LOGINEl trayecto desde el aeropuerto de Los Ángeles hasta la mansión de Víctor había sido un regreso a la realidad, pero la burbuja en la que Sara y Víctor se habían envuelto en las Bahamas aún parecía intacta.En el asiento trasero del auto, él mantenía una mano sobre el muslo de ella, acariciando su piel con la misma adoración con la que la había tocado durante toda la semana.Sara sonreía, sintiéndose más ligera, más fuerte y, por primera vez en mucho tiempo, verdaderamente feliz.El secreto del bebé que crecía en su vientre era un lazo invisible que ahora los unía de una manera irrompible.Sin embargo, la paz se hizo pedazos en el momento exacto en que cruzaron las enormes puertas de la residencia.El ambiente en el vestíbulo principal era denso, pesado, casi asfixiante. Las luces de la sala de estar estaban a medio encender y, de pie en la sala, había una figura que hizo que la sangre de Sara se helara en sus venas.Era Mateo.Pero no era el Mateo arrogante, impecablemente vestido y d
—Regla aceptada. Solo nosotros.Esa misma noche, la brisa marina refrescaba el ambiente, colándose por los amplios ventanales abiertos de la inmensa habitación principal.La luz tenue de las lámparas bañaba la cama King size, que estaba envuelta en sábanas de seda blanca.Sara acababa de salir de la ducha. Llevaba únicamente una bata de seda corta y negra que se ceñía peligrosamente a sus curvas.Al salir al dormitorio, encontró a Víctor esperándola.Estaba recostado contra el cabecero, ya sin camisa, con la respiración pausada pero con esa mirada oscura y hambrienta clavada en ella.—Ven aquí —ordenó él en un susurro grave, rudo, que le hizo temblar las rodillas de inmediato.Sara no se hizo de rogar. Caminó hacia la cama con pasos lentos y seductores, dejando caer la bata al suelo justo antes de deslizarse entre las sábanas.La piel caliente de Víctor ardía contra la suya al instante. Él la rodeó con sus brazos fuertes, atrayéndola con posesividad hasta que no quedó ni un milímetro
El calor tropical de las Bahamas era exactamente lo que Sara no sabía que necesitaba para recuperar la cordura.Estirada en una lujosa tumbona acolchada en la terraza de su villa privada en Exuma, dejó escapar un largo suspiro de satisfacción.Llevaba un traje de baño de dos piezas color esmeralda y unas enormes gafas de sol que ocultaban su rostro relajado.Atrás habían quedado los planos arquitectónicos, el polvo de la constructora en Malibú y el drama asfixiante de Los Ángeles.Aquí, rodeados de palmeras, brisa cálida y el sonido constante de las olas rompiendo contra la arena blanca, el mundo entero había dejado de existir. Solo eran ellos dos y el bebé.Víctor apareció por la puerta corrediza de cristal, llevando dos copas altas en las manos.Vestía una camisa de lino blanco desabotonada hasta la mitad del pecho y unos pantalones cortos que dejaban ver sus piernas fuertes.Su sola presencia, inmensamente masculina y dominante, parecía llenar cada rincón de la amplia terraza.—Agu
Mateo se quedó petrificado en medio de la habitación. Sintió que el aire abandonaba sus pulmones de golpe, como si le hubieran dado un puñetazo directo al estómago.—¿De qué demonios estás hablando, abuelo? —preguntó, con la voz temblando por una mezcla tóxica de confusión e incredulidad—. ¿Qué mujer? ¿Su esposa? Te estás confundiendo, Víctor no está casado. Víctor no sale con nadie de manera formal, mucho menos presenta mujeres a la familia.Pero Pablo ya había perdido el hilo de la conversación presente.Su mirada se volvió opaca, nublada por la bruma de la enfermedad, perdiéndose en un recuerdo del pasado lejano y murmurando cosas ininteligibles sobre la juventud de Víctor.Mateo intentó sacarle más información, agachándose a su altura, exigiéndole detalles con desesperación, pero fue inútil.La puerta de la cordura se había vuelto a cerrar y el abuelo no diría una sola palabra coherente más.Mateo salió de la habitación con el corazón latiendo desbocado contra sus costillas, retum
A miles de pies de altura, el jet privado de la familia Arismendi cortaba las nubes, alejando a Víctor y a Sara de las intrigas, el estrés y el caos de Los Ángeles.En la cabina de súper lujo, el ambiente vibraba con una tensión sensual y relajada que ninguno de los dos había experimentado en los últimos meses.Víctor estaba sentado frente a ella, con el saco oscuro desabrochado, la corbata aflojada y una copa de cristal con whisky en la mano.La devoraba en silencio con esa mirada oscura, hambrienta y posesiva que, inevitablemente, le revolvía el centro del cuerpo a Sara.Habían dejado todo atrás por unos días. La visita al abuelo Pablo antes de partir hacia el aeropuerto había sido un éxito, un respiro emocional necesario.Sara aún sentía un calor agradable en el pecho al recordar la sonrisa sincera del anciano y la forma en que le había apretado las manos.Por primera vez en mucho tiempo, solo serían ellos dos. Sin contratos fingidos y sin venganzas de por medio.Víctor dejó su cop
Sara frunció el ceño de inmediato, alejándose un paso. Su instinto profesional, ese que había forjado a base de puro esfuerzo, salió a flote.—Víctor, estás loco. No puedo irme de viaje ahora.—Claro que puedes.—No, escúchame. El proyecto de la constructora en Malibú está súper avanzado, pero aún requiere que yo supervise un montón de detalles directamente en la obra. Además, acabo de poner a Mariana en su sitio frente a toda la junta directiva. Si me desaparezco ahora para irme de vacaciones, esa víbora va a aprovechar que la jefa no está para meterse en los planos y robarse el crédito de mi trabajo. No puedo simplemente abandonar mi puesto y dejarle el terreno libre.Víctor arqueó una ceja, cruzándose de brazos y adoptando esa postura inquebrantable de hombre dominante que no estaba acostumbrado a que le llevaran la contraria.Pero esta vez, su terquedad estaba impulsada puramente por la preocupación.—Sí puedes. Y lo harás —sentenció con firmeza—. Sara, por el amor de Dios, estás







