MasukCuando llegamos nuestra habitación está cayendo la noche, todos estamos a mallugados, cansados y malhumorados. Cada uno se lanzó a su respectiva pequeña cama, pero la chica peli roja se queda parada, mirándonos, tiene los ojos rojos a punto de llorar. Pol se lanza de su cama apenas lo nota y se acerca hasta ella.
—¿Estás bien, preciosa? —él es tan grande y ella tan pequeña que tiene que agacharse para hablarle. La chica niega repetidas veces, luego suspira, pero parece dolerle.
—Creo…—comienza a decir, pero hace una mueca de dolor —creo que me rompí unas costillas —la muchacha rubia se avienta de su camarote.
—La llevaré a la enfermería.
—Estás segura, Iliana —le dice Pol —mejor voy yo, qué tal se desmaye.
—Pol, enserio crees que no podría con ella, incluso podría contigo, si quieres —le da una mirada sugerente y morbosa, y de repente me da una pequeña oleada de celos. Pol le pone la mano en el rostro y la empuja, y luego ambos ríen, ¿desde cuándo se tienen tanta confianza?
—Es mejor que se apuren —hablan más mis celos que mi propia voz, Iliana, que apenas me entero que así se llama, toma a la pelirroja por los hombros y la conduce afuera, le sonrío como despedida, ella asiente. Pol cierra la puerta tras ellas y luego se dirige a mí.
—Bien, estamos solos —lo miro, sin saber muy bien qué decir.
—Si —digo y él se queda ahí parado, luego se acerca lenta mente y se sienta a los pies de mi cama, me levanto y me siento junto a él lado a lado.
—¿Cómo estás? — me pregunta.
—Bien, aún me duelen las manos — alarga la mano y toma una de las mías, la abre y la pone sobre su palma abierta, no puedo evitar fijarme en que se ve tan pequeña en comparación con la suya.
—Es superficial —dice —sanará rápido —luego, con su pulgar, acaricia la parte de la mano que está sana, y siento algo que sube por mi espalda, lo hace por un momento más, hasta que toca una parte herida y doy un pequeño brinco. —lo siento —toma mi mano y la pone de nuevo sobre mi regazo como si no pudiera moverla —Ahora dime de verdad, ¿Cómo estás? —lo miro a los ojos, a esos bonitos ojos azules.
—No lo sé —cierro los ojos para evitar llorar —sé que es el primer día, pero esto no es para mí, yo… — me aparto y pongo los codos en mis rodillas, para que él no me vea. Lo escucho moverse, pero no lo miro, no quiero que vea que estoy apunto de llorar, luego, muy despacio, pone su mano en mi espalda y comienza a hacer círculos, y es tan reconfortante que me hace sentir un poco mejor —solo quiero estar con las personas que amo —termino diciendo, al final, y se forma un silencio cómodo antes de que él lo rompa.
—Yo no tengo a nadie, ¿sabes? — su caricia en mi espalda disminuye —papá me contaba que en el ejército se hacían amistades tan profundas que se volvían una familia, por siempre, y cuando él murió me quedé tan solo que pensé que si entraba a esta sección podría tener de nuevo una familia… no sé, yo…trato de estar fuerte siempre, y de hacer reír a los demás, pero a veces me siento tan solo que ni siquiera tengo ganas de levantarme en la mañana. Mirame —me enderezo y lo miro a la cara, tiene los ojos brillosos y las mejillas rojas —¿pero sabes qué hago para seguir adelante? —niego repetidas veces, incapaz de hablar —viviendo el momento y trabajando por el futuro que quiero, por lo que quiero para mi y para mi vida, no me obsesiono con lo que vendrá, pero tampoco me dejo llevar por la corriente, trabajo cada día, poco a poco, paso a paso, lucho por lo que quiero y no me siento a llorar por lo que no tengo, eso lo uso como inspiración —toma mi cara en sus manos —dime. Aleck, ¿qué es lo que quieres?
—Quiero estar en casa —esta vez no puedo evitar que se me inunden los ojos de llanto —quiero que las cosas sean como antes, cuando mis papás estaban vivos y cuando todo era más sencillo —se me rompe la voz al final.
—Las cosas no pueden ser como antes —me dice él, con una dulzura que nunca le había visto —pero se puede estar bien, creeme, hay qué tener paciencia y luchar, la vida es difícil, pero si no te rindes puedes llegar a estar bien, solo, prometeme que no te vas a rendir.
—No —mi voz es un murmullo.
—Dilo: no me voy a rendir.
—No me voy a rendir—lo digo al fin, y siento un poco de paz. Pol me mira por un segundo y luego me abraza, tan fuerte y tan profundo que me fundo en él, meto mi cabeza en el hueco que hace su cuello y su hombro y suspiro su aroma, y entonces lo siento, siento ese pequeño clic, ese pequeño cambio, esa sensación en el pecho. Me aparto y lo miro a los ojos, que también están llenos de lágrimas, y sé entonces qué quiero…quiero conocerlo, quiero tocarlo, quiero saber qué le gusta, que odia, como pasa sus ratos libres, como duerme, si ronca, si le gusta leer o tejer o cocinar, quiero saber de él, de su vida, yo quiero ser parte de su vida, de la vida de ese chicho alto que siempre tiene una sonrisa en el rostro, que ayuda a los demás y que se levanta cada mañana buscando una razón más para sonreír, quiero ayudarlo a sonreír. Lo tomo por el rostro y lo beso, un beso suave y dulce, con sabor a lagrimas y esperanza, siento como cede al beso, se relaja y me hala más contra su cuerpo, y me dejo llevar, y él se deja llevar, y nos quedamos así un rato, besándonos, sintiéndonos. Irremediablemente llega en momento de separarnos, y nos miramos con complicidad.
—Lo siento — le digo, aunque no lo siento en realidad.
—No te disculpes, hace mucho tenía ganas de ese beso —sonrío y le aparto la vista, avergonzado —cambiando de tema un poco, nos tenemos que duchar —añade —tus manos están heridas, si quieres yo te baño —sonríe.
—¡Pol! —le digo y él se ríe.
—Tranquilo, es una broma, aunque si quieres no es una broma — ríe aún más fuerte y yo niego, pero tiene razón.
—Pues, tal vez puedas ayudarme un poco —se pone de pie de inmediato y siento frio cuando se aleja, rebusca en sus cosas y saca unas tijeras oxidadas, pero recién afiladas.
—Para empezar, dejame arreglarte el cabello.
—Listo — dice y me para frente el espejo. Me cortó el cabello por los lados bastante bajo y arriba un poco más largo, me gusta.
—¿No se supone que el corte militar es completamente bajo? —pregunto y Pol se encoge de hombros.
—Disfrutalo mientras puedas, porque según sé están reparando la máquina. Ahora levanta las manos —lo obedezco, él baja la cremallera del uniforme y ayuda a que saque las manos. Las duchas están casi vacías, así que nuestro primer baño no estará tan concurrido. Pol me rodea y me baja un poco el mono de la cadera, hasta que este queda en el suelo, y yo en bóxeres —¿seguro que no quieres que te ayude con algo más?
—No, Pol, gracias —camino hacia la ducha. El baño de duchas es un enorme salón grande, tiene una decena de tubos gruesos que salen del suelo y que se dividen, en la parte superior, en cinco duchas en forma circular, y no hay más, ni paredes, ni cortinas, ni privacidad. Pol elige un grupo de duchas detrás de mí, cosa que agradezco, aunque en el fondo no, y escucho como comienza a desnudarse, me quito el bóxer y lo dejo caer a un lado, abro la ducha y me meto sin pensarlo dos ves, el agua está tan fría que me tengo que salir por un momento, luego volver a entrar y así varia veces. Después de un par de minutos noto que Pol se tarda mucho en abrir la llave y lo volteo a verlo por sobre mi hombro y noto que solo está ahí parado, con las manos cruzadas observándome.
—¡Pol! —le digo con un grito contenido, para no llamar la tención de las pocas personas que pululan por ahí —no me estés morboseando.
—Lo siento, no pude evitarlo —se escusa y abre la ducha.
Después de un momento me termino quitando el jabón del cuerpo, con mucha satisfacción al ver que mis manos no ardían tanto como pensé, cuando estoy listo estoy a punto de cerrar la ducha, pero mi mano se frena a medio camino, tal ves yo tampoco pueda evitarlo, me digo a mis mismo y volteo a mirar hacia atrás, y ahí está estregándose la cabellera rubia, de espaldas, no me niego darle un recorrido a su anatomía, su ancha espalda, sus piernas velludas que me gustan más por eso y no sé por qué y sus perfectas y redondas nalgas, son tan lindas que…
—¿Acaso me estás morboseando, Aleck? —volteo a mirar el frente tan rápido que casi me caigo.
—¡No! Solo estaba viendo si te faltaba mucho —cierro la ducha con la mano temblorosa, camino hasta la toalla.
—Si… ya acabé vamos.
Caminar por los pasillos en toalla no es para nada cómodo, y hago una nota mental para llevarme toda la ropa hasta allá. Cuando entramos en la habitación las chicas aún no han llegado.
—Tal vez fue algo grave —dice Pol después de ponerse un cortísimo pantalón de lana suave sobre su ropa interior, los míos no están tan cortos.
—supongo que si —apago la luz, y el haz de la luna ilumina la habitación, Pol se sube de un gran salto a su cama y yo comienzo a buscar la mía a tientas.
—Aleck —me dice ya acomodado en el camarote —duerme conmigo esta noche —me quedo pasmado un momento.
— Pol…yo, creo que es muy pronto…
—No va a pasar nada, Aleck, solo quiero tenerte cerca, aunque sea esta noche ¿sí? —extiende su mano y logro verla entre la oscuridad, y la verdad no sé ni por qué lo dudo, aunque también me esté muriendo de ganas. Después de un momento alargo la mano y tomo la suya, y él prácticamente me arrastra arriba, me gira y me acuesta al rincón, me meto bajo su cobija y nos quedamos frente afrente, hasta que el frío del desierto en la noche nos obliga a juntarnos —¿te puedo abrazar? —pregunta y yo como respuesta me pego a su cuerpo, sus brazos me envuelven, y el contacto de su piel con la mía me hace arrancar un suspiro. Pol acomoda su cabeza más arriba que la mía, así que mi cara está frente a su pecho, y cuando siento sos vellos rozándome la nariz, entierro la cabeza por completo y aspiro su aroma, él me abraza más fuerte y el cansancio me arranca rápido de este mundo.
El desayuno cada día es un poco más normal. Después de tres semanas las personas ya se hacen a la idea de tener un fenómeno en su nave, pero aún existe la exclusión: se callan cuando yo llego, bajan la mirada al cruzarse conmigo, las mujeres se ponen esquivas y los hombres me miran de arriba a abajo con recelo. Las cosas en el desayuno parecen mejorar, la gente ya casi no me mira o yo ya no les presto demasiada atención, o se acostumbraron ellos o yo.
— A que no adivinan a quien vi salir anoche de la habitación de quien— dice Pol, trae la boca llena de arroz. Las últimas dos semanas se ha unido bastante a nosotros, más que todo a mí, me invita a la granja y siempre busca la oportunidad para robarme uno que otro beso, yo finjo enojarme, aunque también me gusta.
—¿Quién? — pregunta Edee. Pol Se encoje de hombros.
—Yo iba caminando para la granja, la cerda tubo doce cerditos, y yo quería verlos. Yo iba caminando cuando de repente me encuentro con la puerta del cuarto de Jina abierta y vi salir a Bryan ajustándose los pantalones. seguro volvió a sus andanzas, ¿no era tu amiga, Aleck?
—Lo era —digo y Pol me mira reconociendo que hay algo detrás, está apunto de preguntar cuando le interrumpo.
—Pol —le digo, y él me mira medio en las nubes — Yo pensé que te gustaba Jina —sus mejillas enrojecen, y no puedo evitar pensar que se ve tierno, luego niega con la cabeza — fuimos buenos amigos de jóvenes, hasta que ella… bueno.
Sigo masticando mi arroz, que está simple, cuando Bryan entra con su bandeja, camina con prepotencia, cruzando junto a nosotros. Edward y Pol se destornillan de risa mientras que yo siento una pequeña punzada de hastío. La siguiente media hora la pasamos hablando de los cerditos de Grima, como bautizó Pol a la cerda. Después del desayuno tenemos una hora libre, y Pol nos obliga a ir a verlos.
—Creo que a este le pondré Jack Frost— dice Edee apuntando a un cerdito particular mente pálido. La granja es grande, de techo alto y olor fuerte, los animales se encuentran distribuidos por todo el lugar, ya sea encerrados en jaulas de plástico o metal. Los cuidadores se la pasan todo el día dándoles de comer y enseñando algo de veterinaria a los recién llegados, que después de su "entrenamiento" al igual que nosotros, se les asignarán granjas en distintas arcas.
—A este podríamos llamarlo Edee— le réplica Pol señalando otro cerdito que pelea insistentemente con el pezón de su madre —tiene los ojos negros y rasgados— Edward le golpea el brazo.Caminamos a la salida en silencio, absortos en los animales que se amontonan por aquí y por allá, cuando Pol se detiene y Edee y yo golpeamos en su espalda.
—¿Qué pasa? — le pregunto, pero él me manda a callar con un siseo, avanza hasta la reja que separa las gallinas y las vacas. Lo seguimos con cautela —es una araña sin nombre— señala un punto entre las tablas.
—¿Se llama sin nombre? — le pregunto.
—El señor P y yo la observamos ayer, él no la pudo reconocer— el señor P es el hombre pequeño encargado de la granja. Me acerco para mirarla. Cuando estoy justo detrás de Pol logro ver la telaraña, tan perfectamente trenzada, tan perfectamente hermosa. Pongo mi mano en el hombro de él en un gesto amistoso para inclinarme a buscar la pequeña araña y siento como se relaja al instante. La quito disimuladamente, antes de que le dé por zamparme un beso frente a Edward . La araña es pequeña, de un tono rojizo, ¿me pregunto qué tiene de especial?
—¿Y? — dice Edee, refunfuñando —¿qué la hace tan especial? — Pol lo mira por encima de su hombro. Logro atisbar una pequeña sonrisa que se cuela por la comisura de sus labios.
—Su manera de cazar— señala un punto más abajo de la telaraña, donde cuelga un pequeño insectito —esos insectos son muy raros— explica Pol
—Se cuidan unos a otros como ni siquiera nosotros mismos lo hacemos. Si alguno está en problemas: los demás lo salvan.
—Comprendo— dice Edee, pero yo aun no la pillo.
—No entiendo— digo después de un rato. Pol señala algo más allá. Le gusta señalar. Algo se acerca volando, cuando está más cerca logro descubrir que es un insecto igual al que está atrapado en la telaraña, pero un poco más grande. El insecto rodea por unos segundos a su camarada, observando la situación, y se posa junto a él, en la tela, quedando también atrapado, y entonces lo comprendo: usa a uno de esos insectos como carnada.
—¿Lo ves? — me dice Pol, volviendo su cara hacia mí, está demasiado cerca así que doy un paso atrás, asintiendo.
—Eso no es justo— exclama Edward. Ambos lo miramos.
—Es la naturaleza, Ed— Pol le acaricia el hombro en un gesto de dramático consuelo —no hay nada que puedas hacer.
—¿Quieres apostar? — Pol trata de agarrarlo por el mono, pero Edward es más ágil y se le escapa, se sube por la cerca y aterriza junto a la vaca y su ternero, se inclina y comienza a forcejear para liberar al pequeño insecto, que sale volando después de unos minutos y se posa en la baranda de al lado. La araña se esconde. Un minuto después, ambos insectos amigos salen volando hacia la libertad.
—Acabas de dejar si cena a la pobre araña— gruñe Pol. Edee se encoje de hombros.
—Que no sea glotona— se excusa. Nos entretenemos un rato viendo como el ternero juega a embestir a Edee, él lo esquiva y, por alguna extraña y misteriosa razón, Pol dice: ole. Lo imito sin saber muy bien porqué. Mientras reímos por ver a Edee en el suelo siendo corneado por el ternero, me hago una pregunta que se materializa rápido en mis labios.
—Tu querías entrar en la granja — le suelto a Pol, aunque no sonara como una pregunta. Se encoje de hombros restándole importancia —pensé que te gustaba seguridad.
—Ya no importa, además nunca me conociste lo suficiente para suponerlo — me suena como un reproche, pero luego me guiña un ojo . Cuando Edee sale, sucio y despeinado, nos dirigimos hacia la salida, listos para enfrentar otro día de entrenamiento. Edward me mira antes de llegar a la puerta.
—¿Aleck? — dice.
—¿Sí?
—Si tuvieras la oportunidad de salvarme, ¿lo harías así te quedaras pegado también en la telaraña? — me detengo para mirarlo de frente, sus ojos negros destellan. Pongo mi mano izquierda en su hombro y con la otra le palmoteo la mejilla.
—Eres mi hermano— envuelvo mi brazo alrededor de su cuello y lo empujo a seguir caminando —por ti iría al infierno y me quedaba— está apunto de contestar algo cuando el señor P entra corriendo por la puerta, sus pies cortos se mueven con rapidez, trae el ceño fruncido, cosa rara en él. Pasa junto a nosotros como alma que lleva el diablo.
—¿Qué pasa? — pregunta Pol, pero una fuerte y atronadora alarma le responde. Todos nos miramos. Eso no puede significar nada bueno. La voz de Almadía resuelta por los parlantes como una fiera salvaje.
—¡Todos los comandantes diríjase a la sala de entrenamiento con sus escuadrones completos! ¡Ahora! ¡esto no es un simulacro! — Edward y Pol se echan a correr, y yo los sigo con el corazón palpitando en el cuello.
Cada escuadrón forma una fila perfecta cuando Almadía entra azotando la puerta, está un poco despeinada y sudorosa. Llega hasta nosotros, no mira a nadie en particular cuando grita:
—Benin, Almenara, Char, Nelson. Conmigo— los cuatro salimos de nuestras respectivas filas y caminamos tras ella. La pelirroja va con nosotros, que ya se encuentra mucho mejor , al igual que Bryan. Cuando llego hasta la puerta le doy un silencioso adiós a Edward, me responde con un gesto de la mano que no logro entender, luego se cierra la puerta y me quedo con la extraña mirada que me dedica Pol. ¿miedo? ¿decepción? No logro entenderla. El grito de Almadía me recuerda que hay algo más importante en qué pensar.Las fuertes pisadas resuenan sobre el metal, los pasos fuertes y firmes hacen temblar el piso alrededor. El viento entra por la compuerta, caliente, asfixiante. El sol daña los ojos y la arena que ha lanzado el viento yace extendida como un océano amarillento. Los granos hacen resbalar mis botas. Me aferro con fuerza al rife mientras sigo el sendero que marca el cabello rojo de Almenara frente a mí. Corremos hacia el aéreo deslizador mientras Almadía grita algo que el ruido de los motores no me permite escuchar, igual que el te quiero de Marian, pero los labios de Almadía son imposibles de leer, se mueven rápido, escupen gotas de saliva que reflejan el sol mientras caen. Es como tratar de leer el poema de mi madre escrito sobre aquel papel viejo. Nadie nos dice qué pasa. La alarma sigue gritando en los oídos hasta que la puerta de la aeronave se cierra. Nos sentamos en silencio, los tres reclutas, Almadía y otros seis, jóvenes también, que supongo son graduados del año pasado. El aire es espeso, pegajoso y lleno de tensión. La chica pelirroja se aventura a romperlo descaradamente.
—¿Qué está pasando? — su voz es chillona y con miedo, Almadía la mira con ira contenida, pero no la reprende. Nadie responde. El silencio cae de nuevo, y solo es interrumpido por el inquietante ruido de algo suelto en el motor que tintinea como una piedra dentro de una lata.
—Nos atacaron— dice después de un rato uno de los hombres, ganándose una mirada asesina por parte de la sargento.
—¿Cómo? — dice Bryan —¿quién?
—No lo sabemos— contesta el mismo hombre, podría tener unos veinte años —atacaron el acueducto, justo en la planta donde purificamos el agua, donde le quitamos el veneno que trae del bosque— al ver que Almadía sigue abstraída en algo más interesante que ve desde la ventana, continúa —mataron a todos allí. Quieren que vayamos a ver qué podemos encontrar. Alguna pista, talvez, o ver si siguen ahí.
—Es algo muy grave— digo y la bruja de Almadía me arranca la cabeza de una escalofriante mirada.
—Más que eso, detuvieron todo el proceso: las veintiún arcas están sin agua.
—¿Y si es una trampa? — pregunto. Almadía enrojece.
—¡Cállese! — me grita —ni una palabra más— pero mi propia pregunta queda bailando en los recovecos de mi cerebro, y el resto del camino no hago más que pensar en la trampa de la araña sin nombre.
La nave aterriza de un golpe seco. Me desabrocho en cinturón de seguridad y aprieto el rifle contra mi pecho mientras Almadía desaparece por una pequeña puerta. Me tiemblan las rodillas, el miedo me trepa por la espada y hace que parezca más pesado. Toda una vida de entrenamiento no te prepara para un caso real, para salir al exterior, para pisar la tierra que alguna vez pisaron nuestros antepasados, una tierra que conquistaron de manera admirable y que ellos mismos se encargaron de convertir en una bomba de tiempo para cualquier humano. Almadía regresa cargada de máscaras y tanquecitos de oxígeno. Cuando pone el mío en mi pecho, lo agarro y lo observo. La máscara es de un vidrio grueso y duro ovalado y convexo, tiene una línea plástica que recubre todo el borde y unas correas que la aprietan a la cabeza. El tanque de oxígeno es pequeño, tan pequeño que me entra una terrible sensación.
—¿Cuánto dura el oxígeno? — le pregunto a la mujer.
—Dos horas— ye se ha puesto su máscara y la voz me llega amortiguada — estamos muy cerca del bosque, así que los necesitamos para evitar residuos del veneno.
Miro mi tanque, está oxidado y la pintura se le cae por trozos, como si lo hubieran usado cien personas por cien años. Con dificultad me pongo la máscara que, gracias a Dios, está menos usada, solo tiene un rayón. Me cuelgo el tanque después de abrir la boquilla y respiro el aire artificial.
La puerta se abre, y espero que me golpee la ola de calor, pero a mí llega una sensación húmeda y pegajosa, un poco más fresco de lo que esperaba. Almadía se para enfrente.—Tenemos hora y media para ir, revisar, amontonar los cadáveres en un lugar donde los pueda recoger el aéreo deslizador y poner a funcionar de nuevo la planta de purificación. Luego regresaremos y ya otras personas se encargarán del resto— se vuelve hacia nosotros, los novatos —ya hemos entrenado para esto— todos asentimos.En la formación voy detrás de la pelirroja, su cabello ondea fiero y salvaje con el aire húmedo que se enreda en los mechones llameantes y los empuja hacia mí, como tentáculos que tratan de acariciar mi pálido rostro. Cuando bajo de la plataforma el color verde que se extiende en todas direcciones me deja anonadado. La pelirroja se detiene, observando el inmenso bosque que cubre el cien por ciento de nuestra vista. Sigo caminando y choco con ella, se gira y sus ojos azules destellan, pero no son azules como los de Almadía, es un azul profundo, como el límpido cielo que se alza sobre el desierto. Me quedo mirándola por mucho tiempo, un fino hilo de pecas le cubre el puente de la nariz.
—¿Estás bien? — pregunta, y un leve rubor se extiende por sus mejillas. Es hermosa, ni me había dado cuenta, lastima que me gusten los niños, como dice Marian, sus mejillas sonrosadas, su cabello rojo y sus ojos azules.
—Estoy bien, ¿sabes? —le digo cuando comenzamos a avanzar — llevamos semanas compartiendo habitación y no sé tu nombre— Se aleja con su nombre rodándole en los labios, pero no lo dice lo suficientemente alto para que yo lo pueda oír. ¿o acaso dijo idiota?
Mis pies se mueven tras ella, mis ojos siguen la melena rojiza que ondea a la orilla del bosque.
Corremos por el margen del bosque. La pelirroja se ajusta su máscara y respira una bocanada de aire, así que hago lo mismo. Desde que bajamos de la nave no se me quita la sensación de que la máscara pueda estar mala y esté respirando aire envenenado. Arranco el pensamiento de la cabeza y me fijo de nuevo en la fila, primera va Almadía, luego los que, supongo yo, ya se graduaron, de últimos vamos Bryan la pelirroja y yo.
Mientras corremos lucho con toda la fuerza de voluntad que tengo para no mirar hacia el bosque: espeso, oscuro, tenebroso y lleno de aire envenenado. Ajusto mi máscara temiendo que por algún resquicio se cuele algún poco de aquel veneno. El aéreo deslizador nos dejó a más de un kilómetro, y a medio camino ya estamos exhaustos, sudorosos y respirando fuerte, entonces Almadía nos hace caminar más despacio. Después de un rato, al fondo, se logra vislumbrar uno de los tanques de procesamiento del agua.
—No entiendo algo— me dice la pelirroja reduciendo el paso.
—¿Qué? —pregunto.
—Si el veneno afectó a las plantas, ¿por qué tantos años después hay un bosque como estos? ¿no se supone que todo el planeta debería ser un gran desierto? — si no hubiera pasado la mitad de mi vida en el herbario con Grace no tendría respuesta a eso, pero la tengo, y se la digo sin vacilar.
—Las plantas se adaptaron, de alguna manera logran utilizar el veneno en parte de su fotosíntesis, cambiaron mucho, antes producían una molécula de glucosa, ahora es algo que no entiendo muy bien
—¿Cómo sabes todo eso? — me encojo de hombros.
—Tengo influencias en el herbario de Emma — sonríe. Su hermosa sonrisa brilla incandescente
—Eso es bueno saberlo.
Tras una pequeña colina la planta purificadora de agua reverbera no muy lejos, los tanques se alzan decenas de metros por encima de la construcción. El metal brilla intenso por el sol que le golpea, brilla tan fuerte que todo en conjunto parece una ilusión sacada de uno de los más extraños sueños; los tanques pareces naves vigilantes, con una forma ovalada y tubos pegados por todas partes.
Sigo corriendo tras todos, y el cansancio comienza a hacer mella cuando nos acercamos a la construcción. Disminuimos el paso aún más cuando estamos a unos cincuenta metros de la puerta. Todos nos organizamos en posición de ataque, unos avanzan mientras los otros estamos pendientes de cualquier movimiento demasiado sospechoso, pero, tanto afuera como adentro, todo parece estar muerto. Un ala de las instalaciones se introduce unos cien metros en el bosque. Paso saliva, pensando en el veneno que hay allí y lo que hace al cuerpo humano.
Cuando nos toca correr a los que quedamos atrás lo hago sin apartar la mirada de las ventanas del segundo piso, temiendo que un par de ojos se asomen y sea lo último que vea. Cuando llegamos a la puerta veo que la han abierto a la fuerza, la madera está destrozada y la puerta se salió de las bisagras superiores y cuelga de las inferiores. Me quedo absorto en ella, una puerta como esta no tiene ningún medio de seguridad para evitar que entre el veneno, no cierra a presión y tampoco tiene filtros. ¿me pregunto si todos adentro usaban máscaras siempre? Cuando entramos el panorama es desconcertante; todo está demasiado ordenado, los cajones cerrados, los computadores intactos y los papeles ordenados. La pelirroja me mira en busca de una posible respuesta, pero me encojo de hombros. Después de un recodo mi estomago se contrae y luego se revuelve. Un pie se asoma por la esquina, y su cuerpo va creciendo al paso que avanzamos; una pierna, la cintura, en torso, la cabeza con el cráneo abierto como una banana a causa de un balazo. La pelirroja aparta la mirada, la mía se enreda en el manojo de cuerpos ensangrentados que se extienden más allá.
—Los arrastraron a todos hasta aquí— dice uno de los hombre señalando el suelo. Yo no había reparado en los surcos de sangre en el piso.
—¿Quién lo hizo? — pregunto, pero Almadía interviene, evitando que el hombre responda.
—Ustedes tres— nos apunta a la pelirroja, Bryan y a mí —vallan a el ala de allá. Bryan se adelanta y cuando paso por el lado de la sargento me agarra por el brazo.
—Cuidado con lo que pregunta, Benin— susurra en mi oído —no vaya a ser que no le guste la respuesta— su aliento humedece el lado izquierdo de la máscara.
Cuando alcanzo a los otros dos la visión de sangre me provoca arcadas, mi boca se llena de agua, pero con la máscara no puedo escupir. Me obligo a tragarla. Sabe a sangre.
El ala se adentra mucho hacia el bosque y está más fresca que todo el complejo, la humedad se filtra por las paredes y hay grietas goteantes en el techo. Avanzamos en silencio con las armas apuntando hacia el frente, solo el murmullo de nuestras pisadas ahuyenta la inquietante paz que se pega como una estridente alarma en el cerebro. Tanto silencio no augura nada bueno. Incluso las voces de Almadía y los demás se cortan como si una pared invisible se interpusiera entre nosotros. Me vuelvo para asegurarme que todo esté bien, pero no encuentro más que el pasillo vacío. En mi camino de regreso avanzo un poco más allá de donde había estado entes y me topo con una ventana al final de otro pasillo que se desprende del principal. Avanzo hasta ella y observo el bosque. Es tan grande como imaginé que sería, tan misterioso y profundo, lleno de verde y vida. Rozo el vidrio mugriento con la llama de los dedos, como si esperara hacerme intangible y atravesarlo para recorrer cada centímetro, cada hoja, cada árbol, cada vida allí me llama como la melodía de una flauta a una rata, pero la cosa no acabó muy bien para las ratas.
—¿Soñando despierto? — la mano de la pelirroja en mi hombro me arranca del borde de la ventana.
—Más o menos— contesto mientras me giro, Bryan está unos metros más atrás de nosotros.
—Te estaba diciendo que no encontré nada— dice ella —volvamos con los...— una ráfaga de disparos ensordecedores le corta la frase. Todas las alarmas en mi cuerpo se disparan, agarro mi rifle y apunto hacia el frente, esperando. La pelirroja está a mi lado y Bryan dos metros más adelante, ellos también apuntan hacia el frente. Se oyen más disparos, gritos de hombre y el sonido de las balas al impactar en el cuerpo. Los tres nos quedamos donde estamos, ninguno se atreve a moverse, incluso con la idea de saber que por un segundo que lleguemos a tiempo podríamos salvar una vida, como nos lo han hecho repetir hasta el cansancio, pero los tres estamos demasiado aterrados como para movernos. No tenemos ni alma ni instinto de guerreros. No aún. Los disparos cesan de repente, el silencio es aún peor que las armas disparando. Medito nuestras posibilidades: estamos acorralados, la única salida es atravesar la ventana o abrir una de las dos puertas que, aun no había visto, y están a cada lado del pasillo. El corredor mismo mide unos cuatro metros de pared a pared. Bryan da un paso al frente.
—No— le dice la chica —no lo hagas.
—Talvez necesitan ayuda— contesta él. Pero ella niega. Está asustada, los tres estamos asustados, incluso a Bryan le tiembla el rifle.
—Es una trampa— dice ella —Aleck tenía razón, los que hicieron esto sabrían que vendríamos. Es... es...
— La trampa de la araña— digo y ellos no alcanzan ni siquiera a prestarme demasiada atención, ya que el sonido de unos pasos que se acercan nos hace poner la vista al frente. Todos apuntamos, dispuestos a disparar a cualquier cosa que se mueva. Los segundos pasan, los pasos se hacen más fuertes. Mi aliento forma una capa lechosa en el vidrio de la máscara y me obligo a tratar de respirar más despacio, pero no lo consigo. Los latidos de mi corazón se sobreponen al sonido de los pasos que se acercan. Lo segundos se alargan, la tensión me aplasta el cráneo y creo que va a explotar cuando el inconfundible cabello de la sargento Almadía aparece por la esquina. Tiene una bala en la pierna derecha y camina cojeando. Nos mira con sus petrificantes ojos de hielo. Todos bajamos las armas y respiramos profundo.
—¿Qué pasó? — pregunta Bryan, inquieto ante el silencio de la mujer. Pero ella en respuesta levanta su arma, apunta hacia nosotros y dispara. No logro preverlo, pero la pelirroja sí, y se interpone en el trayecto de la ráfaga que se dirige a mí, intentando empujarnos al suelo. Su cuerpo se va hacia atrás y su espalda choca contra mi pecho. Cae, cae tan rápido que no logro sujetarla a tiempo y cae sentada. Bryan arremete contra Almadía, que se cubre con la pared. Me agacho y observo a la chica en mis pies, le sangra el pecho en dos partes distintas.
—¡Corran ¡— grita Bryan. Se apreta el estómago. Mis manos se afianzan a los brazos de la pelirroja y la arrastro hacia la puerta más cercana, la abro y la arrastro hasta adentro. Se escuchan más disparos, impactos de bala contra en concreto. La habitación en la que entramos también tiene una enorme ventana, un par de computadores y papeles por ahí.—Tranquila— le digo a la chica en un susurro ahogado mientras trato de contener la sangre que sale a borbotones —todo va a estar bien— pero ella niega con la cabeza repetidas veces.
—Co.… corre— su voz es un susurro poco audible. Le sangra la boca.
—No— le digo —no te voy a dejar sola— Bryan ha abierto la puerta de enfrente y dispara a Almadía. Un sudor frío me cubre la espalda cuando siento los dedos de ella acariciar la máscara, donde debe estar mi mejilla, dejando un surco de sangre en ella. Los disparos cesan y me vuelvo para mirar a Bryan: tiene un disparo en el cuello y su cuerpo yace tendido en el piso. Almadía se acerca, escucho sus pasos, pero estoy demasiado paralizado para hacer algo. Los dedos de la chica se enredan en mi barbilla y me gira para que la vea. Brilla en sus ojos azules la muerte.
—Lis— susurra, luego sonríe —mi nombre es Lis— Almadía llega hasta el cuerpo de Bryan, la veo apretar los músculos del cuello cuando le da dos tiros en la cabeza. Se vuelve hacia nosotros, tiene la máscara salpicada de sangre, la sangre de Bryan. Comienza a avanzar, cojea de la pierna, sus iris de hielo se clavan en los míos cuando levanta el arma, pero estoy lo suficientemente cerca para patear la puerta antes de que ella llegue. Los disparos al otro lado se clavan en el metal y provocan abolladuras que se ven desde mi lado. Cierro con seguro. La escucho disparar a la perilla cuando llego hasta la pelirroja, pero ella ya no está, se ha ido. Lis ya no está. Le cierro los ojos y enfrento la habitación. Solo hay una salida, solo una.
Escucho como la puerta cede, las bisagras crujen y yo corro, pasando por el cuerpo inerte de Lis. Corro, como nunca he corrido en mi vida, con la muerte de Lis y Bryan pesado en mis hombros. Ellos me salvaron la vida, ahora es mi turno de salvarla. Atravieso el vidrio, los cristales salen disparados hacia el frente hiriendo mi piel, caen conmigo en una danza constante, escucho como se estrellan en las hojas y el suelo. Caigo en cámara lenta, y en la caída pierdo el rifle. Cuando mis pies tocan el follaje blando del bosque, no me detengo a pensar en la dirección que debo tomar, solo corro y corro, escuchando como las balas de Almadía golpean los árboles a mi lado.
El eco de nuestros pasos en las calles vacías es, cuando menos, escalofriante. La coleta que hizo Lúa en su cabello cuelga desperdigada por toda su espalda, y en vano intenta ponerla de nuevo en su sitio. Yo, en cambio, tengo los cordones desamarrados, pero ¿Quién tiene tiempo de amarrarlos? Cuando llegamos a la entrada del gran edificio donde vimos al presidente en la mañana, estoy cansado y pegajoso. —Solo tenemos que contarle al presidente lo que sabemos y decirle que no ataque a los civiles de las arcas —me dice, amarrando de nuevo la coleta con la liga elástica. —¿Crees que funcione? —la liga se rompe al fin después de varios intentos, y ella la desecha sin ningún remordimiento, como el que tira una goma de mascar en cualquier basurero; opta por dejar su cabello caer libre y este se le enreda de inmediato en la cara. —No lo sé, pero hay una gran posibilidad, tu solo dile que lo van a matar si no lo hace. Verás cómo colabora. —¿Yo le diré?
Capítulo 22Nos toman de una manera más delicada de lo que espero y nos guían al ascensor, esposados, solamente dos guardias entran con nosotros, Rombru no sube. Cuando las puertas se cierran observo a los guardias, tienen tan mala postura que podría derribarlos a los dos yo solo en diez segundos, pero también noto que hay una pequeña cámara de seguridad en una esquina, no lograríamos salir del edificio jamás. Observo a Pol, está calmado y respira profundo.—Lo sospechabas ¿cierto? — le digo —Que él era su hijo o algo sí—Él asiente, el silencio.Mis esposas están un poco ajustadas, y cuando bajamos al piso menos seis, ya tengo los dedos entumecidos.Cuando la puerta se abre nos obligan a avanzar un paso para salir del ascensor y cuando las puertas se cierran nos quedamos en una oscuridad que se extingue al final de
Capítulo 21Esta noche no hay sueños, ni pesadillas, solo una oscuridad calmada y pacífica, y cuando despierto estoy acostado de lado sobre el hombro de Pol, su brazo pasa por detrás de mi cabeza y reposa en mi espalda. Está tan tibio, y el ambiente frío del lugar lo hace más reconfortante. Paso mi mano por su pecho desnudo, y de nuevo descubro esa línea de vellos que cubre sus pectorales y hace una línea delgada que se pierde en su ombligo, y lo sigo acariciando con suavidad, perdiéndome en cada sensación, en los abdominales bien definidos, y sus enormes piernas enredadas en las mías. De algo tubo que servir toda una vida de entrenar y formarse.—No sabía que te gustaran velludos —me habla al sentir que llevo buen rato acariciándole el pecho. Me encojo de hombros.—Nunca me había puesto a pensar en eso, solo sé que en t
Siento una sensación fría en el estómago, como un vacío, como caer.—Rosa… Rosa dos — nadie contesta al otro lado, así que me quito el auricular y lo meto en uno de los bolsillos. Cierro los ojos y respiro. Soy un soldado, me han entrenado toda la vida para situaciones como esta —Físicamente —me digo en voz alta —me han entrenado físicamente, no sé cómo pensar — pienso qué haría Aleck, qué haría mi padre… Ellos no se rendirían, supongo, no sin dar la pelea. Doy media vuelta y comienzo a caminar de nuevo por los pasillos, las bombillas de color blanco le dan un especto claustrofóbico, ¿o soy yo?Cuando llego de nuevo a la pequeña oficina, el guardia está en la misma posición en que lo dejé. Recuerdo el camino, claro que lo recuerdo, solo tengo que deshacer mis propios pasos y salir a
Capítulo 19Edward.El rostro del tío de Aleck parece más pálido de lo normal, las ojeras y el cabello canoso le dan un aspecto andrajoso, y lo pixelado de la imagen no ayuda en gran manera a mejorar su imagen. Parece un fantasma que en vez de tener puesta la piel la lleva colgada.Mas temprano de lo que había llegado imaginar, la alarma de emergencia sonó por todo Capricornio, y el megáfono anunció una reunión importante donde el general nos daría una importante información. Uní a mi patético equipo y nos dirigimos allá lo más rápido que pudimos, pero por los pasillos ya se rumoreaba lo que había acontecido. La frase "la hija del general está bien" me calmó más de lo que esperaba, por suerte mi equipo y yo ya habíamos llegado Capricornio cuando atacaron a Emma.Al llegar, la pantall
Marian se levantó temprano esa mañana, hacia días que ya no podía dormir la noche completa, y se limitaba a tararear canciones sin sentido hasta que sentía la calidez del sol calentando el metal de la pared en que su cama estaba recostada. Esa mañana no esperó la salida del sol, se bajó de su pequeña cama y caminó descalza un rato tratando de menguar el dolor en el pecho, hacía unos días que le dolía, desde que Aleck había muerto.Abrió la puerta y ella le respondió con un chirrido aterrador que recorrió todos los pacillos a su alrededor. Salió y la puerta rechinó de nuevo al cerrarla. Caminó por los interminables pasillo como un alma en pena, arrastrando la bata de dormir, con el pelo enmarañado y la mirada ausente.Hablar con su padre había sonado una buena idea cuando salió de su cuarto, pero en cuanto m&aac







