LOGINEn el departamento de Irina, Mark y ella discutían de manera terrible.
—Tú sabías que yo tenía una hija, quiero pasar navidad con ella y no puedo llevarte, comprende que no te conoce.
—Tú no quieres ver a tu hijita —espetó Irina de forma despectiva—, ella te importa muy poco, tú quieres ver a la madre, a la que amas —expresó con voz burlesca.
— ¿Qué te pasa Irina?, no me digas que estás celosa —inquirió Mark para hacerla rabiar.
— ¡Perdón!..., celosa de la atención de un hombre, de verdad que estás por completo trastornado.
—El acuerdo de nuestro matrimonio es solo papel, y follar cuando nos plazca con quien queramos.
—Pero por ahora tu exesposa está vetada, porque resulta que es la querida de mi primo.
—No es mi culpa, es una casualidad.
—Yo no creo en las casualidades, de alguna manera John sabía y quiso jugarme sucio, pero ahora saben que conmigo no se juega.
— ¿Qué hiciste Irina? —preguntó Mark temeroso porque conoce lo maquiavélica que es Irina.
—Más te conviene ni siquiera voltear a ver a tu querida Anabella, ya le dije que puedo quitarle la custodia de tu mocosa.
— ¡¿Qué?! —Estás loca, mi hija está bien con su madre.
Irina se acercó a Mark.
—Mi amor, podrás follarte a tu esposa eventualmente, incluso yo quisiera algo de ella, está buenísima, pero será cuando yo te lo diga.
—Tú no eres mi dueña Irina.
— ¿Estás seguro? revisa los hechos mi amor —Irina lo agarró de las pelotas y apretó.
—Te tengo agarrado de las pelotas en más que el sentido literal, ¿crees que me deshice de tu deuda solo porque eres lindo?, traicióname y no solo te quedarás sin nada, irás preso por cuántos delitos se me ocurran y si decido que quiero que tengas la custodia de tu hija para tener una ventaja sobre mi primo es justamente lo que haré, por lo pronto tienes prohibido ver a tu mocosa, porque a mí no me vuelves a exponer como payasa, aquí el mono de feria eres tú.
Irina lo soltó dejándolo frío por el dolor y frustrado, porque sabe que ni un golpe puede darle o lo manda a prisión.
Teresa tenía un perfecto mohín debido a los invitados, así que se ocupó con la cocinera, nadie se acordó de llamar a una grúa y la nieve cubría la llanta desinflada, John salió con Anabella y Lizzie al centro comercial y a Jeremy no se le veía apuro por irse, estaba feliz de esperarlo.
En el centro comercial la fila de niños por supuesto era enorme y Anabella se alineó.
— ¿Qué haces? —le preguntó John.
—Alinearme, sé que no tienes hijos, pero es lo que se debe hacer y a ver si llegamos antes de medianoche.
John sonrió de lado y fue con los jovencitos ayudantes de Santa, habló unos minutos y regresó.
—Vamos…
Anabella no entendía.
— ¿Sobornaste a los duendes de Santa?
John agrandó los ojos fingiendo inocencia.
—Qué expresión tan fea, llegué a un acuerdo con nobles muchachos que quieren tener unos dólares para navidad, eso es todo.
Anabella negó con la cabeza y se echó a reír.
Lizzie corrió hacia el tren que recorría el centro comercial y Anabella se montó con ella, John no lo hizo, se quedó con el celular pegado a la oreja, cuando regresaron John no se veía por ninguna parte, hasta que lo vieron acercarse.
—Podrían salvarme la vida y elegir regalos para mis padres, lo olvidé.
—Nosotras somos expertas escogiendo regalos ¿verdad Lizzie?
La niña afirmó feliz y tomó a John por la mano libre, con la otra agarraba a Anabella.
—Yo conocí a tu mami, ella me dijo que siempre seríamos amigas.
—Puedes creerle entonces, porque mi mamá es la mejor amiga del mundo.
—Mi mamá es mi mejor amiga en el mundo, está bien que tú mamá sea tu mejor amiga, también tienes a tu papá, él debe ser tu mejor amigo en el mundo.
Lizzie se puso triste.
—Yo quisiera que mi papá no hubiera tenido que irse, ¿mamá crees que a mi papá se le olvidó venir?
—No, Lizzie, es que debe estar ocupado.
Lizzie bajó la cara y John paró en un salón de juegos infantiles.
—Lizzie quieres que pruebe suerte con la garra para ver si saco un peluche.
—Soy alérgica a la felpa.
La niña estaba triste y John no sabía qué hacer, entonces vio un círculo de personas y todos se reían.
John se acercó a un espectador.
—Es una competencia de saltar la cuerda, el premio es sorpresa, es solo para pasar el rato, nadie puede superar el desafío del retador.
John buscó a Lizzie y se arrodilló junto a ella.
—Vamos a ganar ese premio Lizzie.
—Yo no sé saltar la cuerda, ¿recuerda que tenía asma?
—Yo la saltaré…
John se puso frente al retador y mucha gente se paró a ver, ahora el reto era parejo, John se le notaba que era un hombre que se ejercitaba y la gente comenzó a animarlo.
El retador comenzó y John lo siguió, el joven hizo giros a la cuerda y John también, Anabella aplaudía y Lizzie daba saltos, pasaban ya de diez minutos y el retador soltó la cuerda y ofreció la mano a John, aún podían dar más, pero John demostró que podía con el reto y eso bastaba; La tienda por departamento tenía varias opciones de premio y John escogió una muñeca para Lizzie y por supuesto una cuerda para saltar venía con cada opción, la niña lo agarró y le dio un abrazo a John, emocionada por su destreza con la cuerda.
—¿John me puedes enseñar a saltar la cuerda?
—Claro que sí, es muy fácil.
—Yo también quiero aprender a resistir tanto saltando —le dijo Anabella con picardía.
—Ojalá sea yo el que resista saltar la cuerda contigo —le susurró John solo a sus oídos y Anabella mordió sus labios aguantando la risa.
Más adelante entraron en la tienda de mascotas.
—Lizzie ¿quisieras un pez?, es fácil de cuidar —la animó Anabella.
—Mhmm, es lindo, pero prefiero un perrito —insistió la niña.
Los ladridos alegres de un cachorro hicieron voltear a Lizzie, una cachorra de Golden retriever meneaba la cola al verla.
—John fue mala idea traerla aquí.
—Déjala, mi papá me dijo que no es alérgica a los perros, por eso la traje.
—John, no le comprarás un perro, ya le compré un regalo de navidad.
—Deja que me gane a la niña para poder secuestrarte de vez en cuando.
—Tú no limpiarás las gracias del perro —exclamó Anabella con las manos en la cintura.
John arrugó la cara con asco.
—Mami, verdad que es linda, qué te parece si le ponemos Laila.
— ¡¿Qué?! Deja de ponerle nombres a la perra, vámonos para que puedas pedir tu deseo a Santa.
—Al empleado de Santa… —aclaró Lizzie condescendiente.
—Cómo sea, ¿de dónde sacas que es buena idea poner ese nombre a una perra?, sabes que así se llama la chica que era mi amiga.
Lizzie elevó los hombros.
—La tía Viviana siempre dice que Laila es una perra…
John se echó a reír.
En cuanto llegaron de nuevo a la fila para niños con Santa, a Lizzie le pusieron un distintivo y pasó directo. Anabella entre tantas personas no pudo llegar muy cerca, pero veía junto a la casita de jengibre de utilería a Lizzie reír y conversar con Santa, el hombre reía de lo que le decía Lizzie y era evidente que ponía mucha atención en ella.
Anabella se veía tantas veces reflejada en su hija, aunque Lizzie era por mucho más extrovertida y astuta que ella, pero era una niña que anhelaba a su padre, igual que ella. Anabella nunca hablaba de él, claro que ella lo recordaba, también lo veía en televisión, revistas e internet, ni siquiera Mark sabía que Emiliano Díaz era su padre, y mejor así, ella no quería nada de él y Mark la hubiera atormentado pidiéndole que lo buscara si sabía que tenía un suegro millonario. Ahora Lizzie posiblemente crecería de la misma manera resintiendo cosas a su padre.
Anabella sintió a John en su espalda darle un beso en el cuello mientras Lizzie estaba entretenida en el regazo de Santa, las decoraciones de navidad los ocultaba parcialmente.
—Gracias por esto, Lizzie está contenta.
— ¿Y tú estás contenta? —le susurró él mordiendo el lóbulo de su oreja.
—Sí, también estoy contenta —contestó Anabella cerrando los ojos cuando se sintió mareada por lo que él le hacía sentir con su cuerpo y su colonia con sus sentidos.
— ¿Estás tan contenta como para darme a mí un regalo de navidad?
—Ya te tengo un presente de navidad, también a Oliver.
John gruñó exasperado.
—Sabes de qué hablo, a Oliver no le darás el regalo que yo quiero.
Anabella fingió inocencia.
—No sé de qué me hablas.
—Tendré que escribirle una carta a Santa.
— ¡Ahh!…Te refieres a mí con botas y lencería roja.
—Sí por favor sí, ese es mi deseo de navidad.
—No sé ¿te has portado bien?
—No, porque soy mejor cuando me porto mal.
Anabella se echó a reír, estaba contenta y este día había reído mucho y olvidado los problemas.
—¿Anabella, podré tener mi regalo de navidad, aunque Lizzie tenga a la cachorra? —preguntó John temeroso.
—John, te voy a matar.
—La están llevando para la casa de Viviana, pero la perra tendrá entrenamiento, no les dará problema.
—En mi edificio no permiten mascotas y en casa de Viviana hay tres mastodontes.
—Ya veremos… —fue la despreocupada respuesta de John.
Meses más tarde Anabella estaba en Central Park sirviendo la comida para toda su familia, era costumbre que asistieran a estos días de campo en familia, el pequeño William y las trillizas de Viviana caminaban ya y Lizzie y la sobrina de Jeremy los cuidaban. Anabella orgullosa y sonriente iba mirándolos y pensando que era un buen momento de felicidad para todos; John estaba acostado en las piernas de su mamá como si fuera una almohada, no solo la había perdonado, prefirió olvidarlo y demostrarle lo mucho que la ama, porque aunque fuera una mujer malvada que no lo era, por ser su madre y pilar fundamental de su vida no quería perder tiempo en peleas ni por un segundo. Margot ahora disfrutaba de estar en casa dedicándose a su esposo y nietos, renunció y salió por la puerta grande sin mancha, pero no quería ser de nuevo abogada, aunque de vez en cuando daba consejos a John que empezó en un pequeño bufete. Todos los empleados de Campbell Wells consiguieron trabajo en distintos bufete
Anabella estaba con Teresa y Emiliano en el cementerio, era el sepelio de Mark, al principio Anabella no quería que Lizzie fuera, pero por súplica de los padres de Mark y su propia madre que le dijo que Lizzie tenía derecho a despedirse de su padre y que si algo le pasaba ellos estarían para ella mostrándole que no estaba sola, finalmente la convencieron. Emiliano cargaba a Lizzie, Anabella no podía evitar concentrarse en la fotografía de Mark sonriente junto a la urna a punto de bajarla, sus padres lloraban por su hijo, la hermana de Mark que estaba en el espectro autista como siempre estaba en su propio mundo. Su corazón dolía, recordaba a Mark sonriendo, contándole emocionado lo que para él era importante, de alguna manera su mente también vivía en un mundo propio, uno que no le permitió ser un adulto, y ahora tampoco envejecerá, en su mente trataría siempre de recordarlo así como en la fotografía, como un hombre alegre, al que nunca le faltaba una sonrisa, pero sí propósit
John fue a la oficina de su madre entonces y citó a su tío. Debía informarle su decisión. —Quería que Irina estuviera presente, pero no he podido localizarla, y nadie me da razones de ella. —Y la duendecilla que se pinta el cabello de colores de muñeca ni siquiera se presenta a trabajar, hace tiempo que debimos despedirla y mi estómago no se revolviera cada vez que tengo que verla, ella es mala para mi hija. —Melanie está embarazada, Harry y bien sabemos que ella e Irina tienen una relación, al menos ten el tacto de no ofenderla. —Y tú ten el tacto de meterme en mis asuntos Margot —replicó Harry. —Hubiera sido buenísimo que mi madre hubiera tenido el tacto, pero sabemos que no puede evitar querer arreglar todo lo que está mal y usted tío acumula una gran montaña de casas mal hechas en su vida. —Si esta es una inquisición me voy, no permitiré que un niño como John me recrimine nada. —Tengo el derecho a renegar de ambos, pero no es por eso que los cité. Vine a deci
Mark llevó a Lizzie con Anabella muy temprano, la niña quería estar con su madre, estaba preocupada por John y Mark furioso por el cariño que le tiene su hija a su enemigo prefirió alejarse de su hija. —Papi —lo llamó Lizzie porque se iba sin darle un beso como de costumbre, Mark se puso de cuclillas para igualar la estatura de Lizzie—. Sé que tú y John no son amigos, pero quizás si lo conversan, mi maestra dice que debemos decir lo que nos molesta y hacer un esfuerzo por recordar lo que les molesta a otros para evitar las peleas. —Son cosas de adultos Lizzie. La niña bajó la cara. —Es que yo quiero mucho a John, él es mi mejor amigo en el mundo. — ¡Yo soy tu mejor amigo en el mundo, no él! —exclamó Mark en voz alta y Anabella como una fiera protectora lo encaró. — ¡Mejor vas perdiendo esa costumbre de estar gritando! Me cansé de eso, Lizzie te está hablando con el corazón en la mano, ella no sabe de odios… Mark suspiró y vio que Lizzie apretaba sus manitos y su b
Por su parte Irina no estaba nada contenta con la denuncia de Mark, sabía que John no era capaz de encubrir un delito de esa magnitud, ni siquiera por un cliente importante de la firma, mientras Mark se bañaba, ella llamó a su padre, quería saber los pormenores de Bennett Almenar, marido de Laila, ella sabía que su padre era quien se encargaba de esta cuenta. A Harry Wells no le sorprendió en lo absoluto que la joven Laila fuera capaz de planear la muerte de su marido, los hijos de Bennett no confiaban en la nueva esposa de su padre, que a solo dos meses de casados enfermó y se degeneró muy rápido hasta morir. —Papá, pero el imbécil de Mark acusó a John de saber del delito y ayudar a la viuda a esconder el crimen e intentar comprarlo y sabemos que John no sería capaz de hacer nada de eso. —Irina, por amor de Dios, debes hacer que Mark deje ese asunto, una cosa es denunciar a su examante y lograr que la hundan en la cárcel y otra cosa es involucrar a John, eso no nos conviene a
Anabella estaba deseosa de ir al distrito y saber de John, pero Margot enfáticamente le pidió no ir. Emiliano puso a Lizzie en su antigua habitación y regresó a la sala de la pequeña vivienda, Anabella hablaba con Teresa. —Margot me dice que no vaya, pero siento que abandoné a John en un momento que me necesita. —Margot sabe lo que hace, si ella te dice que no vayas es porque es lo mejor —la consoló Emiliano. —Debería ir allá, averiguar qué está pasando para que llame a Anabella y le informe —sugirió Teresa con mala cara a Emiliano. —No me moveré de aquí, Anabella está muy nerviosa, Lizzie también podría tener un ataque de asma, mi trabajo es encargarme de ellas. Teresa chasqueó la lengua. —Uy sí, pero que dedicado… —murmuró con ironía. —Mamá, podrías ya olvidar todo eso, por Lizzie, si ella despierta verá tu actitud y ya ha tenido suficiente con John y Mark. — ¿Yo soy culpable?, ¿tu papito no?, claro, él ni estaba para tener actitud ninguna. —Solo estás







