LOGINLyra no durmió.
El latido de Kael seguía ahí, clavado en su pecho; cada vez que cerraba los ojos, sentía su calor, su rabia y su presencia, aunque estuviera a kilómetros de distancia, y eso la volvía loca. Se levantó de la cama de piedra y caminó hasta la puerta; la llave seguía en la cerradura. ¿Por qué? ¿Acaso Kael confiaba en que no se iría? ¿O acaso quería que lo intentara? Empujó la puerta y se abrió sin resistencia. Lyra salió al pasillo; estaba vacío y oscuro, con antorchas que parpadeaban en las paredes. Caminó sin rumbo, siguiendo el latido que no era suyo. Quería encontrarlo, quería enfrentarlo, quería decirle que no aceptaba su destino, que no sería suya, que prefería morir antes que pertenecer a alguien que la odiaba. Llegó a una puerta grande, de madera tallada con figuras de lobos y lunas; detrás, escuchó voces. —No me importa —dijo la voz de Kael—. Lárgate. —Alfa, por favor —respondió una voz femenina, suave y pegajosa—. He esperado toda la noche. Lyra empujó la puerta sin pensar. El salón era enorme, con un trono de piedra negra en el centro y una chimenea que ardía con llamas azules. Kael estaba sentado en el trono, con una pierna colgando sobre el reposabrazos y la cabeza apoyada en su puño. Frente a él, una mujer Era alta y esbelta, con el cabello dorado cayendo en ondas sobre sus hombros desnudos. Su vestido ya estaba en el suelo; estaba completamente desnuda, con la piel pálida brillando a la luz del fuego. —Alfa —dijo la mujer, inclinándose para mostrar su cuerpo—, déjame calentar tu noche. Lyra se quedó paralizada en el umbral; sintió el calor subirle a las mejillas, pero no era vergüenza, era rabia, rabia pura y caliente que le quemaba el pecho. —¿Qué está pasando aquí? —preguntó, y su voz sonó más afilada de lo que pretendía. Kael levantó la cabeza; sus ojos negros se encontraron con los de Lyra, y por un instante, algo brilló en ellos. —Lyra —dijo en un susurro ronco. La mujer desnuda se giró; sus ojos amarillos la recorrieron con desprecio. —¿Qué hace esta humana aquí? —preguntó con un tono venenoso—. Alfa, ¿permitas que estas criaturas entren a tu salón? Kael no respondió; no apartaba la mirada de Lyra. —Sal de aquí —dijo, pero no estaba mirando a la mujer, la estaba mirando a ella. Lyra sintió el golpe en el estómago; no era la orden lo que le dolía, era que él no le había quitado los ojos de encima ni un segundo. —No voy a salir —respondió, dando un paso adelante—. Vine a hablar contigo. —Ya hablamos. —No hablamos de nada —Lyra apretó los puños—. Solo me dijiste que soy tu pareja y que no tengo elección, pero yo sí tengo voz, Kael, y quiero usarla. La mujer desnuda soltó una risa aguda. —¿Voz? ¿Una humana quiere tener voz? Alfa, ¿de verdad vas a permitir que esta basura te hable así? Kael se levantó lentamente del trono; sus ojos seguían fijos en Lyra. —Sal —dijo. La mujer sonrió triunfante y se giró hacia Lyra. —¿Oíste? El alfa te ordena que te vayas, humana, vete antes de que te arranque la piel. Pero Kael no la estaba mirando a ella. —A ti te dije que salieras —dijo, y su voz era hielo. La mujer parpadeó. —¿Alfa? —No voy a repetirlo. La loba abrió la boca, pero Kael levantó una mano y una sombra negra se extendió desde sus dedos, envolviendo el cuerpo desnudo de la mujer. —¡Alfa, no! —gritó ella, pero la sombra la levantó del suelo y la arrojó contra la pared. La mujer cayó al suelo con un golpe sordo; Kael no la miró. —Lárgate antes de que cambie de opinión. La loba se levantó temblando, agarró su vestido del suelo y salió corriendo, sin atreverse a mirar atrás. Lyra se quedó allí, en medio del salón, con el corazón latiendo tan fuerte que casi podía oírlo. —¿Por qué hiciste eso? —preguntó—. Era tuya si querías. Kael dio un paso hacia ella, y luego otro. —No la quería. —Entonces, ¿por qué estaba desnuda frente a ti? Kael se detuvo a un metro de ella; sus ojos negros la perforaban. —Porque no importa, no la veía, no veía a nadie. —¿Qué? —No veía a nadie desde que entraste —dijo Kael—, solo te veía a ti. Lyra sintió el latido de él acelerarse, cómo su propia sangre respondía, cómo su cuerpo quería cerrar la distancia. —No digas eso —dijo, dando un paso atrás—. No quiero oírlo. —¿Por qué? —Kael dio otro paso—. ¿Por qué es verdad? —Porque no puede ser verdad. —Lyra negó con la cabeza—. Me odias, me llamaste patética, débil y repugnante. —Y lo eres —dijo Kael—, pero también eres mía y eso no lo puedo cambiar. Lyra sintió la rabia y el deseo luchando en su pecho; quería golpearlo, quería besarlo, quería huir, quería quedarse. —No soy tuya —dijo, pero su voz sonó débil incluso para ella misma. Kael la agarró por la barbilla y la obligó a mirarlo. —Di eso otra vez, dilo y te haré temblar. Lyra intentó hablar, pero las palabras se le atascaron en la garganta. Sus ojos plateados se encontraron con los negros de él, y por un instante, el mundo se detuvo. —No puedo —susurró—. No puedo decir que no soy tuya porque lo siento, lo siento en mi sangre y lo odio. Te odio. —Yo también te odio —respondió Kael, su pulgar rozó el labio inferior de ella—. Te odio por hacerme sentir esto, por hacerme débil. —Entonces suéltame. —No puedo. Y entonces, sin previo aviso, la besó. No fue un beso suave, fue un beso de rabia y de deseo, de odio y de necesidad. Los dientes de Kael mordieron su labio inferior y Lyra sintió el sabor de su propia sangre, pero no se apartó. Se aferró a su pecho desnudo y lo besó de vuelta con la misma furia. Cuando se separaron, estaban jadeando. —Maldita seas —susurró Kael contra su frente—. Maldita seas, humana. —Maldito seas tú —respondió Lyra—, maldito seas por hacerme sentir esto. Kael la miró; sus ojos negros estaban encendidos, y por primera vez, Lyra vio algo más que desprecio, vio miedo. —La luna roja es en dos días —dijo—. Si no te reclamo, mi bestia te matará. —¿Y si me reclamas? Kael la soltó y dio un paso atrás; pasó una mano por su cabello. —Entonces serás mía para siempre. Lyra sintió el peso de esas palabras; eso era una eternidad, una eternidad con un hombre que la odiaba, una eternidad en un mundo que la despreciaba. —No quiero eso —dijo. —Yo tampoco —respondió Kael. Pero no se movió ninguno de los dos.No se movieron.Lyra sentía el aliento de Kael contra su rostro, sentía el latido de él resonando en su pecho, sentía el sabor de su propia sangre en los labios. Y lo odiaba. Lo odiaba con cada fibra de su ser.Pero también lo deseaba. Y eso era peor.—Suéltame —dijo.—Ya te solté —respondió Kael, sus ojos negros brillaban con un destello burlón—. Tú eres la que no se mueve.Lyra sintió la rabia quemarle las venas. Sin pensar, sin medir las consecuencias, levantó la mano y le cruzó la cara.Kael giró la cabeza lentamente. Cuando la volvió a mirar, sus ojos ya no eran negros. Eran dorados.—¿Me has abofeteado? —preguntó.—Te lo merecías —escupió Lyra, aunque su corazón latía tan rápido que casi se desmayaba—. No puedes besarme y tratarme como basura al mismo tiempo.—Claro que puedo. —Kael sonrió—. Soy el Alfa. Hago lo que quiero.—Pues yo no soy tuya.—Eso ya lo veremos.Kael
Lyra no durmió.El latido de Kael seguía ahí, clavado en su pecho; cada vez que cerraba los ojos, sentía su calor, su rabia y su presencia, aunque estuviera a kilómetros de distancia, y eso la volvía loca.Se levantó de la cama de piedra y caminó hasta la puerta; la llave seguía en la cerradura. ¿Por qué? ¿Acaso Kael confiaba en que no se iría? ¿O acaso quería que lo intentara?Empujó la puerta y se abrió sin resistencia.Lyra salió al pasillo; estaba vacío y oscuro, con antorchas que parpadeaban en las paredes.Caminó sin rumbo, siguiendo el latido que no era suyo. Quería encontrarlo, quería enfrentarlo, quería decirle que no aceptaba su destino, que no sería suya, que prefería morir antes que pertenecer a alguien que la odiaba.Llegó a una puerta grande, de madera tallada con figuras de lobos y lunas; detrás, escuchó voces.—No me importa —dijo la voz de Kael—. Lárgate.—Alfa, por favor —respondió una voz femenina, suave y pegajosa—. He esperado toda la noche.Lyra empujó la puerta
Kael caminó durante horas con ella en brazos; no la miró ni una sola vez, solo sentía su peso, su calor, su aliento entrecortado contra su pecho y cada latido de ella era una puñalada en su propia sangre.—¿Cuánto falta? —preguntó Lyra.—Cállate.—Solo quiero saber...—Dije que te calles.Lyra apretó los dientes; el dolor en su costado era insoportable, pero el desprecio en la voz de él era peor. Lo odiaba, lo odiaba con tanta fuerza que le dolía más que la herida.—No pedí que me salvaras —susurró.Kael se detuvo en seco, la bajó al suelo sin cuidado y la agarró por los hombros.—¿Crees que quiero hacer esto? —gruñó y su rostro estaba a centímetros del de ella—. ¿Crees que disfruto cargando una carga inútil como tú?—¡Entonces suéltame!—No puedo —la soltó y dio un paso atrás, pasándose una mano por el cabello—. No puedo y eso me vuelve loco. Cada vez que te lastiman, lo siento; cada latido tuyo resuena en mi pecho y no quiero eso, no quiero estar atado a una humana débil y patética.
Lyra sintió la luz antes de entender qué pasaba. La luna la envolvía, metiéndose por sus heridas como si quisiera repararla desde dentro. El dolor se amortiguó, pero no desapareció. Solo se volvió más profundo, como si algo estuviera despertando en su pecho.—No —susurró, escupiendo sangre—. No quiero.Pero la luz no pidió permiso.Y entonces los escuchó. Los cascos. Decenas. Galopando sobre la tierra como un terremoto que se acercaba.El lobo que la había atacado levantó la cabeza y sus ojos amarillos se entrecerraron.—Ya era hora —gruñó.Lyra no entendió. Su costado ardía y su visión se nublaba, pero pudo ver cómo el lobo se transformaba, cómo su cuerpo se erguía y se volvía hombre. Un hombre alto, de cicatrices en el pecho y garras que aún goteaban sangre.—¿Quién..? —intentó preguntar.Él la ignoró. Se giró hacia la puerta derrumbada del orfanato.Y entonces la entrada explotó.La madera voló en astillas. En el umbral, una figura se recortó contra la luna.Kael.Lyra no sabía qui
Kael llevaba tres días sin dormir.No era el cansancio lo que lo mantenía despierto; era esa maldita sensación, ese hormigueo en la nuca que aparecía cada noche justo cuando la luna se alzaba en el horizonte, como si alguien estuviera llamándolo.—Alfa —dijo su beta, un lobo gris de nombre Fenris, entrando al salón—. ¿Está bien?Kael no levantó la vista de las garras que afilaba.—Estoy perfectamente.—Lleva tres días sin dormir. —Fenris dio un paso adelante—. Huele a...—No me digas lo que huelo —lo cortó Kael—. No soy un perro rastreador.Fenris bajó la mirada.—Solo digo que algo lo perturba; nunca lo había visto así.Kael apretó la piedra de afilar; la sintió crujir bajo sus dedos.—Siento el llamado —admitió—. La luna me está tirando de las entrañas.Fenris levantó la cabeza sorprendido.—¿Su pareja? ¿La ha encontrado?—Es débil —dijo Kael con desprecio en cada sílaba—. Un latido insignificante y patético. La luna me ha destinado a alguien de nivel inferior.—Alfa...—No quiero o
La bruja caminó durante tres días con el niño en brazos; su sangre negra dejaba un rastro que los lobos del rey seguirían pronto, pero ella llegó hasta el borde del territorio prohibido, donde la magia antigua aún protegía a los suyos.—Te llamarás Kael —susurró, acariciando su rostro— y aunque tu padre no te quiera, tú serás más fuerte que él y...No llegó a terminarlo.Aldric la encontró al cuarto día; no vino con súbditos ni con soldados, vino solo con los ojos amarillos de su bestia y las garras extendidas.—¿Dónde está? —rugió.La bruja se puso de pie y el niño lloraba en su regazo.—No lo tocarás.—Ya no lo quiero —dijo Aldric, y su voz era hielo—, pero no permitiré que viva y que sea un recordatorio de mi fracaso.La bruja invocó sus hechizos; el aire se llenó de chispas plateadas, pero Aldric era un alfa puro, el más poderoso del norte, y su furia era más antigua.La mató con una mordida en el cuello.Kael lloró mientras la sangre de su madre le empapaba el rostro. Aldric lo l







