INICIAR SESIÓNDoy vueltas por la habitación con las manos en la cabeza. Me siento en la cama, camino hasta el baño y de nuevo a la cama, en un círculo infinito de movimientos desesperados. Pol me observa en silencio desde la puerta, está cruzado de manos y trae el ceño fruncido.
Después de que aquel hombre nos dijo a Pol y a mí que estábamos asignados para aquella extraña expedición, penas pude dirigirle un par de miradas, ya que luego se dedicó a repartir el personal en el resto de las arcas, y cuando salimos nos enviaron directo a las habitaciones, y una vez llegamos guarda un silencio incómodo. Y a qui estoy, a la una de la mañana, sentado en mi cama y con la cabeza entre mis manos, pensando, ¿pero pensando en qué? Por más que lo haga no encuentro un motivo para que nos envíen a aquella "expedición" sabiendo el problema por el que pasa toda la comunidad, ¿acaso no se dan cuenta que es tan peligroso como saltar al cañón? Seguro que no, entonces con toda la fuerza de voluntad que soy capaz de reunir me levanto y camino hasta el pequeño bolso donde guardo mi ropa. Empaco un par de calzoncillos y algo para dormir, medias y desodorante, pero mi equipaje liviano está... demasiado liviano, pero ¿qué más podría llevar si son apenas dos o tres días?
—Deberías empacar algo —le digo a Pol que parece abstraído, asiente y se pone a esculcar en su ropa
Recuerdo el regalo de la maestra Alma y lo saco de entre la ropa, me siento en la cama y coloco el paquete envuelto en mis piernas. Después de unos segundos lo abro y una portada impecable me da la bienvenida, de fondo gris y letras blancas que citan: "El Arte De La Guerra" sonrío y saco el otro libro de mi equipaje para empacar este. Pol está a mi lado con la parte superior del cuerpo cubierta por el camarote, está tan tenso que temo que todos los músculos de su cuerpo puedan explotar en cualquier momento.
—Pol —Le digo y despacio asoma su cabeza por debajo —lo siento —me arde la nariz, siempre me arde antes de llorar —Siento haberte metido en este lio… yo —en un segundo se mete en mi cama y me agarra la cara con sus manos.
—Ni lo digas, esto no es tu culpa.
—Lo es —afirmo —si no te hubiera dicho nada, no te hubiera arriesgado.
—No —me da un beso en la frente y me abraza, en silencio —yo también me meto en mis propios problemas —añade y yo ya no quiero hablar más. Y así, sin más, ya no tengo excusa para quedarme despierto, entonces me tumbo en la cama, abrazado con él y nos desnudamos poco a poco, hasta quedar en ropa interior. después de apagar la luz, desnudo y con un malestar en todo el cuerpo, solo el calor del cuerpo de Pol logra hundirme en la oscuridad, mi amada oscuridad.
Esa noche sueño con Liss y Bryan, en un tumulto de pesadillas confusas y escalofriantes, despierto varias veces en la noche y luego termino soñando con la cara triste de Pol después de hacer el amor.
El amanecer llega más rápido de lo que yo hubiera querido. La luz entra violenta por la ventanilla y antes de decidir ponerme en pie hago una nota mental de conseguir alguna clase de cortina para cubrirla. Me siento en la cama y apago la alarma del pequeño reloj que trajo Pol desde Emma. Estiro los músculos y observo a el hombre que lucha por abrir los ojos a mi lado.
—¿Qué pasó con nuestra compañera de cuarto? —pregunto señalando la cama bacía de Iliana, casi ni pensaba en la chica rubia.
—Alguien tenía que recibir el cuerpo de Lis, ella se ofreció —se endereza y se estrega los ojos —pensé que llegaría en la noche, no sé qué pasaría —Pienso en Liss y el vacío en mi pecho se hace de nuevo. Sacudo la cabeza y lanzo el asunto a la cañería, dispuesto a vestirme, no debo pensar ahora en eso. Pol se adelanta ya que vamos retrasados, y él sí se quiere duchar, la verdad yo no tengo ánimos, así que cuando sale me tomo unos minutos para ponerme el uniforme y respirar, las imágenes de sangre no salen de mi cabeza.
Cuando alcanzo a Pol en el comedor está solo, sentado en un una de las mesas con su equipaje a lado, trae el cabello húmedo, seguro debido a una ducha entes de ponerse el uniforme de batalla que remarca todos los músculos del cuerpo. Incluso yo podría decir que me veo atractivo con el uniforme: un pantalón de tela gruesa ajustado, una camisa de manga larga, una chaqueta de cuero que refleja el calor del cuerpo y unas botas, también de cuero, que llegan casi hasta las rodillas, todo en un potente negro azabache, la camisa y la chaqueta traen el símbolo de Capricornio en el pecho, justo en el corazón, una lechuza con las alas extendidas que simboliza la astucia y la precisión. Pongo mi bolsa junto a la suya y me siento frente a él, pero no me mira, su vista está perdida en sus dedos que juegan con una pequeña piedrita.
—¿Qué hacemos aquí? — preguntó después de unos minutos de incómodo silencio. Se encoje de hombros.
—No lo sé, pensé que nos darían desayuno o algo así— miro alrededor, pero no hay nadie y cuando vuelvo mi vista hacia él lo veo hundido en la banca, como si su metro ochenta y tanto se hubiera reducido.
—¿Estás bien?— le pregunto, y recuerdo cuando él mismo, justo en esta misma mesa hace unas horas me preguntara lo mismo. Coloco mi mano sobre la suya, como hiciera él, y me mira con una profundidad que me da miedo, sé que está herido por lo que le dije anoche —Yo sí quiero ser tu novio — sus ojos se iluminan tanto que me siento mejor, luego frunce el ceño un poco.
—Pero, hay un pero— exclama.
—Pero estoy confundido —veo que se enoja un poco.
—¿Confundido por qué? si tú quieres y yo quiero ¿cuál es el problema? —pienso en eso un momento, pero mis emociones están mezcladas. Lo miro y su cara a la espera de una respuesta me da malgenio.
—Lo siento, Pol —Me mira fijamente —sé lo que sientes, o lo que quieres, pero este no es momento para pensar en un: ¿y nosotros qué? Para empezar ni siquiera sabía que te gustaban los hombre y no las mujeres, o ambos, yo qué sé, pero no tengo cabeza para pensar en esas cosas infantiles de noviazgo o no sé. No sé cómo si tú tienes cabeza para eso —le suelto todo esto con rabia, sacando todo mi estrés con quien menos tiene la culpa. Se acerca un poco más, su rostro es un poema indescifrable.
—Mirame, Aleck — su voz es un susurro herido —sé que no soy suficiente para ti, que no valgo la pena, pero tengo dignidad, y lo que siento por ti no te da derecho a hablarme así, y te juro que, si me vuelves a hablar de esa manera en tu vida… —se queda mirándome por un momento, luego bufa, como restándole importancia —¿qué puedo hacer yo para hacerte pasar un mal rato? Tu vida ya es una m****a, con complejo de todos me miran, eres esquivo y frio, y estás lejos de la única persona que aparentemente es capaz de entenderte, y es una niña de diez años, es tan patético que no podría empeorar más —no digo nada, pero mis ojos se llenan de lágrimas. Pol aparta la mirada al verme así, le debo parecer todo un gran chiste.
—¡Ey! — grita alguien desde la puerta del comedor, es un guardia —los he buscado por toda el arca, ya es hora —Pol es el primero en ponerse de pie.
En medio camino entre el comedor y la plataforma de aterrizaje nos encontramos con Edward.
—Ey, los busqué en la plataforma y no estaban— dice cuando nos topamos. Pol lo ignora y sigue su camino —¿y a este qué le pasa?
—Creo que está menstruando— le digo y él sonríe.
—Quería despedirme.
—Serán sólo unos días— le digo.
—¿Y si son más? — No sé cómo responder a eso, así que lo abrazo con fuerza.
—Cuídate— Le digo.
—Cuídate tú— cuando nos separamos saca algo que tenía escondido en su espalda —te lo presto, es mi cuchillo de la suerte— lo tomo entre mis manos y lo saco del estuche, es de mago negro y de hoja ancha, mide unos quince centímetros.
—¿De la suerte? — me burlo.
—Ahora lo es. Me tengo que ir— le doy otro abrazo fugas —suerte, te quiero, hermano— Antes de irse pone algo frio y pequeño en la palma de mi mano.
—También yo— cuando lo veo desaparecer meto en cuchillo en su estuche y lo coloco entre la bota y mi pie, comprobando que luce fantástico. Recuerdo que hace un par de años le ganó este cuchillo a un guardia en una apuesta de dados, corrimos por toda el arca entes de que se diera cuenta que hicimos trama. Sonrió por los tiempos que no volverán. Luego reviso el objeto en mi mano, es un encendedor gastado y corroído, y recuerdo habérselo visto por ahí de vez en cuando. Lo guardo junto a la linternita que venía con el pantalón y sigo mi camino.
Cuando alcanzo la plataforma todo está en silencio, solo hay un par de hombres merodeando por ahí. La puerta del aéreo deslizador está abierta y no hay señales de Pol por ninguna parte. Uno de los hombres hace una señal para que me acerque.
—Anda, sube. Recogeremos a los científicos que escoltarán en Emma — asiento y subo por la plataforma. Pol ya está ahí, sentado con las piernas cruzadas y la piedrita entre los dedos. Me siento justo frente a él, y evito mirarlo.
La puerta comienza a cerrarse y me deja con en el reproche atrancado en la garganta. Durante el resto del trayecto me limito a ignorar a Pol, a guardar silencio y observar el inmenso cañón por la ventanilla.
El viaje, extrañamente, me resulta más largo que la última vez.
Cuando a lo lejos se puede otear la grande e imponente figura de Emma, me entra una alegría imposible de describir, pero cuando veo a Pol, encogido en su asiento y pensativo, la alegría se transforma en melancolía. Pienso que no debí hablarle así, pero hasta que él no se disculpe, no lo haré yo.Sigo mirando por la ventana hasta que aterrizamos en la amplia plataforma. Las luces del interior de la nave se encienden.
—¿Estas feliz de volver? — le pregunto a Pol, tengo que comenzar a hacer las paces con él, si vamos a hacer equipo, tenemos que hablarnos por lo menos.
—Yo no tengo nada aquí, ni en Capricornio, en ninguna parte — no lo dice con rabia, más bien pensativo, y me aterra ese tono.
La puerta del aéreo deslizador se abre, y con un chirrido hiriendo los oídos logro ver una estampa que me deja sin aliento. Dos hombres custodian a un ser, extraño, con rasgos casi inhumanos: su piel morena parece haber perdido tres tonos y hoy parece un espíritu en pena caminando por inercia; sus pómulos sobresalen sobre las hundidas mejillas y las ojeras parecen dos ojos más que miran, pero no ven, ha bajado unos diez kilos de peso. Los hombres casi arrastran al ser en que se ha convertido Grace y lo depositan en una silla junto a Pol.
—Grace— le dice él, pero ella no mira nada en particular. Desabrocho mi cinturón de seguridad y cuando hago ademán de levantarme, una mano, fuerte como el hierro y pesada como el plomo, me hunde de nuevo en mi asiento.
—Tendrán mucho tiempo para hablar cuando lleguemos al lugar en que se harán las investigaciones— me dice el hombre, abrochando de nuevo mi cinturón. Más personas suben por la plataforma y se acomodan en las sillas a lo largo del aéreo deslizador, entre ellos está la maestra Alma, que me mira con el ceño fruncido y se sienta a mi lado, pero cuando hago ademán de hablarle me corta haciendo un gesto que entiendo como esperar. Las puertas se cierran y los hombres que custodiaron a Grace salen por otra pequeña puerta. Me dedico a observar a cada persona, pero solo conozco a Grace y a la profesora Alma. Cada uno encerrado en su propio mundo, en un silencio propio de alguien a quien le han arrancado el alma. La nave alza vuelo, y alejándose de la gran estructura que conforma A Emma marca camino hacia el horizonte, por donde el sol despunta dejando un sendero rojizo.
—¿Qué están haciendo ustedes dos aquí? — me pregunta la maestra Alma en voz baja, después de unos cuarenta minutos de silencio absoluto. Aparto la mirada de la ventana y observo lo profundo de sus iris.
—Los escoltaremos en la expedición— ella asiente barias veces, con lástima, pero luego su rostro se transforma, y adquiere una expresión que no logro descifrar.
—Tienes que escucharme muy bien — me toma de la mano y la aprieta tan fuerte que me corta la circulación —todos los que estamos aquí hemos ayudado a hacer algo malo— quiero preguntarle qué, pero ella continúa —necesitan silenciar nuestras voces, antes de que todo empiece.
—¿De qué habla?
—Prometeme algo, Aleck— asiento con la cabeza mientras siento el agarre de su mano intensificarse —una vez toquemos tierra huiras con Pol.
—¿Por qué? — le pregunto y volteo a mirar a Pol, que tiene la mandíbula apretada.
—Prometelo— su voz es un susurro.
—Lo prometo— la miro —¿y después qué?
—No lo sé, pero no pueden volver. No lo hagan.
Me suelto de su mano y, en un reflejo que nadie podría evitar, suelto mi cinturón de seguridad y camino con pasos trémulos hasta Grace, que aún tiene la mirada perdida en un punto ciego. Me arrodillo frente a ella, pero no me ve, así que pongo mis manos en sus rodillas y la meneó un poco.
—Grace— le digo, en un susurro —Grace— sus ojos negros me miran, con ese amor contenido que le he visto toda la vida. Esta es mi Grace, la verdadera.
—Mi niño— su fría mano se posa en mi mejilla y con su pulgar recorre el marco de mi ceja —¿cómo estás?
—¿Cómo estás tú? — le pregunto, y por un segundo se le queda la mirada perdida en algún punto en mi frente, luego, de la nada, explota.
—¡Corre! — grita, tan fuerte que siento el vibrar de su voz en mis manos a través de sus rodillas, y sigue gritando —¡No dejes que ellas te atrapen¡ Ellas no son como la pequeña! — me sacude por los hombros, fuerte y salvaje. Mi Grace se ha ido —no hagas ruido— pone su índice en mis labios y sisea —Cuídate, y recuerda nunca pisar fuerte— me abraza —te amo, mi niño ojos de luna— y no puedo decirle que también la amo, porque la puerta se abre y los fuertes brazos de alguien se afianzan a mis hombros poniéndome de pie.
—¡¿Acaso no te dije que te quedaras en tu asiento soldado?¡— la voz chillona del hombre me grita a la altura del oído
—Que soldado tan desobediente. ¡Mark! — le grita al otro hombre que seguro debe estar detrás de él —la máscara y el arnés— el hombre comienza a rebuscar en un cajón mientras Grace empieza a tararear una canción de cuna que me trae demasiados recuerdos. El otro hombre llega y, entre los dos, comienzan a ponerme el arnés a la fuerza. Mis gritos de rabia se mezclan con la canción que tararea Grace. Nadie me ayuda, ni siquiera Pol se quita su cinturón de seguridad para ir en mi ayuda, pero uno de los hombres lo sienta de un golpe en la mandíbula.Cuando aprietan la última correa me dejan en el suelo, y solo entonces siento el sabor amargo de las lágrimas en mi boca. El hombre engancha una máscara de oxígeno en mi cara y me cuelga el tanque en la espalda.
—Tu castigo será limpiar la cubierta.
—¿En pleno vuelo? — mi voz es amortiguada por la máscara.
—Para qué crees que es esto, princesita— me sacude por el arnés y sonríe dándome la espalda y alejándose. Observo a la maestra Alma.
—Hazlo, Aleck.
—No.
—No les des motivos para que acaben contigo entes de llegar a tierra— la bomba consigue que Pol abra mucho los ojos.
—¿Cómo que...? — trata de preguntar, pero luego se calla, como si hubiera comprendido la verdad más absoluta. Los demás pasajeros ni se inmutan, seguro ya han aceptado su destino. El hombre regresa con un balde lleno de agua y un cepillo de mano, que me tira al pecho y que apenas logro atrapar. A Pol le tira otro balde vacío.
—Ya que eres tan altruista limpia el baño —le dice y se dirige a mi, se estira, y con su metro noventa y tanto abre la escotilla al tiempo que entra una ráfaga de viento húmedo y caliente, me toma por la cintura y apenas logro dar un pequeño vistazo a Grace, que está igual de catatónica que al principio, antes de tener medio cuerpo fuera de la nave. Antes de sacar el cuerpo por completo, engancho el lazo que sale del arnés, y que mide unos cuatro o cinco metros, a una argolla que sobresale del casco oxidado. Cuando estoy afuera el hombre me pasa el balde.
—Estarás aquí hasta que...— comienza a decirme, pero la voz de su amigo le interrumpe.
—Ey, ven a ver esto — la escotilla se cierra en un segundo y me quedo allí, solo, con la respiración acelerada y el corazón palpitando con fuerza en el cuello y los oídos. En un ataque inmaduro por tratar de menguar la rabia, tomo en balde y lo estrello contra el metal. El plástico se rompe en fragmentos que son arrastrados por el pequeño torrente de agua que se resbala por la inclinada superficie de la nave; el cepillo corre con la misma suerte. Me siento en el piso húmedo y observo la extensión de selva que se dispersa en todas direcciones, como un océano verdoso que no tiene principio ni fin, pero que esconde una sorpresa letal. En un punto determinado de mi monólogo interno las lágrimas se amontonan en mis ojos, pero esta vez no hago nada por evitar que salgan, son tan grandes y espesas que me nublan la vista. El recuerdo de los ojos desorbitados de Grace me trae una nueva oleada de dolor tan repentina, que no me permite identificar la extraña situación que hay a mi alrededor, pero mis cavilaciones se van a la m****a cuando el aéreo deslizador frena en seco. Mi cuerpo se despega del techo y caigo unos metros más adelante, golpeándome la cabeza, contra una saliente, sin tiempo a reponerme del golpe comienzo a resbalar hacia el vacío, pero logro aferrarme a otra pequeña saliente al tiempo que logro identificar la otra nave que está por detrás de nosotros. Trepo hasta la parte superior de la nave que es plana y la máscara comienza a empañarse con lo agitada de mi respiración. Miro la otra nave y la reconozco; es un aéreo deslizador más pequeño y ágil, de los que estaban hechos para la guerra, pero son de Emma, lo sé por el escudo de sol que hay a su costado son nuestros, así que supongo que también escoltarán la nave hasta su supuesta investigación, me tomo unos segundos para ponerme de rodillas, ¿conqué voy a limpiar ahora? El otro aéreo deslizador comienza a retroceder, seguro para dar distancia ya que estamos muy cerca, pero me equivoco rotundamente cuando, después de incorporarme por completo, escucho el inconfundible sonido de un misil acercándose, y no lo puedo ver, pero sí que lo siento cuando impacta la parte de atrás de esta nave.
El golpe es tan fuerte que no logro agarrarme a nada, golpeo con la espalda la superficie inclinada y resbalo al vacío, sintiendo un miedo tan profundo que corta cualquier intento por moverme. Mientras caigo logro observar la jungla que va a devorarme, el hueco en mi estomago me aprieta los órganos y no pienso en nada, pero de nuevo otro golpe fuerte me arranca del momento. Cuando abro los ojos, que había cerrado sin darme cuenta, me encuentro pendiendo del lazo que está sujetado al arnés, dándole la espalda al vacío. El aéreo deslizador arde en llamas, pero sigue en el aire, dando vueltas, y me muevo por la fuerza centrífuga como una lavadora antigua. Trato de agarrar el lazo que sale a la altura de mi cintura, pero mi tronco parece ser más pesado que mis pies y mi cabeza está muy por debajo. Escucho el sonido del otro aéreo deslizador rodear como una mosca a la miel cuando logro afianzar la mano izquierda y erguirme. La pequeña nave se posiciona frente a nosotros, se queda un segundo ahí, viendo arder a su compañera y no necesito verlo para saber qué va a hacer, y en medio del caos que es mi cabeza logro rescatar una solución, aunque no parece demasiado inteligente, pero no tengo tiempo a meditar si es o no buena idea, así que mientras escucho el segundo misil acercándose, saco el cuchillo de Edward de entre mi bota, y antes de cortar el único lazo que me une a la nave, escucho una vez más, y quizás por última vez, el palpitar de mi fuerte corazón, y al tiempo que escucho el impacto, sin pensarlo, lo hago, corto la cuerda y el vacío me absorbe.
El viento me golpea tan fuerte que de repente dejo de sentir cada músculo del cuerpo. La onda explosiva del segundo misil me arroja con más fuerza aún, y no hago absolutamente nada por evitar la parálisis que me arropa como el manto de la mismísima muerte. Solo me dejo caer, mientas veo el aéreo deslizador alejarse a gran velocidad, subiendo tan alto como las estrellas que adornan mi cielo. Pero no es él el que se aleja, soy yo que caigo, y no me apuro por evitar mi inminente muerte, porque sé que no puedo hacer nada, así que cierro los ojos, buscando el refugio de la oscuridad, y lo encuentro allí, en esa oscuridad, tan vivido que casi podría tocarlo con los dedos: el rostro de mi madre. La difusa imagen se aclara después de tantos años escondida en la penumbra. Su cabello negro ondea en el viento, sus ojos azules reflejan mi pequeño ser estirando los brazos anhelando un abrazo, su cálido cuerpo se estrecha contra el mío; su aliento me rosa el cuello y sus lágrimas dejan un sendero perlado alrededor de sus ojos. Luego siento un golpe, fuerte, pero no es más que el recuerdo de un golpe, tal lejano, pero al mismo tiempo tan vivido que me devuelve a la oscuridad, y el cuerpo de mi madre se aleja flotando hacia las estrellas, y antes de caer en la oscuridad que me brindan los ojos cerrados, me prometo no olvidar su rostro en los segundos venideros que me quedan de vida. Pero cuando se ha ido no llega la oscuridad, llega el rostro de Grace, gritándome:
"¡Corre! ¡No dejes que ellas te atrapen! No hagas ruido. Te amo, mi niño ojos de luna” Y no tengo tiempo a meditar sus palabras, porque la anhelada paz me llega con un fuerte golpe en la cabeza y la oscuridad de la muerte.El eco de nuestros pasos en las calles vacías es, cuando menos, escalofriante. La coleta que hizo Lúa en su cabello cuelga desperdigada por toda su espalda, y en vano intenta ponerla de nuevo en su sitio. Yo, en cambio, tengo los cordones desamarrados, pero ¿Quién tiene tiempo de amarrarlos? Cuando llegamos a la entrada del gran edificio donde vimos al presidente en la mañana, estoy cansado y pegajoso. —Solo tenemos que contarle al presidente lo que sabemos y decirle que no ataque a los civiles de las arcas —me dice, amarrando de nuevo la coleta con la liga elástica. —¿Crees que funcione? —la liga se rompe al fin después de varios intentos, y ella la desecha sin ningún remordimiento, como el que tira una goma de mascar en cualquier basurero; opta por dejar su cabello caer libre y este se le enreda de inmediato en la cara. —No lo sé, pero hay una gran posibilidad, tu solo dile que lo van a matar si no lo hace. Verás cómo colabora. —¿Yo le diré?
Capítulo 22Nos toman de una manera más delicada de lo que espero y nos guían al ascensor, esposados, solamente dos guardias entran con nosotros, Rombru no sube. Cuando las puertas se cierran observo a los guardias, tienen tan mala postura que podría derribarlos a los dos yo solo en diez segundos, pero también noto que hay una pequeña cámara de seguridad en una esquina, no lograríamos salir del edificio jamás. Observo a Pol, está calmado y respira profundo.—Lo sospechabas ¿cierto? — le digo —Que él era su hijo o algo sí—Él asiente, el silencio.Mis esposas están un poco ajustadas, y cuando bajamos al piso menos seis, ya tengo los dedos entumecidos.Cuando la puerta se abre nos obligan a avanzar un paso para salir del ascensor y cuando las puertas se cierran nos quedamos en una oscuridad que se extingue al final de
Capítulo 21Esta noche no hay sueños, ni pesadillas, solo una oscuridad calmada y pacífica, y cuando despierto estoy acostado de lado sobre el hombro de Pol, su brazo pasa por detrás de mi cabeza y reposa en mi espalda. Está tan tibio, y el ambiente frío del lugar lo hace más reconfortante. Paso mi mano por su pecho desnudo, y de nuevo descubro esa línea de vellos que cubre sus pectorales y hace una línea delgada que se pierde en su ombligo, y lo sigo acariciando con suavidad, perdiéndome en cada sensación, en los abdominales bien definidos, y sus enormes piernas enredadas en las mías. De algo tubo que servir toda una vida de entrenar y formarse.—No sabía que te gustaran velludos —me habla al sentir que llevo buen rato acariciándole el pecho. Me encojo de hombros.—Nunca me había puesto a pensar en eso, solo sé que en t
Siento una sensación fría en el estómago, como un vacío, como caer.—Rosa… Rosa dos — nadie contesta al otro lado, así que me quito el auricular y lo meto en uno de los bolsillos. Cierro los ojos y respiro. Soy un soldado, me han entrenado toda la vida para situaciones como esta —Físicamente —me digo en voz alta —me han entrenado físicamente, no sé cómo pensar — pienso qué haría Aleck, qué haría mi padre… Ellos no se rendirían, supongo, no sin dar la pelea. Doy media vuelta y comienzo a caminar de nuevo por los pasillos, las bombillas de color blanco le dan un especto claustrofóbico, ¿o soy yo?Cuando llego de nuevo a la pequeña oficina, el guardia está en la misma posición en que lo dejé. Recuerdo el camino, claro que lo recuerdo, solo tengo que deshacer mis propios pasos y salir a
Capítulo 19Edward.El rostro del tío de Aleck parece más pálido de lo normal, las ojeras y el cabello canoso le dan un aspecto andrajoso, y lo pixelado de la imagen no ayuda en gran manera a mejorar su imagen. Parece un fantasma que en vez de tener puesta la piel la lleva colgada.Mas temprano de lo que había llegado imaginar, la alarma de emergencia sonó por todo Capricornio, y el megáfono anunció una reunión importante donde el general nos daría una importante información. Uní a mi patético equipo y nos dirigimos allá lo más rápido que pudimos, pero por los pasillos ya se rumoreaba lo que había acontecido. La frase "la hija del general está bien" me calmó más de lo que esperaba, por suerte mi equipo y yo ya habíamos llegado Capricornio cuando atacaron a Emma.Al llegar, la pantall
Marian se levantó temprano esa mañana, hacia días que ya no podía dormir la noche completa, y se limitaba a tararear canciones sin sentido hasta que sentía la calidez del sol calentando el metal de la pared en que su cama estaba recostada. Esa mañana no esperó la salida del sol, se bajó de su pequeña cama y caminó descalza un rato tratando de menguar el dolor en el pecho, hacía unos días que le dolía, desde que Aleck había muerto.Abrió la puerta y ella le respondió con un chirrido aterrador que recorrió todos los pacillos a su alrededor. Salió y la puerta rechinó de nuevo al cerrarla. Caminó por los interminables pasillo como un alma en pena, arrastrando la bata de dormir, con el pelo enmarañado y la mirada ausente.Hablar con su padre había sonado una buena idea cuando salió de su cuarto, pero en cuanto m&aac