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Capitulo 2.

Autor: Eternidad
La voz de Lila resonó suavemente en el pasillo.

—Ese collar de zafiros que le regalaste debió costar una fortuna. Yo solo te pedí un simple anillo de diamantes y me dijiste que no.

Vincenzo la apartó de su regazo, se levantó y encendió un cigarrillo.

—¿Cómo te atreves a compararte con ella? Es la mujer que amo con todo mi corazón: mi Donna. No confundas las cosas. Solo hago esto porque Elena no ha podido quedar embarazada y la familia necesita un heredero.

Lila frunció los labios, se aferró a su cuello y dio un pisotón, comportándose como una niña caprichosa.

—Lo sé. Y ya sabes que tengo muchas más probabilidades de quedar embarazada cuando me siento consentida.

Vincenzo suspiró, abrió el cajón de la mesa de noche y sacó un collar de zafiros idéntico al que me había regalado: el mismo corte, los mismos quilates; solo la cadena era ligeramente distinta.

—Te compré uno a ti también. Pero no puedes usarlo. Si Elena lo descubre, se irá. Y si eso pasa, me volveré loco.

El rostro de Lila se iluminó al instante. Se inclinó hacia él y lo besó deslizando los dedos entre su cabello, como si acabara de recibir el regalo que más deseaba.

—¿De verdad la amas tanto, Vincenzo?

—Por supuesto que sí. —Su voz cobró un tono grave y solemne, desprovisto de cualquier rastro de ironía.

—Es la mujer más importante de mi vida. Mi Donna siempre será Elena. Todos estos juegos estúpidos que tengo contigo jamás me atrevería a hacérselos a ella. Sería realmente una ofensa.

Luego, la empujó sobre la cama, y los gemidos de Lila no tardaron en resonar, rompiendo el silencio absoluto de la casa.

Me presioné la mano con fuerza contra la boca y me mordí hasta sentir el sabor metálico de la sangre, luchando con todas mis fuerzas para ahogar los sollozos.

Justo a mi lado, colgada en la pared, estaba nuestra fotografía de boda.

Allí aparecía Vincenzo con una enorme sonrisa mientras me sostenía entre sus brazos, como si fuera el hombre más feliz del mundo.

Solo faltaban tres días. Tres días más, y me habría marchado para siempre.

A la mañana siguiente, me desperté y encontré a Vincenzo en la sala, reunido con uno de sus socios.

Estábamos tomando café cuando la puerta principal se abrió de golpe. La esposa del hombre irrumpió hecha una furia, con el rostro desencajado por la rabia y, sin decir una sola palabra, le cruzó la cara con una bofetada.

—¡Bastardo! ¡Llevas seis meses engañándome con tu secretaria! ¡Dejé mi trabajo para dedicarme por completo a nuestra familia y así es como me lo pagas!

El hombre enrojeció de inmediato y, con un brusco movimiento, la sujetó del brazo.

—¡Cierra la maldita boca! Todos los hombres engañan. Así es como funciona. Acéptalo.

El rostro de Vincenzo se endureció al instante.

Dio un paso al frente, apartó de un tirón la mano que sujetaba a la mujer y lo empujó hacia atrás.

—Fuera de mi casa. Y desaparece de mi vista para siempre. No hago negocios con imbéciles que traicionan a sus esposas.

Se quedó observándolo en silencio mientras se alejaba a tropezones. Después se volvió hacia mí y la dureza de su expresión desapareció al instante.

Me rodeó la cintura con los brazos y me atrajo hacia él.

—No escuches esa basura, mi amor. Es un pedazo de mierda que no vale nada. No todos los hombres son así. Yo jamás te haría daño. Siempre serás la única para mí.

Lo miré directamente a los ojos.

Por un instante, se quedó inmóvil. Luego tomó mi rostro entre sus manos.

—Solo te amaré a ti. Jamás te traicionaría. Nunca.

Recorrí sus facciones, en busca de algún indicio de sinceridad que respaldara sus palabras. Pero no encontré nada.

—¿Me amarás toda la vida? —susurré—. Una vida es demasiado tiempo.

Vincenzo me estrechó aún más contra su cuerpo y apoyó la frente contra la mía.

—Es verdad. Pero mi vida no tiene sentido sin ti. Eres todo para mí.

Una risa amarga escapó de mis labios antes de que pudiera contenerla.

—¿Y si me traicionas? ¿Qué pasaría entonces?

—Si alguna vez te traiciono, que una bala me atraviese el corazón antes de que se ponga el sol. Lo juro por la tumba de mi padre.

El peso de aquellas palabras resultaba casi absurdo. Su piel aún olía a jazmín. Sus sábanas estaban manchadas con el lápiz labial de Lila. Y, sin embargo, ahí estaba él, jurando lealtad con una convicción tan absoluta que casi parecía creer sus propias palabras.

—¿De verdad hablas en serio?

—Nadie en este mundo puede comprender cuánto te amo. Si no me crees, toma mi arma ahora mismo y dispárame al corazón.

Lo observé en silencio mientras pensaba: «Si estás tan dispuesto a darme tu vida, ¿por qué demonios no puedes controlarte?»

Antes de que pudiera decir algo, una voz resonó desde la puerta.

—Buenos días a los dos.

Lila estaba apoyada contra el marco. Llevaba un ajustado vestido de seda negra que dejaba muy poco a la imaginación y sostenía una sonrisa lenta, casi perezosa.

Al instante, los brazos de Vincenzo se tensaron a mi alrededor y su mandíbula se endureció.

—¿Por qué estás vestida así? ¿A dónde demonios vas?

No era la voz de un hombre preocupado por la hermana de su amigo fallecido, sino el tono de alguien que creía que ella le pertenecía.

La sonrisa de Lila se amplió.

—Hoy hay un almuerzo benéfico en el Ritz. Pensé que sería una buena ocasión para buscarme un novio. Así ya no tendrás que preocuparte por mí.

Los ojos de Vincenzo se oscurecieron de inmediato, inyectados de una rabia posesiva. Pero Lila lo ignoró y me miró directamente.

—¿Y tú, Elena? ¿Algún plan para hoy?

Antes de que pudiera abrir la boca, Vincenzo tomó el control. Entrelazó sus dedos con los míos y apretó con tanta fuerza que me lastimó.

—Elena y yo iremos a Il Nonnos para el almuerzo familiar del domingo. Mi abuela ha estado preguntando por nosotros. Toda la familia estará allí.

Lila asintió con una sonrisa educada, se despidió y se alejó dejando tras de sí un rastro denso y empalagoso a jazmín.

Vincenzo, sin embargo, ni siquiera se movió. Seguía aferrado a mi mano.

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Último capítulo

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