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Capítulo 2

Author: Rebeca Rangel
Mientras dejaba correr el agua de la ducha hasta que se calentara, Renata volvió a publicar:

"Probando el café viral del que todos hablan. Mi mejor amigo hizo una hora de fila por mí, pero no es para tanto. Solo tomé un sorbo. Le guardaré el resto".

Ese hombre era, sin duda, Esteban, que sonreía levemente a la cámara.

Nunca imaginé que mi novio, tan obsesionado con la higiene que jamás bebía del mismo vaso que yo, fuera capaz de beber del de otra mujer.

Solté un suspiro, le di "Me gusta" a la publicación y me duché con calma. A primera hora de la mañana, llamé a mi jefe, Marcelo Vargas.

—Marcelo, cambié de opinión. ¿Todavía puedo aceptar ese proyecto?

Su sorpresa fue evidente, pero sonó aún más aliviado.

—Por fin entraste en razón. La empresa había tramitado tu documentación antes de que rechazaras el proyecto. Como sigue vigente, aún estás a tiempo. Si lo sacas adelante, cuando regreses te ascenderé dos niveles. Además, solo estarás un año en el extranjero. Créeme: si lo de ustedes es amor de verdad, un año no significa nada.

Sonreí sin contradecirlo. En realidad, desde el momento en que decidí aceptar ese proyecto, mi relación ya había terminado.

Después de hablar con Marcelo, comprobé que la publicación había desaparecido. Me sorprendió descubrir que, después de todo, mi reacción sí le importaba a Renata.

De pronto, Esteban me llamó. Tuve un mal presentimiento, pero contesté de todos modos.

—¿Qué pretendes con eso? No respondes mis llamadas ni mis mensajes, pero sí tienes tiempo para darle "Me gusta" a la publicación de Renata.

Hablaba deprisa, mucho más preocupado por cómo se sentía Renata que por todo lo que me había hecho pasar a mí.

Había trabajado horas extra durante un mes para poder visitarlo y aquel era el resultado.

—¿De quién eres novio en realidad?

Se quedó callado durante un largo rato. Al final, respondió con decepción:

—¿De verdad tienes que convertir esto en un problema tan grande?

La voz insegura de Renata llegó desde el otro lado.

—Esteban, quizá debería hablar con ella.

Miré la hora. Eso significaba que llevaban juntos muchas horas.

—No hace falta —respondió él—. Cuanto más la consiento, más caprichosa se vuelve.

—Pero sigue siendo mi mejor amiga…

Hablaron en voz baja durante unos instantes. No alcancé a entender lo que decían y, al final, colgaron sin decirme nada más. La naturalidad y la complicidad de aquella interacción me hicieron comprender que quizá llevaban cruzando esos límites desde mucho antes de lo que yo imaginaba.

Dormí un rato, pero mis pies estaban cada vez más hinchados por las lesiones por congelación. Busqué algo que me sirviera de bastón, pedí un auto y fui al hospital.

El médico confirmó que eran lesiones superficiales por congelación, limpió las heridas y me vendó los pies. Soporté el dolor apretando los dientes y regresé a casa con los medicamentos que me recetó.

Sin embargo, apenas abrí la puerta, unos brazos me rodearon. Reconocí de inmediato su perfume. Al ver que no reaccionaba, Esteban me dedicó una sonrisa paciente.

—Como no querías hablarme, no tuve más remedio que venir a buscarte.

Cuando estaba a punto de responder, me quitó de la mano la bolsa con los medicamentos.

—¿Qué te pasó?

—Tengo lesiones por congelación en los pies.

—Ah.

Dejó los medicamentos sobre la mesa sin preguntarme cómo había ocurrido ni si era grave.

Su celular empezó a sonar con la misma canción que me provocaba dolor de cabeza. No sé qué le dijo Renata, pero Esteban soltó una carcajada.

—Si tú me lo pediste, ¿cómo iba a negarme?

La poca alegría que había sentido al verlo desapareció al instante. Fui cojeando hasta la mesa, me serví un vaso de agua y me tomé una pastilla.

Después de colgar, Esteban se acercó y me abrazó por la espalda.

—Ya no te enojes. Anoche no vi tus llamadas hasta que ya llevabas horas esperando. Cuando me di cuenta de que te habías ido, me sentí fatal el resto de la noche.

Esbocé una mueca amarga. La sonrisa que lucía en la foto publicada aquella mañana no era la de alguien que hubiera pasado una noche terrible.

—Además, Renata ya había venido varias veces. Pensé que podía acompañarla un rato y luego dedicarte el resto del tiempo solo a ti…

Me detuve a mitad de un sorbo.

—¿Viene a verte con frecuencia?

Él sonrió.

—¿Estás celosa? No tienes de qué preocuparte. Es como uno más de los chicos; no me atrae en absoluto. A veces viajamos juntos, nada más. Y eso es porque tú siempre estás demasiado ocupada.

Como si no quisiera seguir hablando del tema, dijo que iba a ducharse y se llevó el celular consigo.

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