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Capítulo 13

Autor: DiegoAlmary
last update Data de publicação: 2021-08-06 21:06:54

Capítulo 13

Edward.

Curiara, un día después de la muerte de Aleck.

Todo comenzó despacio, silencioso. Un ataque certero y profundo, limpio y perfecto, como un buen asesino a sueldo. Me hallaba en el comedor de Curiara, el arca a la que me asignaron después de despedirme de Aleck, cuando un oficial que nunca había visto abrió la puerta y con pasos decididos se dirigió hasta mí. Volteé la mirada, como si pudiera hacerlo cambiar de dirección con dejar de mirarlo y hacer de cuenta que nada pasaba. Me había alejado del resto del grupo y mi mesa estaba lejos, así que le tomó un par de minutos atravesar todo el comedor y llegar hasta mí.

Recuerdo sentir las miradas de todos cuando el hombre llegó y posó una de sus manos sobre mi hombro en un gesto de confianza que yo para nada le había brindado. Me habló con suavidad para que apartara la mirada de mi insípida comida y le prestara atención. Nunca lo había visto, pero me pareció que su rostro estaba demasiado pálido.

— ¿Eres Edward? — preguntó y yo asentí con cierta desconfianza, pensé que podía haberme metido en algún problema. El hombre suspiró un par de veces antes de tomar asiento a mi lado, — El coronel, el tío de Aleck, te envía un recado.

— ¿Qué? — pregunté, con una fingida indiferencia que aquel hombre no supo leer, o no le importó.

— Me pidió que te dijera que guardaras muy en secreto lo que voy a contarte — asentí con la cabeza, sintiendo una extraña mezcla de sentimientos, ¿Miedo? El rostro de aquel hombre no auguraba nada bueno — la nave en la que partió tu amigo esta mañana para escoltar la expedición tuvo un accidente — apreté los puños sobre la mesa soltando el tenedor que cayó estrepitosamente en el suelo metálico, y al parecer mi mirada era la pregunta más difícil que hubiera tenido que responder. Tragó saliva y continuó — No sabemos qué pasó, pero les perdimos el rastro y cuando mandamos un grupo de recobro encontraron la nave estrellada en la jungla — solo tenía una pregunta en la mente, una esperanza infinita.

— ¿Y él? — casi le grité, pero me abstuve en el último segundo y hablé con calma.

— Encontraron todos los cadáveres — dijo después de una enorme pausa — todos murieron calcinados, no sobrevivió nadie.

— ¡Mentira! — esa vez mi voz supero el volumen normal, y los ruidos en el comedor cesaron.

— El cuerpo de Aleck fue uno de los primeros en ser identificados — me aseguró el hombre — el General también está destrozado, sabía que eras su amigo y pensó que tenías derecho a saberlo, lo siento — se puso de pie y se alejó, tan silencioso como vino. Comencé a sentir una opresión en el pecho, la vista se nubló, comencé a llorar en silencio cubriendo mi rostro con las manos. Todo era mentira, tenía que serlo, estaba en ese shock en donde todo era mentira, donde él seguía ahí y todo era un error.

Me puse de pie y caminé a la salida, quería gritar que era mentira, buscar a aquel hombre y golpearlo, y abrazarlo y llorar sobre él. A medio camino tropecé y caí, pero nadie se rio, varias personas acudieron a levantarme, yo quería decirles que podía solo, que estaba bien, pero el nudo en mi garganta evitaba que salieran las palabras, sentí manos amigas ayudándome a levantar, aunque no conociera a nadie. Dicen que la gente de Curiara está loca, pero es amable.

Corrí por los pacillos, buscando algo que no aparecía, golpeé algunas paredes hasta que me sangraron los nudillos y terminé en mi pequeño catre. Lloré toda la noche, y mis compañeros de habitación me dejaron llorar, nadie preguntó, nadie habló, solo mis sollozos rompían la quietud de aquella pequeñísima arca. Traté de no pensar en Marian, pero fue imposible, y lloré de solo imaginarla.

Cuando el sueño comenzó a vencerme recordé a mi padre, su rostro de dolor cuando le grité que nunca más quería volverlo a ver, el dolor en mi pecho cuando me dijeron que había muerto, que había muerto sin que yo hubiera podido pedirle perdón, sin que hubiera podido decirle que lo amaba. Ahora era Aleck quien había muerto, y me dolía pensar que había muchas cosas que tenía que decirle, y que nunca podría.

Esta mañana, cuando desperté por los golpes en la puerta, me vestí los más rápido que pude y salí de la habitación antes que mis compañeros, y me encontré con el mismo infierno que se llevó a mis padres.

…………………                 …..……                   …………………

Trato en vano de evitar que la anciana que convulsiona en el piso se golpee la cabeza contra el suelo viejo y oxidado, pero su afán por respirar la obliga a contorsionarse en busca de cualquier bocanada de oxígeno. La flema que se ha alojado en sus pulmones es demasiado espesa, demasiado mortífera, y mientras sostengo su cabeza con fuerza no puedo sacar el valor para decirle que no lo intente más, que igual va a morir, pero nadie tiene el valor para decirle a alguien que deje de luchar, así que sigo sosteniendo su cabeza hasta que las convulsiones comienzan a desaparecer, y más pronto de lo que esperaba termino sosteniendo otro cadáver.

Dejo el cuerpo de la anciana junto a otros tres o cuatro que yacen rígidos en una esquina del gran comedor. Me ajusto la máscara y aseguro que aún tenga suficiente oxígeno.

Comienzo a avanzar por todo el lugar, y aunque el traje que me obligaron a usar para no infectarme me estorba e incómoda, no puedo deshacerme de él, o moriría en doce horas como mucho, convulsionando igual que la anciana, luego me lanzarían a una esquina y mi cuerpo ayudaría a crear otra montaña de cadáveres.

Todo comenzó despacio, silencioso. Un ataque certero y profundo, limpio y perfecto; el virus comenzó en la noche, como una toz suave que todos pasaron desapercibida, y durmieron, inconscientes de lo que crecía en su cuerpo, en sus pulmones. Los gritos comenzaron a oírse en la madrugada, pero me había dormido demasiado tarde y el sueño fue pesado. No los oí, y mis compañeros de habitación tal vez fingieron no oírlos, y en la mañana los que se habían infectado en la noche ya estaban muertos, pero transmitieron su maldición. Una y otra vez la gente comenzaba a caer, despacio, con los pulmones llenos de esa viscosidad transparente y brillante que anunciaba muerte y agonía. “no toquen a nadie directamente, no respiren su mismo aire, la infección es demasiado contagiosa” esas fueron las palabras que resonaron por el megáfono cuando comenzó a llegar ayuda de otras arcas. Personas inocentes y con miedo comenzaron a enfundarse el traje que yo llevaba más de cuatro horas utilizando para arrastrar cadáveres y no contagiarme, y no pude evitar ver a mis padres, a los padres de Aleck, los de Pol, y cientos de voluntarios más que trataron de ayudar a Luna y sus contagiados, ¿qué clase de virus atacó a Luna? No lo sé, tal vez sería el mismo, estaba demasiado ocupado en estar enfadado con mi padre por haberme dejado solo e irse con mi madre a una aventura donde sabían que podían morir, luego tenía demasiado dolor para averiguarlo. Si solo hubiera podido decirle que lo sentía, y que lo amaba, y haber podido alargar la calidez del beso de mamá en mi mejilla llena de llanto por siempre. Pero era demasiado tarde.

Volteo alrededor, buscando en el caos de personas muriendo y personas desesperadas por salvar inútilmente a las que mueren algo que pueda hacer, que pueda ser útil, algo más que no sea cargar el resultado de la desdichada naturaleza hacia una esquina. Corro, y ayudo a hacer reanimación a un hombre, le indico a unos cuantos voluntarios “obligados”  qué deben hacer, y luego me dedico a dirigir a un grupo de enfermeros que solo revolotean por ahí sin saber muy bien qué hacer, y luego hago mil cosas más, hasta que la veo, sola y en un rincón junto a los cadáveres, llorando y gimiendo, tratando de respirar.

Dejo todo lo que hubiera estado haciendo y corro hacia la niña que gimotea al otro lado del gran comedor, evitando cadáveres y gente convulsionando. Cuando llego a ella sus ojos azules suplican por mi ayuda, y estira los bracitos en un vano intento por alcanzarme lo más rápido posible, luego me abraza con tanta fuerza, talvez creyendo que puedo salvarla, que en mí está el descanso que tanto busca, que puedo quitarle la agonía del pecho. La abrazo también ¿Cómo le diré que va a morir? ¿Con qué valentía le diré que si deja de luchar va a ser más rápido? La alejo un poco y veo lo triste y asustado de su expresión ¿Cuántos años podría tener? ¿Cuatro? ¿Quizás cinco? Y voy a verla morir, y no podré hacer nada para remediarlo, y estoy cansado de ver tanta muerte y no hacer nada al respecto, así que decido hacer algo, por esa niña, por todos los que están muriendo a mi alrededor, por mi alma atormentada.

— Escúchame — le digo a la niña, pero está demasiado ansiosa por respirar, su rostro comienza a tornarse morado, sus labios están demasiado pálidos — ¿Me escuchas? — la niña parece no oírme y me entra un desespero tan grande como el miedo, lo primero que pienso es que la máscara debe amortiguar mi vos, y no me detengo a pensar cuando quito los seguros que la unen al traje de riesgo biológico y el saco de mi cabeza. La niña me sigue mirando paralizada, y logro ver que la flema comienza a escurrirle por la boca. Una idea me viene a la cabeza, tan rápido como un recuerdo lejano y olvidado, y no me doy tiempo a meditar si es buena o no.

Tomo a la niña, talvez con más fuerza de la necesaria, y la acuesto boca abajo, con el pequeño pecho presionado en el piso.

— Toce — le digo — Vamos toce — insisto, ella lo intenta, pero a través de su cabello negro puedo ver que la flema que sale apenas logra manchar sus labios. Ingenuamente pensé que podría sacarla de sus pulmones usando la gravedad, pero es demasiado espesa, y se aferra con fuerza.

Volteo a la niña boca arriba cuando comienza a convulsionar, trata de decirme algo, pero no puede, me acerco más para tratar de oírla, entonces toce, tan cerca de mi cara que puedo sentir cuando la flema, viscosa y mortal, se estrella contra mi mejilla, y ni siquiera trato de quitarla, me he condenado.

Un minuto después la niña deja de agitarse y no se vuelve a mover.

………………                 …..……                   …………………

Veo luces pasar por encima de mí, siento muchas manos que me acomodan, me cambian de lugar o me desnudan, pero todas esas percepciones son irrelevantes para mí en este momento, solo quiero respirar, pero el aire que entra es muy poco y después de unos minutos comienzo a marearme. Trato de sujetar la muñeca de alguien que arrastra la camilla del costado derecho, pero no puedo, además no logo distinguir si es un hombre o una mujer, todos llevan puestas mascaras que les cubre por completo el rostro, parecen seres extraños, traídos de otro mundo, salidos del más apocalíptico de los libros.

La oscuridad es un descanso pacífico y lleno de sueños bonitos. Sueño con los labios de mi mamá, y los brazos de mi papá.

…………………                  …..……                   …………………

Lo primero que siento al abrir los ojos es lo antiséptico del aire, huele a desinfectante y medicamentos, mi boca tiene un sabor amargo, pero puedo respirar bien, me siento descansado, así que debí de pasar varias horas inconsciente. Trato de incorporarme, y siento una punzada en la espalda que me obliga a quedarme tal y como estoy, entonces me quedo un largo rato observando el gotero del suero que está pegado a mi brazo, tiene un ligero color amarillento, como el de la orina. Solo hay una mesita de noche con una rosa roja. La rosa me recuerda la criatura extraña que tenía Aleck en el baño, ¿cómo la habrán creado? intento pensar mucho en eso para que el recuerdo de la niña convulsionando no me atormente demasiado. Unos minutos después entra una enfermera con un tapabocas.

— ¿En dónde estoy — le pregunto y ella frunce el ceño, como si meditara? —mi voz suena ronca, como cuando tienes gripe.

— Estas a salvo ahora — es lo único que dice.

— ¿Qué es eso? — le pregunto apuntando al suero. La mujer me mira como si fuera la cosa más molesta que le ha tocado vivir y se toma el tiempo para responder mientras me mira las pupilas y hace otras cosas que no entiendo.

— Es un antibiótico bastante fuerte, así que necesita reposo.— ¿Entonces ya encontraron la cura? — la mujer asiente con la cabeza.

— Ya están tratando a los pocos sobrevivientes. El virus es parecido al de luna, por eso ya teníamos un avance con la medicina. El General Benin nos encargó específicamente que estuviera bien, va a venir a hablar con usted en un rato, cuando se sienta mejor — que él hubiera pedido específicamente que me cuidaran no me sorprende, fue amigo de mi padre y fui amigo de su sobrino, ¿pero de qué quiere hablar conmigo? Ni siquiera me tomo la molestia de preguntarle a la mujer, seguro no debe de saber, y si lo sabe se tardaría dos vidas en decirme. La dejo hacer hasta que, como entró, se marcha en silencio.

El suero ya se ha acabado cuando logro escuchar pasos que se acercan, y no sé por qué de repente me pongo nervioso. Trato de enderezarme, me acomodo un poco el cabello y estoy a punto de limpiar con saliva las lagañas que seguro tengo cuando se abre la puerta. Saco el dedo de mi boca y limpio los restos de saliva en la sabana antes de que el general Benin aparezca, cuando lo hace se para unos cuantos segundos al pie de mi camilla, luego sonríe y golpea su pecho con la mano hecha un puño, justo en el corazón; hago también lo mismo. Es nuestro saludo militar. Toma una silla y se sienta a mi lado.

— ¿Cómo estás? — pregunta, de una manera tan informal que me da a entender que será una conversación de persona a persona, no de soldado a soldado.

— La verdad es que siento que muero cada vez que respiro —puedo respirar bien, pero me arde.

— Es lo normal, tuvieron que hacerte reanimación dos veces, tienes una costilla fracturada, pero estarás bien — dice, como si fuera lo más normal del mundo.

— Ah, con razón duele tanto — quiero preguntar, pero es una información que seguro me negará. El hombre que tengo en frente es lo único que me queda que podría llamar familia, ya no me queda nada más, incluso Pol se ha ido, y veía en él un buen prospecto de amigo, o cuñado.  Guardo silencio mientras dedico unos segundos a observar al general, está demasiado acabado, sus ojeras oscuras resaltan a un más, sus tremendos ojos azules, su cabello negro ya comienza a tornarse levemente blanco, y siento mucho dolor en su mirada, seguro el mismo dolor que refleja la mía. — ¿Cómo sucedió? — pregunto al fin, y de inmediato él parece entenderme, y el color de sus ojos baja barios tonos.

— Atacaron la nave en la que ellos iban — dice después de una larga pausa.

— ¿Quiénes? — pregunto quizá con un poco de desespero en mi voz, ya que el general pone una de sus manos sobre mi pierna incitando a que me calme. — ¿Quiénes? — pregunto de nuevo. Suspira entes de contestar.

— Los mismos que hicieron el doble atentado en la planta purificadora de agua, los mismos que liberaron este virus en curiara, estamos en constante ataque, Edward. En guerra.

— ¿Y quiénes son ellos? — hago casi la misma pregunta, pero no entiendo nada.

— La gente de Oz, ellos nos están atacando — me dice al fin, y puedo notar una carga de rencor en su voz.

— Pero hace años que no se sabe nada de ellos, ¿acaso quieren apoderarse de las arcas?

— Es más complejo que eso, Edward, pero debo empezar por el principio — se acerca un poco más para que lo oiga mejor — Cuando terminó la guerra el planeta quedó gobernado por una sola nación, poderosa e indestructible, como ya debes saber. Todo fue bien al principio, era un gobierno equitativo y justo, excepto con el país que había sido su enemigo y sus aliados, Ed, lo estaba matando de hambre, solo por ser su enemigo, solo por haber perdido. Venganza, supongo, pero no se quedaron con las manos cruzadas, así que crearon un virus, e irónicamente lo llamaron: Karma.

— Esa parte de la historia nunca me la enseñaron —reflexiono — en la escuela solo dicen que los perdedores no pudieron con la derrota y atacaron — me atrevo a interrumpir.

— Hay cientos de cosas que no sabes.

— ¿Y todo esto qué tiene que ver con los últimos ataques? — le pregunto.

— Para allá voy. Cuando lanzaron el virus ya sabes qué pasó, se salió de control y el reino vegetal pagó las consecuencias, entonces aparecieron las propuestas de las mega ciudades, fue una salvación que nadie creyó posible, bueno, dos salvaciones. ¿sabes acerca de la Lotería?

— Eligieron personas al azar para poblar las ciudades — contesto, pero él niega.

— La lotería fue una farsa, lo que necesitaban en esa época era asegurar el futuro de la raza humana, así que bajo la fachada de “La lotería” se escogieron los miembros más fuertes, los más sanos, los que garantizaran una buena descendencia: Modelos, deportistas, eruditos, genios en todo el sentido de la palabra, las personas más importantes del planeta… De todas partes del mundo excepto del país que lanzó el virus, de ellos, aunque había cientos de personas inocentes que valían la pena, no escogieron a nadie.

— Eso es una crueldad — digo casi sin creer lo que me cuenta.

— Era el futuro, Edward, Estaban dolidos y tenían miedo, no los juzgues por eso ­— le aparto la mirada y lo incito a continuar — Pensaron que todos habían muerto, pero varios años después las personas que quedaron por fuera de las ciudades hicieron una revuelta y se apoderaron de Oz, y justo ahí perdimos comunicación con ellos. Hasta hace unos meses.

—¿Cómo sobrevivieron?

—Karma es un virus que se extiende a través de las plantas —me dice —Tal vez se escondieron en el centro de las ciudades más grandes y fue una suerte que el viento no arrastrara semillas o algo que les llevara a Karma hasta allá —asiento.

— ¿Qué pasó? —pregunto —después que se tomaron Oz.

— Se comunicaron con nosotros pidiendo ayuda, la guerra interna los devastó, sus recursos se agotaron, toda la ciudad muere de hambre. No pudimos ayudarlos.

— ¿Por qué? — pregunto y trato de acomodarme en la cama, pero me duele demasiado así que me quedo como estoy.

— Edward, nuestros recursos también se están agotando, sería un suicidio prestarles ayuda, ¿acaso no has notado que hemos bajado las raciones de comida?  Nos faltan mejores sustratos, los animales se están enfermando.

— Si, claro que lo he notado, todos lo han notado — El general se acomoda en su asiento.

— No les gustó que los hubiéramos rechazado, y desde entonces han atacado a la comunidad con pequeños asaltos: El doble atentado en la purificadora de agua y a la nave donde iban los científicos a hacer la investigación — comienza a enumerar, y evita comentar que Aleck tan bien murió en esa nave, cosa que agradezco — el virus en Curiara, esos tres han sido los más fuertes, han asesinado a decenas de nuestros soldados en busca de reducir nuestras defensas, ya no podemos quedarnos con los brazos cruzados.

— ¿Los atacarán? — esta vez sí logro erguirme en la cama, con un extraño presentimiento en el pecho. El general asiente en silencio.

— Atacar Oz es muy complicado, es una fortaleza prácticamente impenetrable, solo hay una opción: infiltrarse y atacar desde adentro.

— ¿Y qué pinto yo en todo esto? — pregunto, aunque en el fondo sé su respuesta, pero incluso antes de que abra la boca conozco la mía.

— Queremos que tú dirijas el grupo de infiltración.

— No — mi respuesta inmediata no parece sorprenderle, se aclara la garganta y luego me apuñala el corazón.

— Ellos mataron a Aleck, y si los dejamos llegar hasta aquí, ¿crees que dudaran un segundo antes de matarte a ti, o a Marian — aparto la mirada, ¿venganza? ¿Qué pensaría Aleck de esto? Pero Aleck no está para decirme qué es lo correcto, ellos nos lo arrebataron, ¿podría vivir se me arrebatan también a Marian?

— Estás en Emma, si tomas una decisión ya sabes dónde está la oficina, mañana ya estarás completamente sano — se pone de pie para salir de la habitación, pero logro agarrarlo de la mano.

—Lo voy a pensar, por él.

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