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Capítulo 2

Author: Brenda Padilla
Sergio y yo entramos en una especie de guerra fría. Cuando no volvía a casa, yo ya ni siquiera preguntaba por él.

La mañana del tercer día, su asistente se comunicó conmigo por iniciativa propia.

"Señora, el señor Rivas ha estado muy ocupado estos días. Hoy acaba de regresar de otro país".

Respondí:

"No hace falta que me avise. A partir de ahora, ya no tiene que informarme de sus movimientos".

Al deslizar la conversación hacia arriba, solo encontré mensajes míos preguntando por Sergio. Me comunicaba mucho más con su asistente que con mi propio esposo.

Poco después apareció otro mensaje.

"¿Ustedes discutieron?"

No respondí, pero el asistente continuó:

"El señor Rivas sí la quiere, aunque no sepa demostrarlo. Con su carácter, jamás habría dado el primer paso con usted si no fuera así".

Parpadeé. Era cierto: él había sido quien dio el primer paso en nuestra relación.

Siempre había sido frío, pero antes buscaba pasar tiempo conmigo. Me miraba sin apartar los ojos y me decía que era hermosa.

Sin embargo, nuestra historia había terminado siendo muy distinta de lo que yo había imaginado.

Los mensajes del asistente siguieron llegando.

"El señor Rivas sabe que hoy es su cumpleaños. Le compró de regalo la pulsera que usted quería".

La fotografía confirmó que era esa. Le había hablado de aquella pulsera durante meses y no esperaba que lo recordara.

El corazón me dio un vuelco. Suspiré, fui a la cocina y preparé sus platos favoritos.

Sergio regresó por la noche. Se aflojó la corbata y caminó directamente hacia el estudio.

Lo llamé antes de que entrara. Por fin se volvió hacia mí con el ceño fruncido.

—¿Qué pasa?

Su tono seguía siendo frío. Se me cortó la respiración y me aferré al borde de la mesa.

—¿Sabes qué día es hoy?

Frunció aún más el ceño.

—¿Qué día?

Sentí una punzada amarga en el pecho.

—Es mi cumpleaños —respondí con voz ronca.

Él asintió por fin y se acomodó el puño de la camisa.

—¿Era hoy? Lo olvidé.

No dijo nada más.

Se me cerró la garganta. Sentí una presión insoportable en el pecho, como si me faltara el aire.

Sergio me miró apenas.

—Lo compensaré el próximo mes. Tampoco tenemos por qué celebrarlo a la fuerza. No hace falta malgastar dinero.

Pero unos segundos después vi una publicación que Diana había subido una hora antes. En la foto aparecían la pulsera que yo llevaba meses deseando y muchos otros regalos que ni siquiera podía identificar.

El texto decía:

"Gracias, mi amor… digo, mi jefe".

Él había respondido debajo:

"No bromees. Te lo mereces".

Sonreí con amargura. Recordé todas las veces que le había pedido que reaccionara o comentara mis publicaciones. Siempre se negaba porque, según él, era infantil e inapropiado.

Entonces, ¿qué significaba lo que estaba haciendo ahora?

La mano con la que sostenía el celular empezó a temblar sin control.

—Así que sí sabes comentar publicaciones. ¿Te hizo feliz darle ese regalo?

Frunció el ceño, me quitó el celular y bajó la mirada mientras hacía algo en la pantalla.

—Si te molesta, puedes dejar de seguirla para no ver lo que publica. El regalo solo fue un detalle para una empleada. Es una forma de motivarla para que siga esforzándose. Se lo merece porque trabaja duro, no como tú, que pasas todo el día en casa sin hacer nada.

Me quedé paralizada, como si me hubiera alcanzado un rayo.

Él llevaba años trasnochando y comiendo a deshoras. A menudo le dolía el estómago. Era él quien se quejaba de esos dolores y quien antes elogiaba las comidas que yo le preparaba.

Por eso había renunciado a mi trabajo para dedicarme a cuidarlo.

Durante todos mis años de estudio, siempre había sido una de las mejores alumnas. Incluso había recibido una oferta de trabajo en el extranjero. Podría haber llegado muy lejos.

Entonces, ¿por qué había terminado así?

Él había sido el primero en decir que me amaba. ¿Por qué al final yo era la única que seguía atrapada en ese amor?

Me llevé una mano al pecho y respiré con dificultad. Tenía la garganta tan tensa que no lograba pronunciar una sola palabra.

Sergio ni siquiera me miró. Su mirada cayó sobre la mesa y su expresión continuó cargada de disgusto.

—Además, ya que estás en casa, ¿no podrías aprender a cocinar mejor? Todo te queda tan insípido que ya ni ganas me dan de comer.

Sonreí con ironía. Claro. Después de acostumbrarse a comer platos picantes con Diana, ¿cómo iba a interesarle mi comida?

Un segundo después, la puerta del estudio se cerró con un golpe seco.

Me quedé sola en la sala vacía. Bajé la mirada, tomé cada plato y arrojé toda la comida a la basura.

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