LOGINJohn no podía creer el mal humor de Anabella, bueno, para él aquello era una verdadera pataleta, en su vida una mujer le había arrojado papeles a la cara de esa manera; mucho menos cuando representaban una mejor calidad de vida para ella que lo necesita y dónde él es el bono especial.
—Yo no sé cuándo voy a aprender que de los hombres solo se obtiene traición —musitó Anabella y John se echó a reír con burla y enojo a la vez.
— ¡Por favor!, no me compares con esa bazofia poco hombre que tiene el carácter de una babosa con el que te casaste —exclamó John y lo hizo con más rabia y sentimiento del que le hubiera gustado demostrar.
—Tienes razón, tú me fuiste claro, te lo concedo; pero debes darme razón en que como transcurrieron los hechos yo pensara que las cosas eran diferentes y que lo que se gestaba entre nosotros era una relación verdadera.
—Sabes lo que pienso de lo que llamas relaciones verdaderas, ya te lo había dicho y creí que estábamos en la misma página.
—Yo también fui muy clara cuando te dije una y otra vez que una relación como la pedías no estaba dispuesta a darte.
—Querías ser mi amante —afirmó John retándola a que dijera lo contrario.
—Yo no quería un contrato como si mi cuerpo fuera una mercancía, no expondría a mi hija a que me vea con un hombre cuya relación amorosa se base en un contrato tan bajo como ese ¿con qué cara la vería en un futuro cuando sea una mujer?
John la miraba con rabia y era visible como apretaba su mandíbula, estaba harto del drama de Anabella y a lo que a su parecer era solo doble moral hipócrita.
—Yo no tengo la clase de relaciones de unicornios voladores, valoro la realidad; y como no te interesa, pues no pasa nada —John tomó la carpeta amarilla y la rompió con los documentos dentro en dos partes y la arrojó a la papelera debajo de su escritorio.
Anabella sintió como junto con esos papeles quería romperla a ella, humillarla y no le dio el gusto de bajar la cara y a fuerza de puro orgullo contuvo las lágrimas de impotencia que subían por su garganta.
—Eso es, rómpelo porque lo que está ahí plasmado no va a ocurrir.
—Pues tú te lo pierdes —contestó John de mala gana y de inmediato se arrepintió pues aún no termina de controlar sus emociones y le molesta sobremanera esta discusión infantil.
Como si le hubiera echado gasolina al fuego avivó el temperamento de Anabella.
—Pues tú también te lo pierdes John Campbell —ahora las lágrimas traicioneras si fluyeron, pero ella logró quitarlas de un manotazo, pues son de pura rabia—. Porque vaya que yo soy una mujer comprensiva y que procuro ser buena con todos incluso a pesar de mí misma. Y conmigo no ibas a tener la mejor amante, de eso estoy segura conseguirás montones allá afuera, pero ibas a encontrar comprensión y alguien que iba a luchar contigo de forma incondicional.
—Puede regresar a su escritorio señorita Díaz, para comprensión y apoyo incondicional está en mi equipo personal de trabajo, para que fuera mi amante no le pedía esforzarse.
Anabella quería golpearlo, pero decidió hacerlo con palabras.
—Qué equivocada estaba contigo, miserable patán.
Anabella dio la espalda y John tampoco se contuvo y tuvo que decir:
— ¿Cuántos hombres en tu vida te han ofrecido la comodidad que acabas de rechazar? —preguntó siendo muy condescendiente—, a mí me ves como un miserable patán, pero si en vez de mostrarte el contrato que nos protegía de estos dramas absurdos te hubiera llevado a un hotel, feliz te entregabas a mí, pero yo soy un hombre que habla de frente y no un mentiroso que te pintó pajaritos en el aire solo para utilizarte.
—Pues lo que hiciste no es congruente con eso que acabas de ofrecerme. Te presentaste a mi hija como su amigo y alguien confiable, yo seré tonta, pero no ciega, tu madre me invitó a pasar la nochevieja en tu casa ¡en familia! —Exclamó Anabella—. Pudiste haberme dicho la noche de navidad…
—La noche en la que casi te vas con tu exesposo —contestó John riendo con ironía—, lo viste tan patético delante de mí que te arrepentiste de haberle ofrecido irte con él.
Anabella agrandó los ojos y abrió la boca negando con la cabeza.
—Te expliqué mi posición, solo le dije que me iría con él, porque sabía que eso no ocurriría…
—Sabes que Anabella —John puso la mano en alto—. No me interesa, por eso precisamente prefiero no mezclar sentimientos con mis relaciones con mujeres, soy alérgico al drama, a lo que llaman malentendido, no expresarse o simplemente “no es lo que quise decir” —dijo en mofa—. Tengo problemas de ese tipo en mi trabajo, con una mujer busco relajarme, disfrutar y tú no sirves para eso…
Anabella escuchó la última parte y lo odió, pues de nuevo solo escuchó el desprecio de lo que ella ofrecía, se sintió de nuevo indigna de merecer un amor verdadero, pero como es su costumbre levantó aún más la cabeza.
—Pues tiene razón, no sirvo para ser una amante. Quisiste humillarme, pero solo consigues que te tenga lástima, porque te pierdes de lo que representa que alguien te valore y te quiera, que siempre en tus relaciones perfectas te verán como un benefactor y hoy eres joven y apuesto, pero en unos años serás el viejo verde del que se aprovechen tus amantes, porque solo te quedará lo que puedas hacer con ayuda de un fármaco y tu dinero y nunca conocerás el calor de un hogar y de alguien que te aprecie.
—¿Y entonces pensaré en ti? —Exclamó con esa arrogancia que Anabella odiaba con toda su alma—. Dime Anabella, ¿olvidas cómo nos conocimos?, tú no buscabas amor con un gigoló —inquirió irónico—. ¿Cómo pensaré que me perdí del amor? ¿Acaso no es tu exesposo el único hombre que has amado?
— ¡Jodete! John Campbell…
Anabella abrió la puerta del despacho, tomó su cartera y se fue de allí, después enviaría su renuncia formal, aunque estaba segura de que ni siquiera recomendaciones le daría su jefe, pues a él lo único que le interesa es su trabajo y ella lo está abandonando.
Anabella tropezó con Melani, la secretaria de Irina, la chica al verla no la saludó, apretó los labios y desvió la mirada, ella entendía o mejor dicho creía entender lo que ocurría, pues en realidad ella y John no tenía una relación realmente, y es lo que más rabia le daba y la hacía querer llorar; por tonta, se decía, porque en realidad los pajaritos en el aire se los pintó ella misma, él había sido claro, Anabella segura de que el bufete sería un hervidero de chismes simplemente salió sin despedirse de nadie, ni mirar atrás.
«Igual, esta gente no volverán a ver a la Anabella Díaz que conocieron, esa tenía que terminar de morir ¿cuántas decepciones necesitas para que te des cuenta de que la gente por lo general no tiene buenas intenciones y mucho menos amor para dar?»
Se preguntó en su fuero interno, fuera de Campbell Wells limpió sus lágrimas de nuevo con una servilleta que sacó de su bolso.
—Ya está bueno Anabella —se dijo a sí misma—, superé a Mark, salí adelante, ahora Lizzie está mejor, solo debo buscar otro empleo —Anabella suspiró y miró al cielo—. Comenzaré de nuevo, las veces que sean necesarias.
Anabella miró de nuevo al frente y entonces vio al hombre que menos imaginó conseguir justo ahora.
—Anabella…
—Papá…
Emiliano Díaz estaba fuera del país cuando su buena amiga Margot Campbell le dijo que su hija Anabella había buscado trabajo como secretaria en su bufete, desde entonces se debatía entre ir o seguir la vida como si no existiera, pero la pasada navidad de nuevo solo, rodeado de mucha gente que en realidad no lo querían y que él tampoco apreciaban lo hicieron entender que debía intentarlo, que debía buscar a su única hija.
Emiliano se acercó a ella.
—Vaya, eres hermosa —él quiso tocar su hombro y Anabella dio un paso a un lado, fue un reflejo no calculado, pero ahora más que nunca no puede confiar en nadie, mucho menos en el primer hombre que la hizo sentir indigna de amor por no ser suficiente.
Emiliano apretó la mano en un puño y bajó la mirada, sentía vergüenza.
—Quería hablar contigo…
— ¿Cómo sabías dónde conseguirme? —preguntó Anabella de forma violenta
Emiliano negó con la cabeza.
—Eso no importa, pero lo importante es que quería verte.
—Yo no necesito de usted —Anabella lo esquivó y pasó por su lado.
Emiliano desesperado afirmó de forma atropellada a su espalda.
— ¡Perdóname!
Anabella volteó y lo observó.
—No tengo nada que perdonarle señor. El cariño no se obliga, si no me quiso sencillamente nada podía hacer.
—Me he arrepentido cada día de mi vida por no luchar por quedarme en tu vida.
Anabella lloró porque ahora mismo se sentía muy abrumada.
—No tenía que luchar para estar en mi vida, solo tenía que haber querido, no lo hizo y ahora yo no tengo espacio en mi vida para usted…
—No debes darme nada —la interrumpió Emiliano—, soy yo quien te debe y ahora estoy aquí Anabella, no sé cuánta vida me quede, pero estoy dispuesto a conseguir tu perdón y darte lo que pueda. Sé que tienes una hija.
—Sí —inquirió Anabella—, pero ella está muy bien.
—Ustedes son mis herederas, pero no quiero que disfruten de lo que es de ustedes solo cuando yo haya muerto.
—Señor Emiliano, entienda que no todo en la vida se compra, a mi hija y a mí nos ganan con amor, no con ofrecernos una vida de lujo, eso no es imprescindible, solo es útil.
Anabella se fue dejando a Emiliano con la palabra en la boca.
Meses más tarde Anabella estaba en Central Park sirviendo la comida para toda su familia, era costumbre que asistieran a estos días de campo en familia, el pequeño William y las trillizas de Viviana caminaban ya y Lizzie y la sobrina de Jeremy los cuidaban. Anabella orgullosa y sonriente iba mirándolos y pensando que era un buen momento de felicidad para todos; John estaba acostado en las piernas de su mamá como si fuera una almohada, no solo la había perdonado, prefirió olvidarlo y demostrarle lo mucho que la ama, porque aunque fuera una mujer malvada que no lo era, por ser su madre y pilar fundamental de su vida no quería perder tiempo en peleas ni por un segundo. Margot ahora disfrutaba de estar en casa dedicándose a su esposo y nietos, renunció y salió por la puerta grande sin mancha, pero no quería ser de nuevo abogada, aunque de vez en cuando daba consejos a John que empezó en un pequeño bufete. Todos los empleados de Campbell Wells consiguieron trabajo en distintos bufete
Anabella estaba con Teresa y Emiliano en el cementerio, era el sepelio de Mark, al principio Anabella no quería que Lizzie fuera, pero por súplica de los padres de Mark y su propia madre que le dijo que Lizzie tenía derecho a despedirse de su padre y que si algo le pasaba ellos estarían para ella mostrándole que no estaba sola, finalmente la convencieron. Emiliano cargaba a Lizzie, Anabella no podía evitar concentrarse en la fotografía de Mark sonriente junto a la urna a punto de bajarla, sus padres lloraban por su hijo, la hermana de Mark que estaba en el espectro autista como siempre estaba en su propio mundo. Su corazón dolía, recordaba a Mark sonriendo, contándole emocionado lo que para él era importante, de alguna manera su mente también vivía en un mundo propio, uno que no le permitió ser un adulto, y ahora tampoco envejecerá, en su mente trataría siempre de recordarlo así como en la fotografía, como un hombre alegre, al que nunca le faltaba una sonrisa, pero sí propósit
John fue a la oficina de su madre entonces y citó a su tío. Debía informarle su decisión. —Quería que Irina estuviera presente, pero no he podido localizarla, y nadie me da razones de ella. —Y la duendecilla que se pinta el cabello de colores de muñeca ni siquiera se presenta a trabajar, hace tiempo que debimos despedirla y mi estómago no se revolviera cada vez que tengo que verla, ella es mala para mi hija. —Melanie está embarazada, Harry y bien sabemos que ella e Irina tienen una relación, al menos ten el tacto de no ofenderla. —Y tú ten el tacto de meterme en mis asuntos Margot —replicó Harry. —Hubiera sido buenísimo que mi madre hubiera tenido el tacto, pero sabemos que no puede evitar querer arreglar todo lo que está mal y usted tío acumula una gran montaña de casas mal hechas en su vida. —Si esta es una inquisición me voy, no permitiré que un niño como John me recrimine nada. —Tengo el derecho a renegar de ambos, pero no es por eso que los cité. Vine a deci
Mark llevó a Lizzie con Anabella muy temprano, la niña quería estar con su madre, estaba preocupada por John y Mark furioso por el cariño que le tiene su hija a su enemigo prefirió alejarse de su hija. —Papi —lo llamó Lizzie porque se iba sin darle un beso como de costumbre, Mark se puso de cuclillas para igualar la estatura de Lizzie—. Sé que tú y John no son amigos, pero quizás si lo conversan, mi maestra dice que debemos decir lo que nos molesta y hacer un esfuerzo por recordar lo que les molesta a otros para evitar las peleas. —Son cosas de adultos Lizzie. La niña bajó la cara. —Es que yo quiero mucho a John, él es mi mejor amigo en el mundo. — ¡Yo soy tu mejor amigo en el mundo, no él! —exclamó Mark en voz alta y Anabella como una fiera protectora lo encaró. — ¡Mejor vas perdiendo esa costumbre de estar gritando! Me cansé de eso, Lizzie te está hablando con el corazón en la mano, ella no sabe de odios… Mark suspiró y vio que Lizzie apretaba sus manitos y su b
Por su parte Irina no estaba nada contenta con la denuncia de Mark, sabía que John no era capaz de encubrir un delito de esa magnitud, ni siquiera por un cliente importante de la firma, mientras Mark se bañaba, ella llamó a su padre, quería saber los pormenores de Bennett Almenar, marido de Laila, ella sabía que su padre era quien se encargaba de esta cuenta. A Harry Wells no le sorprendió en lo absoluto que la joven Laila fuera capaz de planear la muerte de su marido, los hijos de Bennett no confiaban en la nueva esposa de su padre, que a solo dos meses de casados enfermó y se degeneró muy rápido hasta morir. —Papá, pero el imbécil de Mark acusó a John de saber del delito y ayudar a la viuda a esconder el crimen e intentar comprarlo y sabemos que John no sería capaz de hacer nada de eso. —Irina, por amor de Dios, debes hacer que Mark deje ese asunto, una cosa es denunciar a su examante y lograr que la hundan en la cárcel y otra cosa es involucrar a John, eso no nos conviene a
Anabella estaba deseosa de ir al distrito y saber de John, pero Margot enfáticamente le pidió no ir. Emiliano puso a Lizzie en su antigua habitación y regresó a la sala de la pequeña vivienda, Anabella hablaba con Teresa. —Margot me dice que no vaya, pero siento que abandoné a John en un momento que me necesita. —Margot sabe lo que hace, si ella te dice que no vayas es porque es lo mejor —la consoló Emiliano. —Debería ir allá, averiguar qué está pasando para que llame a Anabella y le informe —sugirió Teresa con mala cara a Emiliano. —No me moveré de aquí, Anabella está muy nerviosa, Lizzie también podría tener un ataque de asma, mi trabajo es encargarme de ellas. Teresa chasqueó la lengua. —Uy sí, pero que dedicado… —murmuró con ironía. —Mamá, podrías ya olvidar todo eso, por Lizzie, si ella despierta verá tu actitud y ya ha tenido suficiente con John y Mark. — ¿Yo soy culpable?, ¿tu papito no?, claro, él ni estaba para tener actitud ninguna. —Solo estás







