LOGINValeria pasó toda la noche dando vueltas en la cama del penthouse. Apenas había dormido tres horas cuando Isabella la despertó para prepararse para el café. Se sentía exhausta, tanto física como emocionalmente. El contrato firmado pesaba como una losa sobre su pecho.
Por la mañana, mientras atendía el café, Alexander bajó más temprano de lo habitual. Pidió su cappuccino y se quedó apoyado en el mostrador, observándola con esa mirada arrogante y calculadora que ya empezaba a conocer.
— Necesito hablar contigo un momento — murmuró él cuando no había nadie cerca.
Valeria sintió que el corazón se le aceleraba. Terminó de preparar el café y lo miró directamente a los ojos.
— Señor Blackwood… hay algo que quiero aclarar sobre el contrato.
Alexander levantó una ceja, divertido.
— Te escucho.
Valeria respiró hondo, juntando valor.
— Cuando firmé… no leí todo con detenimiento. Quiero que quede claro que no quiero nada físico entre nosotros. Nada de besos, nada de tocarme más de lo necesario en público, y definitivamente nada… íntimo. ¿Eso está en el contrato?
Alexander la miró en silencio durante unos segundos. Luego soltó una risa baja, casi burlona, pero con un toque de arrogancia seductora.
— ¿Leíste las letras pequeñas, Valeria? — preguntó con tono juguetón—. El contrato dice que debes actuar como mi novia en todos los sentidos que yo considere necesarios. Si en algún evento o situación lo requiero… sí, podría pasar. Y te aseguro que lo haría con gusto.
Valeria sintió que el mundo se le caía a los pies. Sus mejillas se pusieron rojas de vergüenza y rabia.
— ¿Qué? — susurró, horrorizada.
Alexander se inclinó un poco más sobre el mostrador, bajando la voz.
— No esperes verdadero cariño de mi parte. Esto es un contrato, no un romance. Pero si necesito que parezca real… cumplirás. Ese es el trato.
Valeria sintió que le faltaba el aire. El pánico la invadió. Todo lo que había imaginado —la cercanía, los momentos juntos— ahora se sentía sucio y forzado. Sus ojos se llenaron de lágrimas que apenas pudo contener.
— Entonces… quiero cancelarlo — dijo con voz temblorosa pero firme—. No quiero seguir con esto. Devuélvame el contrato. No lo firmé para eso.
Alexander se enderezó, perdiendo la sonrisa. Su expresión se volvió fría y arrogante.
— Ya firmaste, Valeria. Es legalmente vinculante. No puedes cancelarlo, así como así. Si rompes el contrato ahora, tendrás que devolver hasta el último centavo y enfrentar las consecuencias legales que están estipuladas. ¿Estás dispuesta a perder todo por un ataque de moralidad?
Valeria se quedó congelada. Las lágrimas que había estado conteniendo cayeron por sus mejillas. Se sentía atrapada, humillada y terriblemente ingenua.
— Esto no es lo que yo quería… — murmuró con la voz rota.
Alexander la miró un momento más. Por un segundo, algo parecido a la culpa cruzó su rostro, pero lo ocultó rápidamente tras su máscara arrogante.
— Aprende rápido, Valeria. Esto es el mundo real. Termina tu turno y regresa al penthouse esta noche. Tenemos otro evento mañana.
Se dio la vuelta y se fue sin mirar atrás.
Valeria se quedó sola detrás del mostrador, con el corazón hecho pedazos. Se limpió las lágrimas con rabia y siguió trabajando, pero por dentro todo se estaba derrumbando.
“El relleno más rico que el café…”
Esta vez la frase sonaba como una burla cruel de su propia ingenuidad.
Más tarde esa tarde…
Valeria terminó su turno con el alma pesada. Isabella la esperaba para llevarla de vuelta al penthouse. Durante el trayecto, no dijo una sola palabra. Al llegar, Alexander no estaba. Solo había una nota en la mesa:
“Cena a las 8. Vístete elegante. Recuerda las reglas.”
Valeria se encerró en la habitación de invitados y lloró en silencio. Se sentía usada, atrapada y profundamente arrepentida. Pero también sabía que ya no había vuelta atrás.
El contrato falso acababa de convertirse en su peor pesadilla… y en su única oportunidad de estar cerca del hombre que amaba.
Valeria no durmió casi nada esa noche. Cada vez que cerraba los ojos, las palabras de Alexander volvían a golpearle: *“¿Leíste las letras pequeñas, Valeria?”* *“Si lo requiero… lo haría con gusto.”* *“No esperes verdadero cariño.”* Se sentía estúpida. Ingenua. Usada. Había firmado un documento sin leerlo con el detenimiento que merecía, cegada por la ilusión de estar cerca del hombre que amaba en secreto. Ahora estaba atrapada. A la mañana siguiente, llegó al café con ojeras marcadas y el ánimo por el suelo. Preparó las máquinas, horneó los croissants y atendió a los primeros clientes con una sonrisa forzada. Cada vez que la puerta se abría, su cuerpo se tensaba esperando ver a Alexander. Cuando finalmente bajó, alrededor de las 8:30 a.m., venía solo. Traje negro impecable, expresión fría y esa arrogancia natural que lo hacía parecer dueño de todo lo que miraba. Pidió su cappuccino doble con canela extra sin mirarla realmente. — Lo de siempre — murmuró. Valeria preparó el ca
Valeria pasó toda la noche dando vueltas en la cama del penthouse. Apenas había dormido tres horas cuando Isabella la despertó para prepararse para el café. Se sentía exhausta, tanto física como emocionalmente. El contrato firmado pesaba como una losa sobre su pecho.Por la mañana, mientras atendía el café, Alexander bajó más temprano de lo habitual. Pidió su cappuccino y se quedó apoyado en el mostrador, observándola con esa mirada arrogante y calculadora que ya empezaba a conocer.— Necesito hablar contigo un momento — murmuró él cuando no había nadie cerca.Valeria sintió que el corazón se le aceleraba. Terminó de preparar el café y lo miró directamente a los ojos.— Señor Blackwood… hay algo que quiero aclarar sobre el contrato.Alexander levantó una ceja, divertido.— Te escucho.Valeria respiró hondo, juntando valor.— Cuando firmé… no leí todo con detenimiento. Quiero que quede claro que no quiero nada físico entre nosotros. Nada de besos, nada de tocarme más de lo necesario en
Valeria despertó en la enorme cama de la habitación de invitados del penthouse de Alexander. Por un momento se sintió desorientada. Las sábanas eran suaves, el techo alto, y el silencio era casi abrumador. Se sentó lentamente, abrazando sus rodillas contra su pecho curvy.“Esto es real. Firmé el contrato.”Se levantó y se miró en el espejo del baño. Su cuerpo relleno se reflejaba sin piedad: caderas anchas, muslos gruesos, vientre suave. El vestido de la noche anterior estaba doblado sobre una silla. Se duchó rápidamente y se puso el uniforme del café que había traído en una bolsa. Isabella le había dejado claro que debía estar en el café a las 7:00 a.m.Cuando salió de la habitación, Alexander ya estaba en la cocina, impecable con un traje gris oscuro, tomando café negro.— Buenos días — dijo él con tono profesional—. El chofer te llevará al café. Regresas aquí a las 6:00 p.m. para prepararte para la cena de esta noche.Valeria asintió, sintiéndose pequeña.— ¿Otra cena?— Sí. Esta v
Al día siguiente, en la oficina del piso 35 aún estaba en penumbras cuando Alexander Blackwood terminó con Lena sobre el escritorio. Sus movimientos fueron intensos pero controlados, y cuando ambos alcanzaron el clímax, él soltó un gruñido ronco de placer. Se quedó unos segundos con la respiración agitada, una sonrisa satisfecha curvando sus labios.Valeria pasó el resto del día como en una nube. Sus manos trabajaban automáticamente preparando cafés y atendiendo clientes, pero su mente no dejaba de repetir la conversación con Alexander. El contrato. Los quinientos mil dólares. La humillación de ser vista como la “novia conveniente”. Y lo peor… la ilusión traicionera que sentía en el pecho cada vez que pensaba en estar cerca de él.Al terminar su turno, subió al ascensor de servicio con el corazón latiéndole fuerte. Se miró en el reflejo metálico de las puertas: uniforme negro, coleta desordenada, mejillas sonrosadas y ese cuerpo curvy que siempre había intentado esconder.“¿Qué estoy
Valeria llegó a su pequeño apartamento pasadas las 10 de la noche. Cerró la puerta con llave y se apoyó contra ella, todavía con el corazón acelerado. Las palabras de Alexander no dejaban de repetirse en su cabeza.Contrato… Novia falsa… Quinientos mil dólares…Se quitó los zapatos y caminó hasta su habitación. Se sentó en la cama y se miró en el espejo del tocador. Su cuerpo curvy se reflejaba frente a ella: caderas anchas, muslos gruesos, vientre suave. Se pasó las manos por los costados y suspiró.“¿Yo? ¿La novia del CEO? Esto no tiene sentido…”Recordó entonces cómo había conseguido ese trabajo dos años atrás. La anterior empleada, una chica alta y delgada llamada Sabrina, había derramado todo un vaso de café caliente sobre el traje italiano de Alexander Blackwood. Él se había enfurecido tanto que la despidió en el acto. Valeria, que estaba haciendo una entrevista para otro puesto en ese momento, terminó siendo contratada casi por casualidad. Desde entonces, había sido extremadame
Valeria López suspiró mientras limpiaba el mostrador del café Blackwood Coffee. Eran las 8:45 de la noche y el lugar ya estaba cerrado. Solo quedaba ella, terminando de organizar las últimas cosas antes de irse a casa. Tenía 26 años, un cuerpo curvy generoso —caderas anchas, muslos gruesos, vientre suave y pechos abundantes— y un uniforme negro que intentaba disimular todo eso sin mucho éxito.Llevaba dos años trabajando allí, en la planta baja de una de las empresas más importantes de la ciudad. Dos años enamorada en secreto del hombre que apenas sabía que existía: Alexander Blackwood, el CEO.El hombre que le aceleraba el corazón cada vez que bajaba por su cappuccino doble con canela extra.Valeria terminó de apagar las luces principales cuando escuchó pasos firmes en el lobby casi vacío. Su corazón dio un vuelco. Reconocería esa forma de caminar en cualquier lugar.Alexander Blackwood apareció frente a la puerta de cristal del café. Traje negro impecable, cabello oscuro perfectamen







