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Capítulo 14

Autor: DiegoAlmary
last update Data de publicação: 2021-08-06 21:11:21

Capítulo 14

Aleck.

El tubo de gas consume la llama y luego explota, por suerte estoy, aparentemente, bastante alejado del tubo, pero la onda explosiva me lanza al suelo y mi cabeza golpea el piso, y agradezco no perder el conocimiento por décima vez. Escucho el grito de unos cuantos murciélagos antes de que el techo comience a caer, y me arrastro como una salamandra hasta una esquina, protegiendo mi cabeza y haciéndome un ovillo mientras el cielo parece romperse en pedazos. Siento los golpes en la espalda y el polvo atrancarse en mi nariz, la tierra tiembla, hace calor y frio al mismo tiempo, y cuando creo que mis oídos y pulmones van a estallar, se hace el silencio, súbito y angustiante, en menos de un segundo. Solo queda el zumbido en mis oídos, acompañado del sonido de las rocas al rodar por el suelo.

No sé exactamente cuánto tiempo me quedo ahí, con los brazos alrededor de la cabeza, cubriendo mis oídos, la tierra se mete en las heridas y me arde todo el cuerpo, ¿Cómo es que no he muerto, después de todo?

Lentamente comienzo a incorporarme, y me doy cuenta de que hay sangre en el suelo, justo donde estaba mi cara. Estoy tan sucio que no me atrevo a tocar en mi rostro la gravedad de las heridas, solo me pongo en pie y observo que el techo del túnel se desplomó unos cien metros hacia el recodo frente a mí, y veo que por suerte una placa bastante grande ejerce una rampla hacia el exterior, y comienzo a cojear hacia ella.

El cielo está bastante oscuro, y de camino a la rampla logro ver un murciélago que ha muerto gracias a la explosión, y me inclino con dificultad para levantarlo y observarlo. La verdad parece un murciélago bastante normal. Siento que la sangre que resbala de mi cara gotea en mi mano cuando observo el ala del animal, que termina en un pequeño hueso puntudo y plano, no tiene mucho filo, pero a gran velocidad creo que pueden cortar. Entonces es así como me hirieron, ¿desde cuándo los murciélagos tienen un mecanismo de defensa de esta magnitud? Lanzo el cadáver del maldito animal contra la tierra y comienzo a trepar por el bloque de cemento, y estoy bastante mareado para cuando alcanzo la cima como mil horas después. Salgo por completo y logro dar dos pasos afuera, pero todo está demasiado borroso. Logro distinguir un árbol y camino hasta él, pero el piso está demasiado duro, y cada paso provoca un dolor desgarrador en el tobillo, y el mareo, y cada vez veo menos. Sé que llego hasta el árbol cuando me golpeo la cara contra él. Me lanzo al suelo y caigo de costado, trato de levantarme y apoyar la espalda en el árbol, pero no puedo moverme, me encuentro completamente paralizado, y mi corazón comienza a palpitar con violencia al tiempo que se me hace difícil respirar. Taquicardia, ceguera, dolor, mareo. ¿Será este ya mi momento? ¿me uniré a Pol en el cielo? Me invade un gran desasosiego. Me iré de este mundo y no voy a dejar más huella que mi cuerpo pudriéndose al pie de un árbol.

Veo el rostro de Marian mirarme desde abajo, con los ojos llenos de llanto, me dice, “¿Lo prometes?” y lo prometí. Antes de que llegue la oscuridad sé que ella es lo único que me ata a este mundo, porque siempre es ella en lo único que pienso antes de morir.

Cuando despierto tengo el cuerpo entumecido, seguro por haberme quedado dormido en una posición tan incómoda. Por suerte no siento ningún tipo de dolor más que el del tobillo. Abro los ojos y la luz incandescente me hace cerrarlos de nuevo. ¿Estoy vivo? es lo que pienso, ¿en qué más podría pensar? Me pregunto cuántas veces me he hecho ésta misma pregunta en menos de una semana. Me incorporo despacio, y noto al abrir los ojos que algo estropea mi visión del lado de la mejilla donde me golpearon los murciélagos, como si tuviera un montón de carne caliente pegada a ella. Con cautela toco la parte hinchada de la piel, que al contacto con las yemas de los dedos provoca un dolor ciego que me hace recostar con violencia hacia atrás, haciendo que me golpee la cabeza con el árbol. Espero allí unos minutos, hasta que el dolor es de nuevo soportable.

Observo con horror después de abrir los ojos y darme un minucioso, pero superficial, chequeo que cada pequeña cortada provocada por los murciélagos se hinchó, dándome el aspecto de tener un huevo bajo la piel. Respiro profundo, analizando mi situación: estoy herido, mis heridas se han infectado seguramente por la contaminación en el ambiente, tengo mucha sed y hambre, y además estoy completamente solo.

De todas las veces en las que la muerte me ha acariciado, nunca la había sentido tan cerca, es ahí donde uno se cuestiona sobre todo el tiempo que ha desperdiciado, sobre todo lo que me hubiera gustado hacer, pero ya no hay tiempo; incluso si lograra sobrevivir esta noche, no hay garantía de que la infección me deje vivir por más de unos días.

¿qué debo hacer entonces? No puedo volver a Capricornio, de alguna manera lograron tomarlo, mataron a todos los científicos y matemáticos, y a Pol y a mi incluidos. Meditándolo me doy cuenta entonces que Almadía seguramente trabajaba para ellos, ¿pero quienes son ellos? Sean quienes sean, es una mala idea tratar de volver a alguna nave, si logro llegar no hay garantía de que siquiera me dejen entrar entonces, ¿a dónde debería ir? ¿Debería rendirme?                 “Promételo”

La voz de Marian me golpea, y me hace entender una solución que había pensado, pero que no había contemplado como posible: Buscar a Oz.

Nunca había pensado en algo como esto, además son los posibles invasores que atacaron la nave en la que iba, y también la planta de agua, y que talvez se apoderaron de Emma, pero ¿qué más podría perder? ellos no me matarán, sabrán que soy el sobrino del general y tratarán de hacer un intercambio o algo así, tendrán que curarme y alimentarme para entregarme en medianas condiciones, ¿qué podría salir mal? ¿Morir? Si no lo hago estoy condenado. Me pongo de pie con dificultad. En la escuela nos enseñaron que Oz no estaba tan lejos de las arcas, que estaba dentro de una inmensa montaña. Eso es lo primero que tengo que buscar, comienzo a caminar y aunque no sé a dónde ir, ni mucho menos donde está Oz, sigo caminando.

Nunca hay que dejar de caminar.

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