LOGIN―La primera vez que preguntaste estabas muy pequeña para darte explicaciones Mérida, decidí que esperaría a que tuvieras la edad suficiente para entender ―Mi madre empezó a hablar con firmeza, con aires de estar convencida de que sus razones eran válidas e irrefutables, pero conforme las palabras salían de entre sus labios, perdían arrojo ―hizo una pausa, dejó salir un suspiro que sonó áspero en mi lado del teléfono y continuó―Pero jamás volviste a sacar el tema, y yo tampoco quise hacerlo. Me faltó valor. Quizás hubieses podido conocerlo.
Permanecí callada. No tenía nada que reprocharle, yo tampoco tuve el valor de preguntar por mi padre, ni siquiera en esas ocasiones en las que, siendo aún una pequeña niña, sentía que una parte importante de mí estaba incompleta.
―¿Iras conmigo verdad? ―le pregunté cuando logré contener las gotitas de recuerdos que se apresuraban a precipitarse encima de mí.
―Claro hija. Haremos esto juntas.
Esa noche, como las anteriores, no pude dormir. Leí un par de páginas de un libro que me resultaron insufribles, pero todo lo era; los libros, las películas post apocalípticas, la pizza, con o sin piña. Mis días, mi vida; todo se había vuelto absurdo a rabiar, todo terminaba recordándome a Patrick, incluso la noticia del fallecimiento de mi padre me hizo preguntarme por qué Patrick nunca me habló del suyo.
Llamé a Johnny un par de veces, pero su teléfono estaba apagado. Revisé mi teléfono por enésima vez: galería, mensajes, contactos.
“Cara de cólico” así estaba registrado el número de Patrick. ¿Y si lo llamo? Contarle todo este rollo de mi papá desconocido muerto sería la excusa perfecta. Mi pecho se infló de aire.
¡Por dios Mérida ten un poco de dignidad! Me rezongué a mí misma. Patrick se ha así, sin más. Se inventó excusas para dejarme como una más del montón. Cojo el teléfono y borro su número.
*****
Han pasado dos días desde que hablé con mi mamá. Mañana acudiremos a la citación que llegó junto con la noticia de la muerte de mi padre. Intento dormir, me obligo a cerrar los ojos, pero un porrazo en la cabeza me hace abrirlos de golpe. Todo está oscuro, no puedo pensar con claridad, la sangre tibia chorrea, mojando mi ojo izquierdo y bañando mi mejilla, toco mi frente buscando la herida, puedo sentir mi cráneo hundido y la piel abierta. El dolor es insoportable, pero, aun así, me mantengo de pie, grito a todo pulmón, pero entonces, alguien me empuja con fuerza tirándome al piso, intento levantarme, pero no puedo, esa persona está encima de mí, sosteniéndome. No puedo verla, le golpeo, le clavo las uñas, hago cuanto pude por zafarme. Se levanta, me siento aliviada, pero lo peor está por venir: abre mis piernas e introduce algo en mi vagina, todo se desgarraba dentro de mí, siento dolor en cada célula de mi cuerpo. No puedo mover ni un músculo, esta mescla de dolor y el miedo me ha paralizado por completo.
De pronto, aparecen en la oscuridad, un par de círculos luminiscentes; como medusas brillando en lo profundo del mar, acercándose juntas hacia mí, luego otro par y otro, en unos segundos me rodean.
Muevo mis manos lo suficiente para revolver un poco de tierra húmeda entre mis dedos. Mis ojos se cierran despacio mientras líneas de luces rojas y azules se cruzan entre sí rayando el cielo nocturno.
Un sonido estruendoso revienta mis tímpanos y me hace levantarme de sopetón. Estoy de pie al lado de un cadáver. A mi alrededor hay patrullas policiales, sus focos encendidos me encandilan, las luces revolotean sin parar, me marean. El sonido de las sirenas es ensordecedor. Distingo una ambulancia que se abre paso hacia mí. Cuando se detiene dos paramédicos se acercan corriendo, llegan hasta la chica que está tirada en el piso y se arrodillan a su lado. Uno de ellos abre un maletín, el otro le toma el pulso en el cuello, aprieta los labios y le da una mirada a su compañero quien inmediatamente cierra el maletín, se levanta y se aleja.
Es una mujer blanca, uno de sus ojos negros; está desorbitado, casi colgando, y el otro, está hundido en su rostro; bañado en sangre. Tiene una enorme grieta en su frente, algo sobresale; una masa viscosa de color gris pizarra en la que hay incrustados diminutos trozos de madera.
Veo hacia todos lados sin saber qué hacer. El paramédico que se había alejado ha vuelto con una camilla, él y su compañero levantan el cuerpo, lo recuestan y lo cubren con una funda negra. Mientras se retiran diviso a lo lejos una silueta, es el hombre de siempre; el que mata a cada chica en mis sueños, se aleja en la oscuridad, corro detrás de él lo más rápido que puedo, pero de un momento a otro empieza a desintegrarse en pequeñas partículas que quedan flotando, suspendidas en el aire y arrastradas lentamente por el viento. En ese momento despierto. No pude conciliar el sueño el resto de la noche.
*****
El taxi se detiene. Miro por la ventana y saco el sobre de mi bolsillo, me parece que nos hemos equivocado de dirección, pero si, este es el sitio, aquí nos han citado. Bajamos del auto y quedamos paradas frente a un lugar que parece sacado de revistas. Un portón de rejas doradas con dos hojas resguarda el ingreso a una inmensa casa con fachada de tejas y piedras muy al estilo europeo, al entrar nos da la bienvenida una hermosa fuente ubicada en el centro, decorada con vistosas flores fucsia y amarillas. En la puerta nos espera un hombre mayor vestido con traje de pingüino.
―Buenos días. ¿Es usted la señorita Mérida? ―pregunta el hombre pingüino.
―Si. Soy yo
―Adelante señorita. La esperan ―dice y luego abre la puerta.
Mi madre y yo abrimos los ojos como platos, nos miramos y entramos a un vestíbulo, el piso es de madera y en el centro del salón hay una alfombra blanca rectangular, el techo es alto y de él cuelga una enorme lámpara color cobre de aspecto antiguo. Desde donde estamos hay dos caminos a seguir, a la derecha una sala con muebles modulares, sillones, taburetes; todos blancos, impolutos, un hermoso piano y una chimenea de ladrillos grises y de frente, unas escaleras en semi espiral.
―Síganme por favor ―dice el hombre pingüino mientras sube las escaleras despacio y bien agarrado de la baranda.
Mi madre y yo lo seguimos y al llegar a la mitad de un pasillo del segundo piso, abre una puerta y dice:
―Adelante, tomen asiento.
Es un pequeño estudio con piso, paredes y muebles de madera de diferentes tonalidades. Hay un pequeño escritorio, una singular biblioteca en forma de escalera y dos sillones rústicos.
―¿Señorita Mérida? Un gusto conocerla al fin. Dice un hombre vestido con un terno azul marino. Se levanta, se nos acerca y extiende su mano izquierda en la cual lleva un vistoso reloj dorado, yo extiendo automáticamente mi mano derecha.
―Lo siento, problemas de zurdos ―dice cambiando de mano y sonriendo.
Me recuerda a Johnny, en la escuela vivía quejándose de lo incómodo que le resultaba escribir en un pupitre para diestros, le contesto con una sonrisa condescendiente. El sigue hablando
―Soy el abogado de la familia Miller. Mis condolencias señorita Mérida. Al señor Miller le hubiese gustado mucho conocerla. Ah y usted debe ser la señora Rodríguez ―dice dirigiéndose a mi madre, estrecha su mano y agrega ―: mis condolencias. Procederemos a la lectura del testamento en cuanto llegue el otro heredero. Ha confirmado su asistencia, seguro no tarda en llegar.
Cuando leí la notificación donde se me avisaba que un tal Eduard Miller que decía ser mi padre había fallecido y que era urgente que me presentara a lectura del testamento, imaginé que heredaría un auto viejo y una pequeña granja con dos cerdos y tres gallinas, por nada del mundo se me pasó por la mente que el tipo estaba forrado en billetes.
―¿¡De verdad mamá!? ¿vivía así; con todos estos lujos mientras tu trabajabas de sol a sol por un sueldo miserable? Pues me parece perfecto que esté muerto ¡Joder! ―digo en voz alta salgo de la habitación.
―¡¿Mérida Sofía Rodríguez !? ―Mi madre dice mi nombre completo usando esa frecuencia sonora que usan las madres para regañar en público; el equilibrio perfecto entre el volumen adecuado para mantener la decencia ante los extraños presentes y el nivel justo de reproche que debe llevar toda llamada de atención. Se le ve enormemente sorprendida de las palabras que acabo de espetar. A mí me importa una mierda, la rabia me enardece y todo el lujo que me rodea me acrecienta mi ira.
―No pienso recibir un centavo de ese hombre, nunca me hizo falta y no me hace falta ahora mamá ―grito a toda voz mientras bajo corriendo las escaleras. No me importa que me escuchen, quiero que me escuchen.
Mi madre me sigue.
―Mérida, espera. Por favor escúchame. ―Me detengo. Ella se acerca a mí, mira ambos lados y me dice:
―Cuando quedé embarazada, tu padre me pidió que interrumpiera el embarazo, le dije que lo haría. Evidentemente no lo hice ―dice mirándome a los ojos, encogiéndose de hombros y ladeando la cabeza de manera reflexiva. Aprieta los labios. Sus ojos se llenan de lágrimas― Tomé el dinero que me dio para el aborto y me fui a vivir con mis abuelos. No volví a verlo.
Cuando te fuiste a la universidad el me contactó, no sé cómo me consiguió, pero lo hizo. Me llamaba casi a diario. Me contó que un año después de lo nuestro él se había enamorado de una chica, iban casarse pero ella lo abandonó, huyó con otro tipo días antes de la boda, me dijo que se acababa de enterar que esa chica estaba embarazada de él cuándo lo dejó y tuvo a su hijo con ese otro hombre, estaba destrozado, esa mujer lo había alejado de su hijo y peor aún, había abandonado a ese pequeño para irse nuevamente, con otro tipo.
―Todo un personaje. Me encantaría conocerla ―digo, y le quito tensión al momento
―Debí contarle de ti en ese momento, debí decirle que tenía una hija, pero no lo hice.
―Esta maldita costumbre tuya de no decir las cosas cuando tienes que decirlas va a matarme.
― Sé que nos costó mucho salir adelante hija, sé que nos privamos de muchas cosas y mientras tanto tu padre disfrutaba de todo esto, pero no fue culpa suya Mérida, él ni siquiera sabía que existías. Si tienes que enojarte con alguien es conmigo.
No puedo enojarme con mi madre. La abrazo, permanecemos así por unos minutos en medio del vestíbulo, hasta que nos calmamos, subimos nuevamente las escaleras, entramos al estudio y nos sentamos como si nada hubiese pasado.
―Lo siento. Estamos un poco alteradas con todo esto ―dice mi madre al entrar.
―Sí, entiendo señora Rodríguez ―responde el abogado.
Un silencio incomodo se extiende por un par de minutos
―Adelante joven Johnny. Traeré otra silla. Dice el “señor pingüino”
Miro a la puerta y me levanto de un brinco
―¿¡Johnny!? ¿¡qué haces aquí!? ―pregunto absolutamente desconcertada, frunciendo el ceño e inclinando ligeramente mi cabeza
―¿¡Mérida!?. ―dice él tan sorprendido como yo
―Adelante joven Johnny. Dice el abogado. Interrumpiendo aquel momento de pasmo. Johnny deja de mirarme y se gira hacia él.
¿Por qué vendría Johnny hasta aqui? ¿Quién le contó que vendría a la lectura del testamento de mi padre? yo no le he dicho nada, no le pedí que viniera a acompañarme. Lo quiero mucho, pero tiene la maldita costumbre de inmiscuirse siempre en mis asuntos, debe entender que no siempre necesito de él para superar todo lo que se me presenta. Que no siempre tiene que estar ahí metiendo sus narices donde no lo han llamado es que acaso…
―Mis condolencias joven Johnny. Al señor Miller le hubiese gustado conocerlo.
―Hola Mérida ―el doctor Black me saluda en cuanto entro en la habitación ―¿cómo han estado?― Hemos estado mejor ―le contesto―¿Alguno quiere hablar hoy?―Anya. Anya siempre quiere hablarle, pero ya sabe cómo se pone―Pues escuchemos a Anya.La sesión con el doctor Blake transcurre con normalidad, he podido desahogarme respecto a la ansiedad que me ha causado el viaje que haré hoy. Anya se ha quejado de que no ha tenido sexo en mucho tiempo, habló de Harley otra vez y de cómo lo rechacé cuando se me declaró.―Quise que fuera solo sexo, pero siento que no puedo estar sin ti, Mérida. Dame una oportunidad, que tengas un hijo con Patrick no quiere decir que tengas que estar con él ―fueron las palabras de Harley. Pero yo fui tajante―Lo siento Harley, amo a Patrick y no sé si pueda amar a alguien más de esa fo
Regreso los álbumes a su lugar y cierro la casa. Harley permanece aún sentado en las escaleras que dan del porche hacia la salida.―Vamos ―le digo con autoridad y el se levanta enseguida.Harley ha estacionado su auto justo enfrente de mi casa. Espero a que el suba para que abra el seguro y subo en el asiento de adelante. He guardado la foto de Johnny en mi bolsillo.―Y ¿a dónde vamos?―A casa de Johnny―¿y eso dónde es?―tú conduce, yo te guío.Harley se limita aconducir sin hacer más preguntas. Por lo menos le advertí que me comportaría de forma extraña. En mi cabeza se gesta una discusión entre Sofía y Dante―¿Sabías de esto? ―le pregunta Sofía a Dante.―¿Cómo iba a saberlo? Esto es tan extraño para mí como para ti. Pensé que Johnny nos cuidaba
―Llévame a mi departamento por favor ―le digo a Patrick mientras me pongo el cinturón de seguridad. Él me mira confundido ―quiero estar sola, por favor― le lanzo una mirada un poco borde.No sé por qué me siento de esta forma. Solo quiero llegar a casa, dormir un poco y olvidarme de las personas por un buen rato.*******Estoy en mi departamento, sola, tal como quería. Pero estar sola no me ha hecho sentir mejor, al contrario. No puedo dormir, cambio de canal cada dos minutos y me muerdo las uñas sin parar. Me fulmino a mí misma con preguntas como ¿Por qué el arma que guardaba en mi departamento es de Johnny? ¿Se la he pedido yo? ¿Él me ha sugerido tenerla? Y si es así ¿con qué intención?―No ha hecho nada malo ―dice Dante mientras yo me planteo todas estas incógnitas―¿Quién?
Escucho pasos ingresando a la casa al trote. Abro los ojos y veo a cinco uniformados entrar. Apuntan sus armas hacia Olivia por un par de segundos. Ella todavía apunta el arma hacia el cadáver de Ryan, pero en cuanto nota la presencia de los oficiales, se asusta, tira el arma y se sienta en el piso. Llora con desespero.Una mujer del grupo de policías enfunda su arma y se acerca Olivia, se pone a su nivel arrodillándose frente a ella―Tranquila nena, todo estará bien ―le susurra y la abraza. Otro ofivial se acerca al arma tirada en el piso y la patea lejos de Olivia.Dos personas alejan a Patrick de mí y me revisan. Miro el cadáver de Ryan, no puedo dejar de verlo, hasta que apuntan a mis ojos una pequeña linterna.Ryan ha muerto y pensar en ello hace que me recorra un aire de satisfacción. No solo me alegra que Ryan esté muerto, también siento alivio por no hab
Camino por la vereda que da hacia una casa descuidada. No recuerdo haber estado aquí antes. Todos los recuerdos de Ryan que han venido a mi mente hasta ahora, ocurrieron en mi casa, donde se supone que debía estar segura.Me detengo frente a la casa sin saber qué hacer. Golpeo a la puerta y no sale nadie. Golpeo una vez más y en un par de minutos sale Ryan. Me observa con cara de satisfacción.―Creí que ya no vendrías más ¿Estás sola? ―recorre el panorama con su mirada y se detiene en el auto―Es mi auto, es nuevo ―le digo. Y con un ademán me indica que entre ―Cambié de opinión ―le digo estando dentro de la casa, fuerzo la voz para que se escuche grave, cómo la de Sofi.La idea principal era que Sofi se acercara a Ryan. Mi forma de actuar tal vez no se parezca a la de ella y eso podría causar suspicacia en Ryan. Pero Sofi está aterra
Salgo de mi departamento y al dar un par de pasos hacia las escaleras recuerdo que se me ha pasado por alto un pequeño detalle. No tengo auto. No tengo idea de dónde está mi auto. Camino de regreso a mi departamento. Lo último que recuerdo es haber estado en el departamento de Patrick, llegué ahí en mi auto nuevo. No tengo idea de cómo llegué casa de Ryan , solo sé que volví en el auto de Patrick . ¡Joder! “tomaré un taxi” pienso antes de poner la mano en la manilla de la puerta, me doy media vuelta y avanzo hacia las escaleras, me detengo frente a una puerta. No he querido detenerme, mi cuerpo se ha plantado ahí sin mi consentimiento.―Creemos que un auto prestado sería mejor que un taxi ―dice Anya. He sabido que es ella, su voz, es diferente a la de Dante y a la de Sofi; tiene una calma y despreocupación impregnada en cada una de sus palabras. Comp