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Capítulo 10. Salvando el día

last update publish date: 2022-12-25 07:57:46

   —¡Lizzie, es suficiente, cállate! —exclamó Anabella con los ojos como platos y la cara roja, miró solo al doctor—. Esta señorita con tal de librarse acusará a cualquiera para no ser centro de atracción.

   —Vamos a la sala de juntas para examinar a esta pequeña, veo que está mejorando rápido —el doctor Wells llevaba a la niña de la mano y Anabella los siguió sin atreverse a mirar a su jefe.  

   Anabella aprovechó que Lizzie se llevaba bien con su doctor y después de examinar y que le dijera que Elizabeth evoluciona muy bien la dejó conversando con él y fue corriendo a la sala de reuniones, John y Oliver acompañaban a un hombre mayor, pero grande y fuerte, era bastante intimidante, un abogado de la fiscalía le hacían preguntas, una cámara de video grababa el interrogatorio y un escribano copiaba. Anabella se quedó en la puerta en silencio, no quería ponerse cerca de su jefe y que saliera en la grabación del testimonio de su representado.

  —¿Qué hace aquí atravesada en la puerta? —le preguntó de forma despectiva una mujer alta y muy delgada con cara avinagrada.

   Anabella la conocía de vista, era la competencia de John por ascender; Irina Wells.

   —Perdón señorita —expresó Anabella en voz baja y se apartó para que Irina entrara a la sala.

   La chica entró y Anabella notó como John se ponía tenso, se le marcaba en su rostro como apretaba la mandíbula.

   —Pareces estatua, vaya a buscar café para todos —se dirigió a ella de nuevo Irina con actitud tosca.

   —¡Un momento! —exclamó John y todos lo vieron— Irina, podrías no interrumpir la declaración, nos hemos esmerado por tener sistema de vanguardia, tu voz saldrá de fondo en el audio de la declaración.

   —Mis disculpas señores —expresó Irina sonriendo, Anabella iba a retirarse, pero John la detuvo.

   —Anabella no se quede en la puerta, siéntese, ya viene un servicio de café.

   —Bueno John, este caso es tuyo, yo solo estoy de apoyo, cubriendo que nada se te escape —arguyó Irina.

   —Prosigamos por favor —dijo John haciendo una seña al abogado de la fiscalía.

   —Señorita, siéntese junto al escribano —ordenó Irina a Anabella y ella se mordió la lengua para no discutir, tomó una silla y la puso en la esquina de la sala.

   —Ya que todos están listos, yo también —dijo el abogado de la fiscalía—. Mi cliente exige una compensación, regresar a su trabajo y una disculpa pública por parte del señor Tolman, arreglamos esto aquí o vamos a juicio y allí contamos con la declaración de varios compañeros de trabajo que vieron el incidente.

   —Eso es imposible, yo no golpee a nadie y mucho menos en mi empresa, si hubiera querido que le dieran una paliza le pagaba a alguien que lo hiciera fuera de mi propiedad.

   John le hizo una seña al señor Tolman para que dejara de hablar y el fiscal sonrió de lado.

   —John, sabemos que en un juicio todos verán que tu cliente no tiene problemas con escarmentar a sus empleados y que tiende a tener mal humor.

   —¡Esto es inaudito!, claro que estoy furioso, todos esos que me acusan mienten —exclamó el intimidante señor Tolman después de casi hacer caer  la silla por su ímpetu,  con su mano izquierda frotaba la derecha.

   —Siéntate —le ordenó John a su cliente y miró al fiscal.

   —Sabemos que apenas llegas a duda razonable, no tienes video de evidencia, ni el señor Tolman tiene marcas de pelea.

   —Mi cliente tiene hematomas infringidos con una barreta, apuesto que al jurado ver el porte y la actitud intimidante del señor Tolman…

   —Un momento —interrumpió Anabella y todos la vieron impresionados por el descaro de ella al interrumpir, se levantó y se acercó al señor Tolman— ¿Desde cuándo le duele la base del pulgar?

   —¿Qué? —dijo el señor Tolman sorprendido.

   La mejor defensa de John era que el señor Tolman no tenía lesiones por haber golpeado con una barreta a uno de sus empleados, ahora con Anabella preguntando por un dolor en la mano el fiscal sonrió dichoso.

   —¿Pero qué se supone que es esto?, cállese o mejor, retírese; usted es solo una secretaria —objetó Irina.

   Anabella ignoró a Irina y se mantuvo junto al señor Tolman mirándolo a los ojos.

   —No lo acuso señor Tolman, sé que no lo hizo —expresó Anabella en voz baja al cliente que estaba muy nervioso.

   —Anabella ¿qué demonios? —preguntó John en voz baja, pero molesto y pérdido.

   —¿Señor Tolman? —insistió Anabella.

    —He tenido molestias desde hace meses —murmuró el señor Tolman.

   —¿Me permite? —Anabella pidió su mano y la examinó haciendo movimientos que hicieron al hombre arrugar el rostro de dolor, Anabella encaró al abogado fiscal —El señor Tolman no pudo haber agredido de ninguna manera a nadie, pues padece de tenosinovitis de quervain, cualquier médico de la mano podrá dar sin problemas el diagnóstico.

   —¿Qué circo es este John? —preguntó el fiscal que conocía a John desde que estudiaron juntos.

   John miró a Anabella y ella con la frente en alto afirmó, John miró a sus ojos buscando inseguridad en ellos y le gusto lo que vio, volteó a ver a su amigo y fiscal.

   —Pasa James que tu caso se acabó y le recordaré a tus testigos y defendido que mentir bajo juramento es un delito.

   —Bien John, si quieres ir al juzgado es tu decisión.

   —Presentaré el diagnóstico de un especialista al juez y desestimará el caso, allá tú si quieres hacer el ridículo.

   El abogado fiscal se levantó y miró a Anabella de arriba abajo.

   —Tu caso se fundamenta en la palabra de tu linda secretaria, nos vemos en el juicio.

   El abogado salió a paso rápido y John le indicó al escribano que podía irse.

   —Esto es ridículo —espetó Irina—, ¿te has vuelto loco John?

   —Irina déjame a solas con mi cliente y equipo.

   —El señor Tolman es cliente de Campbell Wells.

   —No, la empresa del señor Tolman es cliente de Campbell Wells, él es mi cliente y tú aquí sobras.

   Irina se levantó y ajustó la chaqueta de su traje holgado.

   —Vencerte se volvió muy fácil desde que dejas que tu bragueta gobierne tus acciones.

   Irina los dejó solos y Anabella la quiso despellejar por insidiosa, pero John no comentó nada al respecto, estaba más interesado en su cliente.

   —¿Por qué diablos no dijiste que tenías dolor en la mano antes? —exclamó John en voz alta.

   —¡Yo no soy un quejica! Esto no es nada.

   —Señor Tolman, usted no puede dar un golpe o sostener una vara con fuerza para desfigurar a un hombre, al no reconocerlo se hunde —indicó Anabella.

   —Tampoco así, no soy un invalido —respondió el hombre con terquedad y frotó su mano de nuevo.

   —En la cárcel cualquiera se vuelve un quejica —exclamó John en voz alta—, dale gracias a Dios que mi secretaria entró a la reunión, si no tú solo te hubieras encerrado y aventado la llave por puro orgullo.

   El señor Tolman le hizo un asentimiento a Anabella.

   —Oliver, vete con el señor Tolman y aprovecha que mi padre está en el edificio,  necesito que te consiga al mejor medico de mano en New York, ese diagnóstico lo quiero para ya.

   Oliver y el señor Tolman salieron a paso rápido y dejaron a John y a Anabella solos.

   —Estoy segura de mi diagnóstico, el señor Tolman es un déspota, pero sus empleados quieren jugársela.

   John sonrió.

   —Sigues sorprendiendome Anabella Díaz, este hombre iba hacerme perder mi invicto, el jurado lo odiaría, de hecho esperaba convencerlo de que aceptara disculparse, porque perder dinero no le importa tanto como doblegar su orgullo.

   —Quizás él deba disculparse por otros agravios, pero sus empleados hicieron un plan para destruirlo.

     Anabella empezó a recoger todo en la mesa.

   —Seguro los trae locos…

   Anabella no se atrevió a verlo.

   —Lo que dijo Lizzie… No piense que no me gusta mi trabajo...

   John se acercó a su espalda, Anabella no se movió, pero él ni siquiera sacó las manos de sus bolsillos

   —Sé que te traigo loca en el sentido que más me frustra, porque aún no te he hecho nada que en serio te vuelva loca —susurró John con arrogancia y la dejó para que terminara de recoger todo.

   Anabella regresó con la bandeja con café de la reunión, al doctor Wells ahora lo acompañaba Margot, ella hablaba con Lizzie como como dos grandes amigas.

   —Señora Margot, disculpe que tuve que quedarme con mi hija un rato —se excusó Anabella nerviosa.

   —Si tu jefe no te dijo nada, yo no te reclamaré, además Lizzie hizo posible que mi esposo me visitara en el trabajo, no le gusta venir —Margot le hizo una mueca a Henry.

   —Yo les traigo el servicio de café que se serviría en la reunión del señor Tolman.

   —Sí ya Oliver nos contó que salvaste el caso cuando vinieron a hablar con Henry —acotó Margot sonriendo y Anabella se sonrojó.

   —Solo me di cuenta de la dolencia del terco señor Tolman.

   —Que bueno que eres observadora, y pues todos los hombres son muy tercos, a una le toca decirles lo que deben hacer.

   Henry negó con la cabeza sonriendo.

   Anabella regresó a su escritorio con Lizzie que ahora jugaba con la perforadora, ya había pasado una hora desde la reunión y John apenas regresaba a su oficina, pero lo interesante era la caja rosa que traía, llegó frente a ellas y miró a Lizzie, la niña con sus ojos iluminados veía la caja y sonreía, esperando que se la diera.

   —Pensé que si no podías comer lo que te gusta y correr con tus amigas, al menos podrías jugar con una casa armable.

   —Es la casa de Barbie —acotó Lizzie sonriendo.

    —Es tuya —le dijo John incómodo, sin saber qué más decir, Lizzie vio a su mamá.

   —Dale las gracias…

   Lizzie murmuró un gracias y tomó la caja como si fuera un tesoro, Anabella miró a John sonriendo.

   —Esa caja no es discreta —murmuró Anabella, las secretarias del piso los veían sin disimulo.

   —No es para ti —acotó John elevando los hombros—, necesito que haga unas llamadas —exigió John cambiando a trato formal de oficina.

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