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Valeria López suspiró mientras limpiaba el mostrador del café Blackwood Coffee. Eran las 8:45 de la noche y el lugar ya estaba cerrado. Solo quedaba ella, terminando de organizar las últimas cosas antes de irse a casa. Tenía 26 años, un cuerpo curvy generoso —caderas anchas, muslos gruesos, vientre suave y pechos abundantes— y un uniforme negro que intentaba disimular todo eso sin mucho éxito.
Llevaba dos años trabajando allí, en la planta baja de una de las empresas más importantes de la ciudad. Dos años enamorada en secreto del hombre que apenas sabía que existía: Alexander Blackwood, el CEO.
El hombre que le aceleraba el corazón cada vez que bajaba por su cappuccino doble con canela extra.
Valeria terminó de apagar las luces principales cuando escuchó pasos firmes en el lobby casi vacío. Su corazón dio un vuelco. Reconocería esa forma de caminar en cualquier lugar.
Alexander Blackwood apareció frente a la puerta de cristal del café. Traje negro impecable, cabello oscuro perfectamente peinado, mandíbula marcada y esa mirada fría y arrogante que hacía que todo el mundo se pusiera nervioso. Hoy parecía más tenso de lo normal.
Valeria dudó un segundo, pero abrió la puerta.
— Señor Blackwood… ya cerré. ¿Necesita algo urgente?
Él entró sin pedir permiso, con esa seguridad que lo caracterizaba. Olía a colonia cara y whisky. Se pasó una mano por el cabello, despeinándolo ligeramente, y la miró directamente por primera vez en mucho tiempo.
— Necesito hablar contigo.
Valeria parpadeó, sorprendida. ¿Con ella? ¿El CEO quería hablar con la chica del café?
— ¿Pasó algo con mi trabajo? — preguntó nerviosa, retorciendo el trapo entre las manos.
Alexander la observó de arriba abajo. Notó sus mejillas sonrosadas, su cuerpo relleno y esa mirada inocente que contrastaba con todo lo que él conocía. Se acercó un paso más.
— Mi padre me está presionando — dijo sin rodeos—. Hay una cláusula en la herencia de la empresa: si no presento una novia formal en menos de un mes, perderé el control total de Blackwood Enterprises. No quiero una novia de verdad. Quiero alguien discreta, que no cause problemas y que sepa cuál es su lugar.
Valeria sintió que el mundo se detenía.
Alexander la miró fijamente, con esa arrogancia natural.
— Te estoy ofreciendo un contrato. Finge ser mi novia durante seis meses. Te pagaré quinientos mil dólares. Solo tienes que sonreír en eventos, vivir en mi penthouse cuando sea necesario y no meterte en mis asuntos privados. Nada más.
El silencio que siguió fue ensordecedor.
Valeria sintió que le faltaba el aire. ¿Contrato? ¿Novia falsa? ¿Quinientos mil dólares? Su mente daba vueltas. Por un lado, la humillación era brutal: él solo la veía como una opción conveniente. Por otro… era Alexander. El hombre con el que había fantaseado durante dos años.
— ¿Por qué yo? — preguntó con voz temblorosa—. Hay miles de mujeres más… adecuadas.
Alexander soltó una risa baja y arrogante.
— Precisamente por eso. Eres normal. Nadie sospechará. No buscas fama ni dinero. Además… — la miró de arriba abajo otra vez — eres inofensiva.
Valeria sintió una punzada fuerte en el pecho. "Inofensiva". "Normal". Las palabras le dolieron más de lo que quería admitir.
Se mordió el labio inferior, luchando contra las lágrimas que amenazaban con salir.
— ¿Y si me niego?
— Puedes hacerlo — respondió él encogiéndose de hombros—. Pero sería una pena. Con ese dinero podrías ayudar a tu familia, estudiar repostería como quieres… o lo que sea que hagas en tu tiempo libre.
Valeria se quedó en silencio. Pensó en su mamá enferma, en las deudas, en su hermana que quería entrar a la universidad. Pensó en los dos años viéndolo bajar con modelos y mujeres perfectas mientras ella solo era "la chica del café".
— Necesito pensarlo — murmuró finalmente.
Alexander sacó una tarjeta negra de su billetera y se la extendió.
— Tienes 24 horas. Mañana a las 8:00 p.m. te espero en mi oficina. Si aceptas, firmamos el contrato esa misma noche.
Se dio la vuelta y caminó hacia la salida. Antes de cruzar la puerta, se detuvo y la miró por encima del hombro.
— Ah, y Valeria… — dijo con una media sonrisa arrogante —. Intenta no derramarme el café la próxima vez que baje. No quiero que termines como la anterior empleada.
Dicho eso, se fue.
Valeria se quedó sola en el café a oscuras, con el corazón latiéndole a mil por hora y las mejillas ardiendo de vergüenza y algo más peligroso… ilusión.
Se llevó una mano al pecho, donde aún latía fuerte ese amor secreto que ahora tenía la oportunidad de acercarse demasiado.
“El relleno más rico que el café…” pensó con ironía amarga, recordando su propio cuerpo.
Esa noche, Valeria no durmió.
Las horas pasaban lenta y vertiginosamente en el reloj de pared, en la pantalla de su celular, en el reloj de mano de algún otro empleado, y le hacía sentir ligeros nervios en el estómago para Valeria, algo en sus rodillas temblorosas le indicaban que Alextander estaba planeando algo sospechoso, pero mientras pasaban los minutos, ella no podía dejarse llevar por aquellos pensamientos, respira hondo y exhala suavemente, podía con esto, ella puede. Finalmente la hora indicada había llegado, Valeria se detuvo frente a la puerta del penthouse con el corazón latiéndole con fuerza. Llevaba puesto el vestido negro que Alexander le había comprado semanas atrás: el mismo que marcaba cada curva de su cuerpo con una precisión casi cruel. Se pasó las manos por la falda, intentando calmarse, y finalmente empujó la puerta.El lugar estaba en completa penumbra.Solo la luz de la ciudad entraba a través del enorme ventanal de cortinas abiertas, dibujando rayas plateadas
Valeria llegó al café antes de que abrieran las luces del lobby. Encendió las máquinas, horneó la primera tanda de croissants y se puso el delantal negro con movimientos precisos. Había dormido poco, pero su rostro no lo delataba. El muro que había levantado seguía firme.Cuando las puertas del ascensor privado se abrieron a las 8:15 a.m., ella ya sabía quién venía.Alexander Blackwood apareció impecable, traje gris oscuro, corbata perfectamente anudada y esa expresión de quien está acostumbrado a que el mundo se detenga a su paso. Se acercó al mostrador con paso seguro.— Cappuccino doble con canela extra — pidió, sin saludar.Valeria preparó el café en silencio. Ni una sonrisa. Ni un roce innecesario. Cuando se lo entregó, sus dedos no se tocaron.— Aquí tiene, señor Blackwood. Que tenga un excelente día.Él no tomó la taza de inmediato. Se quedó mirándola.— ¿Señor Blackwood otra vez?— Es lo correcto — respo
Al día siguiente Valeria llegó temprano al café. Preparó las máquinas con movimientos precisos, casi mecánicos. Había dormido poco, pero su expresión era serena. Fría. El dolor de la cláusula secreta y de las palabras de Alexander todavía le quemaba el pecho, pero ya no pensaba mostrárselo.Cuando la puerta se abrió y él entró, ella no levantó la vista de inmediato.— Cappuccino doble con canela extra — pidió Alexander con su voz habitual, arrogante y controlada.Valeria preparó el café en silencio y se lo entregó sin rozarle los dedos.— Aquí tiene, señor Blackwood.Él frunció ligeramente el ceño ante el tratamiento formal.— ¿Señor Blackwood otra vez?— Es lo que corresponde — respondió ella con calma—. Usted es mi jefe. Y yo soy solo la otra parte del contrato.Alexander se quedó mirándola unos segundos. Había una ligera sombra de culpa en su mirada… pero la arrogancia la tapó rápido. Recordó la noche anterior: su cuerpo temblando debajo de él, la forma en que lo miró, el hecho de
Valeria despertó con el cuerpo todavía sensible y el corazón lleno de una esperanza tonta. La cama a su lado estaba vacía, pero las sábanas aún conservaban el calor de Alexander. Se giró, esperando encontrarlo… y solo halló silencio. Se levantó despacio, se puso una de sus camisas que había quedado tirada en el suelo y bajó a la cocina con el estómago hecho un nudo de ilusión. Alexander ya estaba allí. Impecable. Traje negro, corbata perfecta, expresión fría. Bebía café negro como si la noche anterior no hubiera existido. — Buenos días — dijo ella, con voz suave, casi tímida. Él levantó la vista. Sus ojos la recorrieron un segundo… y luego se apartaron. — Buenos días. El chofer te llevará al café en quince minutos. Tengo una reunión importante. Valeria parpadeó, confundida. — ¿Eso es todo? ¿Después de… anoche? Alexander dejó la taza sobre la isla de mármol con un golpe suave pero firme. — Anoche fue parte del contrato, Valeria. Nada más. Cumpliste. Yo también. No hay que dram
La cena fue un tormento. Camila no dejaba de lanzar comentarios velados, sonreírle a Alexander y mirar a Valeria como si fuera un error de cálculo. Cada vez que Camila tocaba el brazo de Alexander, Valeria sentía una punzada en el pecho. Y cada vez que Alexander respondía con cortesía, esa punzada se volvía más profunda.Cuando finalmente regresaron al penthouse, el silencio entre ambos era denso. Alexander se quitó la chaqueta con movimientos bruscos y se sirvió un whisky. Valeria se quedó de pie en medio de la sala, todavía con el vestido negro.— Hoy te defendí — dijo él de pronto, sin mirarla—. Otra vez. Y cada vez que lo hago… me cuesta más controlarme.Valeria respiró hondo.— No te pedí que me defenderas.Alexander dejó el vaso sobre la mesa y se giró hacia ella. Sus ojos estaban oscuros, intensos.— No lo hice por el contrato. Lo hice porque no soporto que te miren como si no valieras nada.Se acercó. Lento. Vale
Valeria estaba acomodando las tazas detrás del mostrador cuando la puerta del café se abrió con más fuerza de la habitual. Alzó la vista y sintió que el aire se le detenía en los pulmones.Una mujer alta, delgada y de una belleza casi perfecta entró como si el lugar le perteneciera. Cabello rubio platino perfectamente peinado, vestido blanco ceñido y tacones que resonaban en el piso de mármol. A su lado caminaba Alexander, con la expresión seria y tensa.— …y este es el café de la empresa — estaba diciendo él.La mujer lo interrumpió con una risa suave y elegante.— Qué… pintoresco. No recordaba que tuvieras un lugar tan… sencillo dentro del edificio.Valeria sintió la mirada de la desconocida clavarse en ella. La mujer la recorrió de arriba abajo con una sonrisa apenas disimulada de superioridad.— ¿Y ella es…? — preguntó, señalándola con la punta de las uñas perfectas.Alexander se aclaró la garganta.— Valeria. Trabaja aquí.







