Mag-log in"Mi alma no se contenta con haberla perdido. Como para acercarla mi mirada la busca.
Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos. Yo no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise.
Es tan corto el amor y tan largo el olvido.
Porque en noches como ésta la tuve entre mis brazos, mi alma no se contenta con haberla perdido.
Aunque éste sea el último dolor que ella me causa, y éstos sean los últimos versos que yo escribo.
El dolor me despierta, las palabras de mamá se quedan flotando en el aire y lo primero que veo al abrir los ojos es a Pol brillar fuerte en el cielo, como la estrella más grande y radiante. El aire está un poco más fresco, pero el calor sigue siendo intenso. El dolor continúa, y me obligo a sacudir la cabeza para salir del sopor en que me encuentro.
Comienzo a incorporarme y noto que el dolor viene del pie izquierdo. Me siento, pero está demasiado oscuro como para lograr ver cualquier cosa. Ni siquiera la luz de las estrellas logra ayudarme a distinguir, está tan oscuro que ni siquiera puedo distinguir mi propia mano, toco el suelo con los dedos, y está tan duro como el metal. Mi respiración comienza a agitarse, luego hay un relámpago, y logro entonces distinguir ramas y cosas a mi alrededor, pero la imagen persistente de mi cerebro me confunde, me aturde y me produce aún más miedo. Otro relámpago, más largo y acompañado de un trueno estridente, ayuda a darme cuenta que estoy en un agujero, un pozo grande y obscuro de unos cuantos metros de altura. Trato de incorporarme, pero el punzante dolor del pie izquierdo me hace caer de nuevo sentado, y me quedo ahí, sudoroso y adolorido.
Medito la posibilidad de pedir ayuda, pero los hombres que derribaron la nave pueden estar aún por ahí, entonces me callo, ¿de todas maneras quien podría escucharme? La imagen de Pol regresa a mí con un golpe sordo; en mi último recuerdo de él lo veo sonriendo, ¿acaso pueden morir felices las personas? Pol murió sonriendo, es una buena manera de recordarlo, así será más fácil cargar su muerte. Cierro los ojos y siento como el peso se une al de Lis y Bryan. Tres, ¿podré vivir con ello? ¿Podré vivir con el hecho de que vi morir al hombre que amo? Con que tuve que dejarlo ahí, mientras me veía alejar. No voy a poder cremar su cadáver, no tendré una urna fría y de metal qué visitar. Entonces comienzo a llorar, y ya no me importa romper mis propias promesas, Pol no está. Mi llanto hace eco en el agujero, y sigo así hasta que en algún punto me quedo dormido. Me despierta la lluvia que cae sobre mí, tal vez comenzó a llover hace unos minutos, o hace horas. Levanto el cuerpo y estoy bastante empapado. Abro los ojos tratando de desperezarme del sueño y analizo mis posibilidades, y llego a la conclusión de que no viviré demasiado. Trato de no tocar los fragmentos de vidrio de la máscara que quedaron diseminados por todo el suelo, como si quisiera con ello no darme cuenta que estoy respirando el aire húmedo, caliente y envenenado de la jungla. Comienzo a arrastrarme hasta quedar recostado en la pared, que es blanda, y me alegro al saber que cae menos agua. Me dejo caer de espaldas de nuevo y cierro los ojos, e inevitablemente pienso en si me uniré esta noche con Pol en el cielo. Sueño entonces con Lis y Bryan diciéndome que todo va a estar bien, pero Pol no aparece, nunca aparece.
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Cuando abro los ojos de nuevo, la luz es tan cegadora que me veo obligado a cerrarlos nuevamente, el dolor ciego de la pierna izquierda regresa y es tan fuerte que hace que mi instinto de supervivencia se active y caigo sentado de un solo tirón cuando trato de moverla. Me veo de nuevo en el pozo, más lúcido y menos desubicado, en cuanto a tiempo y espacio. Tardo unos minutos más en recomponerme, la luz del sol de mediodía entra por una abertura entre los árboles y me golpea con violencia, el calor es casi insoportable. Desabrocho la máscara de mi cara y la arrojo hacia una esquina. Si no me ha matado aun el veneno tal vez tenga una oportunidad. Me remango el pantalón y me doy cuenta de que tengo el tobillo hinchado hasta más no poder, me duele al mover, pero no parece una fractura, cosa que me alivia infinitamente. Con toda la dificultad que me da mi nueva y mal recibida incapacidad, me pongo en pie dispuesto a encontrar una manera de salir del pozo, y aunque el sol cegador me hace llorar, no me detengo hasta que me doy cuenta de que no hay ninguna manera.
La hierba crece salvaje alrededor, y no hay nada más, ni lianas, ni enredaderas, solo una aglomerada capa de pasto que se extiende desde el piso hasta el borde, que está a unos cuatro o cinco metros. Me siento en el suelo, incapaz de imaginar cómo salir de allí, estoy cansado y sediento, con hambre y con dolor. La memoria de Pol me acongoja, pero la echo a un lado, por ahora. Si no sobrevivo su muerte será en vano. Busco un rincón donde no esté haciendo demasiado sol y recuesto la cabeza en la tierra blanda, luego suspiro cien veces antes de ponerme de pie y seguir buscando. Tomo el cuchillo de Edward que yace tirado junto a una roca y lo meto en mi bota, luego me entra de nuevo un ataque de ansiedad y claustrofobia, tomo una piedra y lo lanzo contra la pared, esta rebota y casi me golpea la cabeza.
—¡Ayuda¡ —no reconozco mi voz a gritar, y ya no me importa quién me oiga desde que me saque de este agujero. Giro alrededor en busca de una inexistente salida, luego cojeo hasta un punto sin ninguna razón en específico y comienzo a trepar, y no se me da mal, el pasto, lo suficientemente aferrado a la pared de tierra, es capaz de sostener mi peso. Los pies se resbalan y el tobillo herido no ayuda mucho, aun así, voy a más de la mitad del camino, y cuando creo que puedo lograrlo, el pasto se desprende de la pared con un sonido terroso y me veo sin donde agarrarme. Caigo de nuevo al vacío, y el golpe esta vez es igual de fuerte que el anterior, solo que la espalda recibió el mayor golpe y logré proteger mi cabeza con las manos, ahora creo que tengo un dedo roto. Me quito de encima los troncos de tierra que se desprendieron de la pared y cayeron sobre mí, mientras trato de recuperar el aliento.
Ni siquiera me pongo de pie o trato de sentarme, solo aprieto los ojos con fuerza mientras trato de evitar las lágrimas de frustración que se acumulan en mis ojos. Una gota fugaz se resbala por mi cien, y recuerdo entonces que me prometí no volver a llorar, así que me trago el nudo que se formó en mi pecho, y con ese nudo se va también la imagen de Lis, el rostro de dolor de Bryan, y la sonrisa esperanzadora y efímera de Pol, por ahora.
Me estoy un rato acostado en el suelo, pensando en todas las posibles soluciones a mi reciente problema, pero solo cuando abro los ojos y veo la pared frente a mí, me doy cuenta de que aún hay esperanza, siempre hay esperanza. Me pongo en pie, de nuevo, y camino hasta la pared ignorando el dolor en mi tobillo. Acaricio el cemento con un ápice de nostalgia, es la segunda o tercera vez en mi vida que veo alguna estructura hecha en cemento, en las arcas no hay, pesa demasiado. El musgo debió haber crecido en la superficie de la pared, la lluvia lanzó tierra y de la tierra brotó el pasto formando una capa gruesa que semejaba un pozo hecho de tierra, pero mi frustrado intento por trepar arrancó la capa de pasto, tierra y musgo, dejando el concreto desnudo a mi vista, pero el cemento en sí no resultaría demasiado atractivo de no ser por el pequeño recuadro de metal que sobresale en una esquina, un recuadro de metal muy parecido a una puerta.
Con el ímpetu de la esperanza pintada en cada movimiento comienzo a arrancar la tierra, dejando en el intento cada fuerza, cada aliento, y hasta cada pedazo de uña. Después de un rato de arrancar descubro por completo la puerta, de un metal tan oxidado que tiene agujeros que dejan ver al otro lado una inquietante oscuridad.
Comienzo a rebuscar en los cientos de bolsillos del pantalón, seguro de haber visto una pequeña linterna incorporada; la encuentro, pero miro con desilusión lo pequeña que es, pero podría durarme un par de horas cuando mucho. Y elevo una pequeña plegaria a dios para que, lo que haya detrás de la puerta, me conduzca a una salida.
Al final me cuesta mucho más de lo esperaba abrir la puerta, prácticamente tengo que romperla a pedazos para que ceda un hueco lo suficientemente amplio para que pueda entrar. El dolor en el tobillo impide la mitad de mis movimientos, pero lo logro meterme por el hueco. Nunca sabes todo lo que se utiliza una parte del cuerpo hasta que te duele hacerlo. Termino de entrar y luego me hallo en una oscuridad tan profunda y espesa que me veo obligado a no retroceder y hacer acopio de toda la valentía que me ha dado una vida entera al servicio militar para encender la linternita y enfocar. La luz me revela un largo pasillo, húmedo y lleno de maleza, y nunca he visto uno antes, pero puedo estar seguro de que es un túnel por los que trasportan el agua o la electricidad que abastece una ciudad. Sea lo que sea no me importa desde que tenga una salida.
Saco el cuchillo de la bota y le doy un silencioso adiós a la luz del sol y, cojeando, me alejo hacia la profundidad de aquel túnel, y tarde pienso en que tal vez no sea una buena idea.
………………… …..…… ………………
Pude haber contado las horas de varias maneras, es lo que me he repetido a mí mismo desde hace más de una, dos, tres o mil horas. El dolor en los pies es intenso, sobre todo el tobillo izquierdo que está hinchado y de color purpura. El olor a heces de murciélago me da, aparte del intenso dolor de cabeza, una pequeña esperanza; por algún lado tuvieron que haber entrado. He tenido varias horas para pensar en ello, y estoy casi seguro que no entraron por donde yo entré, ya que la puerta estaba cerrada y llena de musgo. Aún es de día, lo sé porque todos están aún aquí abajo, esperando la noche. Solo tengo que esperar hasta que todos comiencen a salir y luego los sigo. Así de simple, ¿qué puede salir mal?
La linterna comienza a descargarse, y la luz tenue no me permite ver ciertos detalles a mi alrededor, pero a pesar de todo sigo caminando, con el dolor en el tobillo y la amenaza constante de que la linterna pueda apagarse en cualquier momento, dispuesto encontrar una salida y averiguar de una vez por todas qué carajos es lo que está pasando, quien está haciendo los atentados y por qué he estado metido en medio de ellos.
Después de un rato escucho un ruido alrededor, un grito chillón e hiriente al oído que parece provenir de alguno de los cientos de murciélagos que habitan este extraño lugar. El instinto de supervivencia mezclado con el miedo hace que gire en rededor buscando el origen del sonido, y cientos de ojos brillan al contacto con la luz mortecina y tenue de la linternita. De repente comienzo a sentirme aprisionado, observado y vulnerable, de nuevo.
La linterna hace brillar algo metálico y resplandeciente, algo que resalta de manera sorprendente en contraste con lo envejecido y roído el túnel. Un tubo de aluminio bastante grueso por donde seguro se transportaba agua o gas anterior mente Parece recién reparada y en funcionamiento. Acerco la mano hasta la superficie fría, pero no siento nada fuera de lo normal, y hasta parece que no funciona o algo así, lo único extraño es el aleteo detrás de mí oreja.
Volteo y sacudo la mano en el aire espantando al murciélago al que le he parecido curioso, pero parece que no es el único. Varios de ellos comienzan a rodearme y a revolotear alrededor mío. Me alejo del tubo y comienzo a caminar con pazos apresurados, pero siento que más murciélagos despegan del techo y giran sobre mi cabeza. Los pasos rápidos se convierten pronto en un trote lento y tortuoso a causa del tobillo que duele como si lo estuvieran arrancando pedazo por pedazo.
El tobillo duele, los recuerdos se atropellan unos tras otros, se mesclan hasta que se hacen inentendibles y confusos, y duelen, porque son los más intensos, los que huelen a muerte y sangre, esos son los que se desvelan tras cada paso, tras cada golpe que provocan las alas de los murciélagos en mi cabeza, pero el trote se convierte luego en una carrera, desesperada y angustiante. Los animales comienzan a atropellarse en mi como un enjambre de abejas, mi cara mi cuello y as manos comienzan a arder. Sigo corriendo, pero unos metros más adelante resbalo en un líquido viscoso y caigo al suelo, la linterna rueda unos metros por delante de mí, y se apaga. Los golpes continúan, meto la cabeza entre mis brazos y me hago un ovillo tratando de proteger mi rostro de los aruñones, de los golpes, del dolor físico, pero los segundos se hacen eternos, y la desesperación se apodera de la parte racional que aún me queda.
Tomo algo duro que hay junto a mí, parece un tubo de metal de al menos un metro de largo y comienzo a blandirlo cual espada en contra de los desdichados murciélagos que son muy poco agiles como para esquivarlo. Siento los golpes de los cuerpos chocar contra el tubo, pero los golpes contra mi cuerpo siguen, y comienzo a sentir el ardor, y el olor a sangre, y el miedo supera todos los demás sentimientos que me apoderan.
Sigo sin detenerme hasta que golpeo algo duro y el tubo se resbala de mi mano cayendo lo suficientemente lejos de mí, me lanzo al suelo de nuevo, protegiendo mi cara. El aleteo sigue sobre mi cabeza. Regresan las imágenes y el miedo, y cuando creo que han pasado ya mil horas un olor extraño y peculiar llega a mí. Al principio resulta extraño y confuso, indescifrable, pero luego cobra un sentido que me lleva varios años atrás, exactamente en una de las clases de un maestro el cual ya no recuerdo su nombre, en que nos enseñaba qué era y para qué servía, y recuerdo su olor, el mismo olor que inunda mis fosas nasales y me impide respirar, y es tan fuerte y el recuerdo se hace más vivido… huele a gas.
Abro los ojos y veo que la pequeña linterna se ha encendido de nuevo, y con la escasa luz puedo ver que le he hecho un pequeño agujero al tubo que atraviesa el alcantarillado con mi desenfrenado afán de defenderme. Miro alrededor, buscando la otra mitad del plan que se ha formado en mi cabeza, y la encuentro unos metros más allá, en forma de un recodo que gira hacia la derecha.
Me pongo de pie por septuagésima vez desde que cayó la nave e ignoro todo el dolor que me acomete cuando otro murciélago pasa rosando mi mejilla, dejando una sensación de entumecimiento seguida de ardor intenso. Corro, cojeo, caigo al suelo y me arrastro, y haga lo que haga el ataque despiadado continua sin detenerse, solo me alienta a continua el sonido del gas al escaparse.
Llego hasta el final y doblo a la derecha, y la tenue luz me permite ver que el tubo de gas continúa hacia la izquierda. Rebusco en los bolsillos del pantalón hasta que encuentro el encendedor que me dio Edward, lo aprieto con fuerza en la mano, sabiendo que puede ser mi única esperanza, que solo hay una oportunidad y que hay un ochenta por ciento de posibilidades de que mi plan no funcione. Lo enciendo, y el ala de un murciélago al pasar volando lo apaga de nuevo, siendo así, creo que hay un noventa por ciento de probabilidades de que me maten antes de encontrar otra manera de salir de aquí, y, de repente, pienso que haber muerto de hambre en el pozo hubiera sido un destino menos cruel.
Diez intentos más y logro hacer que la llama se sostenga lo suficiente. Salgo de mi improvisada trinchera, veo el pequeño agujero por donde se escapa el gas y elevo una pequeña plegaria a Dios y lanzo el encendedor, todo sucede en cámara lenta de ahí en adelante; el encendedor vuela, esquivando milagrosamente cada murciélago, cada minúscula e insignificante corriente de aire que logra salvar, hasta que logra llegar a su destino, como una bala que llega al corazón después de haber sido disparada por el más preciso francotirador. La salida de gas se incendia, y el tubo comienza a escupir el más intenso fuego, pero los murciélagos huyen de él, y los golpes contra mí aumentan, pero me quedo ahí, quieto, viendo como la llama permanece así, como un soplete, hasta que mengua al punto de casi desaparecer. Pienso en Marian, y en cómo no podré cumplir mi promesa; por eso siempre es mejor no hacer promesas.
La pequeña llama casi desaparece, y solo puedo sentir en ardor que provoca una lagrima en mi mejilla. Me había prometido no volver a llorar, pero nunca he podido sostener una promesa. Diablos, dejaré de pensar en promesas.
Algo hace un ruido, como cuando soplas el cuello de una botella, y la llama desaparece dentro del tubo, como si nunca hubiera existido. Se hace el silencio unos segundos, la linterna se apaga y solo se escucha el aletear de los murciélagos. Lanzo un grito de ayuda, de rabia y frustración, luego, se desata el infierno.
El eco de nuestros pasos en las calles vacías es, cuando menos, escalofriante. La coleta que hizo Lúa en su cabello cuelga desperdigada por toda su espalda, y en vano intenta ponerla de nuevo en su sitio. Yo, en cambio, tengo los cordones desamarrados, pero ¿Quién tiene tiempo de amarrarlos? Cuando llegamos a la entrada del gran edificio donde vimos al presidente en la mañana, estoy cansado y pegajoso. —Solo tenemos que contarle al presidente lo que sabemos y decirle que no ataque a los civiles de las arcas —me dice, amarrando de nuevo la coleta con la liga elástica. —¿Crees que funcione? —la liga se rompe al fin después de varios intentos, y ella la desecha sin ningún remordimiento, como el que tira una goma de mascar en cualquier basurero; opta por dejar su cabello caer libre y este se le enreda de inmediato en la cara. —No lo sé, pero hay una gran posibilidad, tu solo dile que lo van a matar si no lo hace. Verás cómo colabora. —¿Yo le diré?
Capítulo 22Nos toman de una manera más delicada de lo que espero y nos guían al ascensor, esposados, solamente dos guardias entran con nosotros, Rombru no sube. Cuando las puertas se cierran observo a los guardias, tienen tan mala postura que podría derribarlos a los dos yo solo en diez segundos, pero también noto que hay una pequeña cámara de seguridad en una esquina, no lograríamos salir del edificio jamás. Observo a Pol, está calmado y respira profundo.—Lo sospechabas ¿cierto? — le digo —Que él era su hijo o algo sí—Él asiente, el silencio.Mis esposas están un poco ajustadas, y cuando bajamos al piso menos seis, ya tengo los dedos entumecidos.Cuando la puerta se abre nos obligan a avanzar un paso para salir del ascensor y cuando las puertas se cierran nos quedamos en una oscuridad que se extingue al final de
Capítulo 21Esta noche no hay sueños, ni pesadillas, solo una oscuridad calmada y pacífica, y cuando despierto estoy acostado de lado sobre el hombro de Pol, su brazo pasa por detrás de mi cabeza y reposa en mi espalda. Está tan tibio, y el ambiente frío del lugar lo hace más reconfortante. Paso mi mano por su pecho desnudo, y de nuevo descubro esa línea de vellos que cubre sus pectorales y hace una línea delgada que se pierde en su ombligo, y lo sigo acariciando con suavidad, perdiéndome en cada sensación, en los abdominales bien definidos, y sus enormes piernas enredadas en las mías. De algo tubo que servir toda una vida de entrenar y formarse.—No sabía que te gustaran velludos —me habla al sentir que llevo buen rato acariciándole el pecho. Me encojo de hombros.—Nunca me había puesto a pensar en eso, solo sé que en t
Siento una sensación fría en el estómago, como un vacío, como caer.—Rosa… Rosa dos — nadie contesta al otro lado, así que me quito el auricular y lo meto en uno de los bolsillos. Cierro los ojos y respiro. Soy un soldado, me han entrenado toda la vida para situaciones como esta —Físicamente —me digo en voz alta —me han entrenado físicamente, no sé cómo pensar — pienso qué haría Aleck, qué haría mi padre… Ellos no se rendirían, supongo, no sin dar la pelea. Doy media vuelta y comienzo a caminar de nuevo por los pasillos, las bombillas de color blanco le dan un especto claustrofóbico, ¿o soy yo?Cuando llego de nuevo a la pequeña oficina, el guardia está en la misma posición en que lo dejé. Recuerdo el camino, claro que lo recuerdo, solo tengo que deshacer mis propios pasos y salir a
Capítulo 19Edward.El rostro del tío de Aleck parece más pálido de lo normal, las ojeras y el cabello canoso le dan un aspecto andrajoso, y lo pixelado de la imagen no ayuda en gran manera a mejorar su imagen. Parece un fantasma que en vez de tener puesta la piel la lleva colgada.Mas temprano de lo que había llegado imaginar, la alarma de emergencia sonó por todo Capricornio, y el megáfono anunció una reunión importante donde el general nos daría una importante información. Uní a mi patético equipo y nos dirigimos allá lo más rápido que pudimos, pero por los pasillos ya se rumoreaba lo que había acontecido. La frase "la hija del general está bien" me calmó más de lo que esperaba, por suerte mi equipo y yo ya habíamos llegado Capricornio cuando atacaron a Emma.Al llegar, la pantall
Marian se levantó temprano esa mañana, hacia días que ya no podía dormir la noche completa, y se limitaba a tararear canciones sin sentido hasta que sentía la calidez del sol calentando el metal de la pared en que su cama estaba recostada. Esa mañana no esperó la salida del sol, se bajó de su pequeña cama y caminó descalza un rato tratando de menguar el dolor en el pecho, hacía unos días que le dolía, desde que Aleck había muerto.Abrió la puerta y ella le respondió con un chirrido aterrador que recorrió todos los pacillos a su alrededor. Salió y la puerta rechinó de nuevo al cerrarla. Caminó por los interminables pasillo como un alma en pena, arrastrando la bata de dormir, con el pelo enmarañado y la mirada ausente.Hablar con su padre había sonado una buena idea cuando salió de su cuarto, pero en cuanto m&aac







