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Capítulo 5

Autor: Victoria
last update Data de publicação: 2026-09-20 14:46:11

—¿Pero cómo se te ocurre llamarlo «capullo» así tan a la ligera, sofia? 

Seguí mirando el techo como si este fuera interesantísimo, armándome de paciencia porque llevaba una hora escuchando la misma cantinela. 

—paola, basta. Ya te he dicho que eso se nota a leguas, ¿es que no has visto esa sonrisa de gilipollas que tiene? —inquirí cogiendo uno de los pasteles que había traído y llevándomelo a la boca. Necesitaba azúcar para aguantar aquella perorata. 

—¡Fuiste súper borde, sofia! —me reprochó negando con la cabeza. 

—Niña, ¿cómo se te ocurre insultar a un muchacho que acabas de conocer? —metió baza mi querida abuela, a pesar de que supuestamente estaba ocupada en su tarea de meterle el bajo a los vaqueros de una vecina. 

—Abuela, no metas cizaña, haz el favor—me quejé dándole un sorbo a mi taza de té. 

—Es que tienes unas cosas, sofia, hija...  

—Bueno, ¿vais a dejar de regañarme ya o qué? 

—Es que te has pasado, sofia. Ni siquiera le has dado una oportunidad a Juan matias —siguió en sus trece paola ceñuda. 

Si ella supiera la clase de oportunidad que yo le había dado a Juan matias un mes atrás... 

—Ni se la pienso dar —dije en cambio en un tono que no admitía réplicas, pero sin poder evitar que el recuerdo de sus labios en mi cuello hiciera que me recorriera un escalofrío. 

—¡sofia! —protestó paola con la boca manchada del pastel que se estaba comiendo. 

—No voy a seguir hablando de ese imbécil, Bell —le advertí, tendiéndole una servilleta para que se limpiara la boca—. Así que cambia de tema o me voy a mi cuarto a hacer algo más productivo. 

—Solo digo que si lo conocieras un poco... —Me levanté de mi asiento dispuesta a irme, pero ella tiró de mí para que volviera a sentarme—. Está bien, ya me callo, ya me callo. Pero... La verdad es que me gustaría que volviéramos a quedar los cuatro. 

Suspiré con cansancio. 

—Bell... 

—Pues yo creo que deberías darle una oportunidad a ese muchacho. Quién sabe, niña, quizá es el amor de tu vida —dijo mi abuela, acercándose el pantalón a la cara para verlo mejor mientras trajinaba con la aguja enhebrada. 

Solté una sonora carcajada porque ese chiste sí que había sido bueno. 

—Abuela, te tengo dicho que no creo en eso de que exista un «amor de mi vida» —dije entre risas. 

Ella me miró ceñuda por encima de sus gafas para ver de cerca, que le hacían los ojos enormes. 

—Y yo te tengo dicho que cuando menos te lo esperes te vas a enamorar, niña. 

Me reí de nuevo y mi abuela suspiró, como si yo fuera incorregible. 

Pero ella tenía razón. Las abuelas siempre la tienen. 

*** 

—sofia, abre la caja tres, ya sigo yo con eso —me ordenó mi jefa asomando la cabeza al pasillo en el que estaba reponiendo los productos de una estantería subida a un taburete. 

Me bajé de un salto y asentí, trotando hacia la caja y esquivando la gente con carritos de la compra que me cruzaba por el camino. Cuando llegué a la caja, varios clientes empezaron a hacer cola y el primero de la fila depositó su compra en la cinta mecánica. 

—Hola, ¿quiere bolsa? —pregunté sin levantar mucho la vista, pero al ver sus brazos fuertes cruzados sobre su pecho y esa sonrisa insolente, de inmediato supe quién era—. Joder, ¿otra vez tú? —se me escapó, atrayendo las miradas curiosas de los clientes que esperaban detrás de él. 

Juan matias se inclinó sobre el mostrador lo suficiente como para que el aroma de su perfume caro invadiera mis fosas nasales. 

—Vaya, yo también me alegro de verte de nuevo, ojazos —dijo con sorna. 

—Llámame así otra vez y te quedas sin lengua —lo amenacé sin importarme estar en el trabajo, donde estaba profesionalmente obligada a ser amable con todos los clientes. 

Él echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada mientras yo me centraba en pasar su estúpida compra por el estúpido escáner. Un cartón de leche, una bolsa de pienso para gatos, condones... Puse los ojos en blanco al ver que eran de sabor fresa. Menudo pijo repipi. 

—Eso sería una lástima: puedo hacer cosas muy buenas con mi lengua. —Me guiñó un ojo y yo lo miré poco impresionada. 

La pobre mujer que había detrás de él abrió los ojos de más al escucharlo, mirándonos con curiosidad. 

—Son veintitrés con cincuenta, ¿efectivo o tarjeta? —pregunté ignorando deliberadamente su ordinariez. 

—Tarjeta —respondió con esa ridícula sonrisilla—. ¿Cuándo acabas tu turno? —preguntó mientras posaba su tarjeta sobre el datáfono. 

Alcé una ceja, mirándolo con aburrimiento. 

—¿Y eso a ti qué te importa? 

Él se encogió de hombros sin borrar su sonrisa de la cara. 

—Pensé que quizá te gustaría repetir lo de hace un mes —susurró inclinándose hacia mí de nuevo. 

—¡Já, en tus sueños! —exclamé riéndome a carcajadas. 

Mi risa tuvo el efecto deseado y su gesto se torció, pero se recompuso enseguida. 

—Bueno, hasta la próxima, sofia. —Me guiñó un ojo otra vez, cogió su compra y se fue. 

La mujer que estaba poniendo sus productos sobre la cinta me miraba con verdadera curiosidad, pero por suerte no tuvo el descaro de preguntarme nada. 

Me pasé el resto de la tarde de mal humor, escaneando códigos de barras como una autómata y maldiciendo cada vez que su estúpida sonrisa se colaba en mis pensamientos. Porque lo que más me jodía de todo era que una parte de mí se moría por volver a sentir esos labios en mi piel. 

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