FAZER LOGIN"Puedo escribir los versos más tristes esta noche. Escribir, por ejemplo:
La noche esta estrellada y tiritan, azules, los astros a lo lejos. El viento de la noche gira en el cielo y canta"
Sonrío, antes de abrir los ojos, al poder dar un rostro aquellas palabras.
"Aún vivo" es lo primero que pienso cuando una inmensa oleada de dolor me acomete, pero, aunque trato de abrir los ojos, una masa espesa me lo impide. El rostro de mi madre regresa y sonrío al poder recordarlo con facilidad, pero un tremendo dolor en mi labio inferior hace que la sonrisa se transforme en una mueca de dolor, y eso es suficiente para que mis párpados obedezcan. La primer figura borrosa que veo es algo parecido a un árbol, y tras parpadear un par de veces logro hacerme dueño de mi propio cuerpo. Aparte del dolor en la cabeza y el labio parezco estar bien, pero mi mano izquierda se siente rara, y cuando trato de buscarla me hallo por completo suspendido por lo menos a un metro de altura, enredado en lianas y vejucos que se contorsionan por todo mi cuerpo, mi mano izquierda está tan apretada por encima de mi cabeza que la circulación parece demasiado lenta, ya que está de un morado intenso. La máscara tiene un profundo rayón, y a pesar de la gota de sangre que cubre la parte inferior parece seguir funcionando. Sorprendentemente tengo agarrado aún el cuchillo en la otra mano, aferrado a mis dedos gracias a las hendiduras hechas para la comodidad del agarre. Así que haciendo todo el esfuerzo que puedo comienzo a cortar las lianas, una a una. Cuando corto la que apreta mi mano mi cuerpo gira, como un yoyo sin dueño y caigo al suelo lanzando un grito de dolor que se extiende desde la parte trasera de mi cabeza. Noto entonces más dolores, en el torso, en las piernas, intensos ardores en los brazos. Trato de moverme, pero estoy mareado así que me quedo ahí, en silencio, inmóvil.El cantar de un pájaro es lo único que me permito oír, siento de nuevo el palpitar de la sangre circulando por mi brazo, los latidos de mi corazón son martillazos en mi cabeza y, por un reflejo instintivo, llevo mi mano hasta la parte exacta encontrándome con un chichón de tamaño considerable. Suspiro, aliviado, y me siento observando todo a mi alrededor. La espesa vegetación y el calor intenso comienzan a marearme más, mientras trato de localizar el sol y definir su trayectoria, pero no puede ser más de medio día, y a menos de que hubiera dormido más de un día, no pudieron haber pasado menos de tres o cuatro horas. Tiro del tanque de oxígeno, que ha caído a un metro más allá, y observo el reloj que indica la cantidad de contenido disponible en el tanque, y calculo que me quedan unas cuatro horas. Me pongo de pie, mis rodillas trémulas apenas logran sostener mi cuerpo mientras yo me pregunto cuanto tiempo podría tardar para salir de la jungla. Observo en todas direcciones tratando de buscar la ruta más rápida, pero recuerdo el océano verde que vi cuando estaba en la nave. Cierro los ojos, tal vez con más desespero de lo normal, y cuando los abro, de repente, me encuentro con una bruma oscura de humo que entorpece la entrada de la luz del sol. Me subo a un pequeño barranco y observo la parte exacta de la jungla de la cual sale. Pero está demasiado lejos. Mucho, tal vez no alcance a llegar antes de que se acabe el oxígeno. Pero una duda entra y hace que acabe con todo lo que mi instinto de supervivencia me dice que haga, y es que seguro, si tengo suerte, cosa que no he tenido mucho en estos días, puede haber otro tanque de oxígeno, uno que esté en mejor estado, uno que aguante más. Entonces tengo el pensamiento de que podría encontrarme con un cadáver, con el cadáver de Pol. Se hace un gran vacío en mi estómago, se me corta la respiración y caigo arrodillado en el suelo.
—Pol —susurro. Me niego a la idea de perderlo, de que ya no esté. Veo su cabello rubio y sus ojos azules y las ganas de llorar me acometen, pero no las dejo tomar control de mí, me pongo de pie, y más con rabia que con dolor emprendo la marcha. La vida no me puede quitar una vez más a la gente que amo. Freno en seco, ¿lo amo? No sé, tal vez.
Comienzo un lento avance a través de la selva. El cuchillo es una herramienta demasiado corta, y las ramas, después de un rato, me hacen sangrar los nudillos. Sigo, luchando contra toda la maleza que crece salvaje; con las zarzas, con el piso húmedo y el calor sofocante, y pronto, más pronto de lo que pude haberlo previsto, un enemigo más fuerte que todo se alza contra mí, como una muralla insalvable e irrompible: la sed. Fuerte, intensa. Comienza a derrotar mi ánimo y voluntad con cada paso. El sabor artificial del oxígeno hace que la garganta me queme al tratar de respirar, la lengua, seca, se queda pegada a mi paladar. Cada paso se vuelve pesado y tortuoso. El dolor de mi cabeza aumenta. A veces olvido hacia dónde voy y qué es lo que hago, y a veces, simplemente, me encuentro quieto, mirando un punto fijo, y por más que intento no puedo recordar en qué momento dejé de caminar.
La jungla parece burlarse de mí al poner una pequeña quebrada o riachuelo cada vente metros. La sensaciones fría del agua entrando en mis botas y tocando mi piel me regalan un pobre consuelo, pero no hacen más que aumentar la sed. Pero no puedo beber, no puedo arriesgarme a morir envenenado, porque, si las plantas lo están, el agua también, ¿cierto? ¿cierto? ¿podría arriesgarme? ¿valdría la pena? ¿soy lo suficientemente valiente?
Sigo caminando. Los minutos se suceden unos tras otros, y solo de vez en cuando levanto la cabeza para que el humo guíe mi camino. Pero nada más. Solo camino y camino, hasta que la cortina de humo me indica que apenas quedan unos cien o más metros.
Me acerco despacio, pasando por otro pequeño riachuelo. Por suerte, el terreno es muy plano, de lo contrario, jamás hubiera logrado llegar, recorto los últimos metros que me hacen falta tratando de hacer el menor ruido posible, como si temiera que en cualquier momento algo saltara de la nada y me atacara, pero ni la fiera más salvaje hubiera provocado el miedo que siento cuando veo lo que queda del aéreo deslizador. Ni siquiera podría haber algún cadáver, solo hay metal y fuego, mucho fuego. No sé cuánto tiempo me quedo ahí, quieto, soñando despierto con que todo está bien, con que nada de esto ha pasado, imaginando que aún sigo en Emma, con Marian, con Edee, con Grace y el herbario, o imaginando un futuro con Pol que nunca será. Y pensando en todo lo que la vida me ha quitado, en todo lo que me ha arrancado, me niego a seguirla ayudando a destruirme, entonces vuelvo sobre mis pasos, y solo cuando caigo de rodillas frente al hilo de agua que baja de alguna parte, noto las lágrimas ácidas que resbalan por mi rostro, y es entonces cuando decido no volver a llorar. Nunca más. Las lágrimas me han enseñado una lección muy amarga: nunca sirven para nada más que no dejarte ver. Tomo una bocanada de aire antes de quitar los seguros de la máscara y sacarla. El aire cálido se siente raro al momento, pero no pierdo demasiado tiempo en sensaciones. Meto la cabeza en un pequeño charco a mi lado y cierro los ojos, dejando que el agua tibia arrastre el nudo que se ha formado en mi garganta, pero no he tomado más que unos cuantos tragos cuando una punzada en el estómago me acomete acompañada de una arcada. Sujeto mi estomago con fuerza, como si así pudiera retener el líquido que comienza a trepar por mi pecho, pero no puedo hacer nada cuando decide salir, entonces vomito todo el contenido de mi estómago, y cuando ya no queda nada, la bilis, amarga y caliente se escurre de mi boca.
Hago acopio de toda la fuerza de voluntad que aún tengo para no respirar mientras me lavo un poco la cara y la boca. Cuando al fin logro acomodar la máscara en mi cara respiro, y tardo casi diez minutos en recomponerme por completo. Debí haber bebido despacio, es algo básico para un deshidratado, ahora estoy mareado, débil, y más sediento aún. Me tomo un rato para beber tragos cortos, e intercambiarlos con bocanadas de oxígeno, hasta que me siento más satisfecho. Si he de morir envenenado, pues que sea sin sed.
Después de un rato descuelgo el tanque y veo que no me queda más de media hora. ¿a dónde podría ir en media hora? Regreso hasta los restos de la nave, pero el fuego, que ya no está tan avivado, hace que todo esté demasiado caliente como para esculcar entre las cosas, y así no hubiera fuego, nada hubiera sobrevivido al impacto.
Giro en redondo, pensando en qué hacer, en como salir de mi situación. Miro al cielo, que está oscuro por el humo negro, bajo la mirada, tal vez logre encontrar alguna planta para… detengo cada pensamiento cuando me encuentro con un sendero de ramas dobladas. Me acerco, con las manos trémulas y la respiración entrecortada para tratar de identificar si es un animal o una persona, pero lo que sea que hubiera pasado por aquí, pasó arrastrándose, con dificultad y herido, ya que hay un rastro de sangre sobre las hojas y la tierra. Comienzo a seguir el atropellado sendero, tratando de hacer el menor ruido posible, pero la cabeza embotada y la garganta adolorida no ayudan mucho. Minutos después me encuentro una botella de agua que apenas tiene un par de tragos, y me tardo varios minutos en tomarla, temiendo una nueva acometida de vomito, guardo la botella en uno de los bolsillos del pantalón y sigo el sendero, y cada vez me encuentro con más objetos. Una navaja, comida enlatada, entre otras cosas que seguro se le han caído al cadáver que hay frente a mí.
¡ A el cadáver que hay frente a mí!Freno en seco de una manera tan brusca que todas las cosas que he ido recogiendo, y que están metidas en los bolsillos del pantalón, caen al suelo. A unos diez metros más allá la trocha se detiene, y justo al final se puede otear el cuerpo de alguien, de la cintura para abajo. El corazón se me detiene, ¿quién puede ser? Mis pies comienzan a moverse antes que mi mente y cuando menos me doy cuenta estoy a un par de metros. La parte superior de lo que parece un hombre, está cubierta con restos de hojas y tierra, pero respira, y tiene un uniforme militar muy parecido al mío. Una duda, medio esperanza medio euforia, comienza a crecer en mi pecho mientras trato de despertarlo.
—Hola— le digo, pero no se mueve —hola. ¿está bien?— me animo a acercarme más, y con las emociones a flor de piel susurro al estar casi seguro de quien es —¿Pol?— pero tampoco hay respuesta, así que lo
Zarandeo un poco una de las botas.—Aleck, ¿Eres tú? — nunca pensé que escuchar su voz me haría sentir tanta euforia.
—¡Pol! — exclamo al tiempo que avanzo hasta la cabeza y comienzo a quitar ramas y tierra —¿estás bien?— sus ojos azules me miran y lo primero que hace antes de hablar es tocarme. Tantea mis manos y mi cabeza, como si creyera que soy un espectro. Su expresión es indescifrable.
—Estas vivo— dice al fin después del escrutinio —pensé que era una alucinación — me atrae hacia él y llora, y yo lloro con él, y lo abrazo con tanta fuerza que oigo como se queja.
—¿Estás bien? — pregunto de nuevo, pero él niega. Está acostado sobre el costado derecho, y me señala el izquierdo. Lo ayudo a despojarse de las hojas secas, entonces lo veo: un trozo de metal, de unos tres centímetros de grosor, le atraviesa el abdomen por completo desde la espalda.
—Mierda— es lo único que logro musitar.
—No fue precisamente lo que dije cuando lo sentí atravesarme.
—¿Como? — le pregunto mientras lo ayudo a incorporarse. Con una mueca de dolor se recuesta en un árbol.
—Cuando hubo el primer impacto yo estaba limpiando el baño, ¿recuerdas? No recuerdo más, cuando desperté la nave ya había chocado y no había nadie, ni vivo ni muerto. Supongo que salieron volando por el agujero que tenía el casco. Tomé todo lo que pude, comida, oxigeno, te iba a buscar, trata de acariciarme la mejilla, pero la máscara lo impide. Ignoro el hecho de que él no tiene máscara —Cuando me había alejado unos metros —continua — pues... explotó, y —señala el trozo de metal clavado en su cuerpo.
—Entiendo, solo dame un segundo para ver cómo nos saco de aquí— me pongo de pie, observando al rededor, como si pudiera encontrar la solución pendiendo de un árbol.
—¿Y tú? — pregunta después de un rato —¿Como estás vivo?— sus ojos azules se perlan en lágrimas, de nuevo, su piel está muy blanca y suda demasiado.
—Las lianas amortiguaron mi caída— me pica la nariz, pero no me atrevo a quitarme la máscara.
—Tienes que irte, Aleck— dice y la desesperación es tan vivida en su voz que me obligo a mirarlo —tienes que irte.
—No voy a dejarte, Pol— me acerco y lo obligo mirarme a los ojos.
—Tienes que hacerlo— susurra —yo ya no tengo ninguna esperanza.
—Claro que la tienes— casi le grito —llevas horas con eso clavado en el estómago y aun no haz muerto. Eso significa que no afectó ningún órgano importante— trato de convencerme más bien a mí mismo —saldremos de aquí, te lo prometo— insisto, pero él niega.
—Nunca hagas promesas que no puedas cumplir— Ignoro su comentario y trato de ponerlo en pie, pero me empuja —ya no hay esperanza para mí, Aleck. Llevo horas respirando este aire. Ya estoy perdido.
—Claro que no, tiene que haber una solución. En Capricornio...
—No. Sabes que no hay solución, el veneno está en mi sangre, y si así la hubiera, ¿crees que alcanzaríamos a llegar? —ignoro el hecho de que yo también debo de estar contaminado.
—Y así la hubiera no podríamos ir— quiero pasarme las manos por la cara, pero la máscara lo impide y termina manchada de tierra y sangre. La sangre de Pol.
—¿Qué quieres decir con eso? — me pregunta, y me siento a su lado.
—Las naves que nos atacaron eran de Capricornio— sus ojos se abren, pero no dice nada, así que continuo —talvez se tomaron la nave y… no sé. Creo que no sería conveniente ir.
—¿Entonces a dónde?
—No sé. Talvez Curiara, allá la gente es más liberal— trato de pensar, pero él niega.
—Serían días de camino, estoy herido y además nada nos asegura que, quien sea, no se haya tomado todas las naves de una sola vez. Solo hay una solución, Aleck, tienes que dejarme.
—Nunca. Ya me cansé de dejar atrás a mis amigos y mucho menos a ti— sus ojos se oscurecen por las lágrimas que se amontonan en ellos y que de seguro le impiden ver, ya que se los limpia de un par de manotazos.
—Aleck, no me hagas esto, si mueres por mi culpa no me lo perdonaría— imprime en sus palabras una intensidad que me oprime el corazón.
—¿De qué hablas, Pol? — le pregunto, entonces se ríe, una risa falta de emotividad y sentido.
—¿Acaso nunca te has dado cuenta?— no respondo, y el que calla otorga —esto es algo que tengo que hacer antes de morir— continúa.
—No vas a morir— le interrumpo, pero luego me grita:
—Aleck, ¡soy gay! Completamente, por si tenías duda ¿acaso no te has dado cuenta? — mi mirada se pierde en el mar de sus ojos, y logro ver que hay un poco de verde en el azul de sus iris.
—¿Y qué? — le pregunto después de un rato que seguro se le ha hecho insoportable —no eres el único, yo igual, no…
—Cállate, Aleck, eso no es lo que quería…El punto es que...— se estrega los ojos, inquieto —Diablos, esto es muy duro.
—No tienes que hacerlo si no quieres.
—Tengo que hacerlo, tengo que soltar este nudo en mi pecho— me quedo callado, y entonces lo suelta —me gustas, siempre me has gustado. Desde que éramos niños y compartíamos la sala de espera para entrar al psicólogo, es más, con lo que ha pasado estos días estoy casi seguro que te amo— ni siquiera trato de recordarlo en la sala de espera. Luego se hace un silencio incómodo y espeso mientras trato de digerir lo que Pol acaba de contarme, pero al cabo de un rato habla con la voz cargada de nostalgia —este sería un buen momento para morir.
—Pol, yo...
—No tienes que decirme nada. Desde el principio sé que no puedes corresponderme, pero tenía que decírtelo. Y ahora que va ser la última vez que nos vamos a ver me pareció una buena oportunidad.
—No va a ser la última vez que nos veamos— me abstengo de golpearlo, por terco —y… ¿Quién dice que no te puedo corresponder? Sé que soy frio, pero, que creerías si te digo que yo también te amo, de verdad —esta vez, y tal vez por primera vez en mi vida soy cien por ciento honesto. Pol toma mi mano y la pone contra se mejilla—Siento haberte hablado así esta mañana, estaba confundido y tenía miedo.
—¿Ya no estás confundido? —niego, ya no.
—Sé que quiero estar contigo, mi amor — digo, medio en broma medio enserio, Él sonríe.
—Que bien suena eso —tomo su mano con fuerza y la prieto.
—Te sacaré de aquí.
—Amenos que cargues mi cadáver por la jungla, sí— su expresión de pronto se deforma, de nuevo Al parecer la idea de la muerte le parece un poco consoladora, tal vez sea masoquista o suicida, pero está decidido a morir sin dar la pelea, quiere hacerlo, o eso parece, a menos de que esté ya completamente resignado.
—Vete, Aleck— me dice en un susurro cargado de angustia —no mueras por tratar de ayudarme.
—Pol no te rindas —le digo como una suplica —no me dejes solo.
—No vas a estar solo —besa mi mano enredada en la suya —Y no es cuestión de darme por vencido o no, es que no tengo posibilidad.
—¿Puedo quedarme entonces hasta el final? — le pregunto, con los ojos vidriosos. Ya estoy cansado de dejar atrás las personas que mueren a mi alrededor.
—No— su respuesta es contundente y aplastante —no creas que no he visto que te queda poco oxígeno, morirás si no te vas ahora.
—Cuando Lis y Bryan murieron los dejé atrás, así sin más, no sabes cuánto me atormenta haberlo hecho, y apenas si habrán pasado veinticuatro horas.
—¿Y qué podías hacer? ¿quedarte y morir? ¿o regresarías luego a qué? ¿a pedirles perdón por haberlos dejado? No, no se pide perdón a un cadáver —hizo una pausa en la que trató en vano de incorporarse —¿recuerdas lo que nos enseñaron cuando éramos pequeños? Nadie se queda en su cuerpo cuando muere. Se transforma en una estrella y desde allí cuida a los que quiere.
—Pol, teníamos ocho años, nos iban a convertir en soldados y lo único que querían era que no le tuviéramos miedo a la muerte.
—¿Pero, acaso no lo creíste? — pregunta, y me veo obligado a darle la razón con un suspiro —creelo ahora, y vete, y cada vez que veas que una estrella brillar fuerte en el cielo recuerda mi nombre— y ahí está él, a punto de morir y consolándome a mí.
Estoy a punto de contestarle que sí, que siempre lo recordaré, cuando un grito a nuestras espaldas me corta la respiración.
—¡Aquí está la nave! — Pol me mira con los ojos bien abiertos.
—Tienen que ser los que atacaron la nave— me dice al tiempo que me empuja —vienen a ver si hay sobrevivientes. Tienes que irte, corre. Yo los distraeré —saca un arma que tiene en la funda del pantalón.
Me acerco más a él y lo abrazo con fuerza, luego susurra en mi oído:—Te cuidaré siempre.
—¡Aquí hay dos! — grita un hombre a nuestra espalda, en aquel momento me separo y Pol sonríe, y esa es la imagen que me llevo de él, entonces corro cuando logro escuchar el disparo y percibo el primer impacto en su pecho. Luego otro en el árbol sobre su cabeza.
—¡Espera! ¡No corras! — gritan a mi espalda, pero no me detengo, Mientras corro logro oír que Pol hace dos disparos antes de morir y quedarse en silencio.
Sigo corriendo mientras escucho los impactos de bala en los árboles a mi lado, y de repente revivo el momento en el que Almadía me disparaba, en el que también corría, como un cobarde, dejando a Lis y a Bryan. E irremediablemente pienso en si habrá algún momento en que deje de huir de mis problemas y sea capaz de enfrentarlos. Pero mientras tanto corro, dejando en cada paso una bocanada de oxígeno.
Cuando creo haber llevado una media hora corriendo comienzo a sofocarme dentro de la máscara, entre el llanto y la respiración agitada lanzo un grito de dolor por Pol.
Después de un rato más ya no escucho los gritos de nadie y comienzo a marearme, trato de parar, pero en el instante en que tomó la decisión oigo un crujir en el el suelo bajo mis pies, luego, algo se mueve, la tierra se abre y caigo al vacío, en una trampa, en un agujero sin fin.
El impacto con la tierra me arranca un grito, la máscara se rompe y los fragmentos me arañan la cara. Siento el calor sofocante rozarme la nariz, entonces respiro.
El eco de nuestros pasos en las calles vacías es, cuando menos, escalofriante. La coleta que hizo Lúa en su cabello cuelga desperdigada por toda su espalda, y en vano intenta ponerla de nuevo en su sitio. Yo, en cambio, tengo los cordones desamarrados, pero ¿Quién tiene tiempo de amarrarlos? Cuando llegamos a la entrada del gran edificio donde vimos al presidente en la mañana, estoy cansado y pegajoso. —Solo tenemos que contarle al presidente lo que sabemos y decirle que no ataque a los civiles de las arcas —me dice, amarrando de nuevo la coleta con la liga elástica. —¿Crees que funcione? —la liga se rompe al fin después de varios intentos, y ella la desecha sin ningún remordimiento, como el que tira una goma de mascar en cualquier basurero; opta por dejar su cabello caer libre y este se le enreda de inmediato en la cara. —No lo sé, pero hay una gran posibilidad, tu solo dile que lo van a matar si no lo hace. Verás cómo colabora. —¿Yo le diré?
Capítulo 22Nos toman de una manera más delicada de lo que espero y nos guían al ascensor, esposados, solamente dos guardias entran con nosotros, Rombru no sube. Cuando las puertas se cierran observo a los guardias, tienen tan mala postura que podría derribarlos a los dos yo solo en diez segundos, pero también noto que hay una pequeña cámara de seguridad en una esquina, no lograríamos salir del edificio jamás. Observo a Pol, está calmado y respira profundo.—Lo sospechabas ¿cierto? — le digo —Que él era su hijo o algo sí—Él asiente, el silencio.Mis esposas están un poco ajustadas, y cuando bajamos al piso menos seis, ya tengo los dedos entumecidos.Cuando la puerta se abre nos obligan a avanzar un paso para salir del ascensor y cuando las puertas se cierran nos quedamos en una oscuridad que se extingue al final de
Capítulo 21Esta noche no hay sueños, ni pesadillas, solo una oscuridad calmada y pacífica, y cuando despierto estoy acostado de lado sobre el hombro de Pol, su brazo pasa por detrás de mi cabeza y reposa en mi espalda. Está tan tibio, y el ambiente frío del lugar lo hace más reconfortante. Paso mi mano por su pecho desnudo, y de nuevo descubro esa línea de vellos que cubre sus pectorales y hace una línea delgada que se pierde en su ombligo, y lo sigo acariciando con suavidad, perdiéndome en cada sensación, en los abdominales bien definidos, y sus enormes piernas enredadas en las mías. De algo tubo que servir toda una vida de entrenar y formarse.—No sabía que te gustaran velludos —me habla al sentir que llevo buen rato acariciándole el pecho. Me encojo de hombros.—Nunca me había puesto a pensar en eso, solo sé que en t
Siento una sensación fría en el estómago, como un vacío, como caer.—Rosa… Rosa dos — nadie contesta al otro lado, así que me quito el auricular y lo meto en uno de los bolsillos. Cierro los ojos y respiro. Soy un soldado, me han entrenado toda la vida para situaciones como esta —Físicamente —me digo en voz alta —me han entrenado físicamente, no sé cómo pensar — pienso qué haría Aleck, qué haría mi padre… Ellos no se rendirían, supongo, no sin dar la pelea. Doy media vuelta y comienzo a caminar de nuevo por los pasillos, las bombillas de color blanco le dan un especto claustrofóbico, ¿o soy yo?Cuando llego de nuevo a la pequeña oficina, el guardia está en la misma posición en que lo dejé. Recuerdo el camino, claro que lo recuerdo, solo tengo que deshacer mis propios pasos y salir a
Capítulo 19Edward.El rostro del tío de Aleck parece más pálido de lo normal, las ojeras y el cabello canoso le dan un aspecto andrajoso, y lo pixelado de la imagen no ayuda en gran manera a mejorar su imagen. Parece un fantasma que en vez de tener puesta la piel la lleva colgada.Mas temprano de lo que había llegado imaginar, la alarma de emergencia sonó por todo Capricornio, y el megáfono anunció una reunión importante donde el general nos daría una importante información. Uní a mi patético equipo y nos dirigimos allá lo más rápido que pudimos, pero por los pasillos ya se rumoreaba lo que había acontecido. La frase "la hija del general está bien" me calmó más de lo que esperaba, por suerte mi equipo y yo ya habíamos llegado Capricornio cuando atacaron a Emma.Al llegar, la pantall
Marian se levantó temprano esa mañana, hacia días que ya no podía dormir la noche completa, y se limitaba a tararear canciones sin sentido hasta que sentía la calidez del sol calentando el metal de la pared en que su cama estaba recostada. Esa mañana no esperó la salida del sol, se bajó de su pequeña cama y caminó descalza un rato tratando de menguar el dolor en el pecho, hacía unos días que le dolía, desde que Aleck había muerto.Abrió la puerta y ella le respondió con un chirrido aterrador que recorrió todos los pacillos a su alrededor. Salió y la puerta rechinó de nuevo al cerrarla. Caminó por los interminables pasillo como un alma en pena, arrastrando la bata de dormir, con el pelo enmarañado y la mirada ausente.Hablar con su padre había sonado una buena idea cuando salió de su cuarto, pero en cuanto m&aac