos... El lobo la agarró con sus fauces y la lanzó contra la pared; la mujer cayó inerte. Lyra quiso correr, pero sus piernas no respondían. El lobo la olió, y giró la cabeza lentamente. —Tú, tú tienes el olor. Lyra retrocedió, pero el lobo la golpeó con una zarpada; las garras se clavaron en su costado y ella sintió la carne abrirse. El dolor fue blanco y cegador. Cayó al suelo con un grito ahogado; la sangre comenzó a empapar su ropa rota. —Déjame... —Jadeó— No sé nada... El lobo se inclinó sobre ella; sus fauces estaban a centímetros de su rostro. —Yo vengo a cobrar la deuda de tu padre. Lyra no entendió; no podía. Y entonces, en el castillo del norte, Kael sintió el dolor como una daga en el pecho. —¡Ahhhh! Se dobló, sus manos se apretaron contra el costado; aunque no tenía ninguna herida, ardía y sangraba sin sangrar. —¡Alfa! —Fenris corrió hacia él—. ¿Qué sucede? Kael jadeó; su respiración era errática. Por dentro algo se retorcía, algo que no era su bestia. —Mi pareja —susurró con los dientes apretados— está siendo atacada, está... muriendo. —¿Ahora? ¿En este momento? Kael apretó el puño; la sangre de su pareja le quemaba las venas. Y la odió por eso. La odió por ser débil, por necesitarlo, por arrastrarlo a un vínculo que él no quería. —Alfa, si no va ahora... —¡Ya lo sé! —rugió Kael enderezándose con esfuerzo—, pero no es por ella, es porque la luna me está obligando. Se giró hacia los guerreros que ya estaban preparados. —Al orfanato; ahora el prisionero está allí. —¿Y la pareja? —preguntó Fenris. Kael lo miró con ojos de muerte. —La salvaré —dijo y su voz era veneno—. La salvaré y luego la haré pagar por ser tan patética. No permitiré que una criatura inferior sea mi destino. Pero mientras se lanzaba a la noche, algo dentro de él latía con una fuerza que no podía controlar. Kael sintió miedo. Miedo de sí mismo de lo que aquella conexión estaba haciendo con él. —Maldita luna —susurró mientras las bestias del norte galopaban hacia el sur—. Maldita seas por hacerme débil.Lyra despertó con el peso de un brazo sobre su cintura y el calor de un cuerpo contra su espalda. Por un momento, todo fue silencio y paz.Luego recordó.Recordó la marca en su cuello, la sangre en la boca de él y las palabras que había dicho: "Te he marcado. Ahora eres mía".Se giró bruscamente y lo empujó.Kael abrió los ojos de golpe, con los colmillos asomando por instinto. Cuando vio que era ella, se relajó, pero su rostro se endureció.—¿Qué?—¿Qué... qué? —Lyra se incorporó, llevándose una mano al cuello—. ¿Cómo puedes dormir después de lo que hiciste?—Te marqué —dijo Kael, sentándose—. Ya lo sabías.—¡No te di permiso!—No pedí permiso.Lyra sintió la rabia quemarle las venas. Le dio una bofetada.Kael giró la cabeza y la miró con los ojos dorados.—¿Otra vez?—¡Eres un monstruo!—Ya lo sé. —La agarró por la muñeca—. Pero ahora también eres mía.—¡No soy tuya!—Dilo sin temblar.Lyra abrió la boca, pero las palabras se le atascaron. Podía sentir la marca ardiendo en su cuello
Lyra escuchó los pasos antes de ver la puerta moverse.Al principio pensó que era su imaginación, que el miedo le estaba jugando trucos. Pero entonces la sombra que Kael había puesto en la puerta comenzó a parpadear, y los pasos se hicieron más fuertes. Más cercanos.—¿Kael? —susurró, levantándose de la cama.No hubo respuesta.La puerta se abrió de golpe y una figura oscura se recortó contra el pasillo. No era Kael. Era un lobo, un hombre lobo con los ojos amarillos y los colmillos afuera, con la respiración agitada y las garras extendidas.—La humana —dijo con una sonrisa—. La dulce y frágil humana.Lyra retrocedió hasta que su espalda chocó contra la pared. No podía respirar. Solo podía ver los colmillos, los ojos amarillos, y recordar a su madre.—No te acerques —dijo.—El Alfa no te quiere —dijo el lobo, dando un paso adelante—. Tú no eres nada para él. ¿Por qué habría de protegerte?—¡Kael!El grito de Lyra resonó en el pasillo vacío y, en la habitación de Kael, el sonido lo atr
Llegaron al castillo cuando el cielo ya era un manto de sangre. La luna colgaba enorme y roja sobre las torres de piedra negra, tiñendo todo con un resplandor enfermizo. Lyra sintió el peso de aquella luz sobre su piel como una caricia que no había pedido.Kael saltó del caballo y la bajó de un tirón. Sus manos ardían donde la tocaban.—Camina —ordenó.Lyra obedeció. Sus pies descalzos apenas sentían el frío de la piedra, solo sentía el calor de él a su espalda, su aliento entrecortado y su presencia como una sombra que la devoraba.Entraron al castillo y las antorchas parpadeaban con llamas anaranjadas.—¿Dónde está todo el mundo? —preguntó Lyra.—Encerrados —respondió Kael con la voz áspera—. La Luna Roja los vuelve locos. Como a mí.Lyra sintió el miedo y quiso correr, pero él la agarró por el brazo y la empujó contra la pared.—No —dijo, con el rostro a centímetros del de ella—. No huyas. No ahora.—Kael...—Tu olor —susurró, inclinándose sobre ella—. Tu maldito olor me está volvi
Lyra pasó toda la noche en el suelo del pasillo.No podía levantarse. Solo sentía el frío de la piedra calándole los huesos y el eco de las palabras de Kael repitiéndose en su cabeza: «No quieres ser mía, ¿verdad? Entonces defiéndete sola».Había estado a punto de morir. Los lobos en el bosque, los aullidos, el miedo y él dejándola afuera, a propósito, solo para demostrarle que necesitaba su protección.Y lo peor era que tenía razón.Lyra odiaba admitirlo, pero Kael tenía razón. Necesitaba su protección. No podía defenderse sola. Era humana, débil y frágil, y todos los lobos del castillo lo sabían.Cuando el sol gris del amanecer se coló por las ventanas, Lyra finalmente se levantó. Sus piernas le dolían y su espalda estaba entumecida, pero se obligó a caminar.Llegó a su habitación y cerró la puerta. Se sentó en la cama de piedra y miró por la ventana. El cielo estaba nublado, pero podía ver las torres del castillo recortándose contra el horizonte.No podía quedarse allí.No podía pa
No se movieron.Lyra sentía el aliento de Kael contra su rostro, sentía el latido de él resonando en su pecho, sentía el sabor de su propia sangre en los labios. Y lo odiaba. Lo odiaba con cada fibra de su ser.Pero también lo deseaba. Y eso era peor.—Suéltame —dijo.—Ya te solté —respondió Kael, sus ojos negros brillaban con un destello burlón—. Tú eres la que no se mueve.Lyra sintió la rabia quemarle las venas. Sin pensar, sin medir las consecuencias, levantó la mano y le cruzó la cara.Kael giró la cabeza lentamente. Cuando la volvió a mirar, sus ojos ya no eran negros. Eran dorados.—¿Me has abofeteado? —preguntó.—Te lo merecías —escupió Lyra, aunque su corazón latía tan rápido que casi se desmayaba—. No puedes besarme y tratarme como basura al mismo tiempo.—Claro que puedo. —Kael sonrió—. Soy el Alfa. Hago lo que quiero.—Pues yo no soy tuya.—Eso ya lo veremos.Kael
Lyra no durmió.El latido de Kael seguía ahí, clavado en su pecho; cada vez que cerraba los ojos, sentía su calor, su rabia y su presencia, aunque estuviera a kilómetros de distancia, y eso la volvía loca.Se levantó de la cama de piedra y caminó hasta la puerta; la llave seguía en la cerradura. ¿Por qué? ¿Acaso Kael confiaba en que no se iría? ¿O acaso quería que lo intentara?Empujó la puerta y se abrió sin resistencia.Lyra salió al pasillo; estaba vacío y oscuro, con antorchas que parpadeaban en las paredes.Caminó sin rumbo, siguiendo el latido que no era suyo. Quería encontrarlo, quería enfrentarlo, quería decirle que no aceptaba su destino, que no sería suya, que prefería morir antes que pertenecer a alguien que la odiaba.Llegó a una puerta grande, de madera tallada con figuras de lobos y lunas; detrás, escuchó voces.—No me importa —dijo la voz de Kael—. Lárgate.—Alfa, por favor —respondió una voz femenina, suave y pegajosa—. He esperado toda la noche.Lyra empujó la puerta







