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CAPÍTULO 10

Autor: Sasa Roand
last update Fecha de publicación: 2021-05-15 08:50:09

Johnny vuelve la mirada hacia mí y frunce el ceño.

―Pero al menos se aseguró de dejarles una cuantiosa compensación monetaria por todos los años que no estuvo ―agrega el abogado, interrumpiendo nuevamente la conversación de gestos entre Johnny y yo. Luego se sienta y levanta un sobre como si quisiera que lo vieran todas las personas de un gran auditorio.

―Se hace constar que el sobre está totalmente sellado. ¿Lo certifican?

―Lo certifico. ―dicen al unísono dos personas paradas en una esquina de la habitación. Ni siquiera noté cuando llegaron, o si estaban ahí cuando yo entré.

―Entonces procederé a abrir el sobre. Señor notario; por favor, si es tan amable de darle lectura ―le dice el abogado a un señor de pelo gris, que lleva anteojos y viste traje. Le entrega los documentos que acaba de sacar del pliego.

Tampoco sé en qué momento llegó este señor, tal vez cuando bajé al vestíbulo y mi madre me convencía de volver a subir. Estoy casi segura de que no nos hemos cruzado. Sin duda hubiese notado esa papada flácida que se le desborda sobre el cuello de la camisa, es imposible no mirarla, dan ganas incluso de tocarla y comprobar así cuál es su consistencia. ¿¡En qué momento esta habitación se ha llenado de gente!?

Desvío mi mirada que permanecía fija en la papada del notario y me concentro en tratar de comprender todo este lío. A partir de este momento no escucho una palabra de lo que dice el abogado o el anciano de la papada, o cualquier otra persona. Estoy absorta en un ir y venir de pensamientos, repaso las palabras de mi madre, ato cabos, armo la piezas para tratar de entender cómo es que Johnny es mi hermano.

Claro, la madre de Johnny era la misma la mujer con la que mi padre iba a casarse. Ella ya estaba embarazada cuando se marchó y después abandonó también a Johnny con su supuesto padre; ese maldito. Me estremezco al recordarlo.

Alguna vez me pregunté de donde había sacado la madre de Johnny tanto dinero como para dejarle un fideicomiso tan sustancioso. Seguro le sacó mucha pasta a mi padre cuando le contó que tenía un hijo suyo. Pero,  si ella le contó que tenía un hijo suyo, él debió buscarlo, seguro lo había contactado ya ¿acaso Johnny sabía que su verdadero padre estaba vivo? ¿Acaso sabía que también era mi padre? ¿Todo este tiempo supo que somos medio hermanos? ¡No! ¡¿Cómo iba a saberlo!? Me duele la cabeza de tanto darle vueltas al asunto. Miro a Johnny, el permanece de pie y está pensativo, seguro él también intenta procesar todo esto.

Mi madre posa su mano sobre las mías que permanecen cruzadas en mi regazo. Noto el silencio que ha ahogado el lugar, el  abogado al fin ha parado de hablar. Me levanto y me acerco a Johnny.

―No lo sabía. ―le digo

―Pues yo menos. ¡Somos hermanos! ¿¡Puedes creerlo!? ―Nos abrazamos. Las lágrimas saltan de mis ojos.

Johnny es mi hermano y aunque todavía no me lo creo, la verdad es que me parece una perfecta coincidencia. Todo este tiempo nos quisimos, estuvimos ahí el uno para el otro, nos alejamos, nos acercamos, nos peleamos y nos reconciliamos. Se supone que eso hacen los hermanos.

                                                            ******

Le había pedido a Eleonor dos días de permiso, pero he pasado una semana entre papeleos y abogados, no había firmado tantos documentos en mi vida.

A Johnny le ha quedado una casa de campo cerca del lago. La casa en la que se ha leído el testamento me ha quedado a mí, ya está a mi nombre.

Admiro la enorme cocina con encimeras de mármol y electrodomésticos de última tecnología

―Deberías mudarte aquí ―le digo a mi madre, que está parada a mi lado.  

―¿¡Estás loca!? ¿Qué voy a hacer en una casa tan grande? Quedaría agotada solo de caminar de la habitación a la cocina.  Dice ella mientras se encamina hacia al salón.

―Hay un jardín hermoso; podrías cuidarlo. Eso te hará bien, te mantendrá ocupada en algo.

―Ah que bien, ahora resulta que soy una vaga ―Agarra un   cojín del sofá, se sienta y lo pone sobre sus piernas. Yo me siento a su lado 

―Lo has dicho tú, no lo he dicho yo. Pero la verdad deberías buscar forma de hacer algo ―le digo en tono burlón, ella me tira el cojín en la cara. Reímos.

―Bueno, pero si no es aquí, podría rentar un departamento pequeño, en el edificio donde vivo; estaríamos cerca. O por lo menos ven a pasar unos meses conmigo.

―Mérida, ya lo hemos hablado.

―Al menos ¿me prometes que lo pensarás?

Ella deja escapar un suspiro.

―¿Y a dónde se ha ido Johnny? ―deja mi pregunta en el limbo

―Tenía una reunión, iba a mostrar una casa a un grupo de posibles compradores ―le respondo siguiéndole la corriente.

―Es un buen chico. Siempre te ha cuidado como un hermano y es una maravillosa casualidad que resultara serlo. Al menos ya no tendrá que ayudarnos con las cuentas de la casa y de tu departamento.

―Si. Le estoy muy agradecida. Pero ahora que puedo hacerlo le pagaré hasta el último centavo.

―Pues, no creo que lo acepte, ya sabes como es.

―Aceptará como sea, yo soy más obstinada que él. Te consta.

Mi madre me mira y su expresión se torna seria. Mira sus manos mientras se raspa el esmalte de las uñas.

―¿Todavía lo estás buscando?

―No hablemos de esto mamá. No ahora.

―Deberías pasar la página Mérida. Tal vez ya lo adoptaron y en ese caso no tendrías ningún derecho.

―Pues en ese caso, al menos me aseguraré de que sea feliz, de que esté con una buena familia y que no le falte nada, si es así te aseguro que lo dejaré ser; cerraré el capítulo ―le digo a mi madre mientras me levanto del sillón y me alejo dando por terminada la conversación.

 Subo las escaleras. Recorro el pasillo asomándome en cada una de las habitaciones. Ninguna me llama especialmente la atención hasta que llego a una amplia biblioteca, las cuatro paredes están cubiertas por estanterías repletas de libros. Los pequeños rectángulos de diferentes tamaños y colores inundan la habitación; docenas y docenas de almas apiladas una al lado de otra.

El sonido de mi teléfono me saca de mi admiración.

―Señora Eleonor. ¿Cómo está?

―Bien querida. No quisiera molestarte, sé que tienes situaciones familiares que resolver.

―No se preocupe señora Eleonor, dígame, ¿qué necesita?

―¿Recuerdas a la fotógrafa que nos apoyó para el reportaje del museo? ¿Any, Sally, eh… ―Eleonor hace una pausa tratando de recordar en nombre de la chica ―Amy ―dijo al fín

―oh, si: Amy

―En el departamento de diseño quedaron encantados con su trabajo, y quisieran su colaboración para varios proyectos. Pero como no está en la nómina del personal no tenemos registro de su número ni su dirección. Creo que tú la recomendaste, ¿podrás contactarla? Pídele que venga mañana si está interesada en una oferta laboral.

―Claro, le diré. Seguro le interesará.

                                                                 *****

Aunque vivimos en el mismo piso, Amy y yo no nos conocíamos,  nos habíamos topado unas cuantas veces buscando la correspondencia, saliendo temprano en la mañana o llegando a casa una que otra madrugada y entonces solo cruzábamos una o dos palabras; un saludo de cortesía. Hasta que una noche entramos al edificio al mismo tiempo. Amy sostenía un par de bolsas con una mano y con la otra ponía el teléfono en su oreja. Llevaba una cámara profesional colgada del cuello y un folder negro debajo de su brazo. Subió por las escaleras y detrás de ella subí yo. La observé con detalle. Su cabello era más corto en la parte de atrás que en la de adelante y de un llamativo color rosa. Era imposible no fijarse en los tatuajes en su cuello y brazos.

.  

―Ya te dije, no volveré a casa. Estoy bien, no necesito tu ayuda. Soy autosuficiente y no pienso volver para vivir la vida que ustedes quieren que lleve ―Alcance a oír en su conversación.

 La persona al otro lado del teléfono parecía estar dándole un sermón pues Amy permaneció en silencio durante el resto del camino a la puerta de su departamento; resoplaba de vez en cuando y le espetaba uno que otro gruñido a su interlocutor. Al buscar sus llaves dejó caer sin querer el folder debajo de su brazo y su contenido quedó esparcido en el piso. Ella cortó la llamada y guardo su teléfono en uno de los bolsillos de sus vaqueros rasgados, se agachó y empezó a recoger las fotografías, yo me acerqué y la ayudé.

―Es hermosa ―le dije mientras contemplaba la imagen de dos manos entrelazadas. Tenían arrugas y manchas hepáticas y cada una llevaba un anillo dorado en el dedo anular. Al fondo, destellos de sol se difuminaban sobre nubes anaranjadas que chocaban con bucles de espuma blanca sobre la arena.

Ese día habíamos enterrado a Jada y me había enterado de que Patrick acostumbraba a salir con las empleadas de la revista y a dejarlas cuando se aburría. Mis emociones estaban a flor de piel y esa imagen en especial plantó en mí la duda de si algún día llegaría a tanto con una persona, si podría amar a alguien que valiera tanto la pena como para permanecer juntos toda una vida, si dejaría algún día de inventar excusas para alejarme.

Amar, era para mí un sentimiento abstracto, ¿pero para quien no lo es? ¿Quién podía definir con certeza lo que es el amor o cómo funciona? Incluso los dueños de las manos capturadas en esa fotografía titubearían al querer explicarlo. Pero empiezo a pensar que es ahí donde está el chiste, en vivirlo sin tratar de entenderlo, porque cuando intentas explicar lo inexplicable te das cuenta de lo frágil que es y empiezas a sentirte inseguro.

―Gracias ―me respondió Amy extendiendo la mano a la espera que le devolviera la fotografía. Se la entregué y entonces agregó―: Son mis abuelos.

―¿Qué? ―le pregunté. Me había distraído pensando en la imagen.

―Las manos de la foto; son de mis abuelos ―aclaró Amy―, cumplirán sesenta y cinco años de casados, querían tener un bonito recuerdo, así que les tome algunas fotos.

―¡Joder! sesenta y cinco años ―dije admirada.

―Si, lo sé es una locura. ¿Cómo se puede soportar a alguien tanto tiempo? ―dijo Amy y las dos echamos a reír.

―Soy Amy.

―Mérida ―Le dije extendiendo mi mano. Ella la estrechó y dijo:

―Un gusto conocerte Mérida. Bueno, ya nos hemos visto bastante por aquí, pero no habíamos tenido la oportunidad de hablar, seguro te doy algo de miedo con todos estos tatuajes y perforaciones.

―Eh, no, claro que no. ―La verdad estaba exageradamente sorprendida de lo dulce y amigable que era Amy, tenía que reconsiderar mis prejuicios. 

―Oye Amy ¿te dedicas a la fotografía profesionalmente?

―Si. O al menos eso intento.

―¡Genial! La revista en la que trabajo siempre necesita buenos fotógrafos; como tú. Si te interesa llámame. Saqué una tarjeta de mi bolso y se la entregué

―oh, genial. Gracias.

―Vale Amy. Nos vemos, espero que te animes ―le dije mientras caminaba hacia mi departamento. Ella se despidió agitando la mano.

Un mes después, Amy me llamó y me dijo que estaba disponible. La puse en contacto con Eleonor y de verdad que hice bien en reconsiderar mis prejuicios, la chica hizo un trabajo genial, fue puntual y responsable, incluso más que los fotógrafos con los que trabajábamos habitualmente. Y lo más increíble; se llevó de maravilla con Eleonor, incluso sentí algo de celos de que recordara su nombre de inmediato siendo que, a mí me habían llamado Amelia durante mis primeros seis meses de trabajo. Ya hasta había empezado a creerme que en realidad, ese era mi nombre.

Amy era un alma libre. Después de trabajar para Eleonor en un par de artículos, me dijo que se iría a la India por un tiempo y desde entonces no he vuelto a saber de ella.

                                                            ******

Llamé a la puerta un par de veces.

«¡El nuevo! ¿Aceptas el mundo?

¿Cómo admites el desorden?

Ahora, en algún lugar entre el sagrado silencio,

el sagrado silencio y el sueñ… »

Es parte de la letra de la música que viene desde adentro.

Golpeo la puerta con más fuerza, esta se abre, pero del otro lado no está Amy.

―¿Si? ¿qué quieres? Me pregunta secamente un tipo en ropa interior. Su abdomen está perfectamente definido y cubierto con un tatuaje que no alcanzo a detallar, y que se extiende desde su pecho hasta su pelvis. Lleva calzoncillos tipo bóxer ajustados.

―Disculpa, ¿es… está Amy? ―tartamudeo y desvío la vista a un lado.

―No. No está.

―Ok. ―le digo y me doy media vuelta.

―Está en la India ―agrega el chico en ropa interior. Regreso y me acerco nuevamente a la puerta.

―Esa parte ya me la sé ―le digo un poco borde― ¿Cuándo vuelve? ―le pregunto.

―A las siete

Me saco el teléfono del bolsillo trasero del jean y miro la pantalla

―Son las siete treinta

―¡Joder! Se supone que iría a buscarla al aeropuerto ―dice llevándose ambas manos a la cabeza, hundiendo sus dedos entre sus rizos negros―. Ya no llego y este desastre. ¡Joder! ¡Va a matarme! Entra y deja la puerta abierta. No sé si irme o quedarme ahí parada. Así que entro, y no sé por qué lo hago.

El departamento es una mescla de estilos vintage, hippie y rockero. Una de las paredes es completamente negra y tiene repisas llenas de adornos extraños de diferentes colores, formas y tamaños. Las otras paredes son color turquesa y hay montones de fotografías enmarcadas colgadas en ellas. En una esquina hay dos guitarras eléctricas y amplificadores. El piso es de madera y parte de él está cubierto por una alfombra de cuadros blancos y negros. Alrededor de esta hay un pequeño sofá de cuero, un mueble hecho de pallets con cojines naranjas y un par de puf con estampados psicodélicos. Al lado del sofá hay cajas de pizza vacías amontonadas una sobre otra, hay ropa tirada en el piso y sobre los muebles. Es un gran desorden incluso para mí.

 El responsable de todo este desastre sale de una habitación, ahora lleva puestos unos vaqueros negros, se acerca al sofá, coge una camiseta negra y se la pone, ve a todos lados, entra a la habitación nuevamente y sale calzando las clásicas tenis converse de tela negra y goma blanca.

Entra a la cocina y regresa con un par de bolsas negras

―¿Te vas a quedar ahí parada sin hacer nada? ―dice extendiendo hacia mí una de las bolsas.

 ¿Qué le pasa a este idiota? ¿de verdad cree que lo ayudaré a limpiar su desorden? Automáticamente estiro mi mano y agarro  la bolsa.

―Recoge las cajas de pizza, yo recogeré la ropa ―dice mientras se inclina a recoger la ropa del sofá. Estoy paralizada, pensando en lo extraño de la situación. Estoy limpiando el departamento de mi vecina, con su amigo, novio o lo que sea mientras ella espera en el aeropuerto a que la vayan a recoger. Meto las cajas de pizza en la bolsa, le hago un nudo y la coloco al lado de la puerta que aún permanece abierta. Él termina de recoger la ropa, va por una escoba y un trapeador.

―Las encimeras de la cocina ―dice mientras me da un trapo. Yo frunzo el ceño, pero inconscientemente cojo el trapo en vez de hacer lo que en realidad tengo que hacer: decirle a este tipo lo gilipollas que es e irme de aquí.

Entro a la cocina, la cual está igual o peor que la sala. Despejo las encimeras colocando los platos, tazones y vasos sucios en la pila y empiezo a pasar el trapo.

―Me llamo Harley. Dice mientras entra a la cocina.

―Harley ¿no es nombre de mujer? ―preguntó en voz alta sin pensarlo―. Lo siento yo…

―Si, también es de mujer ―dice y sonríe, se le hacen hoyuelos en las mejillas―. Y tú ¿Cómo te llamas?

―Me llamo Mérida.

―Mucho gusto Mérida. Él empieza a lavar los trastes y yo sigo limpiando las encimeras.

―¿Me permites? ―le pregunto acercando el trapo al chorro de agua para enjuagarlo, él se hace a un lado, pero permanece bastante cerca de mí. Puedo notar que me observa, lo miro.

―¿Que ves? ―pregunto tomándolo por sorpresa el abre la boca, pero no dice nada.

―¡Genial! Pasé dos horas esperándote en el aeropuerto, me he venido sola como en un principio te había dicho que lo haría. Te he esperado solo por qué tu insististe en que me buscarías en el maldito aeropuerto y te consigo tratando de follarte a mi vecina. Si es que no lo has hecho ya.

Es Amy, está hecha una furia. Me alejo enseguida de Harley.

―No es lo que piensas Amy ―le aclaro enseguida

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Último capítulo

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