MasukEl martes comenzó con una decisión. Maya había apagado la alarma tres veces antes de levantarse, pero, a diferencia de otras mañanas, no tomó el teléfono para revisar si Elías le había escrito. Se duchó, preparó café y abrió el pequeño armario de su habitación. Entre la ropa de trabajo encontró un vestido azul que llevaba meses sin ponerse. No era nuevo ni especialmente elegante, pero le gustaba cómo le quedaba y, sobre todo, le recordaba a una época en la que todavía encontraba tiempo para arreglarse sin tener una razón particular. Lo sacó de la percha. —Hoy vas a salir conmigo —murmuró, observándolo. Se rio de su propia ocurrencia. Después se vistió, se recogió el cabello y salió de casa. Tenía una idea sencilla: al terminar su jornada, pasaría por la panadería que quedaba cerca de su apartamento y compraría aquel pastel de chocolate que llevaba semanas mirando desde el escaparate. No era un gran acontecimiento. No cambiaría su situación económica, no resolvería
A las seis y diez, Maya salió del Café Limonetto con los pies doloridos y el cabello recogido en un moño que había perdido toda intención de parecer elegante. Elías la esperaba en la acera. No llevaba flores, ni regalos, ni una carpeta llena de posibles preguntas. Solo tenía el abrigo sobre el brazo y las llaves del automóvil en la mano. —¿Lista? —preguntó. Maya se ajustó el bolso al hombro. —Depende. ¿Adónde vamos? —Había pensado que podríamos sentarnos en algún lugar tranquilo y practicar una conversación. —¿Practicar qué conversación? —La que podría tener con Lizzy cuando llegue al estudio. Maya lo observó con atención. —Elías, no vamos a fingir otra vez que yo soy Lizzy. —No te lo iba a pedir. —Bien, porque no tengo su cabello, no soy arquitecta paisajista y, además, no pienso fingir que me gustan las plantas solo para ayudarte por milésima vez. —Por qué? Es tu trabajo. —Si lo es, pero no me la puedo pasar fingiendo ser todas las mujeres que te gustan
El lunes por la mañana, Maya descubrió que existían muchas formas de extrañar a una persona sin tener derecho a hacerlo. Podía extrañarla cuando el teléfono no vibraba sobre la mesa. Cuando entraba al Café Limonetto y miraba, casi por instinto, hacia la mesa ocho. Cuando escuchaba el sonido de la puerta y levantaba la cabeza esperando encontrar un traje impecable, una expresión seria y alguna pregunta absurda que le arruinara los primeros cinco minutos de la jornada. También podía extrañarla cuando esa persona sí aparecía. Porque Elías Harrington llegó a las nueve y diecisiete, como casi todos los lunes, con su abrigo oscuro sobre el brazo, el cabello perfectamente acomodado y el teléfono en la mano. Maya lo vio desde detrás de la barra. Y sonrió antes de recordar que debía tener cuidado. —Buenos días —saludó él, acercándose. —Buenos días, señor Harrington. ¿La mesa ocho o la doce? Elías la miró con una expresión desconcertada. —¿Desde cuándo me llamas señor Harrin
El viernes llegó demasiado rápido. Maya lo supo porque, desde primera hora de la tarde, Elías no dejó de enviarle mensajes. Primero le preguntó si debía llevar la planta en una bolsa de papel o en una caja. Después quiso saber si la tarjeta debía ir dentro del envoltorio o entregarse por separado. Finalmente le envió una fotografía de dos camisas y le pidió que eligiera cuál debía ponerse. Maya contempló la pantalla de su teléfono, incrédula. Elías: ¿Azul oscuro o gris? Maya: La que quieras. Elías: Necesito una respuesta concreta. Maya: Azul oscuro. Elías: ¿Por qué? Maya: Porque te lo digo yo. Elías: Ese no es un argumento. Maya: Y esta conversación no es una auditoría. Ponte la azul y deja de molestarme. Elías respondió con un pulgar levantado. Maya dejó el teléfono sobre la barra y soltó una carcajada. —¿Ahora también le eliges la ropa? —preguntó Julián. —Es una camisa. —Claro. Primero le eliges la camisa, después la corbata, luego el apartament
Maya llevaba veinte minutos mirando la misma taza. No porque tuviera algo especial. Era una taza blanca, común y corriente, con una pequeña grieta cerca del asa que Julián llevaba semanas prometiendo retirar del inventario. Lo que ocurría era que tenía la mente en otra parte, y cuando Maya pensaba demasiado en algo que no quería admitir, cualquier objeto se convertía en una excelente excusa para dejar de trabajar. —Si sigues frotando esa taza, vas a terminar borrándole el color —comentó Julián desde la máquina de espresso. Maya bajó la mirada hacia sus manos. —Estoy limpiándola. —Claro. Y yo estoy preparando una tesis sobre las propiedades medicinales del café. Ella dejó la taza sobre la barra. —¿No tienes nada que hacer? —Tengo muchísimo. Por ejemplo, observar cómo la asesora sentimental más famosa de este establecimiento está a punto de sufrir un colapso porque su cliente se va a una cita. Maya lo miró con una expresión asesina. —No voy a sufrir ningún colapso.
Elías llegó al parque botánico con diez minutos de anticipación, tal como le había recomendado Maya. Llevaba una camisa blanca sin corbata, las mangas arremangadas hasta el antebrazo, y un reloj que no necesitaba revisar porque el pulso le marcaba la hora con una insistencia que no lograba calmar. Lizzy lo esperaba junto a la entrada de los invernaderos, con un vestido verde que se confundía con las hojas de los helechos gigantes y una sonrisa que parecía ensayada, pero que a Elías le resultó genuina. —Llegaste puntual —dijo ella, extendiendo la mano. —Y tú llegaste antes —respondió él, estrechándosela con una firmeza que le sorprendió a sí mismo. —Quería elegir un buen lugar antes de que oscureciera. —¿Y cuál elegiste? Lizzy lo guió por un sendero de piedra volcánica que serpenteaba entre palmeras enanas y estanques cubiertos de nenúfares. El aire olía a tierra mojada y a flores que Elías no sabía nombrar. Caminaron en silencio durante un par de minutos, y él recordó las pal







