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Capítulo 2

Author: Echo
Un dolor agudo me hizo recobrar el conocimiento.

Cuando conseguí abrir los ojos, descubrí que estaba tirada sobre el césped del jardín trasero de la mansión. El viento nocturno se colaba entre mis ropas y me calaba hasta los huesos. Apenas podía moverme, y cada intento de incorporarme hacía que las heridas me ardieran como si acabaran de abrirse.

Junto a la fuente, varios cuervos se habían acercado a picotearme las heridas abiertas, confundiéndome con un cadáver.

Los espanté como pude y, reuniendo las pocas fuerzas que me quedaban, conseguí ponerme en pie. Regresé tambaleándome a la mansión y subí a mi habitación, procurando no hacer ruido para que nadie reparar en mí.

Ya no podía seguir soportándolo.

No pasarme la vida esperando que mi padre terminara por matarme. Si quería sobrevivir, tendría que encontrar la manera de escapar por mis propios medios.

Después de que mi tercer prometido me abandonara, había acudido a la policía. En aquel momento estaba convencida de que mi padre los hipnotizaba dentro de aquella habitación, de alguna forma que yo no alcanzaba a comprender. Sin embargo, la policía envió a un médico para examinarme y este no encontró ningún indicio de hipnosis.

El odio que mis prometidos sentían por mí era real.

Los mayores de la familia y todo el personal de la mansión le dijeron a la policía que yo sufría alucinaciones provocadas por las drogas.

Al final, los agentes me gritaron por hacerles perder el tiempo y se marcharon sin investigar nada más.

Como castigo, Victor me encerró durante una semana en la cava, un lugar sin calefacción donde el frío se metía hasta los huesos. No me dio comida. Solo me dejaban agua helada.

También había intentado huir en otras ocasiones, pero nunca llegaba demasiado lejos. Daba igual dónde me escondiera o qué camino tomara: los guardaespaldas de mi padre siempre terminaban encontrándome.

Con el tiempo, llegué a una conclusión aterradora. Debía de llevar un rastreador implantado en alguna parte del cuerpo.

Durante semanas me palpé con cuidado, buscando cualquier bulto extraño bajo la piel, finalmente, encontré uno.

Un diminuto chip.

Con las fuerzas que me quedaban, llegué tambaleándome al baño y cerré la puerta con seguro. Apoyé las manos en la encimera para no caerme y, al levantar la mirada, vi unas tijeras afiladas junto al lavabo.

No podía seguir esperando.

Tomé una toalla y la mordí con fuerza para ahogar los gritos. Después, con la mano temblorosa, me clavé las tijeras en el brazo izquierdo y comencé a escarbar hasta extraer el diminuto dispositivo que formaba un bulto bajo la piel.

El dolor fue insoportable. La sangre empezó a resbalarme por el brazo y me nubló la vista, pero, cuando por fin vi el chip entre mis dedos, sentí que había recuperado una pequeña parte del control sobre mi propia vida.

Justo antes de perder el conocimiento, logré sacar mi teléfono y llamar a mi mejor amiga, Sarah.

—Ayúdame… —susurré, apenas capaz de articular las palabras—. Trae a la policía.

Una hora después, las sirenas rasgaron el silencio de la propiedad.

Sarah irrumpió en mi habitación acompañada por varios policías y paramédicos. En cuanto me vio cubierta de sangre, se volvió hacia Victor y lo agarró de las solapas de la chaqueta, fuera de sí.

—¡Victor! ¡Eres un tirano! —gritó al verme cubierta de sangre, agarrándolo de las solapas—. ¡¿Qué le hiciste a Nessa?! ¡Es tu hija! ¿Por qué le hiciste esto?

Los policías recorrieron la habitación con la mirada. Al ver mis heridas, fruncieron el ceño y uno de ellos se adelantó para hablar con mi padre.

—Señor Cassano, tiene mucho que explicar.

Victor ni siquiera pareció inmutarse. Se acomodó la corbata y les dedicó una sonrisa impecable, tan falsa que me revolvió el estómago.

—Oficial, todo esto es un malentendido. Si tienen la amabilidad de acompañarme un momento a la habitación oscura, todo quedará claro.

«La habitación oscura», pensé. No otra vez.

Sentí que el corazón se me detenía. La desesperación se me enroscó alrededor del cuello como una serpiente, apretándome más que las propias manos de Dominic.

No podía permitir que entraran allí. No después de lo que les había ocurrido a mis prometidos, a mi tío Marcus y a mi abuela.

—¡No vaya! —grité, arrojándome a las piernas del policía y aferrándome a ellas con todas mis fuerzas—. ¡Por favor, se lo suplico, no entre ahí!

—Señorita, por favor, cálmese. —El policía me apartó las manos de sus piernas—. Vamos a llegar al fondo de esto.

Sin escucharme, se dejaron conducir por Victor hasta el sótano y la pesada puerta de hierro se cerró detrás de ellos con un estruendo que pareció retumbar por toda la casa.

Me desplomé en el suelo, temblando. Sarah se arrodilló a mi lado, pero no pudo decirme nada que aliviara el terror que me atenazaba.

Diez minutos después, la puerta volvió a abrirse de golpe.

El policía salió con el rostro sombrío y la mandíbula tan tensa que parecía que se le rompería de un momento a otro. Caminó directamente hacia mí.

¡PLAS! ¡PLAS!

Dos bofetadas me hicieron perder el equilibrio. Caí de lado, con un zumbido ensordecedor en los oídos y la mejilla ardiéndome.

—Si esta cámara corporal no estuviera grabando, yo mismo te metería una bala —gruñó, con un asco que me dejó paralizada.

Sarah se quedó atónita. Tardó apenas un instante en reaccionar, pero, cuando lo hizo, se interpuso entre nosotros.

—¡No puede golpearla sin más! ¡Voy a presentar una queja!

El agente se volvió hacia ella y se inclinó para susurrarle algo al oído.

No alcancé a escuchar sus palabras.

Sin embargo, sí vi cómo sara se quedaba rígida. La indignación desapareció de su rostro y fue sustituida por una expresión de horror. Lentamente, giró la cabeza hacia mí, con los ojos tan abierto que apenas parecía capaz de parpadear.

Era la misma mirada que había visto en Dominic, en Marcus y en mi abuela.

La misma repulsión.

—Nessa… me das asco —murmuró con voz temblorosa—. Eres basura humana.

Después se dio media vuelta y salió corriendo de la mansión sin volver a mirarme.

Me quedé inmóvil, incapaz de comprender qué acababa de suceder. Sarah era mi mejor amiga. Me conocía desde hacía años, conocía mis miedos y sabía cuánto había sufrido. Había sido yo quien la había llamado, desesperada, convencida de que acudiría a rescatarme.

Y ahora también me odiaba.

El policía se agachó junto a mí. Su voz se volvió fría y amenazante.

—Escúchame bien. Si vuelves a malgastar los recursos de la policía, yo mismo te encerraré en una prisión de máxima seguridad.

Una agente que lo acompañaba me observó con el ceño fruncido. Su mirada descendió hasta mis heridas y, por un instante, creí distinguir compasión en sus ojos.

—Pero parece que la hubieran golpeado hasta dejarla medio muerta…

El policía la apartó de mí y le susurró algo mientras se alejaban unos pasos.

La agente escuchó en silencio. Después volvió a mirarme.

Una vez más, alguien había entrado en aquella habitación y había salido convertido en otra persona. Y, una vez más, yo era la única que no sabía qué había ocurrido allí dentro.

Ya no quedaba ninguna esperanza.

¿Por qué? ¿Por qué todos terminaban odiándome?

Victor se acercó y se detuvo junto a mí. Me miró desde arriba con una expresión de fastidio, como si mi sufrimiento no fuera más que una molestia que le había arruinado el día.

—Mira todos los problemas que me has causado —dijo con desprecio—. Ahora, ¿cómo debería castigarte?

No esperó una respuesta.

—Échenla en las viejas perreras de atrás —ordenó con frialdad—. Que piense en lo que hizo. Tres días.

Los guardaespaldas me agarraron y me arrastraron fuera de la mansión. Intenté resistirme, pero mis brazos apenas respondían y mis se doblaban bajo mi propio peso.

Me arrojaron dentro de una jaula de hierro oscura y apestosa.

Al otro lado de los barrotes, varios perros feroces, famélicos, me observaban con una avidez que me heló la sangre. Gruñían mientras se acercaban, atentos a cada movimiento que hacía.

No tenía dónde esconderme.

Durante los tres días siguientes, tuve que luchar por mantenerme consciente y defenderme con las pocas fuerzas que me quedaban. Cada vez que uno de los perros se abalanzaba sobre mí, me apartaba como podía, protegiéndome el rostro y el cuello mientras sentía sus dientes rozarme la ropa y la piel.

No había agua ni comida.

Solo una oscuridad interminable, un frío cortante y el olor nauseabundo de la jaula.

Dormir era peligroso. Bastaba con que bajara la guardia durante unos segundos para que alguno se acercara demasiado. Así que permanecí despierta tanto como pude, temblando, agotada y con el cuerpo cubierto de heridas.

Cada hora se convertía en una eternidad. Cada minuto era una nueva lucha por seguir respirando.

Al cabo de aquellos tres días, Victor por fin consideró que ya había recibido suficiente castigo y ordenó que me sacaran de allí.

Cuando me devolvieron a la mansión, las sirvientas se apartaron a mi paso. Algunas me miraron con miedo; otras, con una repulsión tan evidente que ni siquiera intentaron disimularla.

Me arrastraron de nuevo hasta mi habitación y me arrojaron sobre la cama, antes de cerrar la puerta con llave.

Me quedé tendida, incapaz de moverme, mirando la cerradura desde el otro lado de la habitación.

Creí que me dejarían allí hasta que mis heridas terminaran por matarme.

Entonces oí un suave clic.

La puerta se abrió apenas unos centímetros y una figura conocida se deslizó al interior.

Era Maya, la niñera que me había criado.

Llevaba una palangana con agua caliente y varios medicamentos. Cerró la puerta con cuidado y se acercó a la cama sin hacer ruido, como si temiera que alguien pudiera descubrirla.

Cuando vio el estado en el que me encontraba, sus ojos se anegaron en lágrimas.

—Mi niña…

Su voz se quebró, pero no se apartó de mí. Dejó la palangana sobre la mesita y comenzó a limpiar mis heridas con manos temblorosas, procurando no hacerme más daño del necesario.

—Vamos a huir —me dijo—. Te sacaré de este infierno.
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