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Capìtulo 2

作者: Gembul
last update 公開日: 2026-09-12 19:56:15

 

 

—Javier, encontré tu reloj.

 

Valerie se quedó rígida en el umbral de la habitación de invitados. Sus ojos se clavaron en la escena extraña que tenía delante. Los dedos de Javier rodeaban con fuerza el brazo de Isabel, apretando la piel hasta que se le puso blanca.

 

—¿Qué significa esto? —Valerie los miró a ambos, perpleja, mientras el doctor Joshua solo podía mantener la mirada baja. Su corazón latía con una inquietud que no le gustaba en absoluto.

 

De inmediato, Javier soltó el brazo y dio un paso atrás, desviando la vista hacia el suelo de mármol.

—Estaba a punto de caerse —dijo con voz plana, sin ningún matiz. Se giró rápidamente y salió de la habitación con pasos largos, sin siquiera mirarla.

 

Valerie lo siguió frunciendo el ceño. Javier entró en su alcoba y comenzó a caminar de un lado a otro, como una fiera atrapada en una jaula.

 

—¿Javier?

 

Él se detuvo en seco. Tenía el rostro pálido y la mirada perdida, desordenada.

 

—¿Conoces a Isabel? —preguntó Valerie con franqueza.

 

Los hombros tensos de Javier dieron un respingo. Durante unos segundos, la respiración se le quedó atrapada en la garganta antes de negar lentamente.

—Es solo que no me gusta tener desconocidos en esta casa.

 

Valerie entrecerró los ojos. La explicación le pareció demasiado superficial para la expresión aterrorizada que acababa de ver.

 

—Estoy muy cansado —murmuró Javier, frotándose la base de la nariz—. Voy a bañarme.

 

—Deberías descansar directamente si estás agotado —replicó ella, acercándose.

 

Javier se pasó las manos por el rostro con brusquedad.

—Estoy sudado. No te gustaría el olor.

 

Atravesó la puerta del baño y la cerró con un golpe seco. Valerie se quedó inmóvil en medio de la habitación, invadida por una confusión que le carcomía el pecho.

 

Cuando Javier salió, con el cabello aún húmedo, Valerie ya dormía de lado sobre el colchón grueso. Se acostó y se quedó mirando el rostro de su esposa.

 

—¿Qué harías si supieras la verdad, Valerie? —susurró a la oscuridad.

 

No cerró los ojos hasta que despuntó el alba. Toda la noche recorrió con la mirada cada rasgo del rostro de la mujer que, en cuestión de meses, había logrado derribar sus muros.

 

A la mañana siguiente, Valerie despertó y salió al pasillo. Al fondo, vio a Javier salir de su despacho privado: ese espacio que, cinco meses atrás, le estaba estrictamente prohibido pisar. Una curiosidad que nunca había sentido antes le encendió el pecho. ¿Qué había allí dentro?

 

—¿Ya despertaste? —La voz grave de Javier rompió su ensimismamiento.

 

Valerie levantó la vista y asintió suavemente.

—Acabo de hacerlo.

 

—He estado pensando en nuestra luna de miel —dijo él de pronto—. ¿Qué te parece?

 

Valerie se quedó sin saber qué decir. La propuesta era inesperada, pero una oleada de calidez le llenó el pecho. Estaba dispuesta a ser plenamente su esposa. Las heridas por la traición de su padre y la vileza de Sean aún no sanaban por completo, pero junto a Javier se sentía segura.

 

—¿Por qué tan de repente? —Desvió la mirada, fingiendo reserva. Recordó su primera noche, cuando él la dejó sola durante dos días enteros.

 

—Siento que llego demasiado tarde —respondió Javier con firmeza, tomándole la mano—. Piensa en el lugar al que te gustaría ir. Partiremos cuanto antes.

 

Una sonrisa se dibujó en los labios de Valerie, imposible de ocultar.

—Está bien. Lo pensaré.

 

Bajaron juntos las escaleras hacia el comedor. En el último escalón, Javier se detuvo en seco. En la cocina, Isabel aparecía con un delantal puesto, sirviendo comida en los platos.

 

Todos los músculos de su cuerpo se tensaron al instante.

 

—¡Dios mío, Isabel! ¿Qué haces? —exclamó Valerie alarmada, acercándose rápidamente.

 

Isabel sonrió con dulzura forzada.

—Cocinar —respondió con naturalidad, señalando los platos aún humeantes—. No sé estarme quieta.

 

Valerie miró la mesa: sopa de costillas, carne enrollada y ensalada de frutas frescas. Todo eran los platos favoritos de Javier.

 

—Javier, ven, siéntate —lo llamó Valerie con entusiasmo—. Mira, son todos tus platos preferidos, ¿no es así?

 

Javier miró su reloj de oro. Su rostro se endureció, frío como el hielo.

—Tengo una reunión importante. Debo irme.

 

Se giró hacia la puerta de salida. Valerie le dedicó una mirada de disculpa a Isabel y salió tras él.

 

En el umbral, Javier se detuvo de golpe. Se volvió y la miró directamente a los ojos, con una profundidad difícil de descifrar.

 

—He cambiado de opinión —dijo con resolución.

 

Valerie parpadeó, confundida.

—¿Cómo?

 

—Nos vamos de luna de miel ahora mismo —susurró él, acercándose para besarle la frente con ternura—. Quiero que tengamos un hijo, amor mío.

 

 

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