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Capítulo 4

Author: Rebeca Rangel
Renata se quedó inmóvil, visiblemente avergonzada. No esperaba que la enfrentara de una manera tan directa.

Esteban frunció el ceño.

—¿Discutieron? ¿Cuándo ocurrió?

Lo miré y pronuncié cada palabra con claridad.

—Hace cuatro días, cuando quiso venir conmigo a visitarte y yo me negué.

Por eso, incapaz de aceptar mi rechazo y decidida a vengarse, había ido a buscar a Esteban antes que yo.

—¿Solo por eso? —preguntó él, otra vez incrédulo.

Pero no se trataba únicamente de eso. Durante el último año, Renata había hecho todo lo posible por interponerse cada vez que Esteban y yo intentábamos pasar tiempo a solas.

Cuando yo planeaba visitarlo, se aferraba a mí con algún pretexto: quería que viajara con ella o decía estar enferma y necesitar mi ayuda. Cuando Esteban y yo compramos unos anillos a juego, incluso se compró uno parecido y empezó a usarlo.

Yo no era tonta. Por eso había puesto fin a nuestra amistad sin armar una escena. Lo que nunca imaginé era que Renata pudiera ser tan descarada.

Renata se levantó despacio, con los ojos llenos de lágrimas.

—Lo siento. Entonces me iré.

Esteban se levantó de golpe y la silla cayó al suelo con estrépito. Se interpuso frente a ella y dijo con voz grave:

—Si quieres que se vaya, yo también me voy.

—Entonces vete tú también —respondí sin vacilar, casi con indiferencia.

Por un instante, Esteban se quedó mirándome, desconcertado.

Yo nunca lo había echado. Incluso cuando discutíamos, casi siempre era la primera en ceder. Pero ya estaba cansada.

Esteban no se movió. Me sostuvo la mirada con obstinación, la mandíbula tensa.

Renata soltó un resoplido, le tomó la mano y tiró de él hacia la puerta.

—Vámonos. ¡No tiene derecho a tratarnos así! Si sigues permitiéndoselo, cada vez te tratará peor.

Al final consiguió llevárselo. Yo solté por fin el aire que había contenido, me levanté, tiré el huevo frito a la basura y regresé a mi habitación para preparar el equipaje.

Esa noche, cuando estaba a punto de dormir, otra amiga me envió un mensaje:

"¡No puede ser, Natalia! ¡Mira lo que acabo de grabar!"

Abrí el archivo. Esteban y Renata estaban paseando por uno de los centros comerciales más conocidos de Puerto Lirio. Ella se aferraba a su brazo, pegada a él como cualquier novia enamorada.

Tal vez llevaban mucho tiempo comportándose así a mis espaldas.

Mi amiga estaba indignada.

"¡Qué descarados! ¡Te están engañando delante de todo el mundo! Después de todo lo que hiciste por ellos, no puedo quedarme de brazos cruzados".

El corazón me dio un vuelco. Estaba a punto de detenerla cuando recibí una videollamada suya. Contesté de inmediato.

Al otro lado, mi amiga estaba furiosa. Giró la cámara hacia los dos y empezó a insultarlos.

—¡Maldito infiel! ¡Maldita traidora! ¡No tienen vergüenza! ¿Cómo pueden hacerle esto a Natalia? Esteban, cuando no tenías ni un centavo, ¿quién hacía sacrificios para poder darte dinero? Y tú, Renata, eres una malagradecida. Natalia te consiguió ese empleo. Sin ella, ¿habrías entrado en una empresa tan buena?

El rostro de Renata se endureció. Sin el menor rastro de vergüenza, respondió:

—¿Acaso yo la obligué a conseguirme trabajo?

—¡Ya basta! ¡Cállate! —gritó Esteban de pronto.

Miró a la cámara con expresión seria.

—Natalia, tenemos que hablar. De verdad lo entendiste mal. Mañana por la mañana iré a verte y te lo explicaré todo.

Mi amiga lo insultó una vez más. Cuando por fin logré tranquilizarla un poco, terminamos la videollamada. Entonces me acosté y me dormí. Al día siguiente me esperaba un vuelo de casi seis horas.

Cuando desperté, ya eran las nueve. Comí algo y esperé a que Esteban viniera a aclarar las cosas, pero a las once todavía no había aparecido.

No sentí nada. Esa mañana había terminado de empacar, la empresa de mudanzas ya se había llevado mis cosas y la propietaria sabía que entregaría el apartamento ese mismo día. Tomé la maleta y salí de casa. En ese momento, Esteban me llamó con voz apurada.

—Iré a verte esta tarde. Renata se enfermó por algo que comió y tengo que llevarla al hospital.

—Está bien.

Quizá recordó todas las veces que había roto su palabra, porque guardó silencio un instante antes de añadir con tono culpable:

—Espérame. Te lo compensaré.

No respondí. Colgué, lo bloqueé en todas mis redes sociales y borré su número de mis contactos.

Después de dormir durante buena parte del vuelo, llegué a San Aurelio. Cuando salía del aeropuerto con la maleta, recibí una llamada de la propietaria del apartamento. Sonaba inquieta.

—Esteban está frente a tu puerta. Le dije que ya no vives aquí, pero se niega a irse. ¿Quieres que llame a la policía?

Mientras pedía un taxi, la voz de Esteban irrumpió en la llamada antes de que pudiera responderle: acababa de quitarle el celular a la propietaria.

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