FAZER LOGINEl verde se extiende tan rápido en mi campo visual que no logro discernir donde comienza una planta y donde termina la otra. Los disparos cesaron después de que perdí la planta purificadora de vista, pero seguí corriendo, con las ramas golpeando la máscara y arañando mis brazos, con el fango adherido en las botas y el sudor pegándome la ropa al cuerpo.
Exhausto me detengo en un enorme árbol, me recuesto en él, está demasiado húmedo y me moja más la espalda, pero no me importa. El sudor que expulsa mi cara se amontona en la parte baja de la máscara formando un pequeño charco. Aguanto la tentación de quitármela y dejar que el aire me refresque. Respiro bocanadas de oxígeno, aunque sé que no es buena idea, no sé cuánto tiempo tendré que estar aquí y cuanto dure el oxígeno. Me rasco con frenesí los brazos, las ramas me hirieron la piel y pica, ¿o es el veneno del bosque colándose por mis poros? La idea me sobrepasa, trato de abrigarme los brazos con las mangas que ni siquiera alcanzan los codos, mi respiración se vuelve pesada de nuevo, el aliento que escapa de mi boca empaña el vidrio de la máscara y no me permite ver. Me pongo de pie de un salto y miro al rededor, con la vista nublada, la vegetación es desconocida, tan desconocida que me siento ciego y desubicado. Trato de peinar el cabello que me acaricia la frente y ayuda a aumentar la desesperación, pero se me queda pegado en los dedos por alguna mezcla viscosa. Los miro. Es sangre. Cierro los ojos y respiro profundo tratando de disminuir el ataque de ansiedad. A la m****a si se acaba el oxígeno. No funciona, comienzo a marearme. Sé que hay una planta que sirve para el mareo, pero cuando abro los ojos para tratar de ubicarla no reconozco absolutamente nada. Me tiemblan las manos y las rodillas, me zumban los oídos y el sudor me tiene empapado. Avanzo unos pasos. Tengo que encontrar la salida de aquí antes de que se acabe el oxígeno y no tenga más remedio que quitarme la máscara, pero lo único que puedo asegurar de mi ubicación es la ruta por dónde llegué, ya que parece que es un apocalipsis, he dejado un surco de destrucción entre la maleza. la crisis de ansiedad comienza a menguar después unos minutos, pero el zumbido en mis oídos aumenta. Los cubro con las manos y de inmediato desaparece, alejo los dedos de los oídos y el zumbido regresa, ¿entonces no está en mi cabeza? El ruido se hace más fuerte. El sol parece cubrirse por un momento, y miro hacia arriba para encontrarme con el aéreo deslizador que pasa por encima de mí. Me abstengo de gritar, seguro no es buena idea, entonces echo a correr tras él. Tengo que avisarles, tengo que advertirles antes de que sea tarde. Y mientras corro no puedo dejar de pensar en los ojos idos de Lis y en por qué Almadía los mató.
Las ramas me golpean de nuevo. La máscara está sucia y me impide ver con facilidad las ramas que se aproximan. El ardor en los brazos es intenso.Después de unos minutos el bosque se hace menos espeso y más plano, así que puedo avanzar más rápido hacia el lugar por el que vi desaparecer la nave. Me detengo un momento para recuperar el aliento y observar alrededor. Esta parte del bosque parece menos tenebrosa; los árboles son más altos y la vegetación debajo de ellos es menos espesa, casi inexistente. El suelo está cubierto por una sutil alfombra de hojas secas, veo aves y cosas parecidas a las ardillas, veo vida libre por doquier. Esta parte del bosque es como siempre soñé que sería, casi magia pura vibrando en cada hoja, en cada raíz, en cada pequeña flor que brota por aquí o por allá; en cada ruido, en cada sensación cosquilleando en la piel. Levanto la cabeza y observo las copas de los árboles, sonrío al escuchar los cantos discordantes de cientos y cientos de pájaros; colores; vida; realidad. Bajo la mirada y me doy cuenta que me he detenido, y no recuerdo cuando, así que corro de nuevo, e inevitablemente pienso en que, aquí, corriendo por el bosque, perdido y con miedo, no encuentro por ninguna parte al tigre blanco, aquí sólo hay un gato asustado escondido bajo una débil cortina de piel blanca.
Después, logro ver el final del bosque y el aéreo deslizador, que tiene la puerta abierta, hay un par de hombres por ahí. Logro identificar el sello de Capricornio justo en el corazón. El alma me vuelve al cuerpo que parece cada vez más liviano, pero algo parece estar mal, cada vez me cuesta más respirar, la máscara me aprieta demasiado cada vez que inhalo. Comienzo a marearme de nuevo, me detengo tan ridículamente cerca de los dos hombres que con un tiro de piedra podría llamarles la atención. Trato de gritar, pero mi voz se ahoga en la máscara. Los dos hombres hablan animadamente entre ellos, dándome la espalda. Mis rodillas chocan en el suelo y mis manos las siguen. Esto está mal, muy mal. El oxígeno se acabó por completo y no puedo respirar. Aprieto la tierra, las hojas crujen. Podría quitarme la máscara y respirar, pero, seria morir de una manera diferente, entonces aprieto con más fuerza la tierra debajo de mí, prefiero morir ahogado que envenenado. Pero no moriré sin dar la pelea. Me arrastro, ya que si comienzo a correr voy a necesitar más oxígeno, solo necesito acercarme más, un poco más. En el camino agarro una piedra del tamaño de mi puño, me pongo de pie, la desesperación comienza a hacer mella en mí, y el instinto me aprieta el estómago. Con las pocas fuerzas que aún tengo lanzo la piedra, el impulso me lanza al suelo y caigo de rodillas. Escucho como la roca golpea el metal del aéreo deslizador. Aprieto de nuevo la tierra que se mente entre mis uñas, y tras unos segundos que parecen eternos siento los brazos fuertes de alguien que me levantan por completo del suelo, me sube a su hombro y comienza a correr por el bosque. No lo puedo evitar, pero mientras corre le golpeo la espalda, mi pies se mueven desesperadamente, no lo puedo evitar, ya no soy dueño de mis movimientos, mi cerebro trabaja intentando enviar aire a sus vecinos los pulmones, pero al no conseguirlo utiliza la medida más desesperada. Trato de arrancarme la máscara, siento cuando el cierre hermético se afloja de mi rostro, pero la mano del hombre que me sostiene se encarga de apretarla de nuevo contra mi cara. Pierdo toda razón de mí mismo y lo último que escucho antes de que llegue la oscuridad, mi oscuridad, es el grito grave del hombre.
—Tranquilo, niño, vas a estar bien.Luz, tenue y ficticia, mortecina y fría, es lo primero que veo al abrir los ojos. La luz de una bombilla lanza destellos pálidos hacia mí. Extrañamente me siento mejor, un poco cansado, pero no estoy desubicado ni asustado, sé exactamente dónde estoy: en el aéreo deslizador de vuelta a Capricornio, o eso espero.
Me incorporo y observo la habitación, el metal oxidado, corroído por el tiempo, le da un aspecto lúgubre y deprimente. Las sillas, sucias y rotas, dispersas en dos filas y con cinturones de seguridad que ya no sirven me recuerdan, por alguna extraña razón, la melena rojiza le Lis, y los tremendos ojos azules de Bryan. Aprieto los puños mientras me levanto del piso y me siento con dificultad en una de las sillas. Escucho voces, dos hombres discuten. Me levanto de un salto y camino hasta la puerta que separa esta habitación de la cabina del piloto. Está entreabierta y logro escuchar lo que dicen justo antes de tocar.
—Es demasiado peligroso— dice uno, gritando.
—Lo sé— añade otro, menos alterado —pero no podemos hacer nada, cuando lo encontraron, los idiotas avisaron inmediatamente a Capricornio, pero tranquilo, si vio algo no va a decir nada, yo me encargaré de callarlo.
—Sé discreto, Polush.
—Lo seré.
—¿Y Almadía?
—Está herida, tiene una bala en el estómago, ojalá sea grave, no nos conviene tener muchos testigos. Iré a ver si ya despertó.
Dejo de lado la idea tocar y regreso a mi asiento, desconcertado y rogando que no sea de mí de quien hablan. Se escuchan pasos, la puerta se abre y por ella entra un hombre adulto, con el cabello negro canoso y ojos azules.
—¡Vaya¡ ya despertaste— me dice, camina despacio y se sienta con flojera en la silla frente a mí. No respondo, saca una pequeña linterna y me apunta a los ojos, cuando ve que volteo la mirada me agarra de la mandíbula y la sostiene con firmeza,
—Perdiste la consciencia por falta de oxigeno —su voz es tan grave que me hormiguea la espalda —hay que ver que no tengas ningún daño grave —se queda un segundo más, sus dedos están fríos, y sobre mi piel se siente como un candado a media noche —que hermosos ojos —añade y siento el calor que me sube a la cara, me suelta y se sienta en la silla frente a mi —Dime, Aleck— apoya los codos en las rodillas y juega con su anillo —¿te encuentras bien? — asiento, sin abrir la boca, e ignorando el hecho de que él me conoce, aunque yo no lo haya visto nunca. Se remueve incómodo, seguro su silla es tan poco cómoda como la mía —qué bien— añade después de un par de minutos para romper la tensión que se forma por el mutismo que en mi concierne, pero no quiero hablar, emocionalmente me siento confundido y agotado, pero el hombre parece demasiado feliz queriendo arrancar las palabras de mis labios.
—Mi nombre es Riss, Riss Polush, soy el encargado de seguridad del arca Libertad — estira la palma para que la estreche, pero no lo hago. Le miro a los ojos, confundido, no sé cual será su nombre y cual su apellido, cosa que me preocupa y no sé por qué. Se queda con la mano ahí así que la tomo en un gesto incómodo, confirmo que está tan fría como un cadáver.—Creo que usted ya me conoce a mí— le suelto, su mano regresa a jugar con su anillo mientras sonríe.
—¿Como no habría de hacerlo? — recuesta su espalda en la pared de metal, cruza una pierna sobre la otra y sube los brazos al respaldo, como si los subiera a los hombros de sus mejores amigos —eres el sobrino del general— sonríe de nuevo —además, por tu propia cuenta te encargas de hacer que nadie te olvide.
—¿A qué se refiere?
—Prff— sacude la mano en el aire, como espantando moscas —no finjas ser modesto, no conmigo.
—Yo no estoy fingiendo nada, señor —me tiembla la voz y él se ríe, una risa tan contagiosa que, en otras circunstancias, me habría reído.
—Eres muy gracioso.
—No le encuentro la gracia.
—Y amargado— su rostro se vuelve serio de pronto —mira, niño, a mí no me importa tu arrogancia, tu "soy sexi y nadie tiene derecho a hablarme", ni mucho menos tu mirada de yo no fui, lo único que si me importa es lo que dirás cuando llegues a Capricornio.
—No diré nada— apunto a decir, y él niega.
—Tienes que decir algo, dime ¿qué viste?
—Almadía…Almadia se volvió loca, y comenzó a dispararnos y…—su sonrisa me interrumpe.
—Almadia se volvió loca —susurra casi para sí.
—¿Qué debo decir entonces? —pregunto.
—La verdad, que no viste nada, solo hablaras con tus superiores y les dirás que Almadía se volvió loca. Nosotros nos encargaremos del resto. no dirás nada más a nadie, no podemos permitirnos que la gente se entere que una teniente se volvió loca de la nada.
—¿Por qué no le puedo decir a nadie la verdad? Todos merecen saberlo —pero en cuanto veo como su rostro se transforma sé que he metido la pata.
—Tú sabes lo que te conviene, de lo contrario— se pone de pie, me agarra de nuevo la mandíbula, para que lo mire a la cara, pasa su dedo pulgar por todo mi labio inferior.
—Yo me encargaré de hacerte pasar un rato delicioso conmigo, y no me importará tu mirada de cachorro herido— se para y se va. Cuando la puerta se cierra tras él me hago un ovillo en la silla.
Si soy obediente no pasará nada, me recuerdo.
Cuando el aéreo deslizador, con un golpe seco, aterriza en Capricornio, me pongo de pie de un salto. Cuando la puerta se abre me obligo a caminar y no correr hasta la salida, bajo del aerodeslizador, y antes de cruzar por la puerta de salida del inmenso salón, me vuelvo y veo como Riss me observa desde la compuerta, con un gesto pacífico que resulta aterrador.
En Capricornio hay diez veces menos pasillos que en Emma, pero mientras los recorro me parecen cien veces más. No me topo a nadie mientras llego a mi habitación, y solo cuando cierro la puerta logro soltar el aire que tengo apretujado en los pulmones. No hay nadie así Respiro acelerado, y mientras recuesto la frente en la pared de metal no puedo evitar un sollozo. El cuerpo inerte de Lis, la sangre brotando de la herida de Bryan, el miedo que se apoderó de mí en el bosque y la falta de oxígeno, sin contar la charla con aquel hombre, me traen la cabeza hecha un manojo de nervios. Las manos me sudan a sí que las limpio en el mono, y solo cuando hago ademán de limpiarme las lágrimas con la manga que llega hasta el codo, veo la sangre. Comienzo a desnudarme con desesperación, arrancándome el mono y lanzándolo hacia la esquina más lejana del pequeño cuarto, que no resulta tal lejana como quisiese, saco algo de ropa seca y limpia y me dirijo a las duchas, y en el proceso trato de no mirar la cama de Lis.Me meto en el chorro de agua helada, el tubo oxidado lanza aire de vez en cuando, restriego con rabia mi piel, como si con eso pudiera borrar el aluvión de recuerdos que se atropellan en mi memoria.
Después de salir de el baño me encuentro más calmado, Almadía se volvió loca de remate, eso es lo que diré, a todo el que pregunte, bueno no a todos, solo a los superiores ¿entonces qué le digo a mis compañeros y amigos?
Me seco con lentitud, y estoy ahí, vistiéndome en silencio cuando recuerdo a Rosa, llevo mucho sin ir a verla, así que cuando salgo de las duchas me dirijo a los baños. Cuando llego solo hay una chica que se asusta cuando me ve y se va en silencio. Hago mi rutina de abrir la rejilla y meter las manos para tomar la maceta, oigo como gruñe y luego ronronea cuando reconoce mi olor, la bajo y su petalo casi se enrolla en mi cuello, como un abracito tierno. Ha crecido mucho desde que salimos de Emma, su capullo ya es más grande que mi puño y su tallo más grueso que mi pulgar. Salgo del cubículo y pongo la maceta sobre el mesón de aluminio. Estoy distraído sacando agua con mis manos y regando a rosa, tan distraído, pensando y sin pensar. Rosa sigue cada uno de mis movimientos cuando escucho que la puerta se abre, de repente y sin ningún aviso, y solo puedo ver que quien sea que haya entrado puede ver perfectamente a Rosa, y ella le gruñe en posición de ataque como saludo.
El eco de nuestros pasos en las calles vacías es, cuando menos, escalofriante. La coleta que hizo Lúa en su cabello cuelga desperdigada por toda su espalda, y en vano intenta ponerla de nuevo en su sitio. Yo, en cambio, tengo los cordones desamarrados, pero ¿Quién tiene tiempo de amarrarlos? Cuando llegamos a la entrada del gran edificio donde vimos al presidente en la mañana, estoy cansado y pegajoso. —Solo tenemos que contarle al presidente lo que sabemos y decirle que no ataque a los civiles de las arcas —me dice, amarrando de nuevo la coleta con la liga elástica. —¿Crees que funcione? —la liga se rompe al fin después de varios intentos, y ella la desecha sin ningún remordimiento, como el que tira una goma de mascar en cualquier basurero; opta por dejar su cabello caer libre y este se le enreda de inmediato en la cara. —No lo sé, pero hay una gran posibilidad, tu solo dile que lo van a matar si no lo hace. Verás cómo colabora. —¿Yo le diré?
Capítulo 22Nos toman de una manera más delicada de lo que espero y nos guían al ascensor, esposados, solamente dos guardias entran con nosotros, Rombru no sube. Cuando las puertas se cierran observo a los guardias, tienen tan mala postura que podría derribarlos a los dos yo solo en diez segundos, pero también noto que hay una pequeña cámara de seguridad en una esquina, no lograríamos salir del edificio jamás. Observo a Pol, está calmado y respira profundo.—Lo sospechabas ¿cierto? — le digo —Que él era su hijo o algo sí—Él asiente, el silencio.Mis esposas están un poco ajustadas, y cuando bajamos al piso menos seis, ya tengo los dedos entumecidos.Cuando la puerta se abre nos obligan a avanzar un paso para salir del ascensor y cuando las puertas se cierran nos quedamos en una oscuridad que se extingue al final de
Capítulo 21Esta noche no hay sueños, ni pesadillas, solo una oscuridad calmada y pacífica, y cuando despierto estoy acostado de lado sobre el hombro de Pol, su brazo pasa por detrás de mi cabeza y reposa en mi espalda. Está tan tibio, y el ambiente frío del lugar lo hace más reconfortante. Paso mi mano por su pecho desnudo, y de nuevo descubro esa línea de vellos que cubre sus pectorales y hace una línea delgada que se pierde en su ombligo, y lo sigo acariciando con suavidad, perdiéndome en cada sensación, en los abdominales bien definidos, y sus enormes piernas enredadas en las mías. De algo tubo que servir toda una vida de entrenar y formarse.—No sabía que te gustaran velludos —me habla al sentir que llevo buen rato acariciándole el pecho. Me encojo de hombros.—Nunca me había puesto a pensar en eso, solo sé que en t
Siento una sensación fría en el estómago, como un vacío, como caer.—Rosa… Rosa dos — nadie contesta al otro lado, así que me quito el auricular y lo meto en uno de los bolsillos. Cierro los ojos y respiro. Soy un soldado, me han entrenado toda la vida para situaciones como esta —Físicamente —me digo en voz alta —me han entrenado físicamente, no sé cómo pensar — pienso qué haría Aleck, qué haría mi padre… Ellos no se rendirían, supongo, no sin dar la pelea. Doy media vuelta y comienzo a caminar de nuevo por los pasillos, las bombillas de color blanco le dan un especto claustrofóbico, ¿o soy yo?Cuando llego de nuevo a la pequeña oficina, el guardia está en la misma posición en que lo dejé. Recuerdo el camino, claro que lo recuerdo, solo tengo que deshacer mis propios pasos y salir a
Capítulo 19Edward.El rostro del tío de Aleck parece más pálido de lo normal, las ojeras y el cabello canoso le dan un aspecto andrajoso, y lo pixelado de la imagen no ayuda en gran manera a mejorar su imagen. Parece un fantasma que en vez de tener puesta la piel la lleva colgada.Mas temprano de lo que había llegado imaginar, la alarma de emergencia sonó por todo Capricornio, y el megáfono anunció una reunión importante donde el general nos daría una importante información. Uní a mi patético equipo y nos dirigimos allá lo más rápido que pudimos, pero por los pasillos ya se rumoreaba lo que había acontecido. La frase "la hija del general está bien" me calmó más de lo que esperaba, por suerte mi equipo y yo ya habíamos llegado Capricornio cuando atacaron a Emma.Al llegar, la pantall
Marian se levantó temprano esa mañana, hacia días que ya no podía dormir la noche completa, y se limitaba a tararear canciones sin sentido hasta que sentía la calidez del sol calentando el metal de la pared en que su cama estaba recostada. Esa mañana no esperó la salida del sol, se bajó de su pequeña cama y caminó descalza un rato tratando de menguar el dolor en el pecho, hacía unos días que le dolía, desde que Aleck había muerto.Abrió la puerta y ella le respondió con un chirrido aterrador que recorrió todos los pacillos a su alrededor. Salió y la puerta rechinó de nuevo al cerrarla. Caminó por los interminables pasillo como un alma en pena, arrastrando la bata de dormir, con el pelo enmarañado y la mirada ausente.Hablar con su padre había sonado una buena idea cuando salió de su cuarto, pero en cuanto m&aac